Argumento cinematográfico.
Escrito por: Juan Pablo Navas -Leonardo Hernández
Daemon Meridianus.
La mañana es la noche del alma, psiquicamente es el peor momento del día.
Es un amanecer igual a cualquier otro, en este momento los días se parecen; son tan similares que se ha perdido la diferencia entre domingo, miércoles o viernes . Me levanto con dificultad. Desde hace algún tiempo, hace cuánto no importa ahora, la pregunta de para qué salir de la cama es recurrente y una fuerza que más bien parece un sopor me mantiene entre las sábanas, cuando me siento mareado de tanto dormir y por lo incomodo del dolor de cabeza, me levanto; como hoy. La mañana con la dificultad que significa empezar algo. Son las 8.13 a.m en el reloj del lado de la cama.
Atravieso la casa sin vestirme y sin abrir las persianas en medio de una penumbra matutina. Por pura inercia, a fuerza de costumbre llego a la cocina, donde la luz me enceguece un poco y me obliga a poner ojos chinos. En la nevera veo una nota de Lucía que parece escrita con afán: “Amor tuve que salir temprano; tengo un desayuno con las de la Asociación. Besos. Rosa no viene en la mañana – prepárate algo rico y sano”. Vuelvo a pegar el papel con el souvenir del MoMA y abro la puerta a ver qué hay.
La nevera es del tamaño de un armario y parece un supermercado a escala, todo está ordenado según la lógica de la empleada doméstica y no lo entiendo muy bien; parece que el orden es cromático, según las etiquetas y el color de los productos, siempre me pasa y el frío me hace lamentar no haberme vestido; por algunos momentos mientras la piel se me pone en pepitas, intento buscar algo no tan sano pero con más sabor. No lo consigo y medio congelado no tengo la intención de entrar a descifrar los patrones para ordenar la comida en un refrigerador. Encuentro la leche y el cereal que dejó sobre la mesa de la cocina; “concentrado para humanos”, el desayuno está solucionado. Sólo puedo con la mitad de lo que serví, el resto lo dejo en el lavaplatos.
De camino al baño para saber como está la calle hago una escala en la ventana de la sala que tiene mejor clima que la cocina: la calefacción. Es un día opaco y me llama la atención la muchacha que pasea perros que parecen felices de andar entre los charcos que la lluvia fina pero constante de la noche anterior. Huele a tierra húmeda y la cortina gris de la bruma le da un aire fresco a la mañana. Los observo y pienso en el dueño de cada uno, me simpatizan los animales pero no puedo decir que tendría alguno, esta es un pandilla bastante particular, hay grandes y pequeños; los peludos parecen divertirse; el más ansioso es un Golden Retriever, seguramente sus dueños son una familia de tres, más o menos nueva y también más o menos feliz; a su lado está un gran Rottweiller, seguro de un solitario al que le gustan los perros que por su sola figura, como la de él tienen poco contacto con las personas. Me divierte el juego Perros y Dueños; los otros son un par de Pugs bastante curiosos que estorban a los más grandes que los tienen medio ignorados, uno negro y otro dorado, sin hacer mucho esfuerzo: deben ser de algún artista plástico. También hay un Border Collíe; a esos los había visto en los viajes y siempre acompañaban a septuagenarios de boina y zapatos suaves para caminar.
El teléfono celular, no logro acostumbrarme a que suene de un momento a otro; puede llegar a ser muy odioso y si es importante vuelven a llamar.
Voy a la ducha: una de esas cosas de última tecnología para hidroterapia que Lucía hizo instalar, ayudas de la Nueva Era de los hippies modernos para que nos sintamos mejor, a mi me parecen las cabinas de teletransportación de Star Trek. Suena de nuevo el móvil pero poco importa, a pesar de toda la propaganda de los amantes de los árboles siempre me demoro en la ducha: Que otros salven el planeta.
La mañana puede ser díficil de llenar; es tan mecánica: lavarse los dientes, bañarse, tomar el desayuno, ojear las noticias, o como es frecuente, si algún hecho lleva tres días al aire estar pendiente de él solo porque sí. Aunque poco me afecto sigo con la vida de otros en la cabeza. Voy a escoger la ropa de hoy.
Camino al closet y escojo uno de los trajes:
Mientras me visto lentamente, para demorar más la mañana me tomo mucho más que el tiempo necesario, mientras lo hago recuerdo a la muchacha que pasea los perros. ¿cómo se llamará ese oficio? ¿perrero? ¿o como cuando no había como ponerle nombre directo a las cosas y entonces sería persona que pasea los perros de todos los que le pagan? Es probable que se nos haya olvidado nombrar. Suena de nuevo el celular que hace las veces de super yo y me recuerda que así sea mi oficina debo ir a trabajar; me saca de esta pregunta trascendental para el futuro de la humanidad y de los perros. No contesto, aún me estoy vistiendo. Todavía no he pasado a las piezas grandes hasta ahora voy en las medias. Miro el número que es diferente al primero, o sea que no es urgente. Sigo mi paseo por el closet; los colores, todo ordenado por tipos de prenda y estas a su vez por color: van de oscuro a claro y de arriba hacia abajo. Nunca dispuse que ese fuera el orden, se lo inventó alguna de las mucamas de hace años y la costumbre siguió de una a otra sin que yo me diera cuenta. Así es la rutina: terminamos en ella sin tener conciencia.
Ya está bien para iniciar la mañana; he perdido demasiado tiempo en pensamientos poco prácticos. Llegó el momento de salir. Bajo al parqueadero y saludo de buena manera al vigilante de turno; así no me guste, a veces creo que no es más que conveniencia, suelo tratar bien a mis subalternos y soy más distante con autoridades o en situaciones de negocio con iguales o superiores; hasta ahora esta técnica me ha funcionado. Me despido con la mano. Después del parqueadero y pese al día gris la salida a la calle es un golpe de luz.
Llegar al auto que escogí hace algunas semanas me recuerda a cada instante el olor a nuevo que mantienen casi todas las cosas que me rodean, el mismo del interior de la casa, de la oficina, de nuestra primera linea de relación con el mundo: asceptico y prefabricado. Mientras acelero y paso calles cuyo decorado de personas y cosas a fuerza de costumbre ya conozco de memoría; pienso por que escogí esta camioneta entre otras: es una cuestión de imagen, la cualidad más importante de una persona viva es tener buena imagen, de allí parte todo el cómo, con quién y para qué se establece una relación con alguien. Esta es otra regla de las que aplico con total cuidado. Mi acción vital se deriva de algunas premisas, en cuanto a lo que le doy a otros para que me observen debo mantenerme siempre alerta, no soy un tipo espiritual y me fijo mucho en eso. Actuo con naturalidad; simulo no saber que me observan. Es llevar la ventaja desde la primera impresión.
A lo largo del camino el decorado es más o menos el mismo: autos, buses, camiones, motos, personas, policías, ambulancias, mujeres bonitas, otras sin gracia, gente que vive de la calle y los que solo la transitan, la fauna es diversa. Salvo uno que otro accidente o alguna marcha de trabajadores que obstaculice el flujo, siempre circunstancial, los tiempos y las situaciones en mis recorridos diarios son parecidos siempre.
El auto es una especie de tanque de guerra gris brillante Range Rover: con buen motor, aire acondicionado, computador para las funciones y buena velocidad; hace que vea la realidad, como desde una ventana blindada; ver sin sentir, sin oler, sin tocar: una dosis tangencial de otra realidad. Son solo 15 mínutos hasta el trabajo pero en medio hay bastantes miserables, así les llamo por definir de alguna manera precisa a la gente que habita y vive de la calle. Me irritan un poco, todos los días están ahí y de tanto verlos los ignoro. Aunque en su defensa, desde hace años después de un sermón de alguno por no darle una moneda empece a creer que nos parecemos en el hecho de sentirnos superiores a los otros: Ellos por su condición de indigencia y yo por la mia de tipo con dinero y algo de poder, no el suficiente.
Mis desplazamientos casi nunca son a pie y si llegan a ocurrir son bastante cortos, suelo ver este mundo desde la ventana de mi TV, mi carro o mi casa. Mi vida es mucho menos heterogenea: va de mi casa con mi familia a mis amigos con las suyas y sin dejar que se encuentren está la del trabajo con empleados y clientes. El tránsito hacia cualquier lugar de la ciudad me da la oportunidad de ver personas de otro tipo, con verlos me basta para qué quiero conocerlos. Tengo cierta tendencia voyerista que no me compromete.
Llego a la oficina y saludo a la gente; la amabilidad como elemento de persuación. Cambia el recorrido de horizontal a vertical; desde el sótano hasta mi oficina hay varios pisos. El ascensor es un paso entre la calle y mi territorio, un trayecto corto y monótono que por fortuna no dura más que algunos momentos. Me encuentro a Cristina se encarga de recibir a los que llegan para hablar o tratar algo conmigo, para el resto hay otras vías; con ella soy más afectuoso y no por conveniencia como con los otros, podría decir que hay cierto tipo de amistad, desde su lugar me ayuda desde hace unos buenos años: es prudente, fiel y con experiencia. Creo que es de las personas que son en esencia buenas, que su prudencia es inherente a esta condición y no porque busque complicidad para recibir algo a cambio. Viéndola recuerdo algo que leí alguna vez: que los hombres malos pueden ser buenos o malos según les de la gana, los buenos solo pueden ser buenos.
Creo que hoy es uno de esos días en los que pienso más sobre lo que hago por el impulso de la cotidianidad, lo que me ha llevado a ser un tipo así; debe ser que estoy menos ocupado que de costumbre. Mientras pienso; fumo: dos cosas que se hacen bien al mismo tiempo. Ya en mi escritorio reviso de nuevo los mensajes electrónicos que he recibido desde ayer en la noche y algunos en la mañana. Así el móvil me mantenga al día en la correspondencia volver a revisar es una de las primeras cosas que hago en la oficina; es un manera de cersiorame para que todo en realidad se encuentre en alguna parte y no solo en el teléfono, en ningún lado, en lo virtual me corregirá alguno; digamos que es una tara de cuando todos los documentos eran de papel y verlos en una pantallita electrónica que se me puede ir por cualquier sifón de baño no me convence. Prefiero pensar que por lo menos están seguros en mi computador: por eso reviso todas las mañanas.
Anuncian a uno de los empleados administrativos, aúnque no tenga ganas ni tiempo de atenderlos les hago creer que sí. Me habla de cualquier cosa y lo despacho, le digo que no me ocupo de ese tipo de asuntos, que es una organización y que debe acudir a la administración, que él conoce cuál es el procedimiento, veo su cara y lo tranquilizo diciéndole que sin embargo haré una llamada. Desconozco las necesidades de mucha gente y por eso no los puedo compadecer, sin embargo hago una excepción y en efecto levanto el teléfono en su presencia. La vida siempre se da mal para los que doblan el espinazo, si hubiera venido en una actitud más confiada, seguramente habría conseguido lo que buscaba inmediatamente y no tendría que esperar al concurso de terceros.
Lo mismo de cada mañana, de los útimos años desde que herede este negocio que siempre ha sido una condición familiar, ahora viene el almuerzo con un amigo. Llego al restaurante de comida japonesa que habiamos elegido, nos saludamos como hacen los amigos; ordenamos como lo hace todo el mundo; comemos como todos los mortales, Él habla y yo lo escucho, mi aporte a la conversación se limita a afirmar con la cabeza y uno que otro monósilabo ni siquiera niego lo que dice. Me pregunta qué me pasa, le digo que nada, realmente no me ocurre nada; pienso en otra cosa, las virtudes del pensamiento, de manejar un tiempo paralelo cuando es necesario. simplemente estoy molesto sin tener ninguna razón en partícular. En el reloj del restaurante son las 2.46 es hora de irme.
De regreso a la oficina un tráfico que debe ser peor que el de Nueva Delhi. Algo de música para mejorar la situación, me gustaría irme a la casa pero siempre hay cosas pendientes en la oficina; evadirme estaría bien, pero ni modo, afortunadamente es la temporada de lluvias y el clima es fresco. El random del Ipod es el encargado de la música y me envía a una canción de Ennio Morricone con una melodia que me remite de inmediato a las películas de vaqueros de los 60s, sonrío cuando me acuerdo de sus códigos de vida, creo que era interesante sin tanta vuelta. Toda esa cosa del Bueno, el Malo y el Feo. En la calle el muchacho de los dreds me hace la venia después de sus malabares con pelotas; me hago el distraido y él sigue con el cobro de su trabajo hacía los que me siguen en la fila, el semáforo cambia y continuo mi camino.
Ya están todos en sus escritorios, trabajan o lo finjen, cómo saberlo. Me gustaría cancelar lo que tengo pero no se puede. En la tarde se abre un poco el cielo y los colores me gustan, hacen que las cosas tengan un color un poco más vivo, renovado. Son las 4.00 de la tarde y le pregunto a Cristina si viene alguién más, ella me aclara que viene María Cecilia. Bueno no todo podría ser tan malo; encontrarme con alguien que me gusta en medio de un día que calificaría como aburrido y que todavía no se acaba no está mal. Es mi corredora de seguros, la que se encarga de las polizas para licitaciones y obras con el estado; antes delegaba eso en otras personas hasta que alguna vez por algún incidente nos encontramos en una reunión, desde ese día me ocupo de los últimos trámites con ella. Me gusta el juego, es un flirteo que no pasa de eso, estoy demasiado comprometido para complicarme con un desliz y no creo que sea de las que se prestan para ser amantes, aunque quién sabe, algún día se lo propondré. ¿qué tendríamos en común? Seguramente casi nada, de pronto no tendría nada adentro y mucho afuera, con exactitud no es una busqueda de almas gémelas. Bueno, fumo un cigarrillo mientras espero, no suele llegar tarde y la reunión es a las 4.30. La hago esperar alguno minutos mientras hablo con Lucía de nada; está bien que espere, después la cosa transcurre entre documentos, firmas, miraditas con sonrisa y uno que otro toque tenue en el brazo que ella no devuelve; nada más, no me permito más: ¿Soy un tipo precavido o un imbécil?
Así transcurrió todo el día: teléfono, pantallas, número, columnas, concreto, acabados, nóminas, aburrimiento, Mc, sin razón, conducta repetitiva, sueño, Google, mentiras, chismes, buenos, Silvania, malos, verdades, CNN, luz artificial, café, agua, Lucía, risa, Autodesk, burla, presupuesto, poder, light despiadado, inglés, indiferente, dinero, internet: todo autoinflingido.
La secretaria me avisa que son las 7.00 y se va, me despido y me preparo también para salir. Lo mismo de siempre enviar el último correo, un par de llamadas y listo. Otro día de oficina.
Me doy una vuelta por la tienda de licores, ya no hay muchas especializadas, todas venden maní y dulces o están al lado de las piñas o los pañales de bebé, qué se puede esperar de un sitio así. Aunque no bebo mucho, por lo menos en público, me gustan. Doy una vuelta por los vinos; observo algunos pero en esta noche no caben; sigo hacía los destilados: primero encuentro algunos brandys, rones, vodkas y ginebras. Me detengo a ver marcas y etiquetas el licor es un asunto serio.
Renuevo mis clasificaciones: Los abstemios, son gente de la que desconfio y que procuro sacar de mi círculo; además como todas latens minorías tienen esa manía de sentirse mejores que el resto. Siguen los que no tienen bebida escogida: son borrachos de ocasión y son demasiado impredecibles, lo más probable es que terminen en un hospital según ellos con un paro cardiaco cuando la realidad es que simplemente les hizo mal la mezcla de licores baratos y buenos que les ofrecieron: bebedores de matrimonio o fiesta de fin de año, tampoco puedo con ellos.
Finalmente los que lo hacen con regularidad y tienen sus preferencias claras, máximo dos, esos son amigos mios; en cuanto a los alcoholicos: no conozco ninguno. Wild Turkey será la bebida, es fuerte pero la ebriedad no es euforica y no se termina en gritos. Se me hace tarde. Pensándolo bien por qué todo tiene que tener horario, acaso no voy a intentar estar bien con amigos. Hasta este tipo de situaciones dependen de la hora y las tengo programandas, irse antes de la media noche o cerca. Debería irme a dormir, con tantos nos pero nuevamente no puedo hacer lo que quiero, Lucía ya está allá.
La velada transcurre más o menos dentro de lo normal, eso si tengo que soportar los mellizos de tres años que tan rubiesitos ellos no quieren dormir, claro nosotros somos novedad y les servimos de figurín para sus juegos; Lucía parece feliz, que susto, creo que debo volver a soportar ahora de camino a casa la charlita de ¿y si tenemos un hijo? Lo mismo de cada vez que nos reunimos con los amigos bien sea si tienen o no niños. Si los tienen por que los envidia y si no por que los compadece y teme volverse como ellos. Ya me sé la historia. Los observo y me preparo para lo que viene. Todo es tan previsible y tengo sueño. 11.30 en el reloj de Lucía, me sirvo el último trago de la noche.
23:52 p.m.
Cuando alguien siente una protuberancia en su cuerpo, sale en busca de un doctor lo mas pronto posible. Cuando alguien duerme junto a lo que cree es una protuberancia, espera cinco, diez, de pronto 25 años para hacer algo. Cuando me acuesto en la cama, frecuentemente tarde en la noche, a veces escucho a mi esposa respirar y pienso que hombre tan afortunado soy y luego, mientras coloco mi cabeza sobre la almohada, me pregunto si realmente seré la persona que ella necesita que yo sea o si seré simplemente una protuberancia.
8:00 a.m.
No, no estoy viejo, simplemente asustado, eso es todo, eso es todo. Es mi primer pensamiento de la mañana; no recuerdo qué soñe y no sé si se relacionan. De nuevo miro a mi lado y Lucía ya no está, afuera llueve y llueve; me quedo un rato más con mis pensamientos, con lo que en esta mañana me llega a la cabeza; pienso mientras me levanto; sigo con la vejez, con el hecho simple. !Y qué si el tiempo nos dejó atras! Se me borran los rostros de personas que pasaron hace unos años; recuerdo los sentimientos que me causaron que sobreviven más que las formas; ahora que lo veo desde la memoría, con perspectiva, no logro definir verdaderamente que tan importantes fueron o debe ser que ya no viene al caso. Me quedo en el intento de alcanzar calles del pasado cuando eran otras, pero lo mismo me ocurre con lugares y situaciones. Salgo a la cocina a comer algo. Como todos los días.
8:27 a.m.
Atravieso el apartamento y como siempre por la fuerza invisible de la costumbre llego a la cocina; como estos últimos días no veo a nadie solo la nota en la nevera; todavía se mantiene la de ayer y esta la pusó encima: “Amor: come algo, no lleges tarde al trabajo. Besos Lucía”. La vuelvo a poner en su sitio y mientras abro la nevera para cerrarla rápidamente pienso que para enviudar no se necesita que Lucia muera. Durante los últimos 25 años he sido un viudo del gimnasio, un viudo de las tardes de bridge con sus amigas, un viudo del club, de los centros comerciales, de los compromisos sociales y últimamente de las obras de caridad. Hemos estado divorciados por muchos años, pero ella simplemente no se ha molestado en darse cuenta, quizá porque la luz, el agua, el celular y su tarjeta de crédito nunca han sido cancelados. Ultraje de los años. Mientrás, preparo café. La ventana de la sala, me gusta ver llover y esta mañana no ha parado. Aparece la joven que pasea los perros que son los mismos de ayer aunque hoy viene al ritmo de ellos, no es precisamente esquí acuático esta es una especie de esquí canino. Deben andar como locos detrás de alguna perra en celo; creo que hoy se le complicó el trabajo, por lo menos viene con todo el atuendo para un día de lluvía: impermeable amarillo, botas altas de caucho y bufanda. Yo creía que los dueños de estos perros los tenían como reemplazo de los niños que no tuvieron o de los que crecieron y como a ellos no los dejaban salir en días de lluvia.
Me visto con suficiente ropa para un día frio; de salida me cruzo en el parqueadero con una anciana enana que para cubrir las canas se tiñe el pelo de un color que no sé si es amarillo, castaño o rojo y que he podido ver en las reuniones de señoras a las que va Lucía. Tiene el rostro descompuesto por los pensamientos malos que no se atreve a decir. La mayor parte de la gente me es indiferente pero por este pájaro agorero siento aversión; además creo que es tan estúpida que no sabe hacer otra cosa diferente a murmurar ni siquiera será capaz de urdir, para eso se necesita un poco más de inteligencia. Sin darle el paso la dejo atrás y subo al auto. Empieza a sonar el celular hasta ahora había estado en silencio, incluso hace un rato lo miré un par de veces para saber si funcionaba bien. Contesto tranquilamente, hoy por lo menos tardó hasta cuando ya estaba listo para salir y me sirve para olvidarme de la vieja. Salgo del parqueadero con la esperanza de haber pasado la hora de máxima congestión.
Como la esperanza aparece cuando se acaban las certezas eso mismo funciona para el tráfico; está pesado. En el primer cruce justo antes de salir a la vía mediana que me llevaría al trabajo se avisora lo que va a ser un trayecto más complejo y lento que lo habitual. Le doy paso a un grupo de monjas en una camioneta, algo le queda a uno del respeto por los uniformes y en actos dubitativos dejamos que los que los portan nos saquen ventaja; pierdo la posibilidad de colarme y ahora debo esperar un poco; aprovecho para poner a Bach. Espero que la música más tranquila que conozco me ayude a despejar esta sensación de agitación que llevo esta mañana; soy un tipo a la vista tranquilo pero a veces la angustia o le tedio se apoderan: hoy es un día de esos.
Me logro meter en la fila de carros que avanza pocos centimetros por minuto, al lado queda un muchacho con cara de universitario que sonrie y mueve las manos mientras habla por teléfono; veo en su cara la tranquilidad de la juventud sin sobresaltos. Se empañan los vidrios y el auto por voluntad propia empieza a desempañarlos. Intento concentrarme en la música; veo un hueco en la fila de la izquierda y acelero para colarme: lo logro. Quedo detrás de un sedán normal, barato, desapercibido, no logro a ver quién lo conduce pero por los muñecos que lleva en la parte de atrás me parece que es de una mujer bastante cursi, que más pensar de un oso gris y una abejita que regalan en una cadena de restaurantes de hamburguesas insipidas. En medio de las caras de resignación de los que tengo al lado y de los policías que se refugian del agua recuerdo a Lucía a la que ahora apenas reconozco, cuando la conocí era una muchacha jovén bonita y talentosa ahora me parece que su vida se ha convertido en la estafa de parecerse a algo para hacerse amar.
Viene una caravana fúnebre en sentido contrario y aúnque lentos van mucho más rápido que nosotros, de ellos el único que se mueve menos que nosotros es el de dentro del cajón. los observo por el retrovisor y en el siguiente semaforo se detienen: señales de tránsito hasta para los muertos; y luego dicen que no hay democracia; tengo un recuerdo de niño cuando vi un sepelio, lo hacían a pie, el contraste de luto con colores de las flores me llama la atención desde entonces, aunque a esa edad la mitad de la cosas no se entienden, nos quedan por ahí en la cabeza y se aparecen de vez en cuando como ahora; mejor me pongo a jugar en las lecturas de clima, humedad, posición geográfica que aparecen en el tablero. Otro espacio y adelanto en una maniobra brusca. Me dedico a darle vueltas al teléfono a ver los correos que ingresaron anoche y esta mañana, se acerca una que otra sombra de la calle a ls que siempre ignoro y por fin llego al trabajo; en otro trayecto igual de tedioso al de todos los días o más. El parqueadero como todos son lugares claustrofobicos con luz blanca que hacen que a todos se les resalte el verde de los que pasan la mayor parte del día sin que el sol los mire.
Sin que nadie lo note llego a la oficina, Lo primero que hago es encender el computador y conectarme a la red para encontrar un monton de información de la que no me interesa ni la mitad. Aparte de lo que tiene que ver con el trabajo creo que no hago más que ver titulares de periódicos o me doy una vuelta para saber qué compro; ni siquiera me creo un mundo paralelo con juegos o vidas de red como hacen los hijos de mis colegas, una alucinación en linea; pero no llego a tanto. A diferencia de ellos no logro cambiar el fondo casi constante de mi vida, que siempre tiene el mismo escenario absolutamente previsible.
Continuo ahora con los papeles que tengo que revisar: planos, licitaciones, cuentas, firmas se amontonan como si el escritorio fuera un centro de reciclaje, Estoy en esto cuando Cristina entra para anunaciarme un par de cosas de la agenda del día. Me avisa que debo atender a un grupo de inversionistas para uno de los proyectos, una pereza otra reunión de números y maquetas, le digo que convoque a los que necesitamos que son un par de arquitectos jóvenes que he reclutado, mientras entran en la oficina dejo aparte un sobre de parece tener una película iridicente que llama la atención en la penumbra controlada de mi oficina. Lo pongo encima del escritorio mientras saludo amablemente a las seis personas que debo atender en la sala de reuniones.
9:40 a.m.
Una auténtica lucha de egos, sé que me espera; y no me equivoco, cada cual en su posición, parado en el pedestal que impulsa a cada uno de los que estamos en esta sala de ambiente corporativo, ni siquiera la madera y los intentos por hacer que no parezca un tinglado han sido infructuosos, me río ahora de todos los estudios de color y de formas para lograr la concentración y bajar la emotividad en las discusiones parecen no funcionar. Dejo que todo este alboroto controlado se parezca a un simple paisaje, me aparto de la discusión donde cada uno cree que lo importante es lo que ha dicho y solo se calla para esperar de nuevo su turno para hablar. Me reintegro cuando recuerdo que siempre he creído que perder es dejar el paso a los otros. Y me concentro en el único que no se atreve a levantar la voz a partir de su flaqueza me levanto apoyándome en ella y busco los vacios que pueda ofrecer, pienso que seguramente llego hasta aquí a pesar de su falta de meritos. Lo busco una y otra vez hasta que logro que sea una proyección de lo que yo deseo, empieza a afirmar con la cabeza lo que digo y a mostrarse ansioso, los de su lado lo miran desconcertados pero el tipo está perdido y con él hemos ganado. Lo siento así funcionan las cosas. Finalizamos y logramos lo que buscabamos se ven algunas cars de desconcierto frente a lo que acaban de firmar; he ganado. Los de mi lado entendieron la estrategía desde el principio: por eso están aquí. Con un frio estrechón de manos me retiro antes que todos.
La modestia ya no es una opción. Hacer visible el éxito es lo que cuenta y es la prioridad en la lista de lo que llamamos vida. Tenemos innumerables canales de televisión para ver y video juegos por jugar. Nuestras casas cada vez son mas grandes y nuestros carros más rápidos. Cada día el éxito desenfrenado nos abofetea la cara, tal como lo hace el nuevo convertible del vecino o cualquier otra cosa que los demás tengan y nosotros no.
Llamo a Lucía para contarle este asunto de la reunión pero cuelgo antes de que conteste. Y así otra mañana. Salgo a almorzar esta vez solo. De reojo observo el sobre que deje aparte, pero prefiero salir un rato me asfixia este encierro de mí mismo, las personas que me rodean hoy me parecen insulsas, pero no es culpa de ellas simplemente es que hoy tengo la lupa del desconcierto, de hastio, todo lo veo lento, vivo en la lentitud.
En el restaurante ordeno lo de siempre y espero; mientras observo por la ventana un chubasco que sacude todo y limpia la calle de personas que desaparecen, un eliminador de transeuntes; me gusta porque está muy fuerte no es lo usual; tiene caracter. Apoyo el brazo en el marco de la ventana, empaño el vidrio con el aliento y miro el dibujo efimero y sin forma. Llamo al mesero para que me traiga el periodico de hoy. Lo ojeo rapidamente y busco los clasificados que son los que más divertidos: AUMENTE Sus ingresos, vendo página web de modelos acompañantes, valor ($8.000.000), ingresos mínimos diarios ($200.000), demostrables. Este es el que encabeza la hoja de clasificados de negocios varios; ESCUELA de enfermería aprobada vende programas académicos por competencias en servicios farmacéuticos, salud oral y pública, enfermería, administrativo en salud con asesoría. $5.000.000. Que negocios raros, serviteca, salsamentaria, colegio. Yo jamás hubiera pensado en eso, pero bueno la gente es versátil y debe sobrevivir así sea vendiendo acompañantes por internet.
El mesero se acerca con ese caminado ceremonioso que saben poner cuando están bien entrenados en las lides del servilismo, una manera de hacer sentir más importantes a los que atienden, creo que prefiero un capataz de finca más retador en ocasiones, me muestra el vino: Tempranillo, Matarromera, Crianza, 2002 (Rivera del Duero, España) cuando se marcha lo observo entre la copa, antes de que se aleje del todo lo llamo para ordenar la entrada y el plato fuerte, para empezar Foie gras dorado en sartén sobre tostadas francesas condimentadas y chutney de piña acompañado de tocineta glaceada en maple y de plato fuerte venado de nueva zelanda a la parrilla sobre falafel de cilantro con salsa de limon y pimienta verde. Mientras tanto tomo el vino con sorbos largos y lentos; le doy espacio y tiempo. Algo que hago cuando sé que alguién se ha tomado el tiempo para hacer algo bien.
Retomo los clasificados mientrás llega la entrada y me paseo por la oferta de empleos cada uno para cada tipo de hombre, cada uno para mantener o perder una vida; que cantidad de promesas para conseguir algo sin trabajar muy duro cuando en realidad son labores que agotarían al más asno. Pero bueno la gente es crédula y quiere ascender así sea con las patrañas de alguien que les ofrece ganarse seis millones en medio tiempo sin saber hacer nada y desde su casa. Hago lo que siempre hago observar a los hombres y aprender de ellos o imaginármelos: me ha servido para mi trabajo. Viene el mesero con la entrada.
Me levanto un poco y doblo el periódico que pongo a un lado aún sobre la mesa. El hombre pone el plato, con una ceremonia que debe haber repetido cientos de veces en los últimos diez años, eso le da cierta pericia a su aire elegante pero domesticado. Le agradezco con la cabeza y con una sonrisa que creo que me salió sincera. Un sorbo largo de vino y con las tostadas la practicidad esta a la mano, cosa que le da un gustillo diferente a las cosas; le doy espacio entre una y otra. Comer sin compañia hace que el tiempo de la comida sea distinto, en este momento el ritmo es el mio y casi que lo cuento, no es usual que no dependa de la velocidad o lentitud impuesta por una conversación; comer es como fumar cada cual tiene su tiempo: el propio.
Acabo la entrada y vuelvo al periódico que me ha entretenido hasta ahora. Me dirijo a la oferta sexual de los clasificados. Después donde se ofrecen para trabajar: el desempleo no es afrodisíaco. Levanto la vista del papel y en la media luz amarilla del restaurante observo: no hay nadie más en el pequeño salón de madera y chimenea roja.
Enciendo un cigarrillo mientras continuo con los clasificados de chicas por teléfono, por internet y a domicilio, todas muy bien presentadas según rezan los avisos; se acerca un mesero, no el encargado de mi servicio, y con un disculpe señor me saca de las fotos estandarizads de los clasificados de oferta de sexo; me dice que en ese lugar no se puede fumar y que por respeto a los demás comensales debo apagar. Otra pitada a mi cigarrilllo sin decirle nada; el tipo insite como un portero que pide el tiquete de entrada que se ha perdido; me exaspero porque altera mi silencio y mi almuerzo a solas; estoy a punto de darle lo suyo cuando uno de los meseros veteranos lo llama diciéndole con muecas que me deje en paz. El flacucho se marcha y el almuerzo se salva. Fumo y espero el resto de la comida. Que ya vienen en camino, acabo de almorzar, la carne bastante bien, la entrada no me gustó del todo y el vino siempre a la fija; deberia dejar esa manía de experimentar con las entradas; creo que debo mantener la pauta del vino y el plato fuerte con los que voy a la fija. Saco otro cigarrilo y no pienso en nada; recuerdos cercanos y lejanos mientras la tarde se va. Serenidad y aburrimiento de los días.
Estoy a punto de salir, que coincidencia; se acerca a la puerta María Julieta, mi corredora de seguros. Camino más despacio para dejarla que entre un poco más al restaurante; sonrio, simulo tranquilidad frente a una mujer que me sacude por dentro. Cruzamos un par de palabras cuando con un trote inocentón aún de niño la alcanza un muchacho como de 20 años, mucho mejor formado que la mayoría y con cara de adonis. Le pregunto si es su hijo o un sobrino, ambos sonrien mirándose y no responden. La miro a los ojos y levanto un poco la ceja derecha, un tic que me delata cuando algo no me gusta. Pasa un segundo de silencio que en una situación como esta pareciera que durara mucho más; me despido con un adios indiferente, amable. Está todo dicho. Maldita bruja; dejo a la peliroja en paz; quisiera ser un inquisidor para quemarla por el color del pelo y las pecas y por seducir muchachos que hace dos semanas dejaron de ser puberes. Pero pensándolo mejor: me cae bien, una mujer de una aseguradora que se desprende de la mojigatería ejecutiva, me simpatiza.
Qué es lo políticamente correcto me acompaña hasta el auto. Entonces veo a Blondie de los años 80 que pelea contra una motocicleta que le obstruye la salida a su Peugeot: un insecto verde limón. Está tan histérica como solo las mujeres pueden estarlo; Blondie grita maldiciones para adentro y apreta los puños; con chispas en los ojos que están a punto de matar a alguién y que brillan como los de las fieras de Animal Planet. Me paro a observar el desenlace de la escena y ella me sorprende. En un arranque de ira frente a mi actitud de voyerista me premia con el gesto que se hace cuando se levanta el dedo medio de la mano. En este caso fueron ambas manos: un jódete bastante estético. Si le hubiera podido tomar una foto la pondría como papel tapiz en mi computador. Sigo mi camino y cuando paso delante de ella recuerdo el no te enfades; véngate. Le doy el mensaje, creo que lo tomó bien porque hace cara de complicidad aunque sigue iracunda.
Arranco despacio dándole las gracias al borracho de Bukowsky por que la frase me sirvió para hablar con Blondie, a la que ahora veo por el retrovisor empujando con las dos manos la moto que le obstruye el paso. Ayudar al desvalido, ¿no es eso lo que dictan las buenas costumbres? bueno ahí está: Blondie se podrá ir para donde sea en unos pocos minutos. Debe continuar con las pupilas dilatadas por la ira. Con está imagen en la cabeza de nuevo a la calle y a la oficina. La tarde es somnolienta, lenta y mojada por la lluvía que no ha parado en meses. De hecho, creo que el sol no le va a esta ciudad; la convierte en algo que no es, la vuelve incomoda como un disfraz de alquiler.
Llego a la oficina; es media tarde y todo está igual, un día que se sucede a otro día. Pregunto si hay algo para mí, una que otra cosa de trabajo y ya. Me encierro en la oficina a rayar papeles, trabajo. Soy un tipo de la vieja escuela y diseño sobre papel, el computador es el último en enterarse de lo que hago. Así se me pasa la tarde. Con los rayones aprendí a soportar la lentitud de los atardeceres humanos, no sé cómo serán los de los pájaros o los caracoles o si les importa; ya parezco un filósofo que pierde el tiempo pero con pensamiento inútil: debe ser que me gusta pensar estupideces que no tienen nada que ver con nadie ni con nada y cuya aplicación a la vida cotidiana es nula; estoy de buen ánimo, debe ser por la bruja o por Blondie o por ambas. Pero vuelvo a cosas de mi profesión antes de empezar a divagar. Ahora que lo pienso bien algo ha quedado. En la ciudad y en muchas otras hay por lo menos una veintena de edificios o casas que definitivamente tienen mi firma; gustan y son bien valorados, una manera de no morir, de dejar algo que está más allá de los años en los que respiro; eso que está ahí en concreto y metal es un acto de memoria y cada uno obedece a un momento específico, como llevar un diario, solo que más caro y con dinero de otros. Soy de la minoria que vive de lo que le gusta. Bostezo, un gesto involuntario que detesto ver y hacer; levantó la ceja pero nadie me ve.
Continúo toda la tarde en mi estudio y cuando levanto la cabeza ya está oscuro. Hace unos años los cambios de luz me golpeaban y entraba en unos estados de ansiedad que hacían inútiles esos minutos que no alcanzan a ser veinte. Tenía que sentarme y esperar; tomar agua o cualquier otra cosa. Paulatinamente la sensación desapareció, casi siempre estoy tan concentrado en mis cosas que no percibo el salto de día a noche. Hago un par de llamadas y me doy una vuelta por algunos libros, la correspondencia y por internet antes de retomar mis diseños, las cuentas o de irme a algún otro lugar para no llegar temprano a hacer nada a la casa. Si sucede lo primero lo más probable es que el próximo cambio de luz me soprenda aún en el estudio, lo contrario significaría otro día que se acabó sin más ni más.
Salgo sin rumbo definido, son las 9.00 de la noche y sólo sé que debo salir. Camino al ascensor. Salvo un par de grupos de trabajo y los de servicios generales que ajustan unas ventanas y hacen el aseo no hay nadie más. Algunos no levantan los ojos del computador, otros se reunen alrededor de los planos impresos que resaltan sobre mesas de luz. La mayoría empieza sus carreras, otros con más tiempo se notan más apáticos, menos concentrados, displicentes en la mirada y con con una mueca de aburrimiento; deberían largarse. Observo el cuadro y pienso que cuando la experiencia se convierte en simplismo de las horas y del salario, no vale la pena continuar.
Voy por un par de whiskyes al bar de siempre; no hablo con nadie, el día ha estado solitario por qué debería cambiar en la noche; me sirven lo usual y así pasan un par de horas más en las que termino de vuelta en las mismas formas que tenía en el papel pero que ahora analizo en la cabeza desde otros ángulos. Recuerdo en este momento un mensaje que recibí en un sobre de papel reflectivo; una cosa extraña tomarse tantas molestias para envíar algo. Contenía una memoría USB con unos datos que todavía no entiendo del todo. Con eso en la mente, inquieto como cuando creía que las novias estaban embarazadas llego a la casa. Lucía como siempre dormida; hace un par de días que no la escucho ni la veo, solo así, en la cama. Como dice el japones de Tokyo Blues ...de madrugada, cuando se apagan las lámparas de la lógica y la racionalidad cierra los ojos. Tal cual para esta mujer que cada vez parece más hacer parte del mobiliario.
No puedo dormir y empiezo a pasearme por los canales de TV. 150 posibilidades de puro entretenimiento. Un programa de insectos en guerra es lo que me llama la atención; me quedo ahí en medio de batallas de centenares. Me duermo sin darme cuenta, en medio de un sobresalto de esos que se tienen cuando llega el sueño y no se está en la posición adecuada; me despierto de nuevo. Otra vez en vela. Ahora hay unos tipos en la televisión que aclaran cosas que uno no creía; hablan sobre emborracharse con enjuage bucal. Me acomodo mejor y recuerdo el encuentro del restaurante, sin darme cuenta, me duermo.
Los truenos y el sonido de la lluvia me despiertan. No recuerdo los sueños, creo que fue una noche sin imágenes para recordar en la mañana, lástima, me gustan las incoherencias del pensamiento sin razón. Me levanto de un impulso para no demorar más el asunto. De nuevo una nota de Lucía que me recuerda o me avisa, es lo mismo. Que tiene un viaje de tres días. “Andrés: regreso en tres días. Cuídate mucho. No trasnoches. Besos. Lucía.” Saco un jugo de naranja de la nevera y me sirvo un vaso que desocupo para repetir la dosis. Como todos los días me acerco a la ventana. Abajo los pugs que siempre suelen pasear con la muchacha de los perros atraviesan la calle mirando para un lado y otro, se ven nerviosos y embarrados. Los observo hasta que se pierden en el parque contiguo. Se escuchan los ecos de algunas sirenas pero no alcanzó a enterarme de qué se trata. Busco a los perros fugitivos ocupados en la acción de olfatear y orinar árboles.
Continuo con todas las cosas ordinarias de la mañana, similares a la estática que se ve en los televisores viejos: sin significado. Salgo a otro día de trabajo. Ya fuera de la casa, apenas a un par de cuadras, me encuentro con el levantamiento de un cadaver y con un automóvil abandonado con dos ruedas sobre la acera y dos sobre la calle. Una sabana cubre de mala manera lo que al parecer es una mujer con botas para la lluvia. Tiene pelo largo en rizos que ahora son negruzcos por la sangre coagulada que deja una mancha rojinegra en el asfalto y que por la lluvia se escurre en pequeños ríos que siguen el desnivel de la vía y desembocan contra el andén. La escena es dantesca y me afecta especialmente cuando veo una de las traillas de los perros y el cadaver sin sangre del rotweiller que una niña como de 14 años recoge entre lágrimas silenciosas. El perro me ayuda a identificar a la paseadora que veo con ellos todos los días. Pienso que de no ser por los detalles jamás hubiera podido saber de quién se trataba: los muertos lucen tan diferentes a los vivos que se deben mirar más de una vez antes de conocer a ciencia cierta la identidad de cada cual. El escenario lo completan unos tipos de bata blanca con impermeable que analizan con frialdad las distancias y simulan algunos movimientos del accidente; toman notas en un computador, no sé como serán los votos de estos, deben ser algo así como prometo vivir como un buitre de la muerte de los otros para que el ciclo no se afecte. Hay más lágrimas en el lado del mastín. Con cierto pesar y con una ansiedad que hace que todo se vea en una misma dimensión me alejo del lugar. No es usual ver muerto en el pavimento a alguien que me gustaba mirar, a una anónima que me era familiar. La gente murmura con aires de indignación. “Fue culpa de los tipos del carro; se volaron, ella pasaba tranquila.”
Sin tener ninguna claridad del porqué; a veces se hacen cosas bondadosas sin razón alguna, sin pedir nada a cambio, una condicion humana que ningún otro animal tiene. Me desvio y paso lentamente frente al parque para buscar a los dos perros perdidos hace un rato; camino unos metros y los veo jugar a perseguirse por turnos el uno al otro, se echan a descanzar. Me acerco despacio sin intenciones claras aún. Las hojas acolchan mis pasos pero los hacen sonoros y me delatan, los dos voltean a mirar y corren unos metros; se quedan quietos, mueven la cola sin desconfianza, me acerco y vuelven a correr otro poco para mirarme; se echan de nuevo, me vuelvo a acercar y los malditos vuelven a correr para hacer la misma jugada. Ya llevo como 10 intentos y parezco un imbécil detras de estos enanos. Finalmente el negro me espera y cuando lo alcanzo gruñe; lo suelto y sale a correr de medio lado mientras me mira. Con ira me quito un zapato y se lo lanzo: una acción de poca inteligencia. El perro se va y llega ahora el pug dorado que observaba la escena, lo recoge y se lo lleva como un juguete entre los dientes. Con un pie descalzo y el cesped humedo pierdo el interés en mi acción de boy scout retrasado. Además ya no hay rastro de ellos. Ni modo, igual no sé que hubiera hecho si los hubiera agarrado, ¿los hubiera recogido? Debo llegar a la oficina: vuelvo al carro como si tuviera una pierna más larga que la otra.
Pienso en lo molesto que será conducir descalzo, no es agradable; cuando piso el parqueadero de la oficina me doy cuenta que llegar con solo con uno de los zapatos puestos no es muy decoroso: me devuelvo al auto y lo dejo ahí, me acuerdo de los perros y me da risa, seguro sobrevivirán. Subo a la oficina, no hay casi nadie y mi situación ahora con zapatos de golf pasa desapercibida.
Hago que me traigan algo para desayunar. Como con desgano sin siquiera darme cuenta de lo que es, no importa, frutas. Ha sido una mañana rara, con bastante movimiento y sigo ansioso, un poco entristecido por lo que sucedió en la calle; como una turbulencia que hace más cortas las vidas, por momentos, una mirada esquizofrénica de la realidad. No me puedo sacar la imagen de la cabeza.
Son momentos en los que no sé por y para donde van mi vida y mi futuro que otros ven garantizado y tranquilo. Estoy solo y eso no ayuda porque en esta condición son más fuertes los pensamientos: más profundos y muy confusos. Solo: sucesos vistos desde un mismo lugar que tienen muchos ángulos dispares. ¿qué será de Lucía? No me importa se puede quedar donde esté, si tiene un amante mejor. El presente como suma total del pasado en mi cabeza.
Hoy me agobia este lugar y quedarme me haría sentir peor. Es de esas situaciones que ni ocupado ni sentado. Recuerdo el mensaje de USB y voy a buscar el lugar que indican; pero antes debo cambiar estos zapatos deportivos.
Las señas son claras y llego a la zona: kilómetros de bodegas. Me sorprenden las magnitudes de estos edificios de pocos pisos, todo es grande, pocas ventanas, en pocos lugares del recorrido si alguna de las puertas está abierta se puede saber que ocurre dentro. Son millones de ladrillos, a veces se oyen grandes martilleos con eco o máquinas que no sabría a ciencia cierta qué hacen. También algunas filas de camiones con montacargas que se les pegan como hormigas para sacar cajas más grandes que ellos. Una exploración que me muestra otros tiempos menos aletargados que los de la oficina. Hay mayor movilidad en las personas que trabajan aquí y que se pierden en las dimensiones de las bodegas. La contaminación y el polvo son mayores, el automóvil ya tiene una capa tenue como si estuviera en un camino a medio pavimentar. Finalmente llego al lugar que me indican, es una edificación de paredes blancas con una columna de ladrillo que sobresale por su altura, esa es la principal señal para llegar a este edificio que parece el más antiguo en una zona donde se confunde lo viejo con lo nuevo. Detengo el carro justo enfrente de lo que parece ser una entrada principal. Es en definitiva una construcción vieja.
Le doy la vuelta; ocupa exactamente una manzana y parece no haber movimiento en el interior, tiene varias entradas y al igual que las demas bodegas de este vecindario industrial es imposible ver por las ventanas que están demasiado altas. Decido dejar el carro en otro lugar y hacer el recorrido por este montón de paredes blancas a pie para ver un poco lo que ocurre dentro.
Busco un lugar en otra cuadra un par de edificios más allá y empiezo a caminar; agradezco ahora el accidente con los perros juguetones, como no tenía pensado regresar al trabajo aproveche y me cambié de ropa, nada de traje, ahora no me veo tan fuera de lugar como lo podría estar con otro tipo de vestido. Llego a la esquina que está más al norte de edificio. No puedo negar que cierto nerviosismo me ataca pero no importa, igual solo soy un peatón más en una zona industrial. Con lo que no había contado es que salvo las horas de comidas o de salidas de turnos no transita mucha gente a pie, eso significa que no pasaré tan desapercibido como quiero. No hay vuelta atrás, continuo con mi tarea, pasa un automovil blanco de cuatro puertas con personal uniformado de vigilancia privada, los tipos me miran y yo me hago el que no es conmigo. Calculo que a la velocidad de una traseunte normal darle la vuelta a esto me tomará unos 20 minutos y no me gusta mucho el carro blanco de los guardas, camino y no encuentro ningún lugar desde donde alcance a ver lo que hay dentro, el par de puertas con las que me he encontrado hasta ahora no permiten ver nada.
Es más de media mañana y aún no encuentro nada que me de más pistas del mensaje. Un timbre suena en una de las bodegas aledañas y me cruzo con trabajadores que charlan entre ellos mientras se limpian las manos con trapos rojos. Son tipos rudos, me ignoran, casi me atropellan y tengo que bajarme de la calzada. Unos metros adelante se acaba el primero de los lados de la edificación, giro 90 grados y en el anexo escuentro una escalera que da a los que parece ser una terraza. No viene nadie y decido subirla, al final efectivamente llego a lo más alto; seguramente la diseñaron como vía de evacuación al exterior. El final es una puerta con una concertina que rebanaria al que intentara pasar, la curiosidad no me puede tanto: solo se ven unos grandes hongos metalicos a los que la cabeza les da vueltas para que el aire acondicionado funcione. Deben ser nuevos, el acero inoxidable y el aluminio no van bien en los edificios viejos son de tiempos dispares. Empiezo a bajar y pasa de nuevo el carro blanco de seguridad: no ven hacía arriba.
Ya de nuevo en el planeta tierra continuo con la busqueda de un lugar para poder ver qué demonios es lo que ocurre adentro o por lo menos qué hay. El mensaje decía 5.30 p.m pero soy un tipo precavido y continuo con la acción de conocer el terreno con varias horas de anticipación, es un asunto que desconozco y llegar a improvisar del todo no estaría bien, no para mí. Al fin veo una puerta que tiene una luz más o menos grande en la parte inferior: agacharme para ver pero ni modo.
El olor a polvo humedo hace que respire con dificultad, sólo se ven unos containers medio oxidados que hacen las veces de segunda pared. No hay nada interesante que se pueda ver desde esta perspectiva, que mal punto de mira. Oigo un automóvil seguido de una sirena. Me levanto sacudíendome las manos. El copiloto me pregunta ¿Qué hago? Le digo que nada pero parece no creerme, ni que él fuera tonto. Camino hacía mi carro y me siguen, me preguntan por segunda vez y les respondo de la misma forma, nada. Giramos precisamente en la esquina donde dejé la camioneta acelero el paso y uno de ellos se baja; lo veo de reojo acelarar el paso para alcanzarme. Precisamente en ese momento como en una aparición, porque yo no oí ningún motor, se cruza entre el tipo y yo un BMW de lujo con tres tipos que miran al hombre que se detiene para dejarlos pasar. Cruzo la calle y llego a mi carro un poco agitado, abro la puerta y me siento, los de seguridad han desaparecido también los del auto de lujo. Los hombres buscan aventuras porque nada les aturde tanto.
Salí lo más rápido que pude del lugar. No entiendo cuál es el problema, siento que debí enfrentar a los de seguridad. ¿Qué me podían hacer más allá de corroborar que no era nada raro? La paranoia de estos tiempos, aunque no descifro si es la de ellos o la mia. Me falto valor, por lo menos al final. Enciendo el sonido del auto para escuchar algo que me saque de la situación. Conduzco sin lugar definido un poco más tranquilo. Un tipo canoso, de rostro grande, ojos zarcos y arrugas profundas estaba en el asiento trasero del BMW que se interpuso para permitirme llegar al auto. Lo bueno de la adrenalina es que se escogen y retienen imágenes que en otros estados de menor atención pasarían desapercibidas: Juraría que me miraba desde unos metros atras y que cruzar fue adrede para abrirme camino. No me gustaría ser tan viejo, aunque este tenía un aire de dignidad recia.
Me devuelvo rápido por donde llegué, unas cuadras más allá enciendo un cigarrillo para pasar la agitación, no estoy acostumbrado a que me persigan ni a usmear por las ventanas. Salgo de la zona industrial que ahora parece moverse más que hace un rato, debe ser porque los trabajadores salen a tomar un descanso; van uniformados como buenos obreros. Es un buen cuadro, me llaman la atención dos negros del tamaño de un árbol que reemplazaron las gorras de mecánico por pañoletas rojas. Atrás queda la zona gris y densa sobrepoblada de fábricas; huele a humo. Ya en una vía rápida el paisaje cambia de dimensiones y se convierte con el paso de los kilómetros en algo más vertical, más alto, con más colores; es plena mañana y la multitud de los semaforos parece una peregrinación de Domingo de Ramos o rumbo a un espectáculo, el reloj de manecillas de la vía marca 12.15 lo mejor es ir a comer algo para aclarar las ideas y tranquilizarme. La tarde necesita decisiones y aún hay tiempo.
Necesito un lugar nuevo que evite encontrarme con algún conocido; instinto de autoconservación al que le hago caso, de hecho, pocas veces falla, una llamada a un amigo que me recomienda un hotel justo entre la zona industrial y el aeropuerto, me parece lo suficientemente apartado de los sitios que conozco y cerca a la cita del fin de la tarde. Es un edificio bastante grande, impersonal por la falta de habitantes, se ve algo vacio. Atravieso el parqueadero y dejo el carro en el lugar más oculto, en uno de los extremos. Para distraerme y aprovechar que nadie me conoce le doy una mirada al lobby, luego voy al bar donde pido un refresco, me hago en una mesa estratégica desde donde puedo controlar la barra y la entrada que es más o menos estrecha, el lugar tiene unos ventanales interesantes que provocan un claroscuro que funciona. Escojo el lado de sombra; pienso en lo que soy y en lo que seré, en lo que me puedo convertir después de las decisiones que tome. El mensaje dejó muchas cosas vedadas que me ponen a pensar, pero parece un asunto serio que cambiara mi perspectiva de la vida: ese sería el resumen. No puedo negar que me inquieta y me asusta, pero el vertigo es una intriga interesante. El asunto es decidir lo que se va a ser y donde se está ahora; es tener conciencia de que las decisiones limitarán algunas acciones, seguro, como ahora que me escondo, pero también vendran unas nuevas e inesperadas, algunas veces se ofrece algo que es como escoger ir a la guerra, en medio de tanto tedio, no deja de ser atrayente: significa darle tinte a los días. Me dedico a ver mi Iphone mientras me sirven. No hay nada nuevo, ni de la oficina ni de la casa ni de Lucía. Mejor me doy una vuelta por internet un rato, una buena forma de poner la mente en otro lugar.
Veo sin atención la pantalla y levanto la mirada cuando escucho risas. Es una pareja que aparece a unos metros, ellos no me ven y se comportan con naturalidad, como si estuvierna solos. Es un tipo joven, por lo que puedo traducir de su ropa y sus ademanes, parece un poster de ropa interior o de colonia para hombres, pero no logro ver bien sus rostros, el lugar es bastante grande y la contraluz los oculta. Él la sujeta por el talle y la mujer eventualmente recuesta la cabeza sobre su hombro a es alta y los zapatos de tacón la hacen más; sin embargo él parece llevarle unos buenos centimetros. Ella viste de sastre oscuro y es bastante esbelta, tienen bonito cuerpo, nada de voluptuosidades, todo en su justa medida. Los sigo con la mirada; entran ahora a la zona en la que estoy. Cuando van a pasar justo donde podría verlos a pesar de la distancia y la luz llega el mesero a preguntar si necesito algo, habla mucho más de lo acostumbrado, lo dejo hacerlo, por ahora solo le pido un poco de refresco y que me traiga la carta. El hombre se retira con diligencia y un si señor. Vuelvo a buscar la pareja, ahora logro ver claramente al tipo, certifico que es joven de unos 30 años, pelo lacio, castaño, hasta los hombros, mandibula amplia a medio afeitar y dientes blancos, muy blancos, lo que se podría llamar un buen espécimen. La charla parece estar divertidísima porque ríe con frecuencia como un orangután y se da aires de suficiencia lanzándose hacía el espaldar de la silla: no me cae bien; tiene risa de imbécil, me imagino igual que no lo escogieron por sus aportes a la física cuántica, ahora, si es un genio pues pobres de los otros mortales, pero lo dudo. Ella por su lado, rizos castaño claro con cuello y piernas largas que cruza cambiando una por otra cada cierto tiempo; de ademanes austeros le lanza una que otra caricia tímida. Me gustaría ver su cara pero debería cambiar de posición para que la penumbra que tengo desde aqui no la oculte y sería evidente, no hay mucha gente. Por alguna razón el espíritu voyerista aparece. Voy a esperar unos minutos, no han ordenado. La larga paciencia que es el talento.
Pido algo ligero para comer y el mesero lo trae diligentemente alos pocos minutos, cumplo con lo mio de la misma manera, hace un rato no quería nada pero ahora mucho más tranquilo el estomago se siente vacío, sigo sin perder de vista a estos dos que hablan sin parar. Les traen un par de tragos el de ella parece ser un tom collins, el de él un martini, cualquiera de esos, dadas las circunstancias no me caería mal, me gusta la gente que puede empezar una tarde cualquiera de esa forma, ojalá haya sido idea de la mujer que ahora sale hacía la zona de baños, el sonido de sus tacones se nota a lo lejos cuando esta por atravezar la puerta que divide el bar de las áreas de servicio. Observo. Entra una llamada y mi teléfono vibra, no contesto, no quiero que el tipo me escuche hablar y se voltee para saber de quien se trata, una premisa de observador: que nunca te vean. La llamada era Lucía, después hablo con ella.
Me concentro en la llama azul del encendedor, solo eso y el rojo y negro de la combustión más el humo que entra hacen saber que el cigarrillo está encendido, es como prenderlo solo con quererlo. Tomo el ejemplo de la pareja y pido un trago, aunque prefiero whisky con hielo que tomo lentamente, sin ningún afán, aún tengo tiempo. Entra un correo de la oficina, un asunto sin importancia cuando levanto la cara ella ya está sentada, no la oí salir del baño y pierdo mi segunda oportunidad de verla. Se mantiene en la misma tónica de hace un rato, mientrás tanto pienso sin concentrarme en la citas de la tarde y observo. La pareja se toma unos minutos más, no muchos y se levantan para irse, el mesero los mira con naturalidad sin acercarse, eso me indica que están hospedados y probablemente vienen con frecuencia. Vienen hacía donde estoy, ella me mira y se detiene por unos segundos. Me debato entre si valió la pena la espera o si sería mejor haber estado al margen de esto, es Lucía la que ha protagonizado la escena todo este tiempo. Cómo no la identiqué. Estoy quieto, sólo espero el encuentro con la tranquilidad que da lo inevitable. Se acercan, maldita ceja siempre me delata, en estos momentos quisiera tener la frialdad de un psicópata.
Lucía se acerca y su acompañante como un perro faldero detrás, él parece no tener mucha iniciativa más bien tiene ganas de correr como el cachorro que es. Por mi lado sigo tranquilo. Espero a ver que tiene que decir ella, me saluda con tranquilidad aparente pero gesticula más de lo acostumbrado, realmente no sabe exactamente qué fue lo que vi, no se puede explicar que carajo hago allí y no logra decir quién es su amigo. La dejo hablar, en algún momento me canso y la interrumpo con un gesto: un golpe suave en el antebrazo y sigo a la terraza que tiene una buena vista a un jardín. La maldigo con la maldición del silencio. Nunca supe su reacción.
Este asunto se veía venir, debe ser que se busca por fuera lo que ya no hay en la casa. las mujeres buscan belleza, dinero, poder e inteligencia, si lo encuentran todo en uno solo, pues se ganan la loteria, sino buscan algo de eso en uno o dos, de reunirlas perfecto funcionan sin problema, lo que quieren lo logran sin que importe mucho. Así se comportan, no quiero pensar ahora qué buscamos nosotros, eso no tendría sentido ahora. Es probable que me haya solucionado un problema y pueda moverme mejor en estado de independencia ahora que hay una disculpa. Siempre he creído que se es con quien se anda y este tipo me parece que no tiene de donde, debe ser un asunto de fluídos corporales . Adios Lucía. Lo que puede pasar en una mañana de cambio de rútina. En este caso último, un accidente, intempestivo como todos, mala suerte para ella o quizá para mí.
Respiro profundo, para seguir me concentro en lo que sucede en el jardín que hay junto la bar; parece que lloverá otra vez. Es un momento denso y triste que acompaña la frustración, no importa que esto se viera venir, que fuera predecible. La tarde que apenas empezaba es devorada sin miramientos por una atmósfera gris y unas nubes bajas; es como si el fin del día se hubiese venido encima saltándose las horas. Sopla un viento frío; ahora las nubes están encima mío, el aire gélido me golpea la cara; la sensación no es incómoda y le ofrezco la otra mejilla; espero las primeras gotas. observar algo que no tiene cuerpo, ni forma definida en una hora lánguida que hace que el atardecer se funda con la noche. Una serie de truenos que anuncian el diluvio. En la calle, los autos encienden los faros y la gente empieza a correr para resguardarse. Un presagio, pero tenerlo en cuenta, cuando creo que nos ocurren cosas que depende en gran medida de nosotros aunque no del todo ¿podría ser?. Adversidad en la opulencia, traición en el tedio, verdad que se muestra a pesar de todo y cuando no se busca. ¿Y lo que viene? Camino lentamente, como si con eso lograra cambiar lo que pasó o aplazara más de unos minutos lo que tengo certeza de hacer. Un giro, un ajuste que como todos los de su clase no sabemos del todo si será el que esperamos o el que nos lleve al precipicio, es posible que en medio de una actitud autodestructiva, suicida, sepamos que ese movimiento será en falso y no ocurrirá nada distinto a un lanzarse al vacío cuando no hay nada que cambie lo que ya esperábamos. El cuerpo carga el peso de la duda y la cabeza contiene el valor de la decisión.
Continúo con los planes que tenía trazados desde esta mañana y que me llevaron a este lugar y a las circunstancias inesperadas de hace un momento; pido otro whisky para pasar el trago amargo y analizar lo que sigue. La bruma se mantiene y aparecen las primeras gotas sobre las hojas de los árboles. Como en cualquier lugar al que voy me siento en una mesa con ventana, de un momento a otro afuera todo cambia de color; el cuadro por el aguacero se convierte en una escena del viejo expresionismo alemán que el maestro de historia, un cincuentón amante de todo el arte de ese país nos hacía ver cuando mis referencias de joven no superaban las tiras cómicas de superhéroes que tenían traje de payasos pero ajustados.
Lo primero que debo hacer es ir al banco, para mover la suma de dinero que necesito no hay otra forma, eso es una cosa que no hago desde hace tiempo y menos ahora que las comunicaciones lo permiten y mi actitud no, el hecho de tener que acercarme a una oficina, hablar con empleados, esperar trámites no me entusiasma nada. Sin alternativa es mejor darse prisa. Pago la cuenta, doy las gracias con la propina y salgo por la misma puerta que debió usar la pareja de hace un rato, sólo espero no encontralos de nuevo, a ninguno de los dos, el trayecto al parqueadero es monótono y guiado por las flechas amarillas sobre el piso medianamente brillante que refleja las tubos de neón que iluminan desde el techo en celdas regulares y por las señales puestas para ese fin, obvio. El lugar continúa vacío, un túnel de ecos, solo se escuchan mis zapatos con un sonido seco y su repetición más tenue y distante, una especie de ubicuidad. En la zona en la que estoy no hay más que un par de autos y ninguna persona. Salgo y con una tarjeta activo la talanquera, el aguacero al igual que todos estos días continúa.
Es un trayecto más en los muchos que desde esta mañana he tenido que hacer.
Distraído miro sin observar ni pensar, mecanicismo del momento, me limito a conducir y no estrellarme con cualquier cosa. Sólo en algunos momentos se me viene al cabeza de qué se trata todo esto y por qué se necesita tanto dinero: después de cierta cifra algunas cosas me parecen caras y este es uno de esos casos. El dinero y los juicios de su valor que se hacen, que importan ahora, simplemente lo tengo y quiero conocer de que se trata este misterio, es un novela de suspenso y ya me he tomado demasiadas molestias como para hacerla a un lado.
Sin darme cuenta en medio de este ambiente húmedo entro al banco donde me sorprende la cantidad de años que hay acumulados en las filas de atención, los ancianos parecen sacados de otra época, una pasada sin jóvenes. Como si todo se hubiera confabulado para mantener la continuidad de los ambientes, este de nuevo es un edificio viejo; supongo, de las primeras sucursales. Saludo al gerente y le pregunto por los trámites y mientras hace las consultas en su computador le indago el porqué de tanto anciano. Especulo si es que se trata de un cobro de pensiones o algo así, el tipo me responde que con internet ya la gente de menos de cincuenta casi no viene y que en un día como hoy los únicos que se acercan para atender sus asuntos son viejos a los que la tecnología no les interesa o no pueden con ella. Me pide un momento y va por el dinero.
Observo el entorno, un cuadro de Goya adaptado a estos tiempos, las paredes y los techos antiguos con detalles de otro tiempo y las columnas cilíndricas anchas de color cobre contribuyen a lograr el efecto, las ventanas a pesar del tamaño parecen filtrar la luz y el edificio es algo oscuro, tampoco el clima del exterior ayudaría a la iluminación. Volteo para encontrarme con un par de vitrales con figuras geométricas en el dintel de la puerta principal, contrario a casi todos lo que he visto últimamente el lugar aún tiene luz amarilla y en los escritorios de los empleados abundan las lámparas que permiten leer los documentos, un banco de los 30: otras proporciones, otros habitantes, definitivamente cada cual busca el lugar donde se siente mejor y creo que le va a estos rostros ajados de tantos años que les han pasado por encima, siento miradas duras de rencor en ellos y algunos murmullos, porque será que siempre se susurra lo que no se atreven a decir en voz alta. No deja de llover y ya está listo el dinero que necesito. El tiempo corre, pero fuera de estas paredes.
De nuevo a la casa, despacio, sin afán. No hay por que tenerlo, un par de horas que debo rellenar antes de la cita de las 5.30. La mente funciona en una sola dirección: el fin de la tarde. Es una sensación que pone todo más claro, con máxima atención, al acecho, condiciones especiales de la concentración.
Planifico todo mientras tomo un baño, por alguna razón decido ponerme lo mejor del ropero, como si fuera para una reunión de alto nivel o un sepelio. No tengo miedo, tan solo estoy un poco ansioso, recojo mis cosas y me lanzó de nuevo a la calle, controlo todo, soy un tipo tranquilo. Estoy a un poco más de una hora. El recorrido lo tomo con cautela, respeto los límites de velocidad, le doy paso a los ancianos, niños y señoras embarazadas, me comporto como un buen ciudadano, esta es una de esas cosas que no se debe dañar por apresuramientos. Los kilómetros cambian la situación y me apresuro sin pensarlo; tomo una ruta nueva y memorizo cruces, posibles obstáculos, incluso sobre algunos me devuelvo para verlos por segunda vez como si hiciera el plan para un asalto. Se va la tarde y las luces amarillas de los faros alógenos le dan un aire casi nocturno a las calles mojadas por tantos días de agua, incluso se reflejan tenuemente en el asfalto que intenta devorar la luz.
Llego al lugar que indica la USB y que había espiado en la mañana. Una gran puerta, gris, muy solida que parece una entrada de carga. Estoy en frente apenas unos segundos y se abre automáticamente. Una vez adentro, una llamada que no identifica mi celular me sugiere apagar las luces del vehículo. Es un laberinto de containers con lámparas azulosas intermitentes en el piso, como un flash de aeropuerto guían el camino que se debe seguir. Llego hasta un lugar donde veo varios autos de lujo. Me detengo a pensar un poco y relajarme, de nuevo suena el teléfono, esta vez para avisarme que debo descender y seguir las indicaciones que están en las paredes de hierro acanalado. Tomó la maleta y me bajo del automóvil. Ahora las señales son para peatón, las sigo sin pensarlo mucho. Hasta el momento no he visto a nadie, solo unas cámaras instaladas en los containers y flechas fluorescentes en el piso que me guian hastá el siguiente punto.
De un Mercedez Benz negro que llega aparece un trigueño de mediana edad, unos 42 o 45, algo robusto, me sonrie con amabilidad complice mientras que con pasos amplios camina unos metros detrás mio; lleva maletín de cuero que logra hacerme sentir gracias a mi mochila deportiva como universitario en su primer día de clases. Apenas le llevo una veintena de metros y lo volteo a ver un par de veces mientras avanzo por esta mini ciudad de bloques de hierro de colores opacos y penumbra azul. Me tiemblan las piernas y pienso que cualquiera lo puede notar, sin embargo me aferro al piso en el que patino un poco, se parece más al de los almacenes de elementos de construcción que al de una bodega con varios metros de polvo y grasa.
A cada paso trato de concentrarme solo en la acción de caminar, mientras sigo por los corredores sin certeza de qué habrá más adelante. Sólo escucho mis pasos y los del tipo que me sigue. Es un dramatismo silencioso.
El callejón se estrecha al final como si se tratara de una gran embudo donde apenas cabe una persona, se siente una sensación arida, de impotencia y nerviosismo; miro hacía arriba y solo se ve un muro de hierro de varios pisos de alto. El cuello desemboca en una especie de sala amplia, me imagino que metieron todo antes de construir el laberinto. AL final del túnel la bienvenida la da un gigantón pulcro de buenas maneras que me solicita el maletín y la USB. Le pregunto sino contará el dinero, a lo que responde “Sabemos que está completo”. Un chispazo eléctrico me corre por las vertebras, siempre cree uno que ese tipo de cosas pasan inadvertidas y las apariencias indican que todo está controlado.
“Gigantón” me invita a pasar no sin antes pedirme mi teléfono celular, se lo entrego y antes de recibirlo me lo hace apagar; luego el detector de metales de la cabeza a los pies y me acompaña a mi lugar dándome un par de giros que me desorientan. De un momento a otro cambió mi perspectiva como si me hubieran dormido unos segundos y estuviera en otro lugar.
Es un momento inusual, saltar de una asepsía industrial a una sala pseudovictoriana da una sesnsación de “cualquier cosa puede pasar”. Además no tiene nada que ver con la poca idea que tenía con mis pesquisas de hace unas horas.
Hay nueve sillones rojo escarlata, están ordenados en forma de herradura alrededor de un escritorio de caoba con un sillón negro y una pantalla de plasma que parece suspendida en el aire y por la que pasan fotografías del Coliseo Romano y dioses del Olimpo, escenas que no logro entender. El fondo de la sala es negro, un cubo aíslado, no hay sensaciones de fondo, ni distancias, todo en un par de planos que la conforman, nada más allá, fin del mundo. Cualquiera que salga de este mundito seguro se perdería sin puntos de referencia visuales, además de alguna forma los sonidos también están aislados, casi podría oír mi respiración. Por ahora solo existe esto lo cercano. Me corresponde el lugar que está en uno de los extremos.
Más tranquilo; sentado; veo que cada sillón tiene una mesa de vidrio con agua y varias botellas de licor, hielo, obviamente un vaso y en algunos casos cenicero también de cristal, pero en cada una de ellas el color del vaso es diferente, el mio es de cristal azul. Creo que es una buena forma de identificar a las personas por el color del vaso o de la copa.
Cada puesto es igual: el sillón, la mesa, las botellas, la diferencia es que hay un par que tienen solo agua y otros dos tienen un audifono sobre el espaldar. Me sirvo un trago de whisky, mientras espero lo que pueda ocurrir, son las 5.40 p.m. No llevo más de 10 minutos aquí, el tiempo parece dilatarse. El que venía detras mio en el laberinto aparece como si saliera de la oscuridad, me saluda con una venia y se sienta al lado, no hablamos, no me mira y parece distraído; su vaso es verde. Verde sirve vodka puro, acepto que tengo una fijación por las bebidas de las personas, que incluso frente a una situación que es del todo novedosa aparece. Mientras se completa el cuadro de la escena juego con los hielos, Verde parece tranquilo, con la mirada perdida en la oscuridad del fondo, como si quisiera identificar algo.
Naranja es un viejo de unos 70 años que tiene el color de los habitantes de la India, esto hace que los canas se vean más blancas de lo normal, por lo menos para mí, ya que no tengo mucha relación con personas que tengan esta característica, lleva espejuelos finos en un marco plateado que no ocultan sus cejas sobresalientes como dos cepillos despeinados de lavar el piso; me mira atentamente y por corto tiempo, percibo esos ojos grises de los viejos cuando tienen demasiados días acumulados y pocos en saldo. Naranja juega con su bastón que sonaba bastante y se mezclaba con el ruido de sus zapatos cuando venía en camino, ahora entierra la punta en la alfombra mullida de color blanco y estira lo más que puede las piernas antes de ponerse el audífono, no toca el agua.
Casi al mismo tiempo que el anterior toma el asiento un gordo de mostacho negro abundante, la gente llega en el ordén de las sillas según parece, el hombre respira pesadamente, con ese peso una caminada como la que tuvo que hacer seguramente le altera la respiración, se limpia el sudor con el pañuelo que tiene en la mano y que después sin importarle mucho guarda sin cuidado en un bolsillo interior de su traje oscuro de tres piezas, respira hondo con mucho ruido y se dedica a jugar con el bigote, como quién maquina algo. Verde lo mira y frunce el seño frente a lo cual el Gordo permanece indiferente, aunque lo mira también, seguro se conocen.
El quinto en la sala en medio de la nada tiene aspecto militar, aunque está de traje, es un hombre alto que parece estar entre los 50 y los 60, de movimientos recios y voz fuerte, nos saluda de forma amable pero cortante un saludo para crear distancia. Está en la posición de la mitad de la herradura y se sienta de forma erguida, un maniquí de dimensiones exageradas, toma un poco de whisky que bebe de un solo sorbo justo después de sentarse; es el único vaso de cristal transparente de toda la reunión y en su mesa no hay sino una botella. Militar se mira con Naranja que le dispara con los dedos antes de sonreirle, como hacen los amigos. Es facil pensar que efectivamente lo son. Ahora entra uno que me recuerda a un gorila albino de vi en una revista de National Geographic, tiene cara de pocos amigos pero tanto el viejo como el militar se alegran de verlo.
La fauna es diversa, algunos me lanzan miradas indirectas de ¿Quién es este? Claro soy el novato o por lo menos eso indican las actitudes de todos. Gorila hasta ahora es el único que no se sienta directamente sino que saluda primero a Militar y a Verde a lo cual ellos responden con deferencia, luego pasa a darnos la mano a los demás, efectivamente es fuerte como el de la foto de la revista de naturaleza y me sacude amablemente y arruga la nariz como hacen los esquimales para afirmar.
A los siguientes tres me parece haberlos visto antes: uno es un basquetbolista o futbolista, algo así, un asunto de músculos le corresponde el rojo. Luego está uno que es un presentador de noticias con el amarillo y al final un hombre con cara de gerente de banco o corredor de bolsa de esos que le manejan el dinero a las viudas adineradas o sanguijuelas se quedan con lo suficiente para que el huesped produzca más y ellos puedan seguir subsisitiendo de muy buena manera, le corresponde el púrpura, él tan bien puesto que parece que saltó de un aviso de publicidad para papás millonarios y éxitosos.
De un momento a otro se cambia la película en la pantalla, ahora aparece un reloj que marca las 5.43 p.m y los segundos que pasan en números plateados, de un momento otro como si lo hubieran puesto ahí para que solo vieramos esa nueva imagen, un segundo para poner a alguien en la escena sin que nos diéramos cuenta. Una ficha como imagino son las policiacas diría: caucásico, 1.80 m, señales particulares: ninguna. Yo le agregaría: barba y cabello abundante como un Marx moderno y menos desaliñado.
El Fantasma se hace detrás del sillón, da la bienvenida rápidamente y me explica mientras me mira fijamente desde su lugar que se nos ha escogido inicialmente a partir de las revistas de negocios, pero que después se hizo un seguimiento para garantizar que tuvieramos el perfil para participar del “proyecto” que no es ni mucho menos un torneo de golf ni un acto de beneficiencia. Aclara sin mucho énfasis que puede ser fuerte. Luego se dirige hacía el hombre del otro extremo de la herradura y advierte que si deseamos salir estamos a tiempo, de lo contrario no hay vuelta atrás. Además muy despacio, acentuando las palabras como hacen los curas, anota que cualquiera sea la decisión que tomemos no podemos mencionar nada de lo que vimos, a nadie, eso para evitar inconvenientes. Son las 5.45 y tenemos 30 segundos para responder. El silencio se hace presente, no hay ecos, ni voces ni pasos, nada. El vacío siento la sangre en las sienes y me pasan un montón de cosas por la cabeza, la duda acerca de lo que pueda aparecer si acepto, Lucía y su amante, mi empresa, todo en unos segundos, la carga moral: ¿y si es algo malo? ¿si implica algún riesgo? Tengo ganas de correr.
En el reloj de la pantalla 5. 46.00. ¿decidieron? Y nos mira, primero a mi luego a mi némesis, ¿Adelante entonces? Adelante respondo y el otro tambien. Como en el entreacto de una ópera los demás aprovechan para toser, respirar y tomar cada uno su respectivo trago. Levantan la copa y seguimos. El hombre nos da la bienvenida y continuamos. 5.48. p.m. Ahora les voy a explicar de que se trata esto y el por qué de tantas molestias. La explicación termina con que es un asunto de tiempo milimétricamente calculado y que por eso habrá solo un ganador, a lo sumo dos.
martes, 23 de diciembre de 2008
martes, 4 de noviembre de 2008
salamandra personajes
Salamandra:
Personajes.
Dir. Mauricio Madrid.
Argumento cinematográfico.
Hamer: Es un hombre de 28 años, un poco más alto que el promedio colombiano, moreno del color del tabaco que se cultiva en su tierra natal, con cierto aire juvenil en su contextura física, de movimientos ágiles y sutiles, decididos cuando la ocasión lo amerita, pero algo nerviosos en reposo, tiempo que parece ocupar en jugar con las manos o con el infaltable cigarrillo o el aguardiente que siempre tiene a la mano. Su hablar con voz clara y fuerte denota agilidad mental; contundente al hablar, de entrada su timbre fuerte parece no encajar con las dimensiones de su cuerpo; habla con la intensidad de un recién aparecido, las interpelaciones no se encuentran en su forma de dialogo, dice lo que tiene que decir; parece un corrido mejicano de los que tanto le gustan, solo hay silencios que el otro interpreta como su espacio en el dialogo, pero para él solo son los momentos necesarios para pensar su siguiente aparición.
En contraposición, cuando el asunto amerita cierta seriedad o severidad, también si el evento involucra a un desconocido o un enemigo, el mutismo protagoniza su actitud. Convirtiéndose entonces en un ser meditabundo, reservado, silencioso como un felino al acecho, es en la cavilación donde sus ojos del color de las hojas muertas reflejan la decisión del que no tiene miedo del porvenir o más bien del que no tiene ninguno. A semejanza de los lobos, afable y cariñoso en la amistad y la familia; implacable, frío y fiero en la oposición.
Su vestido es oscuro y austero. nada acorde a su ritmo de vida preocupado por los placeres terrenales.
Hamer es uno de esos en los que se confía y que a la vez se teme.
Virginia: 16 – 17 años. Es una mujer madura para su edad, sus formas de mujer ya son seguras, desenvueltas y el aire juvenil solo se refleja en su cara y traje de escuela. Apenas está por terminar la secundaria en un colegio donde su lengua primaria no es el español. Por ahora sale con un novio cinco o seis años mayor que ella; en él ocupa las horas después de clases, las mismas a las que asiste sin entusiasmo, salvo las relacionadas con idiomas o intrigas de la historia: su cotidianidad son Automóviles, amigos, cocaína, chismes de adolescentes y alcohol.
Debido a los celos que les produce, desde hace meses ha visto como sus amigas de otros años han venido desaparecido paulatinamente; aunque los de su edad no le interesan las que eran sus compañeras más cercanas ahora la ven como una “quita novios” bastante adelantada; razón por la cual, su círculo se estrecho solo con falsos amigos, todos con ansias de noviazgo y algunas parejas pasajeras.
En cuanto a su familia, debe ser por esa regla de la vida en la que cada espacio vacío tiene que llenarse, que sus padres a los que casi nunca ve, encontraron reemplazo en recién aparecidos y uno que otro conocido de colegio.
Desde hace unos años percibió que puede manipular a los de su edad, al igual que a sus mayores, sin esfuerzo, basta un guiño para que su voluntad se cumpla. Desde ya es una mujer práctica, de pocas palabras, muchas dudas interiores y pocos miedos hacia fuera. Virginia es una líder valiente, sin falsas modestias, por estas causas se convirtió en la cómplice leal para todas las pruebas y maniobras prohibidas que idean los muchachos en búsqueda de su espacio y posición en el mundo.
Virginia: 1.70m de estatura; observa y ríe frente a todo con sorna solo perceptible para sus cercanos, bien sean los que van en su misma dirección o para sus enemigos más reconocidos. Es una mujer de esas típicas costeñas, que tienen el enigma y elegancia de sus ancestros árabes, mezclado con la voluptuosidad a flor de piel; extraño y evidente condimento de su complemento africano; para colmo de males; digo esto para los hombres a los que no suele mirar: su tez blanca en constante rivalidad con su pelo y ojos negros; al lado de sus labios rojos, ni gruesos ni delgados, hace que otras bellezas sean una cuestión de ilustraciones para colegiales.
Lo mejor de la América mestiza se encuentra en su figura. Cuando habla lo hace con voz cálida, fuerte y convencida, que bien le valdría un lugar en una buena orquesta cubana de los años 50s; Si baja el tono para seducir, de forma suave y tranquilizadora hace que el más agobiado olvide su pena encontrando sosiego o que el más soberbio se convierta en un pobre cachorro desamparado a merced de cualquier predador.
Virginia es astuta y tranquila; mantiene su mal humor oculto, prefiere ahogarlo en el brandy que la acompaña. En su profesión no hay lugar para esta pérdida de tiempo, primero escuchar, luego complacer pero con sus reglas. Es una mujer veleidosa, todo lo ha conseguido a través de los hombres que no tienen ningún poder sobre ella y a quienes somete con inteligencia y tiranía soterrada.
Su vestido luminoso, sin mostrar nada que cohíba los deseos más ocultos o que le dificulte los movimientos necesarios para bailar la salsa arrebatada o el vallenato que pone a sonar sin importar donde esté; cuando la ocasión lo amerita es tan elegante como una ejecutiva de una multinacional.
Cuando se inventaron ese estribillo “Cambia el paso, que se te rompe el vestido” bien podrían haber pensado en ella; es una puta de esas que no se le presenta al jefe.
Mario: 12 -13 años. Es un niño bonito, delgado, escuálido que bien podrían vestir de niño o de niña sin que nadie note el cambio, de hecho se encuentra mejor con ellas, las halla más tranquilas y amorosas, contrarias a la maldad que pueden llegar a manejar los chicos de su misma edad y sexo.
Mario es introvertido, con dos percepciones totalmente opuestas; durante el día aunque solitario se le nota más desenvuelto con su entorno, sonríe, nunca una carcajada. En la soledad multitudinaria de las pensiones habitadas en su mayoría por gente hostil o indiferente prefiere encerrarse en su propio mundo, allí se encuentra seguro, interponiendo una cortina de juegos e ideas entre la realidad y su alma de niño pobre. Esta capacidad de separar la realidad de su mundo le ha permitido sobrevivir a los embates de la violencia y la necesidad, circunstancias que lo han convertido en un pequeño ser dubitativo hasta el desespero.
Cómo un cachorro cuando viene la noche un tenue sollozo se escucha en las cuatro paredes mal pintadas de la habitación, como un augurio de los monstruos reales e imaginarios que no tardarán en llegar y que han marcado sus escasos años; tomo por costumbre acercarse frente al altar improvisado para luego empezar a rogar como su madre le enseño para que nada malo le pase, Mario solo tiene fe y no tienen certeza de absolutamente nada. Luego su infantil mente se traslada a sus dibujos y a los escuetos cuentos que escribe para matar el tiempo, no recuerda quien o cuando aprendió a dibujar o a leer y escribir, piensa que tal vez algún "querido amable" de su madre le dedicó algún tiempo.
Los truenos, el calor que sofoca y los aguaceros que parecen nunca terminarán lo asustan, desde su metro cincuenta de perspectiva a lo lejos escucha los animales, los hombres y mujeres que se oyen igual que las bestias, el indescriptible temor lo disipa cantando una canción de superhéroe de televisión. Buscando ocultarse, se resigna a esperar los abusos continuos de su padrastro de turno.
Una de sus pocas certezas: Sin lugar a donde ir, será sometido a todo tipo de vejámenes, físicos, mentales y sexuales, ni siquiera las descuidadas y etílicas caricias de su madre le ayudarán a encontrar sosiego.
Mario - 35 años: Es alto 1.82m, blanco, más bien delgado, bien formado gracias a la academia militar, de huesos grandes, sus maneras bien podrían ser las de un hijo de la alta sociedad educado en Londres; de comportamientos elegantes, que eventualmente y como quien lanza un anzuelo abren campo a juegos mentales frente a su sexualidad. Mirada esquiva, distraída, producto de abusos de tipo sexual, físico y mental. Habla tímidamente, doblemente; incluso, mezcla ingles con español para aclarar o confundir sus pensamientos, juegos con el idioma que alguna vez le sirvieron para descrestar a sus amigos de profesión y que aprendió de sus primeros clientes extranjeros; sus ideas las emite a veces en voz alta con desparpajo y sin preocuparse quién está en frente, en no pocas ocasiones, como una huella de su infancia, suele hablar con su sombra o se sirve de cualquier objeto inanimado que tenga a mano para que tome el lugar del interlocutor.
Su aspecto cambiante, va acorde a su capricho del día, la mayoría de las veces con lo último en la moda, también le gusta parecer ingenuo como un aspirante a seminarista, elegante al estilo de un corredor de bolsa o como andrajoso; como un drogadicto más. Igual es su andar que va acorde con su vestido. Esa es una de sus formas de jugar, pasatiempos solitarios propios de una mente que adquirió el gusto de divertirse en la soledad.
Pero si su apariencia y forma de hablar no tienen una línea bien definida, sí tiene una certeza que maneja a su antojo, su belleza física, semejante a la de un querubín pintado en el medioevo lo ha llevado por los bajos fondos y por las altas esferas.
Sasha – María: Es una diva: fuerte sin exagerar, atlética, más alta de lo normal, de alegría desbordante, rubia. Cada movimiento suyo, como si estuviera en un Rave la hace ver como la más libre y dispuesta de las “hembras”, las luces de la pista de baile están hechas para ella. Altiva y amable es el centro de atención. Es cordial, de ahí que muchos la malinterpreten, pronto y después de un gesto arrogante de su parte se dan cuenta que no la eligen es ella quien escoge a dedo. Su vida es la noche; como todas las relaciones que se establecen cuando reina la luz artificial se desvanecen cuando amanece. Lo que sucede bajo el sol nadie lo sabe; en este aspecto es hermética; es una paradoja que su vida nocturna sea pública, mientras que la diurna se encuentra entre sombras. Como un vampiro. ¿Quién dice que no lo es? huye antes del amanecer.
Sasha como todas las de su especie es incontrolable e impredecible, amante de los restos masculinos o femeninos: observa, espera, seduce y atrapa. Espera con buen vodka y cigarrillo. Seduce con sus trajes luminosos que ella misma diseño a partir de revistas: Corte aquí, pegue allá. Atrapa, con sus formas delicadas, fuertes y decididas. Realmente cuando tiene algo o alguien en la cabeza cierto autismo guía sus actos.
Candelaria: Odia todo y a todos. Es una mujer blanca, pelo teñido tantas veces que hace imposible saber de que color es; alguna vez fue bonita pero la larga jornadas de hambre, tabaco y ron, lo ocultan tras su voz ronca y su aspecto hostil.
Constantemente reniega de su pasado, según ella mucho mejor, y no duda en recurrir a brujas y médiums para vislumbrar algo de su futuro. Es una mujer egoísta y solapada que en una vida anterior debió ser agiotista. Vive en el pasado el cual recuerda constantemente a través de fotografías de ella y recortes de periódicos donde salen sus amantes ricos de confirmada mala reputación y otros cuya ética está en vilo aún después de años de desfalcos y robos de cuello blanco.
Educada en la vida que según ella “le toco vivir” la del bajo mundo y los sótanos de fiestas impúdicas y ocultas de la clase política; es una mujer poco práctica, prejuiciosa y amante de urdir sin miramientos de consecuencias. Por necesidad o por gusto hizo de la mentira su verdad. Su alma se la vendió hace rato al diablo a cambio de unas copas de ron y muchos pesares.
Federico Barbero es un tipo de cincuenta años, atlético, fuerte, de buenas maneras y una oratoria envolvente, a pesar de ser un embaucador profesional cuesta creerlo entre tanta elegancia y retórica religiosa. Presumido y jocoso encuentra en el sexo opuesto todas las herramientas para continuar con su labor “misionera” que de paso le llena los bolsillos.
Barbero es un sibarita, definitivamente los votos de castidad, pobreza y otros no se le pasan siquiera por la mente; sin embargo, se cree un elegido de Dios y con firme convicción piensa que su vida licenciosa le permite conocer más a fondo al género humano, para después orientarlo a su salvación eterna. No duda en poner sus costosos gastos de representación y de imagen a los feligreses que le siguen, jamás tiene en cuenta si sus bolsillos son fuertes o se encuentran casi vacíos.
Para Barbero todo ese lío de la igualdad cristiana es pura tontería, él está en la cima de las nuevas instituciones de la fe y sus honorarios por salvar almas son caros. Apuesto, inteligente y culto, se piensa un iluminador.
Personajes.
Dir. Mauricio Madrid.
Argumento cinematográfico.
Hamer: Es un hombre de 28 años, un poco más alto que el promedio colombiano, moreno del color del tabaco que se cultiva en su tierra natal, con cierto aire juvenil en su contextura física, de movimientos ágiles y sutiles, decididos cuando la ocasión lo amerita, pero algo nerviosos en reposo, tiempo que parece ocupar en jugar con las manos o con el infaltable cigarrillo o el aguardiente que siempre tiene a la mano. Su hablar con voz clara y fuerte denota agilidad mental; contundente al hablar, de entrada su timbre fuerte parece no encajar con las dimensiones de su cuerpo; habla con la intensidad de un recién aparecido, las interpelaciones no se encuentran en su forma de dialogo, dice lo que tiene que decir; parece un corrido mejicano de los que tanto le gustan, solo hay silencios que el otro interpreta como su espacio en el dialogo, pero para él solo son los momentos necesarios para pensar su siguiente aparición.
En contraposición, cuando el asunto amerita cierta seriedad o severidad, también si el evento involucra a un desconocido o un enemigo, el mutismo protagoniza su actitud. Convirtiéndose entonces en un ser meditabundo, reservado, silencioso como un felino al acecho, es en la cavilación donde sus ojos del color de las hojas muertas reflejan la decisión del que no tiene miedo del porvenir o más bien del que no tiene ninguno. A semejanza de los lobos, afable y cariñoso en la amistad y la familia; implacable, frío y fiero en la oposición.
Su vestido es oscuro y austero. nada acorde a su ritmo de vida preocupado por los placeres terrenales.
Hamer es uno de esos en los que se confía y que a la vez se teme.
Virginia: 16 – 17 años. Es una mujer madura para su edad, sus formas de mujer ya son seguras, desenvueltas y el aire juvenil solo se refleja en su cara y traje de escuela. Apenas está por terminar la secundaria en un colegio donde su lengua primaria no es el español. Por ahora sale con un novio cinco o seis años mayor que ella; en él ocupa las horas después de clases, las mismas a las que asiste sin entusiasmo, salvo las relacionadas con idiomas o intrigas de la historia: su cotidianidad son Automóviles, amigos, cocaína, chismes de adolescentes y alcohol.
Debido a los celos que les produce, desde hace meses ha visto como sus amigas de otros años han venido desaparecido paulatinamente; aunque los de su edad no le interesan las que eran sus compañeras más cercanas ahora la ven como una “quita novios” bastante adelantada; razón por la cual, su círculo se estrecho solo con falsos amigos, todos con ansias de noviazgo y algunas parejas pasajeras.
En cuanto a su familia, debe ser por esa regla de la vida en la que cada espacio vacío tiene que llenarse, que sus padres a los que casi nunca ve, encontraron reemplazo en recién aparecidos y uno que otro conocido de colegio.
Desde hace unos años percibió que puede manipular a los de su edad, al igual que a sus mayores, sin esfuerzo, basta un guiño para que su voluntad se cumpla. Desde ya es una mujer práctica, de pocas palabras, muchas dudas interiores y pocos miedos hacia fuera. Virginia es una líder valiente, sin falsas modestias, por estas causas se convirtió en la cómplice leal para todas las pruebas y maniobras prohibidas que idean los muchachos en búsqueda de su espacio y posición en el mundo.
Virginia: 1.70m de estatura; observa y ríe frente a todo con sorna solo perceptible para sus cercanos, bien sean los que van en su misma dirección o para sus enemigos más reconocidos. Es una mujer de esas típicas costeñas, que tienen el enigma y elegancia de sus ancestros árabes, mezclado con la voluptuosidad a flor de piel; extraño y evidente condimento de su complemento africano; para colmo de males; digo esto para los hombres a los que no suele mirar: su tez blanca en constante rivalidad con su pelo y ojos negros; al lado de sus labios rojos, ni gruesos ni delgados, hace que otras bellezas sean una cuestión de ilustraciones para colegiales.
Lo mejor de la América mestiza se encuentra en su figura. Cuando habla lo hace con voz cálida, fuerte y convencida, que bien le valdría un lugar en una buena orquesta cubana de los años 50s; Si baja el tono para seducir, de forma suave y tranquilizadora hace que el más agobiado olvide su pena encontrando sosiego o que el más soberbio se convierta en un pobre cachorro desamparado a merced de cualquier predador.
Virginia es astuta y tranquila; mantiene su mal humor oculto, prefiere ahogarlo en el brandy que la acompaña. En su profesión no hay lugar para esta pérdida de tiempo, primero escuchar, luego complacer pero con sus reglas. Es una mujer veleidosa, todo lo ha conseguido a través de los hombres que no tienen ningún poder sobre ella y a quienes somete con inteligencia y tiranía soterrada.
Su vestido luminoso, sin mostrar nada que cohíba los deseos más ocultos o que le dificulte los movimientos necesarios para bailar la salsa arrebatada o el vallenato que pone a sonar sin importar donde esté; cuando la ocasión lo amerita es tan elegante como una ejecutiva de una multinacional.
Cuando se inventaron ese estribillo “Cambia el paso, que se te rompe el vestido” bien podrían haber pensado en ella; es una puta de esas que no se le presenta al jefe.
Mario: 12 -13 años. Es un niño bonito, delgado, escuálido que bien podrían vestir de niño o de niña sin que nadie note el cambio, de hecho se encuentra mejor con ellas, las halla más tranquilas y amorosas, contrarias a la maldad que pueden llegar a manejar los chicos de su misma edad y sexo.
Mario es introvertido, con dos percepciones totalmente opuestas; durante el día aunque solitario se le nota más desenvuelto con su entorno, sonríe, nunca una carcajada. En la soledad multitudinaria de las pensiones habitadas en su mayoría por gente hostil o indiferente prefiere encerrarse en su propio mundo, allí se encuentra seguro, interponiendo una cortina de juegos e ideas entre la realidad y su alma de niño pobre. Esta capacidad de separar la realidad de su mundo le ha permitido sobrevivir a los embates de la violencia y la necesidad, circunstancias que lo han convertido en un pequeño ser dubitativo hasta el desespero.
Cómo un cachorro cuando viene la noche un tenue sollozo se escucha en las cuatro paredes mal pintadas de la habitación, como un augurio de los monstruos reales e imaginarios que no tardarán en llegar y que han marcado sus escasos años; tomo por costumbre acercarse frente al altar improvisado para luego empezar a rogar como su madre le enseño para que nada malo le pase, Mario solo tiene fe y no tienen certeza de absolutamente nada. Luego su infantil mente se traslada a sus dibujos y a los escuetos cuentos que escribe para matar el tiempo, no recuerda quien o cuando aprendió a dibujar o a leer y escribir, piensa que tal vez algún "querido amable" de su madre le dedicó algún tiempo.
Los truenos, el calor que sofoca y los aguaceros que parecen nunca terminarán lo asustan, desde su metro cincuenta de perspectiva a lo lejos escucha los animales, los hombres y mujeres que se oyen igual que las bestias, el indescriptible temor lo disipa cantando una canción de superhéroe de televisión. Buscando ocultarse, se resigna a esperar los abusos continuos de su padrastro de turno.
Una de sus pocas certezas: Sin lugar a donde ir, será sometido a todo tipo de vejámenes, físicos, mentales y sexuales, ni siquiera las descuidadas y etílicas caricias de su madre le ayudarán a encontrar sosiego.
Mario - 35 años: Es alto 1.82m, blanco, más bien delgado, bien formado gracias a la academia militar, de huesos grandes, sus maneras bien podrían ser las de un hijo de la alta sociedad educado en Londres; de comportamientos elegantes, que eventualmente y como quien lanza un anzuelo abren campo a juegos mentales frente a su sexualidad. Mirada esquiva, distraída, producto de abusos de tipo sexual, físico y mental. Habla tímidamente, doblemente; incluso, mezcla ingles con español para aclarar o confundir sus pensamientos, juegos con el idioma que alguna vez le sirvieron para descrestar a sus amigos de profesión y que aprendió de sus primeros clientes extranjeros; sus ideas las emite a veces en voz alta con desparpajo y sin preocuparse quién está en frente, en no pocas ocasiones, como una huella de su infancia, suele hablar con su sombra o se sirve de cualquier objeto inanimado que tenga a mano para que tome el lugar del interlocutor.
Su aspecto cambiante, va acorde a su capricho del día, la mayoría de las veces con lo último en la moda, también le gusta parecer ingenuo como un aspirante a seminarista, elegante al estilo de un corredor de bolsa o como andrajoso; como un drogadicto más. Igual es su andar que va acorde con su vestido. Esa es una de sus formas de jugar, pasatiempos solitarios propios de una mente que adquirió el gusto de divertirse en la soledad.
Pero si su apariencia y forma de hablar no tienen una línea bien definida, sí tiene una certeza que maneja a su antojo, su belleza física, semejante a la de un querubín pintado en el medioevo lo ha llevado por los bajos fondos y por las altas esferas.
Sasha – María: Es una diva: fuerte sin exagerar, atlética, más alta de lo normal, de alegría desbordante, rubia. Cada movimiento suyo, como si estuviera en un Rave la hace ver como la más libre y dispuesta de las “hembras”, las luces de la pista de baile están hechas para ella. Altiva y amable es el centro de atención. Es cordial, de ahí que muchos la malinterpreten, pronto y después de un gesto arrogante de su parte se dan cuenta que no la eligen es ella quien escoge a dedo. Su vida es la noche; como todas las relaciones que se establecen cuando reina la luz artificial se desvanecen cuando amanece. Lo que sucede bajo el sol nadie lo sabe; en este aspecto es hermética; es una paradoja que su vida nocturna sea pública, mientras que la diurna se encuentra entre sombras. Como un vampiro. ¿Quién dice que no lo es? huye antes del amanecer.
Sasha como todas las de su especie es incontrolable e impredecible, amante de los restos masculinos o femeninos: observa, espera, seduce y atrapa. Espera con buen vodka y cigarrillo. Seduce con sus trajes luminosos que ella misma diseño a partir de revistas: Corte aquí, pegue allá. Atrapa, con sus formas delicadas, fuertes y decididas. Realmente cuando tiene algo o alguien en la cabeza cierto autismo guía sus actos.
Candelaria: Odia todo y a todos. Es una mujer blanca, pelo teñido tantas veces que hace imposible saber de que color es; alguna vez fue bonita pero la larga jornadas de hambre, tabaco y ron, lo ocultan tras su voz ronca y su aspecto hostil.
Constantemente reniega de su pasado, según ella mucho mejor, y no duda en recurrir a brujas y médiums para vislumbrar algo de su futuro. Es una mujer egoísta y solapada que en una vida anterior debió ser agiotista. Vive en el pasado el cual recuerda constantemente a través de fotografías de ella y recortes de periódicos donde salen sus amantes ricos de confirmada mala reputación y otros cuya ética está en vilo aún después de años de desfalcos y robos de cuello blanco.
Educada en la vida que según ella “le toco vivir” la del bajo mundo y los sótanos de fiestas impúdicas y ocultas de la clase política; es una mujer poco práctica, prejuiciosa y amante de urdir sin miramientos de consecuencias. Por necesidad o por gusto hizo de la mentira su verdad. Su alma se la vendió hace rato al diablo a cambio de unas copas de ron y muchos pesares.
Federico Barbero es un tipo de cincuenta años, atlético, fuerte, de buenas maneras y una oratoria envolvente, a pesar de ser un embaucador profesional cuesta creerlo entre tanta elegancia y retórica religiosa. Presumido y jocoso encuentra en el sexo opuesto todas las herramientas para continuar con su labor “misionera” que de paso le llena los bolsillos.
Barbero es un sibarita, definitivamente los votos de castidad, pobreza y otros no se le pasan siquiera por la mente; sin embargo, se cree un elegido de Dios y con firme convicción piensa que su vida licenciosa le permite conocer más a fondo al género humano, para después orientarlo a su salvación eterna. No duda en poner sus costosos gastos de representación y de imagen a los feligreses que le siguen, jamás tiene en cuenta si sus bolsillos son fuertes o se encuentran casi vacíos.
Para Barbero todo ese lío de la igualdad cristiana es pura tontería, él está en la cima de las nuevas instituciones de la fe y sus honorarios por salvar almas son caros. Apuesto, inteligente y culto, se piensa un iluminador.
viernes, 17 de octubre de 2008
Se Muere Como Se Vive.
LOS PÁJAROS
Colaboración. Juan Pablo Navas - Leonardo Hernández.
No hay necesidad de parrillas, el infierno son los demás.
J.P Sartre.
El cambio de temperatura del fin del día le avisó que era el momento de sacar las sabanas con las que cubría las jaulas de sus pájaros; todo lo hacia lentamente, y así fue desenvolviéndolas. Despidiéndose los mandó a dormir. La rutina diaria le dictaba que debía hacerlo mientras aún había luz, siempre pensaba en ellos, en su dependencia, y en lo que les podría suceder si algún día él les faltara; fueron su inquietud durante todos estos años, desde que por voluntad propia dejó de ver a sus hijos.
Se quedó un momento para mirar de nuevo las jaulas, preocupado por el frío vespertino que a ritmo de olas heladas anunciaba que definitivamente el día se acababa, que no daba para más. Buscó posibles huecos mientras sacaba un poco de tabaco negro para liarse un cigarrillo. Desde hace algunos meses la llegada de la noche le causaba agitación, cierta angustia se apoderaba de él y no podía quedarse en su casa; como a todos los viejos la calle le producia miedo pero siempre había sido un tipo valiente y cuando sintió que salir le costaba lo convirtió en uno de sus hábitos.
El hombre se asomó a la ventana, fumaba con atención y de paso observaba por el estrecho ángulo que tenía solo un fragmento de lo que sucedía en la calle; analizaba el terreno antes de salir. El radio que sonaba en el fondo lo mantenía alejado del ruido del mundo exterior y le imprimía a la escena un aire de otro tiempo. Emilio siempre fue práctico y cuidadoso; mientrás las cosas funcionarán jamas las reemplazaba, eso explicaba el mobiliario que envejeció con él y que a esta hora lograba un tinte aún más gris.
Terminó el cigarrillo y lo apagó en el cenicero que estaba en la biblioteca en la que se leían los clásicos de la literatura, algo de historia moderna y antigua, además de toda la crónica de la segunda Guerra Mundial; tomó el bastón, el abrigo, la gorra de paño y se fue hacia el portón del edificio que en pocos minutos dejaría de ser un vitral azul. Sacó las llaves que tenía en un llavero de cuero café con dos pequeños botones metálicos, a pesar del temblor de las manos, que se pensaría eran demasiado grandes para este tipo de tareas, abrió la puerta con la habilidad de un ladrón.
El viento le despeino los mechones blancos que aún le quedaban y le obligó a subirse el cuello del abrigo como un marinero; luego se acomodó la gorra para inicar su caminata nocturna, a pesar de los años y los achaques no se movía de forma lastimosa, más bien tenía un aire bastante digno, poco usual. Buen observador se detuvo en los colegiales que en medio de risas ya transitaban por el barrio después de salir del colegio público; los miraba encender torpemente los cigarrillos que compartian en medio de cortas pitadas, lanzando el humo denso del que no sabe fumar. Medio distraido continuó su camino, cambió de acera cuando vío el molesto pincher que traía la empleada del servicio y que siempre le ladraba, quería evitar los ruidos chillones del animal, no alcanzó su objetivo y el canchoso le ladró desde la otra vereda.
Mientras continuaba su paseo y como todos lunes, su primera parada fue para comprar alpiste en una cigarrería común a tan solo unas cuadras de su casa, lo pidió y sacó de la billetera unos billetes muy ordenados para pagar, después frente a la solicitud de la empleada anoréxica y para facilitar el cambio buscó algunas monedas en su monedero también de cuero, no encontró lo que buscaba y cuando le dijó que le pagara después, la miró con frialdad despectiva, ella bajó la mirada y de sus propias pertenencias sacó el dinero que le hacia falta. Sin más salió con el mismo aire de suficiencia con el que entró; pero antes se detuvo en el umbral para esperar a que pasaran unos novios melosos que le obstruian el paso, tiempo que aprovechó para mirar el interior de la bolsa de papel donde le empacaron la comida para aves.
Esta hora de plena ebullición, cuando la ciudad adquiere un movimiento vertiginoso de quienes quieren llegar a su casa y de los que apenas cambian de actividad le ponía a pensar que los tiempos cambian, contrario a cuando era niño la ciudad no se paraba a las primeras horas de la noche. Sin darse cuenta llegó a la pequeña tienda, tomó uno de los periódicos que estaban en el mostrador a disposición de los clientes y se sentó a leer las noticias trasnochadas de ese lunes. Lo mismo de siempre, las políticas que parecian no cambiar, la pobreza siempre presente, las noticias deportivas que terminan siendo pura estadística, los millonarios y sus deslices, en fin, más de lo mismo. Como todos los días le dedicó casi una hora a esta labor que ya le parecía un poco árida pero que le servía para acompañar el café que pidió para combatir el frío. Antes de irse releyó una nota corta: Juan Pablo II indicó que el Infierno es un lugar de sufrimiento espiritual, que no es físico.
Para Emilio que si bien no era un radical de la religión la idea no dejó de causarle cierta inquietud, se despidió brevemente como todas las noches de los viejos que jugaban ajedrez o parqués, también de los que solos se dedicaban a recordar, algunos les sonrieron amablemente otros fueron indiferentes; se volvío a vestir con lo que traía puesto que al entrar a el calor del lugar lo habia hecho quitarse el abrigo manteniendo sólo la gorra; se acomodó el cuello y salió de regreso a su casa, pensaba en lo que comería antes de dormir.
Se detuvo en la tienda de abarrotes, allí pidió algunas cosas para llevar: algo de café, tabaco, una veladora y algo de comer para la mañana; definitivamente no era de los que gustan de los supermercados de autoservicio; era más bien de la vieja guardia que prefiere la casi extinta atención personalizada. Guardó los pequeños paquetes que acomodó en una bolsa de tela negra que traía siempre en el bolsillo del abrigo, preguntó lo que debía, pagó y salió. Ahora antes de lanzarse a la acera ojeó atentamente los posibles peligros que pudiera haber en el camino de retorno a su casa, para ese momento de plena oscuridad y la calle se llenaba de espectros.
Como todas las noches el regreso era mucho más veloz, aceleró un poco el paso y el ruido del bastón produjo un sonido síncopado con el de sus pasos, casi musical; cuando dobló para el último trayecto caminaba a ritmo normal. Justo en la esquina de su casa saludó sin decir una sola palabra pero levantando de forma complice una ceja a una decena de muchachos, algunos le respondieron amablemente de la misma forma después de suspender su conversación, como cuando aparece un profesor. Recogió un par de botellas tiradas en el antejardín del edificio, abrió la puerta y entró como quien no quiere el lugar en donde vive.
Se dirigió directamente al estudio, se detuvó por unos segundos frente a la foto de su esposa y la saludo en completo silencio esbozando una leve sonrisa. Luego, fue al cajón del escritorio y sacó una carpeta donde guardaba todos sus documentos, recibos del último tiempo, todos pagados; sin embargo volvió a revisar. Al parecer todo estaba en orden y se recostó sobre la silla con aire de tranquilidad. Se levantó y de otra gaveta sacó un poco de tabaco para armar un cigarrillo, mientras fumaba fue a la biblioteca, abrió un cajón de la parte inferior y con algo de esfuerzo alcanzó una caja que se notaba no abría hace tiempo; contenía algunas fotografías y cartas, recuerdos que empezó a ver al principio con alegría, luego con resignación y finalmente con tristeza.
Ordenó las cartas y las fotos. Primero en orden cronológico y luego agrupándolas según su memoria como quien juega solitario. Así los dejó y se levantó para salir del estudio, miró el cuadro de san Agustín y de la licorera tomó una botella de brandy que últimamente destapaba con más frecuencia, con destreza la abrió brindando con el santo y se sentó a ver televisión. Se terminaba una telenovela y se dispusó a ver las noticias con la certeza que sería más de lo mismo que había leído antes en el café: títulares, muertos, comerciales, desfalcos, deportes, internacional, de nuevo el asunto del Papa; la idea no lo dejaba en paz, todo el tiempo desde que la leyó le acompañaba, algo le había ocurrido. Para un tipo creyente como él, este tipo de cosas no dejaban de alterarlo; pero lejos de causarle desazón la afirmación eclesiástica parecía tranquilizarlo. Durante muchos años creyó; incluso cuando tenía amigos defendió la idea de que el infierno era interno y de una u otra manera rondaba muy cerca de cada quien. Decidió esperar la nota pero cuando se le resbaló el control remoto y se despertó ya estaban de nuevo en otra telenovela.
Somnoliento avanzó hasta su habitación, está vez hizó una oración breve frente a Miguel, el Arcángel, y se dío a la tarea a veces difícil de dormir.
Al igual que todos los días se levantó antes del amanecer, encendió la estufa y pusó el agua para el café; mientras tanto sacaba de la alacena lo necesario para darle a los pájaros de comer y beber. Con un orden casi ritual repartió el alpiste, las plantas y las frutas, según el número de pájaros de cada jaula y según su especie. Cuando la cafetera sonó ya estaban listas las raciones de cada cual, sirvió y se fue destapar las jaulas; ya amanecía. Empezó a verlos comer mientrás se tomaba lentamente el café, después del plato fuerte de las aves empezó la repartición de los panes: humedo para algunos, seco para otros, se cercioró que todos estuvieran comiendo y se fue a preparar lo suyo.
Un par de huevos fritos, pan, fruta en trozos y de nuevo café, al fondo las noticias a las que no les prestaba demasiada atención; aún seguía rondándole en la cabeza la idea del infierno. Contrario a lo que se podría pensar, para él parecia un alivio la nueva del día anterior. Comía sin apuros, disfrutaba cada momento de su desayuno. Los periodistas de la radio comentaban la noticia de nuevo, le pareció interesante el hecho de que una idea más o menos revaluada desde hace siglos causará tanto revuelo, una sonrisa poco usual en Emilio volvío a exhibirse. Mientras se tomaba el último café se levantó y fue a la ventana para ver el único fragmento de realidad exterior que aparecia por ella. En la noche; seguramente por el brandy que se había tomado; no se dío cuenta que había llovido, ahora todo estaba anegado, todo estaba mojado y el agua hacia brillar los pocos árboles que alcanzaba a ver; en los charcos se reflejaban distorsionandose algunas figuras matutinas.
El sol ya aparecía con buen brillo y la fría mañana empezó a calentarse. En el portón de entrada del edificio ya se oía a la empleada que iniciaba sus labores, como siempre Emilio supo que era el momento de empezar a sacarlos, fue al patio interior donde los tenía y tomó la jaula en la que estaban los más pequeños; siempre creyó que debido a su tamaño eran los que necesitaban más calor. Bajó las escaleras apoyandose en la barandilla, de paso aprovechó que ya la conocía de memoria y les cantaba imitando su silbido, llegó al antejardín y los dispuso con la ayuda de una vara en el mismo lugar de siempre, en algunos salientes de las ramas, a la sombra de un cerezo que había crecido bastante en los años que llevaba en este apartamento y que los protegía de la luz directa pero que permitia pasar la suficiente para que se pudiesen calentar sin asarlos.
Siempre estuvó atento a los empleados de servicios públicos o a los jardineros de la zona para que arreglaran los apoyos de tal forma que tuviera donde poner las jaulas. De la misma manera en la que bajó, empezó a subir las escaleras, no sin antes recomendarlos con la empleada que aprovechaba para ir a saludarlos; seguramente le recordaban su terruño; subió, entró en la casa, saludó la foto de su mujer y fue por las demás jaulas que tenía que bajar de una en una, y eran siete. Eso era lo único que le molestaba de sus achaques, le hubiera gustado hacer menos viajes para dedicarse a tomar el sol con sus animales.
El viejo y sus pájaros eran el espectáculo matinal del barrio, los oficinistas lo saludaban y el respondía con una mirada amable, los niños de las rutas de los colegios, sin importar la edad interrumpian sus juegos en el bus para agolparse en las ventanas a mirar; es más, un par de conductores se detenían por algunos segundos para que los vieran y le dijeran adios con la mano; él les respondía de la misma manera. No faltaba el transeunte que le preguntaba alguna cosa sobre los tipos de pájaros, a ellos los atendía amablemente sin extender demasiado la charla; a los que definitivamente no soportaba y que ni determinaba era a las señoras melosas o a los amantes de los animales que lo increpaban por tenerlos en jaulas, al que preguntaba si estaban en venta recibía una respuesta que podría parecer desmedida o jocosa; bien podría Emilio preguntarles si venderían a su mujer o a sus hijos. Así transcurría la mañana del viejo: leía y los pájaros se divertían. De cualquier manera no pasaban desapercibidos ni las aves ni el viejo. En esos momentos comenzaba a preguntarse si sería verdad eso de que las personas solas asustan a la gente.
Ese día Emilio almorzó al lado de sus pájaros, se veía tranquilo y alguién que lo conociera a fondo podría decir que estaba feliz, a media tarde llegó el celador del edificio de al lado, el que le hacía el favor de cuidar las jaulas mientrás el viejo empezaba una labor que le tomaba un buen tiempo. Empezó con los más pequeños, cuando llegó al patio para ponerlos en su lugar, justo cuando pasaba la puerta de acceso se detuvó e inexplicablemente se devolvío con la jaula. Al llegar a la calle el celador que estaba jugando con los pajaros, algo asombrado le preguntó qué pasaba, el
viejo no le dijo nada, le dio una palmada en el hombro y sonrió. Volvío a colgar la jaula para luego con la vara abrir la puerta de los pájaros. Inicialmente no quisieron salir, pero luego se fueron de uno en uno con destino incierto, algunos para los árboles cercanos, otros se posaron en los postes del alumbrado; no faltaron los que torpemente intentaron regresar; pero finalmente todos terminaron cerca al viejo como observando desde la libertad. Antes de entrar se quedó unos minutos observando qué hacian. Esa tarde Emilio los libero a todos con felicidad en el rostro. Cuando el portero le preguntó el por qué de la acción el viejo se limitó a decirle que cuando se ha vivido en una jaula y se conoce la libertad la muerte parece menos inminente, el portero hizo cara de no entender y se fue a continuar con su labor.
Subió a su casa, cerró la puerta, sacó los discos y escogió uno que seguramente le traía recuerdos de tiempos mejores, lo dejó sonando y de nuevo saludó a su esposa; fue al baño, se afeitó y tomó una ducha larga; cosa que nunca hacía a esa hora; sacó su mejor traje, cambió la música y empezó a arreglarse como en sus mejores tiempos. Después caminó hasta el estudio y contempló los recuerdos que había dejado ordenados el día anterior, sacó del cajón el tabaco y empezó a liarse un cigarrillo mucho más grande y regular que los de costumbre. Mientrás lo consumía recordó sus días pasados, los felices y los amargos, sirvió un brandy para acompañar el cigarro. Luego del cajón de la biblioteca, ese que nunca abría alcanzó una vieja lata de whisky; hace años ese era su licor; allí encontró una tela roja en la que envolvía su viejo revolver, un Smith & Weson calibre 32, la munición la tenía envuelta en otro trapo que alguna vez fue blanco con algun bordado antiguo. La caja y las telas definitivamente mostraban el paso de lo años pero lo habían mantenido a salvo de la humedad, el revolver estaba intacto, igual las balas.
Mientras desempolvaba recuerdos y artefactos olvidados hace décadas, corroboró que estaba a paz y salvo con el mundo, que el infierno es interior como ser ángel o demonio. Se fue a su habitación y frente al altar de Miguel, el Arcángel, con gran sentimiento agradeció como quien lo hace con el ámigo que siempre le ha servido. Luego de camino a la ventana desde la que observaba un pedazo de la calle se encontró con el retrato de su esposa, en está ocasión le dirigió una frase corta. Con el revólver aún en la caja se acercó a la ventana desde donde observó con la mano en la quijada y el codo apoyado en el marco de la ventana, vío a muchos de sus pájaros que exploraban su nuevo universo, en la otra mano y con el dedo en el gatillo el viejo revólver.
Cerró los ojos y los mantuvó así por unos momentos, como quién espera un golpe, luego empezó a oír pájaros y ruido de hojas, un bosque; respiró profundo cuando los olores a tierra humeda le parecieron conocidos, el viento lo despeinó recordó la sensación que desde niño le gustaba y se animó a abrir los ojos, parpadeó lentamente pero sin miedo, observó de un lado a otro manteniéndose quieto muy quieto, se encontró con un paísaje que le gustó. Cuando oyó la voz de mujer que a pesar del tiempo no había olvidado, descubrió que el cielo también es personal y que no estaba soñando. Un encuentro para recuperar el tiempo perdido y con sus aves. Una historia de amor.
No se sabe si Emilio hizo el bien, tampoco si traicionó a alguien o si asesinó, nunca se supo si era dadivoso o tacaño, lo que si sabemos es que amó a su esposa tuvo una vejez silenciosa, solitaria y tranquila igual que su muerte. Por que salvo contadas excepciones se muere como se vive.
Leonardo Hernández – Juan Pablo Navas.
Colaboración. Juan Pablo Navas - Leonardo Hernández.
No hay necesidad de parrillas, el infierno son los demás.
J.P Sartre.
El cambio de temperatura del fin del día le avisó que era el momento de sacar las sabanas con las que cubría las jaulas de sus pájaros; todo lo hacia lentamente, y así fue desenvolviéndolas. Despidiéndose los mandó a dormir. La rutina diaria le dictaba que debía hacerlo mientras aún había luz, siempre pensaba en ellos, en su dependencia, y en lo que les podría suceder si algún día él les faltara; fueron su inquietud durante todos estos años, desde que por voluntad propia dejó de ver a sus hijos.
Se quedó un momento para mirar de nuevo las jaulas, preocupado por el frío vespertino que a ritmo de olas heladas anunciaba que definitivamente el día se acababa, que no daba para más. Buscó posibles huecos mientras sacaba un poco de tabaco negro para liarse un cigarrillo. Desde hace algunos meses la llegada de la noche le causaba agitación, cierta angustia se apoderaba de él y no podía quedarse en su casa; como a todos los viejos la calle le producia miedo pero siempre había sido un tipo valiente y cuando sintió que salir le costaba lo convirtió en uno de sus hábitos.
El hombre se asomó a la ventana, fumaba con atención y de paso observaba por el estrecho ángulo que tenía solo un fragmento de lo que sucedía en la calle; analizaba el terreno antes de salir. El radio que sonaba en el fondo lo mantenía alejado del ruido del mundo exterior y le imprimía a la escena un aire de otro tiempo. Emilio siempre fue práctico y cuidadoso; mientrás las cosas funcionarán jamas las reemplazaba, eso explicaba el mobiliario que envejeció con él y que a esta hora lograba un tinte aún más gris.
Terminó el cigarrillo y lo apagó en el cenicero que estaba en la biblioteca en la que se leían los clásicos de la literatura, algo de historia moderna y antigua, además de toda la crónica de la segunda Guerra Mundial; tomó el bastón, el abrigo, la gorra de paño y se fue hacia el portón del edificio que en pocos minutos dejaría de ser un vitral azul. Sacó las llaves que tenía en un llavero de cuero café con dos pequeños botones metálicos, a pesar del temblor de las manos, que se pensaría eran demasiado grandes para este tipo de tareas, abrió la puerta con la habilidad de un ladrón.
El viento le despeino los mechones blancos que aún le quedaban y le obligó a subirse el cuello del abrigo como un marinero; luego se acomodó la gorra para inicar su caminata nocturna, a pesar de los años y los achaques no se movía de forma lastimosa, más bien tenía un aire bastante digno, poco usual. Buen observador se detuvo en los colegiales que en medio de risas ya transitaban por el barrio después de salir del colegio público; los miraba encender torpemente los cigarrillos que compartian en medio de cortas pitadas, lanzando el humo denso del que no sabe fumar. Medio distraido continuó su camino, cambió de acera cuando vío el molesto pincher que traía la empleada del servicio y que siempre le ladraba, quería evitar los ruidos chillones del animal, no alcanzó su objetivo y el canchoso le ladró desde la otra vereda.
Mientras continuaba su paseo y como todos lunes, su primera parada fue para comprar alpiste en una cigarrería común a tan solo unas cuadras de su casa, lo pidió y sacó de la billetera unos billetes muy ordenados para pagar, después frente a la solicitud de la empleada anoréxica y para facilitar el cambio buscó algunas monedas en su monedero también de cuero, no encontró lo que buscaba y cuando le dijó que le pagara después, la miró con frialdad despectiva, ella bajó la mirada y de sus propias pertenencias sacó el dinero que le hacia falta. Sin más salió con el mismo aire de suficiencia con el que entró; pero antes se detuvo en el umbral para esperar a que pasaran unos novios melosos que le obstruian el paso, tiempo que aprovechó para mirar el interior de la bolsa de papel donde le empacaron la comida para aves.
Esta hora de plena ebullición, cuando la ciudad adquiere un movimiento vertiginoso de quienes quieren llegar a su casa y de los que apenas cambian de actividad le ponía a pensar que los tiempos cambian, contrario a cuando era niño la ciudad no se paraba a las primeras horas de la noche. Sin darse cuenta llegó a la pequeña tienda, tomó uno de los periódicos que estaban en el mostrador a disposición de los clientes y se sentó a leer las noticias trasnochadas de ese lunes. Lo mismo de siempre, las políticas que parecian no cambiar, la pobreza siempre presente, las noticias deportivas que terminan siendo pura estadística, los millonarios y sus deslices, en fin, más de lo mismo. Como todos los días le dedicó casi una hora a esta labor que ya le parecía un poco árida pero que le servía para acompañar el café que pidió para combatir el frío. Antes de irse releyó una nota corta: Juan Pablo II indicó que el Infierno es un lugar de sufrimiento espiritual, que no es físico.
Para Emilio que si bien no era un radical de la religión la idea no dejó de causarle cierta inquietud, se despidió brevemente como todas las noches de los viejos que jugaban ajedrez o parqués, también de los que solos se dedicaban a recordar, algunos les sonrieron amablemente otros fueron indiferentes; se volvío a vestir con lo que traía puesto que al entrar a el calor del lugar lo habia hecho quitarse el abrigo manteniendo sólo la gorra; se acomodó el cuello y salió de regreso a su casa, pensaba en lo que comería antes de dormir.
Se detuvo en la tienda de abarrotes, allí pidió algunas cosas para llevar: algo de café, tabaco, una veladora y algo de comer para la mañana; definitivamente no era de los que gustan de los supermercados de autoservicio; era más bien de la vieja guardia que prefiere la casi extinta atención personalizada. Guardó los pequeños paquetes que acomodó en una bolsa de tela negra que traía siempre en el bolsillo del abrigo, preguntó lo que debía, pagó y salió. Ahora antes de lanzarse a la acera ojeó atentamente los posibles peligros que pudiera haber en el camino de retorno a su casa, para ese momento de plena oscuridad y la calle se llenaba de espectros.
Como todas las noches el regreso era mucho más veloz, aceleró un poco el paso y el ruido del bastón produjo un sonido síncopado con el de sus pasos, casi musical; cuando dobló para el último trayecto caminaba a ritmo normal. Justo en la esquina de su casa saludó sin decir una sola palabra pero levantando de forma complice una ceja a una decena de muchachos, algunos le respondieron amablemente de la misma forma después de suspender su conversación, como cuando aparece un profesor. Recogió un par de botellas tiradas en el antejardín del edificio, abrió la puerta y entró como quien no quiere el lugar en donde vive.
Se dirigió directamente al estudio, se detuvó por unos segundos frente a la foto de su esposa y la saludo en completo silencio esbozando una leve sonrisa. Luego, fue al cajón del escritorio y sacó una carpeta donde guardaba todos sus documentos, recibos del último tiempo, todos pagados; sin embargo volvió a revisar. Al parecer todo estaba en orden y se recostó sobre la silla con aire de tranquilidad. Se levantó y de otra gaveta sacó un poco de tabaco para armar un cigarrillo, mientras fumaba fue a la biblioteca, abrió un cajón de la parte inferior y con algo de esfuerzo alcanzó una caja que se notaba no abría hace tiempo; contenía algunas fotografías y cartas, recuerdos que empezó a ver al principio con alegría, luego con resignación y finalmente con tristeza.
Ordenó las cartas y las fotos. Primero en orden cronológico y luego agrupándolas según su memoria como quien juega solitario. Así los dejó y se levantó para salir del estudio, miró el cuadro de san Agustín y de la licorera tomó una botella de brandy que últimamente destapaba con más frecuencia, con destreza la abrió brindando con el santo y se sentó a ver televisión. Se terminaba una telenovela y se dispusó a ver las noticias con la certeza que sería más de lo mismo que había leído antes en el café: títulares, muertos, comerciales, desfalcos, deportes, internacional, de nuevo el asunto del Papa; la idea no lo dejaba en paz, todo el tiempo desde que la leyó le acompañaba, algo le había ocurrido. Para un tipo creyente como él, este tipo de cosas no dejaban de alterarlo; pero lejos de causarle desazón la afirmación eclesiástica parecía tranquilizarlo. Durante muchos años creyó; incluso cuando tenía amigos defendió la idea de que el infierno era interno y de una u otra manera rondaba muy cerca de cada quien. Decidió esperar la nota pero cuando se le resbaló el control remoto y se despertó ya estaban de nuevo en otra telenovela.
Somnoliento avanzó hasta su habitación, está vez hizó una oración breve frente a Miguel, el Arcángel, y se dío a la tarea a veces difícil de dormir.
Al igual que todos los días se levantó antes del amanecer, encendió la estufa y pusó el agua para el café; mientras tanto sacaba de la alacena lo necesario para darle a los pájaros de comer y beber. Con un orden casi ritual repartió el alpiste, las plantas y las frutas, según el número de pájaros de cada jaula y según su especie. Cuando la cafetera sonó ya estaban listas las raciones de cada cual, sirvió y se fue destapar las jaulas; ya amanecía. Empezó a verlos comer mientrás se tomaba lentamente el café, después del plato fuerte de las aves empezó la repartición de los panes: humedo para algunos, seco para otros, se cercioró que todos estuvieran comiendo y se fue a preparar lo suyo.
Un par de huevos fritos, pan, fruta en trozos y de nuevo café, al fondo las noticias a las que no les prestaba demasiada atención; aún seguía rondándole en la cabeza la idea del infierno. Contrario a lo que se podría pensar, para él parecia un alivio la nueva del día anterior. Comía sin apuros, disfrutaba cada momento de su desayuno. Los periodistas de la radio comentaban la noticia de nuevo, le pareció interesante el hecho de que una idea más o menos revaluada desde hace siglos causará tanto revuelo, una sonrisa poco usual en Emilio volvío a exhibirse. Mientras se tomaba el último café se levantó y fue a la ventana para ver el único fragmento de realidad exterior que aparecia por ella. En la noche; seguramente por el brandy que se había tomado; no se dío cuenta que había llovido, ahora todo estaba anegado, todo estaba mojado y el agua hacia brillar los pocos árboles que alcanzaba a ver; en los charcos se reflejaban distorsionandose algunas figuras matutinas.
El sol ya aparecía con buen brillo y la fría mañana empezó a calentarse. En el portón de entrada del edificio ya se oía a la empleada que iniciaba sus labores, como siempre Emilio supo que era el momento de empezar a sacarlos, fue al patio interior donde los tenía y tomó la jaula en la que estaban los más pequeños; siempre creyó que debido a su tamaño eran los que necesitaban más calor. Bajó las escaleras apoyandose en la barandilla, de paso aprovechó que ya la conocía de memoria y les cantaba imitando su silbido, llegó al antejardín y los dispuso con la ayuda de una vara en el mismo lugar de siempre, en algunos salientes de las ramas, a la sombra de un cerezo que había crecido bastante en los años que llevaba en este apartamento y que los protegía de la luz directa pero que permitia pasar la suficiente para que se pudiesen calentar sin asarlos.
Siempre estuvó atento a los empleados de servicios públicos o a los jardineros de la zona para que arreglaran los apoyos de tal forma que tuviera donde poner las jaulas. De la misma manera en la que bajó, empezó a subir las escaleras, no sin antes recomendarlos con la empleada que aprovechaba para ir a saludarlos; seguramente le recordaban su terruño; subió, entró en la casa, saludó la foto de su mujer y fue por las demás jaulas que tenía que bajar de una en una, y eran siete. Eso era lo único que le molestaba de sus achaques, le hubiera gustado hacer menos viajes para dedicarse a tomar el sol con sus animales.
El viejo y sus pájaros eran el espectáculo matinal del barrio, los oficinistas lo saludaban y el respondía con una mirada amable, los niños de las rutas de los colegios, sin importar la edad interrumpian sus juegos en el bus para agolparse en las ventanas a mirar; es más, un par de conductores se detenían por algunos segundos para que los vieran y le dijeran adios con la mano; él les respondía de la misma manera. No faltaba el transeunte que le preguntaba alguna cosa sobre los tipos de pájaros, a ellos los atendía amablemente sin extender demasiado la charla; a los que definitivamente no soportaba y que ni determinaba era a las señoras melosas o a los amantes de los animales que lo increpaban por tenerlos en jaulas, al que preguntaba si estaban en venta recibía una respuesta que podría parecer desmedida o jocosa; bien podría Emilio preguntarles si venderían a su mujer o a sus hijos. Así transcurría la mañana del viejo: leía y los pájaros se divertían. De cualquier manera no pasaban desapercibidos ni las aves ni el viejo. En esos momentos comenzaba a preguntarse si sería verdad eso de que las personas solas asustan a la gente.
Ese día Emilio almorzó al lado de sus pájaros, se veía tranquilo y alguién que lo conociera a fondo podría decir que estaba feliz, a media tarde llegó el celador del edificio de al lado, el que le hacía el favor de cuidar las jaulas mientrás el viejo empezaba una labor que le tomaba un buen tiempo. Empezó con los más pequeños, cuando llegó al patio para ponerlos en su lugar, justo cuando pasaba la puerta de acceso se detuvó e inexplicablemente se devolvío con la jaula. Al llegar a la calle el celador que estaba jugando con los pajaros, algo asombrado le preguntó qué pasaba, el
viejo no le dijo nada, le dio una palmada en el hombro y sonrió. Volvío a colgar la jaula para luego con la vara abrir la puerta de los pájaros. Inicialmente no quisieron salir, pero luego se fueron de uno en uno con destino incierto, algunos para los árboles cercanos, otros se posaron en los postes del alumbrado; no faltaron los que torpemente intentaron regresar; pero finalmente todos terminaron cerca al viejo como observando desde la libertad. Antes de entrar se quedó unos minutos observando qué hacian. Esa tarde Emilio los libero a todos con felicidad en el rostro. Cuando el portero le preguntó el por qué de la acción el viejo se limitó a decirle que cuando se ha vivido en una jaula y se conoce la libertad la muerte parece menos inminente, el portero hizo cara de no entender y se fue a continuar con su labor.
Subió a su casa, cerró la puerta, sacó los discos y escogió uno que seguramente le traía recuerdos de tiempos mejores, lo dejó sonando y de nuevo saludó a su esposa; fue al baño, se afeitó y tomó una ducha larga; cosa que nunca hacía a esa hora; sacó su mejor traje, cambió la música y empezó a arreglarse como en sus mejores tiempos. Después caminó hasta el estudio y contempló los recuerdos que había dejado ordenados el día anterior, sacó del cajón el tabaco y empezó a liarse un cigarrillo mucho más grande y regular que los de costumbre. Mientrás lo consumía recordó sus días pasados, los felices y los amargos, sirvió un brandy para acompañar el cigarro. Luego del cajón de la biblioteca, ese que nunca abría alcanzó una vieja lata de whisky; hace años ese era su licor; allí encontró una tela roja en la que envolvía su viejo revolver, un Smith & Weson calibre 32, la munición la tenía envuelta en otro trapo que alguna vez fue blanco con algun bordado antiguo. La caja y las telas definitivamente mostraban el paso de lo años pero lo habían mantenido a salvo de la humedad, el revolver estaba intacto, igual las balas.
Mientras desempolvaba recuerdos y artefactos olvidados hace décadas, corroboró que estaba a paz y salvo con el mundo, que el infierno es interior como ser ángel o demonio. Se fue a su habitación y frente al altar de Miguel, el Arcángel, con gran sentimiento agradeció como quien lo hace con el ámigo que siempre le ha servido. Luego de camino a la ventana desde la que observaba un pedazo de la calle se encontró con el retrato de su esposa, en está ocasión le dirigió una frase corta. Con el revólver aún en la caja se acercó a la ventana desde donde observó con la mano en la quijada y el codo apoyado en el marco de la ventana, vío a muchos de sus pájaros que exploraban su nuevo universo, en la otra mano y con el dedo en el gatillo el viejo revólver.
Cerró los ojos y los mantuvó así por unos momentos, como quién espera un golpe, luego empezó a oír pájaros y ruido de hojas, un bosque; respiró profundo cuando los olores a tierra humeda le parecieron conocidos, el viento lo despeinó recordó la sensación que desde niño le gustaba y se animó a abrir los ojos, parpadeó lentamente pero sin miedo, observó de un lado a otro manteniéndose quieto muy quieto, se encontró con un paísaje que le gustó. Cuando oyó la voz de mujer que a pesar del tiempo no había olvidado, descubrió que el cielo también es personal y que no estaba soñando. Un encuentro para recuperar el tiempo perdido y con sus aves. Una historia de amor.
No se sabe si Emilio hizo el bien, tampoco si traicionó a alguien o si asesinó, nunca se supo si era dadivoso o tacaño, lo que si sabemos es que amó a su esposa tuvo una vejez silenciosa, solitaria y tranquila igual que su muerte. Por que salvo contadas excepciones se muere como se vive.
Leonardo Hernández – Juan Pablo Navas.
jueves, 16 de octubre de 2008
Salamandra
ES TAN CORTA LA VIDA.
Frío, nada más frío, apenas empezaba a dejar de llover y el gris de la tarde lograba un poco más de color aprovechando los tenues rayos de sol de 5.30 p.m. El rítmico sonido de las últimas gotas de lluvia se desvanecía y su lugar fue ocupado por una serie de golpes de distintas calidades en la ventana, en principio le costó trabajo distinguirlos, luego terminaron mezclandose en la mente de Marío en ese espacio justo que se encuentra entre la vigilia y el sueño.
Se incorporó luchando contra el sopor vespertino que para ese momento se mantenía, convertidó ahora en el último vestigio de la siesta. Mientras tanto, mantenía firme la idea de recordar, paso a paso, lo ocurrido minutos antes cuando su conciencia no poseía ningún control sobre su mente. Mantuvo cercanas las sensaciones de las larvas que en sueños había visto transformarse. Observó como un gusano grotesco se convertía en un sólido pero gracioso insecto.
Metamorfosis o muerte.
En sus pensamientos recreaba la sensación de angustia del invertebrado, que respondiendo a un grito de la naturaleza que no podia explicar, luchaba con patas y cuerpo para salir de la tierra humeda y no ahogarse. Le parecio sentir como la luz azulada, recien descubierta, lo dejaba ciego momentaneamente mientras se acostumbraba a reunir las pequeñas y veloces imagenes que significarían su nuevo mundo. El ambiente caluroso lo llevo a moverse sintiendo el vigor de las patas y alas que sin esfuerzo eran capaces de levantarlo del suelo. Luego y con un potente impulso inició un viaje hacia un universo de rápidos movimientos que no conocia, en pocos minutos habia pasado del agua y la ceguera a la libertad colorida de la vida en la superficie.
Despues de ir para un lado y otro, luchando contras las corrientes de aire aún humedas que a manera de rezagos del diluvio que acababa de terminar se mantenían en el ambiente, se detuvo en una rama. Quizó parar el vertigo del vuelo. Sin entender porqué lo atraía un destello a lo lejos se dirigió a él: volaba, esquivaba, zigsagueaba, cuando la meta se agigantó un muro invisible lo dejó aturdido, se vió caer. Finalmente, la oscuridad lo cubrió todo. Entonces se despertó.
Mario tuvo presente que desde niño los insectos le habían atraido y mientras se trasladaba a otro tiempo fue hacia la cocina. Encendió lentamente la estufa y puso la cafetera; el ruido de la calle competía con el a veces fastidioso, a veces placentero sonido de la máquina de hacer café. Con una sonrisa bendijo a los instaladores de su nueva alfombra, aún descubriendo la nueva sensación en los pies se dirigió hacía el gran ventanal y limpió pacientemente el vidrio empañado y sudoroso. Pegó la cara para observar las personas que salían del edificio después de escampar, los veía correr para recuperar el tiempo perdido, aún con sus sombrillas multicolores desplegadas que los hacían parecer chinos recojiendo arroz en medio de un jolgorio; los pájaros de todos los tamaños se daban un banquete de tarde, justo antes de ir a dormir perseguian su comida por aire y tierra. La luz artificial que se reflejaba en el espejo de charcos en el suelo humedo parecía ser la señal que marcó el reinicio de todas las vidas concientes y brutas que hasta el momento y por algunos minutos se habían tomado el tiempo para simplemente a mirar la vida pasar.
Movimientos naturales, predecibles, después del aguacero.
En medio de la bruma que deja la lluvia, los torpes escarabajos que golpeaban el ventanal lo hicieron retroceder algunos pasos; lentamente, sin dejar de observarlos, su memoria empezó a desempañar recuerdos olvidados de su niñez. Sacudiendo la cabeza en un intento por alejar estos momentos, se dirigió al estereo y lo encendió con tan mala suerte que ponian en la radio una canción de aquella época. -¡Maldito recicle de canciones! – pensó en voz alta.- Nada que hacer; no había forma de resistirse al recuerdo, que como el destino está encadenado por eslabones de azar.
Tomandose un café sin dulce, sin soplar y de un solo envión, se sintió embargado por los momentos aciagos del pasado. No sabía cuántos años tenía entonces, cuando su perspectiva del mundo era desde un metro treinta; por ahora, con mirada distante y rencorosa le llegaba a la mente esa violencia inexplicable y brutal de aquellos tiempos; este sentimiento lo envolvió convirtiéndose en un pensamiento por mucho más amargo que la bebida que le quemaba la garganta.
Entonces era diferente el olor, cuando estabá en al selva era una mezcla de humedad, tierra y vegetación recien mojada, una percepción que cambiaba constantemente según los sucesos, también recordó ese olor ocre que usualmente venía acompañado de unos sonidos que anunciaban la aparición de los perros-caballo, al principio no se atreviá siquiera a mirar por la ventana para ver de donde provenían y hacia donde se dirigian, por lo menos una vez, en la tarde, cada semana, aparecian para luego después de unos chillidos demasiado humanos desaparecer selva adentro. Siempre se hacia el proposito de estar la próxima vez por lo menos preparado, listo para vencer el terror y resolver el enigma.
Su primer intento para resolver el asunto de los perros- caballo: después de varias semanas de planear y de medir mentalmente los recorridos y cuando creía que estaba próxima su llegada, cerró bien la puerta, también la ventana, tuvó presente que tenía que dejar varios puntos de mira en ambos costados de la choza; cosa que no sería muy difícil ubicando bien la llegada a las rendijas de la madera, así el problema de la visibilidad estabá solucionado, luego eliminar obstaculos para saltar de un lado a otro, apagar la lámpara no solo para ver mejor sino para no llamar la atención de los perros-caballo.
Cuando el momento se acercaba, su estado de nerviosismo y exitación lo hacia caminar de un lado a otro, un sudor frío le recorria el cuerpo y el miedo empezó a caerle encima, como una cobija inmunda y empolvada que no deja respirar; repasó los puntos que había escogido recorriéndolos una y otra vez a distintas velocidades, aprendió a esa corta edad que la espera, sin importar que tan larga sea, es una muerte a plazos.
De un momento a otro en medio del silencio.
A solas con el terror, los escuchó acercarse como una horda de pesadilla que arrasa con todo a su paso, por un instante quizó renunciar a su misión, esconderse bajo la cama, salir corriendo era impensable, ¿qué tal si lo perseguían? Sin más, afirmando las rodillas que le temblaban, limpiandose el sudor de las manos e intentando respirar, se deslizó hasta la primera hendidura que le permitía ver el exterior. Sí alguien hubiera observado su rostro se hubiera encontrado con una de esas muecas de los niños que se encuentran entre el llanto y la decisión frente a una pelea; definitivamente se habia decididó por lo segundo a pesar que su estomago estabá a punto de explotar a causa del miedo y la tensión. Pero… el miedo hay que encararlo, así nos estemos cagando.
Espectros de la noche temprana.
Simplificadas por la distancia, informes a lo lejos, pasaban velozmente, ¿cuántos eran? Díez, cien, mil. ¿Cómo saberlo en la penumbra? se concentró en un claro entre los arboles que permitian que la luz de la luna se filtrará y por donde seguramente los perros-caballo tendrían que pasar. Una lluvia pertinaz empezó a cubrirlo todo, sacudía los arboles de un extremo a otro y parecía que caían más hojas que agua, el hecho no parecía importarle a las sombras que corrian, se resbalaban y se incorporaban mientras las que venían atrás simplemente se tropezaban, saltaban o esquivaban: la solidaridad no existe en la selva.
Intempestivamente dieron un giro a la derecha, la razón no se podía entender y menos en medio de una aguacero que imponía una cortina grisasea sobre el manto negro de la noche, sin demora pasó a su siguiente punto de mira, parecía que se dirigían hacia él. Sin pestañear y temblando se mantuvo impasible para observar el espectáculo de hocicos babeantes y colmillos le daba un tinte siniestro a la escena, le parecía sentir el aliento tibio y nauseabundo que salía de sus fauces y que se veía como una hoguera con mucha leña verde. Pero aún era díficil de entender de qué se tratabá, pensó que los perros-caballo eran más grandes de lo que imaginaba, y era tan vertiginosa su carrera que nunca se percataron ni siquiera de la casucha, mucho menos lo iban a observar a él, simplemente pasaron de largo en busca de quién sabe qué.
En ese momento sonaron las llaves y la puerta del apartamento se abrió, era Virginia que llegaba y con un alegre -Hola- lo sacó de sus recuerdos mientras la veía empapada y tiritando de frío.
- Qué aguacero, ¿una toalla?
- Gracias.
- ¿cómo te fue?
- Bien, pero realmente esta ciudad se para cuando se orina un perro.
- Por qué lo dices.
- Preferí caminar antes que esperar en el banco, y mira como llegue.
- Pero una empapada de vez en cuando no tiene problema.
- Eso dices por que estás sequito, aunque estuvo divertido caminar mientras todo el mundo ponía cara de asfixia en los carros que no se movían ni para a delante ni para atrás.
- Sabes, he tenido malos sueños: pesadillas.
- Ah esos son los problemas, se le vuelven sueños a uno. Es Horrible.
- Virginia
- ¿qué?
- ¿viste cómo has dejado la alfombra?
- Ésta es la alfombra nueva, no me había dado cuenta, la volví mierda.
- No te angusties, aún, no es una trágedia.
Mario se quedo mirándola, aún mojada se veía más blanca, como resplandeciente, y la piel alcanzaba esa textura característica de la lucha por recuperar la temperatura normal del cuerpo, de hecho la humedad le sentaba, estar mojada desde la coronilla hasta los pies la mostraba como uno de esos clichés de película romántica . Entre sonrisas confirmó por qué se había enredado con ella; se le vino a la mente que cuando la conoció intento pensar como sería en cinco años; ahora que llevaban siete juntos, veía que no le habían pasado: una mujer estable en mente y cuerpo, a la que ni siquiera una lavada como la que había sufrido le alteraba el buen ánimo.
Mario cambió la música y viéndola secarse el pelo debajo de la luz indirecta de la pared le parecio ver a una estrella de rock que se prepara a subir al escenario, subió el volumen.
- !Qué buena canción!
- Cierto, no sé. ¿de quién es?
Empezó a verla bailar por todo el apartamento mientras se quitaba la ropa mojada y se ponía su bata seca y comoda. Virginia no necesitaba público para moverse como es debido, con una buena canción bastaba. De un lado para otro de la sala, en perfecta armonía con la música, hacia las veces de cantante, en ocasiones intercambiaba con el guitarrista y el baterista según el protagonismo de cada instrumento, cuando todo acabó se dirigió a Mario y casi ordenándole le dijo:
-¿A dónde vamos esta noche?
Mario, que aún no estaba del todo en este mundo, no respondia, finalmente como alelado dijo.
- ¿Qué?
- ¿Sí, a dónde vamos hoy?
- No sé, ¿Vamos a salir?
- Claro, no pretenderás encerrarme entre paredes hoy.
- No para nada. Arregláte y vemos.
- Listo, voy a escoger.
Y rápidamente, como una colegiala que recibe el permiso de sus padres para salir con sus amigas o con su nueva conquista, salió casi corriendo dirigiendose al closet. En ese momento Mario se dio cuenta que la espera sería larga, fue de nuevo hacia el estereo y sacó un par de discos, luego se sirvió un Whisky con un poco de agua fría y sin hielo. Cuando cerró la nevera y echaba el licor en el vaso oyó que desde el otro cuarto le gritaban.
-¡Sírveme uno a mí! Era Virginia queriendo calentar motores para la noche que ya empezaba a cubrirlo todo, incluso el ánimo; desde el apartamento se veian ya las lucecitas de las casas y calles que empezaban a brillar a manera de senderos para que no se pierdan los enanos. Antes de servirle el trago a ella, lo que implicaba devolverse a la cocina por el hielo, decidió apurarse el suyo que aún se mantenía casi puro, con un gesto de aprobación después del gran sorbo se devolvió a la cocina.
-¿Mucho o poco hielo? Gritó.
Virginia sacando la cabeza del cuarto para que le oyera mejor, le gritó con señal de molestia: - ¿Cuánto tiempo llevamos juntos? Como seis años y aún no sabes como me gusta el trago: ¡Sin hielo!
- Perdón estabá distraido. Y sonrió. -No te preocupes. Un besito.
Mario no respondió, sin apurarse ya estaba camino a la sala. Se detuvo acompañando el cambio de ritmo de la canción con la mano, sirvió descuidadamente mientras observaba el paisaje que rápidamente se habia oscurecido. Antes de pasar al cuarto, cerró la ventana que sacudia las cortinas a manera de fantasmas en medio de un huracan. Cuando entró en la habitación tuvo que andar en la punta de los pies para no pisar la ropa de todos los colores, usos y tamaños que estaba por todos lados, el único lugar seguro parecia ser frente al espejo que era precisamente el lugar donde estaba ella.
De un salto quedo detrás de ella y le paso el vaso cerca de la oreja remedando el ruido de los hielos con la voz. Se oyó entonces un gracias coqueto y amable, mientras, continuaba probandose un vestido rojo muy brillante por encima del cuerpo. Entonces, le dijo a Marío descuidadamente:
- Pensándolo bien. Sabes que es bueno cuando llueve en esta ciudad.
- ¿Por qué va a ser bueno?
- Ah porque los colores brillan más cuando deja de llover y todo huele fresco, a recien lavado.
- No sé, hace frío y la gente se encierra y se vuelve amarga.
- Como si el frío no se solucionará con una buena chaqueta o un buen trago, allá ellos, pero creo que piensan más y pelean menos aunque también casi no sonrien-. Respondía sonriente mientras se decidia por el vestido negro que al igual que el rojo, y como todos los que tenía para noches de fiesta, era brillante y justo.
- A mi me gusta cuando deja de llover, todo se pone lento como un perro que toma impulso para quitarse el agua de encima, y luego se sacude para seguir como si nada, creo que así funciona esto; se lava todo: los carros, la gente, las calles, las casas y luego todo sigue como si nada-. Decia Marío muy pensativo mientras volvia a servirse otro whisky y se acercaba a la ventana para volver a perderse en la vista.
-Es la excusa perfecta disculparse por que no se pudo llegar a tiempo, bueno ya no más, dejémos al agua en paz ¿para dónde vamos esta noche? Quiero que con este vestido todos se mueran, ahí mismo.
Marío la observó de reojo y solo sonrió anticipando el desorden de la fiesta. Ella con un cuidado de relojero dejó el vestido sobre la cama y se acercó sin escalas al espejo; empezó a maquillarse para iniciar la transformación para la noche. Comparaba lo que se pondría con los colores y texturas de su tocador, sin ningún afan, pero sin pereza, lo hacía con un ritmo parecido la de la música electrónica que se constituía en la banda sonora del momento.
Mario parecia conocer muy bien los tiempos de Virginia y los manejaba con música, sabia que era especialmente sensible y que se acomodaba tangencialmente a las velocidades que él le dictaba desde el sistema de sonido de la sala: ella ensayó rápidamente un par de posibilidades de cabello: libre, medio suelto, también una peluca de color no natural, finalmente decidió soltarlo sin complicarse. Se puso el vestido y los zapatos que le acompañaban, finalmente fue al bar y se sirvió un gran trago de brandy; se asomó a la ventana y oteo lo que sucedia abajo, decidió que ya estaba lista para salir: - ¡estoy lista! Cuando la oyó, Mario pensó que definitivamente en estas situaciones el tiempo no depende de los hombres, se maneja con reglas femeninas.
-Bueno, recojo mi chaqueta y vamos.
-Te espero en el ascensor.
Mario apagó la música y las luces principales, entonces el apartamento se transformó en una cueva moderna, con luces indirectas que le daban cierto aire macabro pero elegante.
Se abrió el ascensor que sin escalas los llevó directamente a los parqueaderos del edificio, subieron al automóvil un Audi de última generación color oscuro , aúnque Virginia reía, Mario estaba más bien absorto; encendio el motor, prendio la radio y salieron lentamente mientras una lluvia fina volvia a caer, rápidamente tomaron la av. Circunvalar al sur, buscaban la zona de los bares, el asfalto humedo alargaba las luces amarillas del alumbrado público pero se tragaba el resto, aceleró, le gustaba el sonido que producen los neumáticos sobre el pavimento mojado, a pesar del frío, bajo un poco la ventana para oir mejor, a lo lejos los edificios altos del centro eran una especie de faros de luces minúsculas, el punto de orientación de los noctambulos bogotanos. Abajo la ciudad con miles de luces, demasiado grande para entenderla, pensó Mario en silencio.
Virginia por su parte escuchaba con atención una canción ochentera que parecia llevarla a otra época, veía las pequeñas gotas de agua que quedaban en el vidrio lateral, mientrás desenfocaba el resto, era un juego de niña, algo que hacia desde cuando los escoltas del ministro la recogian en el colegio, la canción y la escena misma la llevaron a recordar sus solitarios días de niña, subio el volumen para sacudirse las ideas viejas, sonrio y empezó a cantar. Pasaban luces y luces.
- ¿Te gusta esa canción?
- Si, me recuerda cosas.
- ¿Qué cosas?
- No nada, de mi Papá, cuando me mandaba a recoger al colegio. Era buenísimo por que llegaban en un carro y un par de motos de la policía nos abrian paso.
- Me imagino.
- Entonces yo les hacia muecas a las viejas y a los tipos les mostraba las piernas y como estaba con la policía no sabian que hacer.
- !Siempre una maldita!
- Era juego. Recuerda tienes que bajar por el parque.
Cuando salieron a la Carrera Séptima Mario vio los taxis que indicaban que ya estaban en una vía más transitada y no pudo dejar de mirar la virgen que estába al costado izquierdo, agradeció el semaforo en rojo que le permitió centrar su atención en la imagen, sin decir nada se encomendó con la mirada.
- Muchos taxis, son como una plaga. ¡Cambió el semaforo dale!
- Espera no ves que están pasando.
- ¿Qué toman los punks?
- No tengo ni idea
- Bueno lo que sea emborracha. Míralos.
Virginia los seguia con la mirada, centró su atención en las botas industriales rojas, verdes y vinotintos que llevaban, las chamarras de cuero, los pantalones ajustados y los pelos plateados también le gustaron; eso sin olvidar los gestos de músico ebrio que hacian; mientras, Mario se preocuba por el taxista que estaba a punto de cerrarlo, aceleró más y logró adelantársele, se rio cuando vio la cara de molestia del conductor por el retrovisor.
Virginia jugaba con la música del automóvil, subia el volumen, estaba bastante animada. Ya estaban llegando a Salamandra que era el lugar que Mario había escogido sin consultarle, pero a ella no le pareció mala la elección, se sentía a gusto en el ambiente del lugar: lo suficientemente glamouroso. Cuando llegaron el muchacho del valet parking les recibió el vehículo y pasaron la puerta de teatro de los años 50 del lugar, era un sitio que habían adaptado, aún conservaba los palcos y la estructura general, pero el sonido, las luces, y todo lo demás era un derroche de tecnología y dinero. Allí la elegancia clásica y lo cibernético de la tecnología se reunian para dar lugar a los más bellos de la ciudad. En Salamandra se podía encontrar desde el más cyber de los hackers hasta la modelo más famosa en su mejor traje, el lugar sonaba perfectamente y del dj, conductor de la noche, dependía de qué color y con qué espíritu llenaban la atmósfera que bien podría ser del rojo de un cuarto del infierno o de un azul frío y metálico: Salamandra nunca era igual.
Los porteros del lugar parecian sacados de una película de ciencia ficción y eran el filtro de entrada, un pasaporte a otro mundo, tres tipos que hablan en varios idiomas manejaban lo divino y lo humano de Salamandra, sin su anuencia era imposible pasar, controlaban las puertas de este inframundo.
Adentro las mujeres del lugar; también los hombres, eran los encargadosa de guiar al que así lo quisiera por este jardín de las delicias y creánme que en Salamandra todo el mundo quería. En medio de los beats electrónicos de la música era un lugar con aire enigmatico y maldad atrayente en cada uno de sus detalles.
Esa noche Mario y Virginia estaban como siempre en medio de las miradas de todo el mundo, el punto de encuentro de hombres y mujeres que buscaban acercarse directamente sin procacidad. Ellos eran concientes y los dejaban hacerlo sin comprometerse, pero dando lugar al juego; la noche se convertía en el momento en el cual sacaban su belleza profunda siempre despiadada. Bailaron por varias horas, Virginia con su estilo particular bastante enérgico, un autómata con alma; Marío como un ángel oscuro en la noche de Salamandra, silencioso, nunca una carcajada: se divirtieron, se tomaron todo el alcohol y todas las drogas que estaban disponibles, nunca dejaban nada para el amanecer; eso sí, cuando la noche desaparecía, huían con ella para guarecerse en su casa, lejos de todo el ajetreo.
Lunes, Día de Muertos.
Era lunes por la mañana, primero del mes y Candelaría fue a la plaza de mercado de las Nieves a comprar unas hierbas para hacerse uno baños 7 amargas y 7 dulces que era lo que acostumbraba. Aún era de mañana y el sol no se asomaba.
- Por favor deme: Higuera, Ruda, Tartago, Yerba Bruja, Adormidera, Anamú y Espasote. Bien frescas. Listo, aparte deme: Yerbabuena, Manzanilla, Mirto, Paraiso, Poleo, Menta y Romero. Las contó y las acomodó envueltas en papel periódico amarrándolas con una tira de fique que sacaba de un costal que tenían a la mano para deshilachar a medida que se vendian las hierbas.
El viejo regordete de sombrero, saco viejo y sin afeitar que vendía las hierbas le lanzó una mirada lasciva cuando se iba y le extendió un ramillete de margaritas amarillas mientrás le decía que era para que volviera. Candelaria aceptó con indiferencia y con un gracias y saludos a una tal Oliva lo dejó en su sitio.
Salió para su casa a prepararse el menjurje cuando ya estaba aclarando, la plaza de mercado no le quedaba lejos y decidió caminar, cuando salió a la calle se arregló el saco para aguantar el frío que a esa hora hacia ver su aliento como si fumara. Se fue esquivando niños que salian para el colegio acompañados de sus madres, fijándose en lo bien peinados que iban y en como tenían que casi correr para sostener el paso de los adultos; lo buses atestados de esa hora le hacía agradecer con una sonrisa que no tenía que tomarlos para cumplir con sus actividades diarias. Cuando abrió el portón de su casa de pobre ya estaba bien de mañana; se dirigió a la cocina y encendió una estufa de gas en la que pusó las hierbas sobre una buena llama, las tapó y mientras la infusión se realizaba fue a un altar que tenía en la habitación para encender un par de velas, cambiar el agua y hacer un par de oraciones a los santos de su predilección; luego cuando ya estuvo el agua hirviendo la sacó en un balde que alguna vez fue caneca de pintura y se fue al baño para hacerse el baño. Primero las amargas, luego las dulces entre tanto rezaba padre nuestros y hacía sus peticiones por ella, por su hijo Mario, por trabajo por protección, luego se escurrió el agua sin secarse y salió hacia el cuarto que quedaba al otro lado del patio para vestirse.
Se vistió de negro, pobre pero dignamente y salió de nuevo a caminar a la calle, ya era media mañana cuando llegó al Cementerio Central después de soportar el asedio de taxistas y obreros que le hacían piropos baratos a pesar de su edad y aire digno. Compró unas flores en la entrada al cementerio; ya el vendedor la conocía, lo mismo el celador que la saludó como se hace con alguién de confianza: por su nombre y con una sonrisa. Candelaria entró y fue a visitar las tumbas de los N.N. que se encontraban casi negras por el humo de los fieles que las visitan para rayarles cruces y pedirles favores; las golpeó tres veces, como quien toca la puerta y les rezó en susurros mientras les encendía veladoras, al final les dejaba una flor y seguía por otras en un recorrido que podía durar un par de horas. Llegó a una tumba que tenía la estatua de un industrial que antaño tenía fama de ayudar a los pobres en vida y cuya tarea no pudo abandonar ni siquiera después de muerto, por eso la gente recurria a él, lo acariciaba, le dejaba flores y le hacía peticiones, aquí había que hacer fila para pedir pero no importaba, era Lunes de Muertos y ella no tenía afán.
Continua....
Frío, nada más frío, apenas empezaba a dejar de llover y el gris de la tarde lograba un poco más de color aprovechando los tenues rayos de sol de 5.30 p.m. El rítmico sonido de las últimas gotas de lluvia se desvanecía y su lugar fue ocupado por una serie de golpes de distintas calidades en la ventana, en principio le costó trabajo distinguirlos, luego terminaron mezclandose en la mente de Marío en ese espacio justo que se encuentra entre la vigilia y el sueño.
Se incorporó luchando contra el sopor vespertino que para ese momento se mantenía, convertidó ahora en el último vestigio de la siesta. Mientras tanto, mantenía firme la idea de recordar, paso a paso, lo ocurrido minutos antes cuando su conciencia no poseía ningún control sobre su mente. Mantuvo cercanas las sensaciones de las larvas que en sueños había visto transformarse. Observó como un gusano grotesco se convertía en un sólido pero gracioso insecto.
Metamorfosis o muerte.
En sus pensamientos recreaba la sensación de angustia del invertebrado, que respondiendo a un grito de la naturaleza que no podia explicar, luchaba con patas y cuerpo para salir de la tierra humeda y no ahogarse. Le parecio sentir como la luz azulada, recien descubierta, lo dejaba ciego momentaneamente mientras se acostumbraba a reunir las pequeñas y veloces imagenes que significarían su nuevo mundo. El ambiente caluroso lo llevo a moverse sintiendo el vigor de las patas y alas que sin esfuerzo eran capaces de levantarlo del suelo. Luego y con un potente impulso inició un viaje hacia un universo de rápidos movimientos que no conocia, en pocos minutos habia pasado del agua y la ceguera a la libertad colorida de la vida en la superficie.
Despues de ir para un lado y otro, luchando contras las corrientes de aire aún humedas que a manera de rezagos del diluvio que acababa de terminar se mantenían en el ambiente, se detuvo en una rama. Quizó parar el vertigo del vuelo. Sin entender porqué lo atraía un destello a lo lejos se dirigió a él: volaba, esquivaba, zigsagueaba, cuando la meta se agigantó un muro invisible lo dejó aturdido, se vió caer. Finalmente, la oscuridad lo cubrió todo. Entonces se despertó.
Mario tuvo presente que desde niño los insectos le habían atraido y mientras se trasladaba a otro tiempo fue hacia la cocina. Encendió lentamente la estufa y puso la cafetera; el ruido de la calle competía con el a veces fastidioso, a veces placentero sonido de la máquina de hacer café. Con una sonrisa bendijo a los instaladores de su nueva alfombra, aún descubriendo la nueva sensación en los pies se dirigió hacía el gran ventanal y limpió pacientemente el vidrio empañado y sudoroso. Pegó la cara para observar las personas que salían del edificio después de escampar, los veía correr para recuperar el tiempo perdido, aún con sus sombrillas multicolores desplegadas que los hacían parecer chinos recojiendo arroz en medio de un jolgorio; los pájaros de todos los tamaños se daban un banquete de tarde, justo antes de ir a dormir perseguian su comida por aire y tierra. La luz artificial que se reflejaba en el espejo de charcos en el suelo humedo parecía ser la señal que marcó el reinicio de todas las vidas concientes y brutas que hasta el momento y por algunos minutos se habían tomado el tiempo para simplemente a mirar la vida pasar.
Movimientos naturales, predecibles, después del aguacero.
En medio de la bruma que deja la lluvia, los torpes escarabajos que golpeaban el ventanal lo hicieron retroceder algunos pasos; lentamente, sin dejar de observarlos, su memoria empezó a desempañar recuerdos olvidados de su niñez. Sacudiendo la cabeza en un intento por alejar estos momentos, se dirigió al estereo y lo encendió con tan mala suerte que ponian en la radio una canción de aquella época. -¡Maldito recicle de canciones! – pensó en voz alta.- Nada que hacer; no había forma de resistirse al recuerdo, que como el destino está encadenado por eslabones de azar.
Tomandose un café sin dulce, sin soplar y de un solo envión, se sintió embargado por los momentos aciagos del pasado. No sabía cuántos años tenía entonces, cuando su perspectiva del mundo era desde un metro treinta; por ahora, con mirada distante y rencorosa le llegaba a la mente esa violencia inexplicable y brutal de aquellos tiempos; este sentimiento lo envolvió convirtiéndose en un pensamiento por mucho más amargo que la bebida que le quemaba la garganta.
Entonces era diferente el olor, cuando estabá en al selva era una mezcla de humedad, tierra y vegetación recien mojada, una percepción que cambiaba constantemente según los sucesos, también recordó ese olor ocre que usualmente venía acompañado de unos sonidos que anunciaban la aparición de los perros-caballo, al principio no se atreviá siquiera a mirar por la ventana para ver de donde provenían y hacia donde se dirigian, por lo menos una vez, en la tarde, cada semana, aparecian para luego después de unos chillidos demasiado humanos desaparecer selva adentro. Siempre se hacia el proposito de estar la próxima vez por lo menos preparado, listo para vencer el terror y resolver el enigma.
Su primer intento para resolver el asunto de los perros- caballo: después de varias semanas de planear y de medir mentalmente los recorridos y cuando creía que estaba próxima su llegada, cerró bien la puerta, también la ventana, tuvó presente que tenía que dejar varios puntos de mira en ambos costados de la choza; cosa que no sería muy difícil ubicando bien la llegada a las rendijas de la madera, así el problema de la visibilidad estabá solucionado, luego eliminar obstaculos para saltar de un lado a otro, apagar la lámpara no solo para ver mejor sino para no llamar la atención de los perros-caballo.
Cuando el momento se acercaba, su estado de nerviosismo y exitación lo hacia caminar de un lado a otro, un sudor frío le recorria el cuerpo y el miedo empezó a caerle encima, como una cobija inmunda y empolvada que no deja respirar; repasó los puntos que había escogido recorriéndolos una y otra vez a distintas velocidades, aprendió a esa corta edad que la espera, sin importar que tan larga sea, es una muerte a plazos.
De un momento a otro en medio del silencio.
A solas con el terror, los escuchó acercarse como una horda de pesadilla que arrasa con todo a su paso, por un instante quizó renunciar a su misión, esconderse bajo la cama, salir corriendo era impensable, ¿qué tal si lo perseguían? Sin más, afirmando las rodillas que le temblaban, limpiandose el sudor de las manos e intentando respirar, se deslizó hasta la primera hendidura que le permitía ver el exterior. Sí alguien hubiera observado su rostro se hubiera encontrado con una de esas muecas de los niños que se encuentran entre el llanto y la decisión frente a una pelea; definitivamente se habia decididó por lo segundo a pesar que su estomago estabá a punto de explotar a causa del miedo y la tensión. Pero… el miedo hay que encararlo, así nos estemos cagando.
Espectros de la noche temprana.
Simplificadas por la distancia, informes a lo lejos, pasaban velozmente, ¿cuántos eran? Díez, cien, mil. ¿Cómo saberlo en la penumbra? se concentró en un claro entre los arboles que permitian que la luz de la luna se filtrará y por donde seguramente los perros-caballo tendrían que pasar. Una lluvia pertinaz empezó a cubrirlo todo, sacudía los arboles de un extremo a otro y parecía que caían más hojas que agua, el hecho no parecía importarle a las sombras que corrian, se resbalaban y se incorporaban mientras las que venían atrás simplemente se tropezaban, saltaban o esquivaban: la solidaridad no existe en la selva.
Intempestivamente dieron un giro a la derecha, la razón no se podía entender y menos en medio de una aguacero que imponía una cortina grisasea sobre el manto negro de la noche, sin demora pasó a su siguiente punto de mira, parecía que se dirigían hacia él. Sin pestañear y temblando se mantuvo impasible para observar el espectáculo de hocicos babeantes y colmillos le daba un tinte siniestro a la escena, le parecía sentir el aliento tibio y nauseabundo que salía de sus fauces y que se veía como una hoguera con mucha leña verde. Pero aún era díficil de entender de qué se tratabá, pensó que los perros-caballo eran más grandes de lo que imaginaba, y era tan vertiginosa su carrera que nunca se percataron ni siquiera de la casucha, mucho menos lo iban a observar a él, simplemente pasaron de largo en busca de quién sabe qué.
En ese momento sonaron las llaves y la puerta del apartamento se abrió, era Virginia que llegaba y con un alegre -Hola- lo sacó de sus recuerdos mientras la veía empapada y tiritando de frío.
- Qué aguacero, ¿una toalla?
- Gracias.
- ¿cómo te fue?
- Bien, pero realmente esta ciudad se para cuando se orina un perro.
- Por qué lo dices.
- Preferí caminar antes que esperar en el banco, y mira como llegue.
- Pero una empapada de vez en cuando no tiene problema.
- Eso dices por que estás sequito, aunque estuvo divertido caminar mientras todo el mundo ponía cara de asfixia en los carros que no se movían ni para a delante ni para atrás.
- Sabes, he tenido malos sueños: pesadillas.
- Ah esos son los problemas, se le vuelven sueños a uno. Es Horrible.
- Virginia
- ¿qué?
- ¿viste cómo has dejado la alfombra?
- Ésta es la alfombra nueva, no me había dado cuenta, la volví mierda.
- No te angusties, aún, no es una trágedia.
Mario se quedo mirándola, aún mojada se veía más blanca, como resplandeciente, y la piel alcanzaba esa textura característica de la lucha por recuperar la temperatura normal del cuerpo, de hecho la humedad le sentaba, estar mojada desde la coronilla hasta los pies la mostraba como uno de esos clichés de película romántica . Entre sonrisas confirmó por qué se había enredado con ella; se le vino a la mente que cuando la conoció intento pensar como sería en cinco años; ahora que llevaban siete juntos, veía que no le habían pasado: una mujer estable en mente y cuerpo, a la que ni siquiera una lavada como la que había sufrido le alteraba el buen ánimo.
Mario cambió la música y viéndola secarse el pelo debajo de la luz indirecta de la pared le parecio ver a una estrella de rock que se prepara a subir al escenario, subió el volumen.
- !Qué buena canción!
- Cierto, no sé. ¿de quién es?
Empezó a verla bailar por todo el apartamento mientras se quitaba la ropa mojada y se ponía su bata seca y comoda. Virginia no necesitaba público para moverse como es debido, con una buena canción bastaba. De un lado para otro de la sala, en perfecta armonía con la música, hacia las veces de cantante, en ocasiones intercambiaba con el guitarrista y el baterista según el protagonismo de cada instrumento, cuando todo acabó se dirigió a Mario y casi ordenándole le dijo:
-¿A dónde vamos esta noche?
Mario, que aún no estaba del todo en este mundo, no respondia, finalmente como alelado dijo.
- ¿Qué?
- ¿Sí, a dónde vamos hoy?
- No sé, ¿Vamos a salir?
- Claro, no pretenderás encerrarme entre paredes hoy.
- No para nada. Arregláte y vemos.
- Listo, voy a escoger.
Y rápidamente, como una colegiala que recibe el permiso de sus padres para salir con sus amigas o con su nueva conquista, salió casi corriendo dirigiendose al closet. En ese momento Mario se dio cuenta que la espera sería larga, fue de nuevo hacia el estereo y sacó un par de discos, luego se sirvió un Whisky con un poco de agua fría y sin hielo. Cuando cerró la nevera y echaba el licor en el vaso oyó que desde el otro cuarto le gritaban.
-¡Sírveme uno a mí! Era Virginia queriendo calentar motores para la noche que ya empezaba a cubrirlo todo, incluso el ánimo; desde el apartamento se veian ya las lucecitas de las casas y calles que empezaban a brillar a manera de senderos para que no se pierdan los enanos. Antes de servirle el trago a ella, lo que implicaba devolverse a la cocina por el hielo, decidió apurarse el suyo que aún se mantenía casi puro, con un gesto de aprobación después del gran sorbo se devolvió a la cocina.
-¿Mucho o poco hielo? Gritó.
Virginia sacando la cabeza del cuarto para que le oyera mejor, le gritó con señal de molestia: - ¿Cuánto tiempo llevamos juntos? Como seis años y aún no sabes como me gusta el trago: ¡Sin hielo!
- Perdón estabá distraido. Y sonrió. -No te preocupes. Un besito.
Mario no respondió, sin apurarse ya estaba camino a la sala. Se detuvo acompañando el cambio de ritmo de la canción con la mano, sirvió descuidadamente mientras observaba el paisaje que rápidamente se habia oscurecido. Antes de pasar al cuarto, cerró la ventana que sacudia las cortinas a manera de fantasmas en medio de un huracan. Cuando entró en la habitación tuvo que andar en la punta de los pies para no pisar la ropa de todos los colores, usos y tamaños que estaba por todos lados, el único lugar seguro parecia ser frente al espejo que era precisamente el lugar donde estaba ella.
De un salto quedo detrás de ella y le paso el vaso cerca de la oreja remedando el ruido de los hielos con la voz. Se oyó entonces un gracias coqueto y amable, mientras, continuaba probandose un vestido rojo muy brillante por encima del cuerpo. Entonces, le dijo a Marío descuidadamente:
- Pensándolo bien. Sabes que es bueno cuando llueve en esta ciudad.
- ¿Por qué va a ser bueno?
- Ah porque los colores brillan más cuando deja de llover y todo huele fresco, a recien lavado.
- No sé, hace frío y la gente se encierra y se vuelve amarga.
- Como si el frío no se solucionará con una buena chaqueta o un buen trago, allá ellos, pero creo que piensan más y pelean menos aunque también casi no sonrien-. Respondía sonriente mientras se decidia por el vestido negro que al igual que el rojo, y como todos los que tenía para noches de fiesta, era brillante y justo.
- A mi me gusta cuando deja de llover, todo se pone lento como un perro que toma impulso para quitarse el agua de encima, y luego se sacude para seguir como si nada, creo que así funciona esto; se lava todo: los carros, la gente, las calles, las casas y luego todo sigue como si nada-. Decia Marío muy pensativo mientras volvia a servirse otro whisky y se acercaba a la ventana para volver a perderse en la vista.
-Es la excusa perfecta disculparse por que no se pudo llegar a tiempo, bueno ya no más, dejémos al agua en paz ¿para dónde vamos esta noche? Quiero que con este vestido todos se mueran, ahí mismo.
Marío la observó de reojo y solo sonrió anticipando el desorden de la fiesta. Ella con un cuidado de relojero dejó el vestido sobre la cama y se acercó sin escalas al espejo; empezó a maquillarse para iniciar la transformación para la noche. Comparaba lo que se pondría con los colores y texturas de su tocador, sin ningún afan, pero sin pereza, lo hacía con un ritmo parecido la de la música electrónica que se constituía en la banda sonora del momento.
Mario parecia conocer muy bien los tiempos de Virginia y los manejaba con música, sabia que era especialmente sensible y que se acomodaba tangencialmente a las velocidades que él le dictaba desde el sistema de sonido de la sala: ella ensayó rápidamente un par de posibilidades de cabello: libre, medio suelto, también una peluca de color no natural, finalmente decidió soltarlo sin complicarse. Se puso el vestido y los zapatos que le acompañaban, finalmente fue al bar y se sirvió un gran trago de brandy; se asomó a la ventana y oteo lo que sucedia abajo, decidió que ya estaba lista para salir: - ¡estoy lista! Cuando la oyó, Mario pensó que definitivamente en estas situaciones el tiempo no depende de los hombres, se maneja con reglas femeninas.
-Bueno, recojo mi chaqueta y vamos.
-Te espero en el ascensor.
Mario apagó la música y las luces principales, entonces el apartamento se transformó en una cueva moderna, con luces indirectas que le daban cierto aire macabro pero elegante.
Se abrió el ascensor que sin escalas los llevó directamente a los parqueaderos del edificio, subieron al automóvil un Audi de última generación color oscuro , aúnque Virginia reía, Mario estaba más bien absorto; encendio el motor, prendio la radio y salieron lentamente mientras una lluvia fina volvia a caer, rápidamente tomaron la av. Circunvalar al sur, buscaban la zona de los bares, el asfalto humedo alargaba las luces amarillas del alumbrado público pero se tragaba el resto, aceleró, le gustaba el sonido que producen los neumáticos sobre el pavimento mojado, a pesar del frío, bajo un poco la ventana para oir mejor, a lo lejos los edificios altos del centro eran una especie de faros de luces minúsculas, el punto de orientación de los noctambulos bogotanos. Abajo la ciudad con miles de luces, demasiado grande para entenderla, pensó Mario en silencio.
Virginia por su parte escuchaba con atención una canción ochentera que parecia llevarla a otra época, veía las pequeñas gotas de agua que quedaban en el vidrio lateral, mientrás desenfocaba el resto, era un juego de niña, algo que hacia desde cuando los escoltas del ministro la recogian en el colegio, la canción y la escena misma la llevaron a recordar sus solitarios días de niña, subio el volumen para sacudirse las ideas viejas, sonrio y empezó a cantar. Pasaban luces y luces.
- ¿Te gusta esa canción?
- Si, me recuerda cosas.
- ¿Qué cosas?
- No nada, de mi Papá, cuando me mandaba a recoger al colegio. Era buenísimo por que llegaban en un carro y un par de motos de la policía nos abrian paso.
- Me imagino.
- Entonces yo les hacia muecas a las viejas y a los tipos les mostraba las piernas y como estaba con la policía no sabian que hacer.
- !Siempre una maldita!
- Era juego. Recuerda tienes que bajar por el parque.
Cuando salieron a la Carrera Séptima Mario vio los taxis que indicaban que ya estaban en una vía más transitada y no pudo dejar de mirar la virgen que estába al costado izquierdo, agradeció el semaforo en rojo que le permitió centrar su atención en la imagen, sin decir nada se encomendó con la mirada.
- Muchos taxis, son como una plaga. ¡Cambió el semaforo dale!
- Espera no ves que están pasando.
- ¿Qué toman los punks?
- No tengo ni idea
- Bueno lo que sea emborracha. Míralos.
Virginia los seguia con la mirada, centró su atención en las botas industriales rojas, verdes y vinotintos que llevaban, las chamarras de cuero, los pantalones ajustados y los pelos plateados también le gustaron; eso sin olvidar los gestos de músico ebrio que hacian; mientras, Mario se preocuba por el taxista que estaba a punto de cerrarlo, aceleró más y logró adelantársele, se rio cuando vio la cara de molestia del conductor por el retrovisor.
Virginia jugaba con la música del automóvil, subia el volumen, estaba bastante animada. Ya estaban llegando a Salamandra que era el lugar que Mario había escogido sin consultarle, pero a ella no le pareció mala la elección, se sentía a gusto en el ambiente del lugar: lo suficientemente glamouroso. Cuando llegaron el muchacho del valet parking les recibió el vehículo y pasaron la puerta de teatro de los años 50 del lugar, era un sitio que habían adaptado, aún conservaba los palcos y la estructura general, pero el sonido, las luces, y todo lo demás era un derroche de tecnología y dinero. Allí la elegancia clásica y lo cibernético de la tecnología se reunian para dar lugar a los más bellos de la ciudad. En Salamandra se podía encontrar desde el más cyber de los hackers hasta la modelo más famosa en su mejor traje, el lugar sonaba perfectamente y del dj, conductor de la noche, dependía de qué color y con qué espíritu llenaban la atmósfera que bien podría ser del rojo de un cuarto del infierno o de un azul frío y metálico: Salamandra nunca era igual.
Los porteros del lugar parecian sacados de una película de ciencia ficción y eran el filtro de entrada, un pasaporte a otro mundo, tres tipos que hablan en varios idiomas manejaban lo divino y lo humano de Salamandra, sin su anuencia era imposible pasar, controlaban las puertas de este inframundo.
Adentro las mujeres del lugar; también los hombres, eran los encargadosa de guiar al que así lo quisiera por este jardín de las delicias y creánme que en Salamandra todo el mundo quería. En medio de los beats electrónicos de la música era un lugar con aire enigmatico y maldad atrayente en cada uno de sus detalles.
Esa noche Mario y Virginia estaban como siempre en medio de las miradas de todo el mundo, el punto de encuentro de hombres y mujeres que buscaban acercarse directamente sin procacidad. Ellos eran concientes y los dejaban hacerlo sin comprometerse, pero dando lugar al juego; la noche se convertía en el momento en el cual sacaban su belleza profunda siempre despiadada. Bailaron por varias horas, Virginia con su estilo particular bastante enérgico, un autómata con alma; Marío como un ángel oscuro en la noche de Salamandra, silencioso, nunca una carcajada: se divirtieron, se tomaron todo el alcohol y todas las drogas que estaban disponibles, nunca dejaban nada para el amanecer; eso sí, cuando la noche desaparecía, huían con ella para guarecerse en su casa, lejos de todo el ajetreo.
Lunes, Día de Muertos.
Era lunes por la mañana, primero del mes y Candelaría fue a la plaza de mercado de las Nieves a comprar unas hierbas para hacerse uno baños 7 amargas y 7 dulces que era lo que acostumbraba. Aún era de mañana y el sol no se asomaba.
- Por favor deme: Higuera, Ruda, Tartago, Yerba Bruja, Adormidera, Anamú y Espasote. Bien frescas. Listo, aparte deme: Yerbabuena, Manzanilla, Mirto, Paraiso, Poleo, Menta y Romero. Las contó y las acomodó envueltas en papel periódico amarrándolas con una tira de fique que sacaba de un costal que tenían a la mano para deshilachar a medida que se vendian las hierbas.
El viejo regordete de sombrero, saco viejo y sin afeitar que vendía las hierbas le lanzó una mirada lasciva cuando se iba y le extendió un ramillete de margaritas amarillas mientrás le decía que era para que volviera. Candelaria aceptó con indiferencia y con un gracias y saludos a una tal Oliva lo dejó en su sitio.
Salió para su casa a prepararse el menjurje cuando ya estaba aclarando, la plaza de mercado no le quedaba lejos y decidió caminar, cuando salió a la calle se arregló el saco para aguantar el frío que a esa hora hacia ver su aliento como si fumara. Se fue esquivando niños que salian para el colegio acompañados de sus madres, fijándose en lo bien peinados que iban y en como tenían que casi correr para sostener el paso de los adultos; lo buses atestados de esa hora le hacía agradecer con una sonrisa que no tenía que tomarlos para cumplir con sus actividades diarias. Cuando abrió el portón de su casa de pobre ya estaba bien de mañana; se dirigió a la cocina y encendió una estufa de gas en la que pusó las hierbas sobre una buena llama, las tapó y mientras la infusión se realizaba fue a un altar que tenía en la habitación para encender un par de velas, cambiar el agua y hacer un par de oraciones a los santos de su predilección; luego cuando ya estuvo el agua hirviendo la sacó en un balde que alguna vez fue caneca de pintura y se fue al baño para hacerse el baño. Primero las amargas, luego las dulces entre tanto rezaba padre nuestros y hacía sus peticiones por ella, por su hijo Mario, por trabajo por protección, luego se escurrió el agua sin secarse y salió hacia el cuarto que quedaba al otro lado del patio para vestirse.
Se vistió de negro, pobre pero dignamente y salió de nuevo a caminar a la calle, ya era media mañana cuando llegó al Cementerio Central después de soportar el asedio de taxistas y obreros que le hacían piropos baratos a pesar de su edad y aire digno. Compró unas flores en la entrada al cementerio; ya el vendedor la conocía, lo mismo el celador que la saludó como se hace con alguién de confianza: por su nombre y con una sonrisa. Candelaria entró y fue a visitar las tumbas de los N.N. que se encontraban casi negras por el humo de los fieles que las visitan para rayarles cruces y pedirles favores; las golpeó tres veces, como quien toca la puerta y les rezó en susurros mientras les encendía veladoras, al final les dejaba una flor y seguía por otras en un recorrido que podía durar un par de horas. Llegó a una tumba que tenía la estatua de un industrial que antaño tenía fama de ayudar a los pobres en vida y cuya tarea no pudo abandonar ni siquiera después de muerto, por eso la gente recurria a él, lo acariciaba, le dejaba flores y le hacía peticiones, aquí había que hacer fila para pedir pero no importaba, era Lunes de Muertos y ella no tenía afán.
Continua....
A Bajo Costo.
¿Vale la pena escoger el destino?
Era el diablo, con un dedo metido en todas las trampas.
Caminaba por la calle 13 que a esa hora estaba habitada por los indigentes y uno que otro oficinista madrugador que corría para llegar al trabajo, ese día como todos los de octubre había bruma y el piso aún estaba humedo por la lluvia de la noche. Caminaba rápido, casi siempre mirando al suelo; quería llegar al hospital donde estaba mi mamá y para hacerlo debía pasar por la zona comercial de los pobres de Bogotá. De vez en cuando algún barrendero se me atravezaba sin detener su trabajo y sin mirarme, o los harapientos y su inmundicia me pedían monedas que obviamente no tenía, eran tiempos díficiles y en medio de la pobreza no tenía ni para un café; lo único que podía dar era indiferencia; simplemente los ignoraba y me consolaba con la idea que definitivamente algunos están más jodidos que uno.
Cuando llegué a la avenida Caracas, el hombrecito del semáforo para peatones estaba en rojo, como duraba bastante tiempo pues es una vía transitada me puse a ver cosas de la calle, los buses atestados; primero uno, después el otro pasaban en medio del humo, me sorprendía que el piso temblara a su paso, me gustaba distraerme así, para olvidar un poco los problemas, a veces hasta contaba carros. Recuerdo muy bien que antes de cruzar la avenida, como si esperará el momento preciso, un flaco cincuentón que repartía volantes me tocó el hombro y me dío un papel rojo con tinta negra, en el momento no logré leerlo, ya tenía que cruzar, cuando estaba al otro lado no sé por qué si era un papel más de los que dan en el centro de la ciudad me detuve a leerlo: “¿necesita dinero? Prestamos a bajo costo sin fiador. Acérquese, la solución a sus problemas está a la mano.”
Guardé el papel en un bolsillo, miré el semáforo que estaba por cambiar de nuevo y cuando intenté buscarlo entre la gente, el tipo que hace tan solo unos segundos estaba a mi lado se había esfumado; sin más, continué mi camino en dirección del hospital, ya sonaban las rejas del comercio que recíen abría, mientrás los dueños tomaban café en vasos de plástico y como gatos perseguían los primeros rayos de sol para calentarse; sus ayudantes abrían las puertas. Era un trayecto de hormigas que cargaban cajas, bultos y herramientas. Ese día parecía que todos los camiones hubieran llegado al mismo tiempo. Estuve esquivando cargabultos que con un silbido o un grito me hacían correr so pena de ser atropellado por hombres que cargaban casi su peso al hombro.
Para recortar camino, doblé por una callejuela que me sacaba directo a la Plaza España. A esa hora apenas llegaban los dueños de los puestos. Siempre me pareció un laberinto de pobreza, me metí entre montañas de ropa vieja con olor a guardado, entre zapatos raídos que sin embargo estaban mejor que los mios, en la cabeza tenía en mente a mi madre y su enfermedad, sin embargo aún tenía tiempo para chismosear un poco; me detuve un momento en uno de los puestos donde estaba una chaqueta que hace unos días había cambiado por unos billetes que me sirvieron para un almuerzo barato. La situación me descompuso y decidí que era mejor ir al hospital, cuando estaba por llegar me detuve en las funerarias de la esquina, unos locales oscuros con olor a madera que vendían ataúdes nuevos baratos, observé los precios y la alternativa no era esperanzadora: no tenía con que pagar nada en el hospital aunque era de caridad y si la vieja se moría, salvo una fosa común para NN del cementerio del sur no había forma de enterrarla, ni siquiera tenía para un cajón de madera reciclada donde meterla. Crucé la calle y con todo eso me puse en la fila para entrar.
Recordé el día que me quedé sin trabajo por un lío de faldas, ni siquiera me preguntaron si era cierto, aunque lo fue; pude haber dicho alguna cosa y salirme del problema pero no fue así, me llegó una carta donde se anunciaba mi despido. Eso fue un año antes de que cayera enferma mi mamá, no pude conseguir otro empleo y me había mantenido en la casa de familiares que no nos cobraban y amigos que según sus posibilidades ayudaban de vez en cuando para comer. Lo había intentado todo y no lograba nada. Incluso fuí a ver a un par de brujas de barrio para que consultarán en naipes y tasas de chocolate qué era lo que pasaba, pero las razones incoherentes que me dieron no me habían servido mucho; aúnque permanecí más o menos tranquilo por algunos meses, para ese momento la situación era desesperada y no sabía qué hacer, todo estaba cerrado. Estaba jodido.
Cuando salió el celador con la planilla de visitas me sacó de los recuerdos.
-Familiar de Liboria Balbuena- Así gritó el tipo que tenía ya el uniforme desteñido y un bigote que no se sabía si era real. Cuando me acerqué me preguntó mi nombre y mi número de identificación, con letra torpe de analfabeta lo escribió en una planilla mientras las demás personas empujaban para buscar por cuenta propia a su familiar en el listado. Yo conocía el camino, era una sala de observación donde había más de 15 camas perfectamente alineadas en filas de tres, allí estaban los enfermos que necesitaban atención especial y rondas más continuas, la de mamá era la 14 a. Cuando llegué estaba como siempre con esas batas verdes que no sé de que material serán, con mangueras que llegan a un frasco de suero y con máscara de óxigeno, cuando me vío sonrío un poco y se quitó la careta para saludarme, en ese momento pude ver su rostro enflaquecido por la enfermedad y sus labios resecos por la desidratación. A pesar que su condición hacía que hablar no fuera una tarea fácil, me preguntó con voz apagada cómo estaba, qué tal la casa, si me alimentaba, también si los gatos tenían comida; cosas que en mujeres como ella son el día a día. Yo la escuchaba y para no mentirle porque me descubriría al instante, le respondía a todo afirmativamente, sin darle mayores detalles.
Ese día la visita fue muy corta, pués debido a su estado y a las condiciones de la sala donde estaba, no permitían sino una persona por cama y habían llegado las primas y unos vecinos que querían hablar con ella. Vino la enfermera para aplicarle un medicamento, yo me hice a un lado detrás de un biombo que ponían para esos menesteres, cuando lo retiraron la vieja reflejaba el dolor en su cara, aunque no era cobarde y estaba acostumbrada, los chuzones la afectaban. Cuando la enfermera se retiraba recuerdo que llegó el médico y con ese aire de dueño de la cura y de la enfermedad miró los datos que estaban en el formulario que ya iban por la tercera página; ni siquiera la examinó. Me miró con cara de juez y se fue a la siguiente donde hizo lo mismo. Lo observaba trabajar y me preguntaba si cuando uno tiene algo de poder sobre otro le cambia la mirada y la actitud para hacerle verlos como una mierda, seguramente sí; yo queria patearlo.
Volví a acercarme ya para despedirme, le dije un par de cosas, como siempre desde hacía algunas semanas me respondió con la mirada; decidió no quitarse la mascara para hablarme; en algunas ocasiones yo prefería huir para no ver la cara de tristeza de la vieja. De verdad creo que la impotencia crea cobardes. Salí de la habitación y en la planta baja me encontré con los familiares y amigos del barrio, los salude, le entregué la ficha que me había dado el del uniforme desteñido a una de mis primas y salí a la calle para continuar la busqueda del dinero que sabía tenía que pagar cuando la dieran de alta, si la daban, bueno si moría también. Creo que si cuando el paciente muere no tuvieramos que pagar se esforzarían más.
Cuando salí ya había pasado el medio día, metí la mano en el bolsillo y busqué el papel que me había dado el tipo en la Caracas, lo encontré y además había un billete doblado como un cuadrado pequeño que seguramente mi prima había puesto allí cuando nos despedimos, me alegró el gesto que de paso me pareció un buen augurio y fui a almorzar para aclarar las ideas. empezaba a llover y los niños disfrazados que pedían dulces se guarecian en el restaurante viejo que había escogido. Mientrás comía en plena hora de ebullición observé el volante, no daba mayores detalles acerca de la forma de prestamo, simplemente había una dirección cra. 10 23 -17 resaltaba que era dinero a bajo costo y para cualquiera: sin codeudor. Pese a la incredulidad no tenía nada que perder. Esperé a que dejará de llover y me fui a buscar la dirección. Cuando llegué la gente se estaba dispersando, La tregua del aguacero sería breve y aún permanecían unos pocos en el umbral de la puerta: los indecisos entre salir o quedarse a escampar. Algunas personas me dijeron que ya no me atenderían; pregunté de qué se trataba el negocio y nadie me supo informar, en forma escueta como quien ve en el otro un rival decían simplemente que prestaban plata pero como venía tanta gente lo mejor era madrugar. No me dieron ningún otro dato que me fuera útil, es más, no parecían tener nada claro y creo que estaban igual de perdidos que yo. Los truenos anunciaron que venía el agua, entonces salí del edificio que se notaba medio desocupado y sin administración que lo cuidara adecuadamente. Decidí caminar un rato.
La soledad nos pone a pensar en si mismos y en lo mismo, esa era mi condición por esos días, me preguntaba en cuál momento me había jodido, de quién dependía mi estado actual, por qué a mí, todas esas preguntas que se puede uno hacer cuando la vida lo atropella, la autoindulgencia no era una de las salidas que utilizará para este tipo de cosas; culparme no ayudaba mucho y de darle vueltas a la situación terminaba convertído en un verdadero inútil. :También podría involucrar al destino que es un enredo de circunstancias pero era demasiado fácil y tampoco servía para nada. Esos eran los pensamientos producto de las circunstancias que me atacaban y compartían el terreno con las cosas prácticas que debía solucionar y que no lograba componer a pesar de esfuerzos y ruegos. El papel aunque sospechoso se convirtió en mi única posibilidad de conseguir dinero, ya vería después como lo pagaría. Esa noche le llevé la comida a los gatos, comí yo también algo por ahí, una caja de cigarrillos y el billete de la prima se estaba extinguiendo, le volví a a agradecer. Intenté dormir con la tranquilidad que da la desesperación.
Fue una noche de pesadillas y fantasmas, me perseguían, creo que nunca había corrido tanto, unos malditos enanos me herían de todas las maneras, no me acuerdo por qué cerrándome el camino como a un ternero me llevaban hasta un pozo de fango y aguas podridas donde me atascaba, si intentaba salir me golpeaban con unos garrotes o me lanzaban rocas. Esos eran algunos de los detalles, obviamente lo que me quedó en la memoria fue una sensación de temor. Me desperté varias veces con sobresaltos, me costaba un poco de trabajo definir qué era vigilia y qué sueño. Así lentamente amaneció.
Cuando aún no salia el sol me levanté a preparar café, no sin antes encender el radio para escuchar alguna voz que no fuera la mia, eran las noticias usuales: estado del clima en la ciudad como sino fuera evidente, y una lectura de títulares de periódicos, algun mensaje positivo, todo en una correcta voz de locutor; de esas que cuentan atrocidades con una tranquilidad que parece la de un profesor que explica una conjugación de verbos. la mañana estaba fría no paró de lloviznar desde la noche anterior, de manera que levantarse era un acto de heroísmo. Me bañé velozmente porque donde vivía sólo había agua fría y rayaba la piel; con ánimos renovados y un buen presentimiento salí de la casa directo para la oficina de préstamos. En la calle los rios causados por la lluvia constante me retrasaron un poco ya que había que buscar el mejor lugar para pasar. Precisamente cuando lo encontré ocurrió lo impensable: estaba en la mitad de un puente improvisado con tablas y ladrillos y el indigente que al parecer lo había construido me pidió una moneda como peaje, el hombre me insistía sin dejarme pasar, yo volteaba un poco la cara para no recibir su aliento de muerto con varios días de descomposición, le explicaba, que por favor, que tenia que llegar rápido a cierto lugar, que era importante, pero el tipo no se movía. Al final le grité que me dejara pasar y como pude lo empujé, en medio del forcejeo me miró con rabia y caímos abrazados al agua. Después pensé que eran preferibles los enanos del sueño que ese tipo.
Nada que hacer, como podía ir a pedir dinero prestado en ese estado, me devolví angustiado lo más rápido que pude. Había perdido casi una hora, cerraba la puerta cuando empezó un chubasco típico bogotano; era el colmo, ahora no me podía mover de la casa. Entré y me puse a ver por la ventana el aguacero que parecía interminable, a veces maldecía a veces me resignaba. Dí vueltas de un lado a otro y para distraerme prendí el pequeño radio de transistores en el que escuchaba deportes cuando salía a la calle; había noticias de los salarios de los jugadores y de sus excentricidades, me aburrí de tanta bobada y lo apagué, ya estaban cayendo unas goticas finas, soportables, sombrilla en mano salí a buscar el préstamo.
Ya eran casi las 9 de la mañana, me preocupé por que seguramente tampoco me atenderian ese día.
Casi corriendo, que era lo más rápido que podía ir entre los vehículos y los charcos recorrí las veinte cuadras que me separaban de la oficina de prestamos, me tranquilicé cuando vi que la puerta del edificio estaba abierta, entré y vi una fila bastante larga que recorría unas escaleras sucias y mal iluminadas. Sin más me puse detrás de una mujer con un par de mocosos que desde que me vieron empezaron a jugar entre mis piernas, yo no soy muy adepto a los niños y los apartaba diciéndole a la señora que los controlara, como no logró nada, mejor se fue, me había ganado un puesto gracias a esos enanos. Nadie hablaba, eran concientes que todos éramos rivales para el préstamo y se veían los celos y el rencor entre desconocidos. Reconocí en esas caras lo despiadada que es la necesidad.
En un momento se abrió la puerta de ingreso a la oficina y los que estabamos allí vimos salir a una joven de unos 20 años que tomándose la cara con las manos en medio de sollozos bajó la escalera velozmente buscando la calle, su actitud era sintoma de que le habían negado el dinero. En medio de los murmullos socarrones de la gente creí que el papel que me habían dado en la calle era otra patraña para embaucar, y que los préstamos podían ser negados si el paciente no tenía más dinero que el que necesitaba: sin prenda no hay préstamo.
Con la ropa húmeda y mala cara decidí esperar a ver que sucedía. Volví a escuchar las escaleras porque desde mi posición no se veía la puerta, el siguiente en bajar fue un negro descamisado, flaco, alto, al que parecía no importarle el frío, el hombre bajó con aire resuelto y frunciendo el seño, cuando alguién le pregunto cómo le había ido lo miro como diciéndole: no pregunte pendejadas, yo lo seguí con la mirada mientrás desaparecía en la luz de la calle. La fila avanzaba lentamente, ya serían las once de la mañana y llevaba dos horas viendo paredes mohosas y gente que no prestaba los ojos para charlar. A los pocos que habían salido no se les podía decir nada, esa era la constante: nadie hablaba después de entrar en la oficina.
Recorde que aún tenía un cigarrillo del día anterior y encendí uno, algunos me miraron, pero ese era un lugar sin dolientes. Me importó un carajo que el humo inundara el lugar, estaba en esas cuando un hombre se me acercó a pedirme que le vendiera uno; compartimos; aunque era un tipo con necesidad no era miserable y si había se compartía cuando no, pues no; con el humo como disculpa empezamos a hablar. El tipo era alegre, con mirada veloz y verbo fácil, según me dijo había llegado de San Andrés hacía pocos días, no conocía bien la ciudad pero por lo poco que había visto era igual que en cualquier parte: sin dinero no se funcionaba. Su intención no era pedir plata sino trabajo. Tenía pensado ayudar en los cobros, porque; y sonaba lógico, no creía que toda esa gente fuera a pagar así no más. Mientrás estabamos en la escalera en un ataque de honestidad o por fantoche me contó que ya había tenido experiencia en ese tipo de encargos. Que tenía buenas cartas de presentación. El tono frío con que lo dijó me produjó un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, quién se sabe qué cara puse pero él pareció darse cuenta y entre risas me dijó que no me preocupará, que todavía no lo habían contratado y de pronto eran gente de abogados o quizas, a lo mejor, yo nunca me atrasaría en los pagos. A mí el hombre me pareció el demonio y deseé nunca encontrármelo. Terminamos el cigarrillo, me dio la mano y volvió a su lugar en la fila sonriente y observándome de medio lado como un perro taimado. Sentí nuevamente que la sangre se me enfriaba. La fila avanba y yo andaba nervioso.
Podía salirme de la fila que de un momento a otro empezó a correr a buen rítmo, pero no había nada que hacer; era una decisión tomada y además qué podía perder si necesitaba el dinero. La necesidad tiene esa particularidad; cierra las posibilidades de elegir, la mayoría de las veces deciden por uno, se está sujeto a la voluntad del otro. Recordaba las personas que habían dejado la oficina, la mayoría salía con rostros contrariados y los satisfechos eran menos. Cuando estaba a dos personas de la entrada me dediqué a observar los muebles viejos que decoraban una especie de sala al final de la escalera, intentaba explicarme por qué alguién que presta dinero se ocupaba tan poco por el mobiliario. Intenté oír lo que sucedía adentro pero no me fue posible. Entró la doña que estaba delante mio, le abrió la puerta el obrero que recién salía y ella se filtró de medio lado como quien se cuela en un bus. Rápidamente cerró la puerta y no alcance a ver más que una ventana desde donde se debía observar la calle, la iluminación total de la oficina contrastaba con la penumbra en la que nos encontrabamos.
Me puse ansioso antes de entrar, me sudaban las manos y la frente; cuando parecía que abrirían la puerta me sequé las manos en el pantalón, tomé aire y mirando al suelo esperé lo que seguía. Ya se me había olvidado lo que diría cuando me preguntarán para qué era el préstamo, o toda esa introducción que se hace para este tipo de asuntos, era algo sencillo pero por el momento no me acordaba de nada. Salió la señora no recuerdo por qué no quise mirarle la cara, yo sólo observaba el piso de la oficina y cuando vi el haz de luz supe que debía entrar.
El tipo se levantó de su silla y amablemente me tendío la mano sin decirme nombre alguno, igual no hacía falta; era regordete de cara aindiada, lo que más me llamó la atención fue su forma de vestir: vestido blanco con camisa roja y corbata también blanca, parecía una caricatura de un salsero de los setenta, con sonrisa amplia y ojos acusiosos atendía con cuidado lo que yo le decía, que mi mamá estaba en el hospital y no tenía trabajo desde hace meses, todas las explicaciones empezaron a salir como si de ellas dependiera el préstamo, como si le importará. Por alguna razón, seguramente por su amabilidad y tranquilidad no me vi tentado a mentirle, igual si me pedía referencias no tenía como sostener nada fuera de la verdad. El hombre sonrió y me preguntó cuánto necesitaba, cómo me había enterado de la oficina y que quién respondía por mi. Le expliqué todo, que necesitaba 2 millones, que un hombre en la calle me había dado un papel y que nadie podía responder por mí. Mientras le decía observé el escritorio donde estaba un reloj, un libro de contabilidad grande, un teléfono, nada sobraba todo era bastante austero.
El hombre se rió y se levantó de la silla. Empezó a hablar sin mirarme; me decía que ellos no eran beneficiencia pero que prestaban sin fiadores como una forma de ayuda a los que la necesitaban y que les encantaba la gente como yo, personas cuyo único respaldo eran ellos mismos. Me dijó que me había escuchado atentamente y que su deseo era colaborar para que yo pudiera solucionar los problemas de mi madre y de paso algunos más. Hizó una breve pausa antes de preguntarme qué lo que estaba dispuesto a hacer para conseguir el dinero. En ese momento se me vinó a la cabeza que me estaba metiendo en la grande y que de eso tan bueno no dan tanto y que en cierta forma me condenaría tarde o temprano. El hombre pareció leerme el pensamiento e intentó tranquilizarme diciéndome que él entendía que esas cosas parecían fuera de lo común, pero que no me preocupará, no tenía que prestar mi nombre, tampoco llevar drogas, ni mucho menos hacer daño a otros, que no se trataba de eso, simplemente se trataba de hacer un favor, por decir algo: compramos un pedazo de cielo con ayudar a personas como usted.
- Después de conocer todo esto ahora sí dígame: ¿en qué puedo ayudarlo?
- Mi nombre es Andrés Felipe Valverde y recibí este papel en la calle el otro día. He venido ya un par de veces para saber cómo es lo del prestamo.
-¿Para saber cómo es o a pedir prestado?
- Disculpe, a pedirle dinero prestado.
- ¿Cuánto?
- Serían 2 millones. Verá estoy desesperado. Me siento como ahogado por no poder hacer nada. Y parece que nadie me puede ayudar. Esta es la única posibilidad que tengo para solucionar lo del hospital de mi mamá.
- Hmm… ¿y nadie le quiere ayudar? ¿le parece raro que los demás pasen a su lado y no sepan nada de sus problemas? Usted pasa al lado de mucha gente todos los días y no sabe nada de ellos y tampoco le interesa que les preocupa, la procesión que va por dentro. ¿y ahora viene dónde un extraño a que le preste?
- Creo que esto es un negocio y usted gana por lo que me preste ¿no? pero no lloro por que no me presten, me preocupo. Sufro pero debe ser por que ella o yo hicimos algo mal, esa es la causa ¿creo? Nace de algo que hicimos mal. Es culpa nuestra y no debemos culpar a otros. Así que no pienso mucho en los líos del vecino. No se sufre por que sí. Eso si intento solucionar con lo que está en frente.
- Sabe, le compro la idea. Estoy de acuerdo: sufrir por puro azar sería una desgracia peor. No está bien visto. Y no se puede tolerar que algo se produzca así nada más, porque Dios lo quizó, sin que cada cual tenga que ver. Sería perder el control; hay que sumar lo que uno hace con lo que viene después de eso, de lo contrario qué ¿nos sentamos a esperar? Los errores son la cuota inicial de la desgracia. Según usted. Aclaro. Pero me gusta; puede ser un buen punto.
- Que mal pero es cierto, los errores mios o suyos o de los que están allá afuera o de los que ya se largaron con o sin dinero son la cuota inicial del fracaso. Ahora que hablamos aquí como si no tuviera nada de que preocuparme: El verdadero fracasado no es el que no tiene éxito en las cosas grandes: el que no ganó el campeonato mundial o el que no tiene un millón de dolares en la cuenta. A la mayoría no le suceden esas cosas. El fracasado como yo es el que falla en las cosas pequeñas: No llegar a construirse una casa, no conservar un amigo, no enamorar una mujer. No ganarse la vida como todo el mundo. Ese es el fracasado más triste. Ahora entiende mi situación.
- La entiendo, tenga paciencia.
- Paciencia, si estoy aquí es por que no tengo paciencia, no puedo tenerla, en este estado de desesperación que voy a tener paciencia, agoto mis posibilidades y esta es la última. De lo contrario se muere mi mamá y de la frustración me metó en el hueco con ella.
- !Aha! Si eso de la paciencia solo funciona cuando las circunstancias lograron vencer, cuando no hubo tiempo ni lugar para solucionar el error, así sea un poco. Sabe; hay quienes dicen que es una virtud, yo no creo eso. Creo que la paciencia, la paciencia solo es practicada cuando las cosas ya no dependen de uno, cuando nos rendimos. Y eso es lo que queremos evitar. ¿cierto? No hay que entregarse.
- Cierto.
- Andrés: Sufrir no sirve de mucho. Por eso ayudo a personas en circunstancias particulares como la suya, Pero tenga presente que no somos una casa de beneficiencia. Aquí nada es gratis, los costos serán altos, no ahora, después. Le puedo prestar un dinero que le solucionará su problema inmediato, pero si solo solucionamos eso quedaría usted otra vez en la misma y quién me responde. ¿entiende?
- Yo le pagaré, pase lo que pase.
- Creame y de verdad creame; sé que me va a pagar. Piense que a partir de su firma en este papel le dare lo principal para que solucione esas cosas pequeñas de las que me habló hace un momento, para que no se sienta como un fracasado. Le hare un favor.
- Muchas gracias. De verdad no lo voy a olvidar.
- Eso se lo aseguro. Siguiendo con su filosofía desde hoy no sufrirá por nada. Le dare 10 millones y usted le pagará cada mes a una persona que enviaré desde el próximo mes y por los siguientes quince años. No se preocupe, también sé que no habrá dificultades en el pago. No hay la menor posibilidad para que deje de hacerlo. Al final; cuando no sea un fracasado viene el pago de los verdaderos intereses,
- ¿Los verdaderos intereses? ¿cómo así?
- Sí así es, de cualquier manera después de quince años de estar con el estomago lleno, con dinero, seguramente con mujer e hijos no será tan difícil. Pero estos intereses no son dinero eso también es una certeza.
- No se. Me asusta un poco.
- Se asusta, Ahora se asusta, me ha hecho parlotear para asustarse, no me haga reir, mejor no me haga emputar: le doy la posibilidad de cambiar su vida, de salir del fracaso y de esa soledad que no termina sino en la locura o el suicidio para que después lo tiren a una fosa común en el cementerio central como le va a pasar a su mamasita si no la cambia de hospital. Piénselo.
-Esta bien. Acepto, acepto igual ¿hay alguién que no quiera lo que puede tener? Creo que puedo cambiar que lo que me pase lo decida el tendero que me fia o mi prima que me presta plata o una clínica de mala muerte.
- Esa es la actitud. Fuerza y no se preocupe. Sé bien por que llegó aquí. En cuanto al destino ¿cree que podemos escogerlo? Piénselo.
Sonreí cosa que no le gustó por que me increpó para preguntarme si creía que eso era un juego, me disculpé y le dije que no, que no pensara mal y que le agradecía el favor y que además haría todo lo posible para no quedar mal. Mi actitud lo tranquilizó y volvió a su estado de amabilidad. Luego me dijó: muy bien. Llamó por teléfono solicitando la cantidad que me prestaría. Aunque todo parecía ir sobre ruedas y en ese momento creí que Dios existe yo no estaba ni mucho menos tranquilo, algo me decía que me equivocaba. El hombre escribió la fecha, una dirección y el valor del prestamo en el cuaderno grande que tenía sobre el escritorio; luego me mostró los datos para que los verifícara, a continuación me lo quitó. Entró el mismo tipo que me había dado el papel en la Caracas hacía dos días, al verlo me pareció alguien insignificante que trataba a su jefe con excesiva salamería. Recuerdo que antes de salir por la puerta alterna se detuvó un poco para escuchar más, pero fue sacado de la oficina.
Era el diablo, con un dedo metido en todas las trampas.
Caminaba por la calle 13 que a esa hora estaba habitada por los indigentes y uno que otro oficinista madrugador que corría para llegar al trabajo, ese día como todos los de octubre había bruma y el piso aún estaba humedo por la lluvia de la noche. Caminaba rápido, casi siempre mirando al suelo; quería llegar al hospital donde estaba mi mamá y para hacerlo debía pasar por la zona comercial de los pobres de Bogotá. De vez en cuando algún barrendero se me atravezaba sin detener su trabajo y sin mirarme, o los harapientos y su inmundicia me pedían monedas que obviamente no tenía, eran tiempos díficiles y en medio de la pobreza no tenía ni para un café; lo único que podía dar era indiferencia; simplemente los ignoraba y me consolaba con la idea que definitivamente algunos están más jodidos que uno.
Cuando llegué a la avenida Caracas, el hombrecito del semáforo para peatones estaba en rojo, como duraba bastante tiempo pues es una vía transitada me puse a ver cosas de la calle, los buses atestados; primero uno, después el otro pasaban en medio del humo, me sorprendía que el piso temblara a su paso, me gustaba distraerme así, para olvidar un poco los problemas, a veces hasta contaba carros. Recuerdo muy bien que antes de cruzar la avenida, como si esperará el momento preciso, un flaco cincuentón que repartía volantes me tocó el hombro y me dío un papel rojo con tinta negra, en el momento no logré leerlo, ya tenía que cruzar, cuando estaba al otro lado no sé por qué si era un papel más de los que dan en el centro de la ciudad me detuve a leerlo: “¿necesita dinero? Prestamos a bajo costo sin fiador. Acérquese, la solución a sus problemas está a la mano.”
Guardé el papel en un bolsillo, miré el semáforo que estaba por cambiar de nuevo y cuando intenté buscarlo entre la gente, el tipo que hace tan solo unos segundos estaba a mi lado se había esfumado; sin más, continué mi camino en dirección del hospital, ya sonaban las rejas del comercio que recíen abría, mientrás los dueños tomaban café en vasos de plástico y como gatos perseguían los primeros rayos de sol para calentarse; sus ayudantes abrían las puertas. Era un trayecto de hormigas que cargaban cajas, bultos y herramientas. Ese día parecía que todos los camiones hubieran llegado al mismo tiempo. Estuve esquivando cargabultos que con un silbido o un grito me hacían correr so pena de ser atropellado por hombres que cargaban casi su peso al hombro.
Para recortar camino, doblé por una callejuela que me sacaba directo a la Plaza España. A esa hora apenas llegaban los dueños de los puestos. Siempre me pareció un laberinto de pobreza, me metí entre montañas de ropa vieja con olor a guardado, entre zapatos raídos que sin embargo estaban mejor que los mios, en la cabeza tenía en mente a mi madre y su enfermedad, sin embargo aún tenía tiempo para chismosear un poco; me detuve un momento en uno de los puestos donde estaba una chaqueta que hace unos días había cambiado por unos billetes que me sirvieron para un almuerzo barato. La situación me descompuso y decidí que era mejor ir al hospital, cuando estaba por llegar me detuve en las funerarias de la esquina, unos locales oscuros con olor a madera que vendían ataúdes nuevos baratos, observé los precios y la alternativa no era esperanzadora: no tenía con que pagar nada en el hospital aunque era de caridad y si la vieja se moría, salvo una fosa común para NN del cementerio del sur no había forma de enterrarla, ni siquiera tenía para un cajón de madera reciclada donde meterla. Crucé la calle y con todo eso me puse en la fila para entrar.
Recordé el día que me quedé sin trabajo por un lío de faldas, ni siquiera me preguntaron si era cierto, aunque lo fue; pude haber dicho alguna cosa y salirme del problema pero no fue así, me llegó una carta donde se anunciaba mi despido. Eso fue un año antes de que cayera enferma mi mamá, no pude conseguir otro empleo y me había mantenido en la casa de familiares que no nos cobraban y amigos que según sus posibilidades ayudaban de vez en cuando para comer. Lo había intentado todo y no lograba nada. Incluso fuí a ver a un par de brujas de barrio para que consultarán en naipes y tasas de chocolate qué era lo que pasaba, pero las razones incoherentes que me dieron no me habían servido mucho; aúnque permanecí más o menos tranquilo por algunos meses, para ese momento la situación era desesperada y no sabía qué hacer, todo estaba cerrado. Estaba jodido.
Cuando salió el celador con la planilla de visitas me sacó de los recuerdos.
-Familiar de Liboria Balbuena- Así gritó el tipo que tenía ya el uniforme desteñido y un bigote que no se sabía si era real. Cuando me acerqué me preguntó mi nombre y mi número de identificación, con letra torpe de analfabeta lo escribió en una planilla mientras las demás personas empujaban para buscar por cuenta propia a su familiar en el listado. Yo conocía el camino, era una sala de observación donde había más de 15 camas perfectamente alineadas en filas de tres, allí estaban los enfermos que necesitaban atención especial y rondas más continuas, la de mamá era la 14 a. Cuando llegué estaba como siempre con esas batas verdes que no sé de que material serán, con mangueras que llegan a un frasco de suero y con máscara de óxigeno, cuando me vío sonrío un poco y se quitó la careta para saludarme, en ese momento pude ver su rostro enflaquecido por la enfermedad y sus labios resecos por la desidratación. A pesar que su condición hacía que hablar no fuera una tarea fácil, me preguntó con voz apagada cómo estaba, qué tal la casa, si me alimentaba, también si los gatos tenían comida; cosas que en mujeres como ella son el día a día. Yo la escuchaba y para no mentirle porque me descubriría al instante, le respondía a todo afirmativamente, sin darle mayores detalles.
Ese día la visita fue muy corta, pués debido a su estado y a las condiciones de la sala donde estaba, no permitían sino una persona por cama y habían llegado las primas y unos vecinos que querían hablar con ella. Vino la enfermera para aplicarle un medicamento, yo me hice a un lado detrás de un biombo que ponían para esos menesteres, cuando lo retiraron la vieja reflejaba el dolor en su cara, aunque no era cobarde y estaba acostumbrada, los chuzones la afectaban. Cuando la enfermera se retiraba recuerdo que llegó el médico y con ese aire de dueño de la cura y de la enfermedad miró los datos que estaban en el formulario que ya iban por la tercera página; ni siquiera la examinó. Me miró con cara de juez y se fue a la siguiente donde hizo lo mismo. Lo observaba trabajar y me preguntaba si cuando uno tiene algo de poder sobre otro le cambia la mirada y la actitud para hacerle verlos como una mierda, seguramente sí; yo queria patearlo.
Volví a acercarme ya para despedirme, le dije un par de cosas, como siempre desde hacía algunas semanas me respondió con la mirada; decidió no quitarse la mascara para hablarme; en algunas ocasiones yo prefería huir para no ver la cara de tristeza de la vieja. De verdad creo que la impotencia crea cobardes. Salí de la habitación y en la planta baja me encontré con los familiares y amigos del barrio, los salude, le entregué la ficha que me había dado el del uniforme desteñido a una de mis primas y salí a la calle para continuar la busqueda del dinero que sabía tenía que pagar cuando la dieran de alta, si la daban, bueno si moría también. Creo que si cuando el paciente muere no tuvieramos que pagar se esforzarían más.
Cuando salí ya había pasado el medio día, metí la mano en el bolsillo y busqué el papel que me había dado el tipo en la Caracas, lo encontré y además había un billete doblado como un cuadrado pequeño que seguramente mi prima había puesto allí cuando nos despedimos, me alegró el gesto que de paso me pareció un buen augurio y fui a almorzar para aclarar las ideas. empezaba a llover y los niños disfrazados que pedían dulces se guarecian en el restaurante viejo que había escogido. Mientrás comía en plena hora de ebullición observé el volante, no daba mayores detalles acerca de la forma de prestamo, simplemente había una dirección cra. 10 23 -17 resaltaba que era dinero a bajo costo y para cualquiera: sin codeudor. Pese a la incredulidad no tenía nada que perder. Esperé a que dejará de llover y me fui a buscar la dirección. Cuando llegué la gente se estaba dispersando, La tregua del aguacero sería breve y aún permanecían unos pocos en el umbral de la puerta: los indecisos entre salir o quedarse a escampar. Algunas personas me dijeron que ya no me atenderían; pregunté de qué se trataba el negocio y nadie me supo informar, en forma escueta como quien ve en el otro un rival decían simplemente que prestaban plata pero como venía tanta gente lo mejor era madrugar. No me dieron ningún otro dato que me fuera útil, es más, no parecían tener nada claro y creo que estaban igual de perdidos que yo. Los truenos anunciaron que venía el agua, entonces salí del edificio que se notaba medio desocupado y sin administración que lo cuidara adecuadamente. Decidí caminar un rato.
La soledad nos pone a pensar en si mismos y en lo mismo, esa era mi condición por esos días, me preguntaba en cuál momento me había jodido, de quién dependía mi estado actual, por qué a mí, todas esas preguntas que se puede uno hacer cuando la vida lo atropella, la autoindulgencia no era una de las salidas que utilizará para este tipo de cosas; culparme no ayudaba mucho y de darle vueltas a la situación terminaba convertído en un verdadero inútil. :También podría involucrar al destino que es un enredo de circunstancias pero era demasiado fácil y tampoco servía para nada. Esos eran los pensamientos producto de las circunstancias que me atacaban y compartían el terreno con las cosas prácticas que debía solucionar y que no lograba componer a pesar de esfuerzos y ruegos. El papel aunque sospechoso se convirtió en mi única posibilidad de conseguir dinero, ya vería después como lo pagaría. Esa noche le llevé la comida a los gatos, comí yo también algo por ahí, una caja de cigarrillos y el billete de la prima se estaba extinguiendo, le volví a a agradecer. Intenté dormir con la tranquilidad que da la desesperación.
Fue una noche de pesadillas y fantasmas, me perseguían, creo que nunca había corrido tanto, unos malditos enanos me herían de todas las maneras, no me acuerdo por qué cerrándome el camino como a un ternero me llevaban hasta un pozo de fango y aguas podridas donde me atascaba, si intentaba salir me golpeaban con unos garrotes o me lanzaban rocas. Esos eran algunos de los detalles, obviamente lo que me quedó en la memoria fue una sensación de temor. Me desperté varias veces con sobresaltos, me costaba un poco de trabajo definir qué era vigilia y qué sueño. Así lentamente amaneció.
Cuando aún no salia el sol me levanté a preparar café, no sin antes encender el radio para escuchar alguna voz que no fuera la mia, eran las noticias usuales: estado del clima en la ciudad como sino fuera evidente, y una lectura de títulares de periódicos, algun mensaje positivo, todo en una correcta voz de locutor; de esas que cuentan atrocidades con una tranquilidad que parece la de un profesor que explica una conjugación de verbos. la mañana estaba fría no paró de lloviznar desde la noche anterior, de manera que levantarse era un acto de heroísmo. Me bañé velozmente porque donde vivía sólo había agua fría y rayaba la piel; con ánimos renovados y un buen presentimiento salí de la casa directo para la oficina de préstamos. En la calle los rios causados por la lluvia constante me retrasaron un poco ya que había que buscar el mejor lugar para pasar. Precisamente cuando lo encontré ocurrió lo impensable: estaba en la mitad de un puente improvisado con tablas y ladrillos y el indigente que al parecer lo había construido me pidió una moneda como peaje, el hombre me insistía sin dejarme pasar, yo volteaba un poco la cara para no recibir su aliento de muerto con varios días de descomposición, le explicaba, que por favor, que tenia que llegar rápido a cierto lugar, que era importante, pero el tipo no se movía. Al final le grité que me dejara pasar y como pude lo empujé, en medio del forcejeo me miró con rabia y caímos abrazados al agua. Después pensé que eran preferibles los enanos del sueño que ese tipo.
Nada que hacer, como podía ir a pedir dinero prestado en ese estado, me devolví angustiado lo más rápido que pude. Había perdido casi una hora, cerraba la puerta cuando empezó un chubasco típico bogotano; era el colmo, ahora no me podía mover de la casa. Entré y me puse a ver por la ventana el aguacero que parecía interminable, a veces maldecía a veces me resignaba. Dí vueltas de un lado a otro y para distraerme prendí el pequeño radio de transistores en el que escuchaba deportes cuando salía a la calle; había noticias de los salarios de los jugadores y de sus excentricidades, me aburrí de tanta bobada y lo apagué, ya estaban cayendo unas goticas finas, soportables, sombrilla en mano salí a buscar el préstamo.
Ya eran casi las 9 de la mañana, me preocupé por que seguramente tampoco me atenderian ese día.
Casi corriendo, que era lo más rápido que podía ir entre los vehículos y los charcos recorrí las veinte cuadras que me separaban de la oficina de prestamos, me tranquilicé cuando vi que la puerta del edificio estaba abierta, entré y vi una fila bastante larga que recorría unas escaleras sucias y mal iluminadas. Sin más me puse detrás de una mujer con un par de mocosos que desde que me vieron empezaron a jugar entre mis piernas, yo no soy muy adepto a los niños y los apartaba diciéndole a la señora que los controlara, como no logró nada, mejor se fue, me había ganado un puesto gracias a esos enanos. Nadie hablaba, eran concientes que todos éramos rivales para el préstamo y se veían los celos y el rencor entre desconocidos. Reconocí en esas caras lo despiadada que es la necesidad.
En un momento se abrió la puerta de ingreso a la oficina y los que estabamos allí vimos salir a una joven de unos 20 años que tomándose la cara con las manos en medio de sollozos bajó la escalera velozmente buscando la calle, su actitud era sintoma de que le habían negado el dinero. En medio de los murmullos socarrones de la gente creí que el papel que me habían dado en la calle era otra patraña para embaucar, y que los préstamos podían ser negados si el paciente no tenía más dinero que el que necesitaba: sin prenda no hay préstamo.
Con la ropa húmeda y mala cara decidí esperar a ver que sucedía. Volví a escuchar las escaleras porque desde mi posición no se veía la puerta, el siguiente en bajar fue un negro descamisado, flaco, alto, al que parecía no importarle el frío, el hombre bajó con aire resuelto y frunciendo el seño, cuando alguién le pregunto cómo le había ido lo miro como diciéndole: no pregunte pendejadas, yo lo seguí con la mirada mientrás desaparecía en la luz de la calle. La fila avanzaba lentamente, ya serían las once de la mañana y llevaba dos horas viendo paredes mohosas y gente que no prestaba los ojos para charlar. A los pocos que habían salido no se les podía decir nada, esa era la constante: nadie hablaba después de entrar en la oficina.
Recorde que aún tenía un cigarrillo del día anterior y encendí uno, algunos me miraron, pero ese era un lugar sin dolientes. Me importó un carajo que el humo inundara el lugar, estaba en esas cuando un hombre se me acercó a pedirme que le vendiera uno; compartimos; aunque era un tipo con necesidad no era miserable y si había se compartía cuando no, pues no; con el humo como disculpa empezamos a hablar. El tipo era alegre, con mirada veloz y verbo fácil, según me dijo había llegado de San Andrés hacía pocos días, no conocía bien la ciudad pero por lo poco que había visto era igual que en cualquier parte: sin dinero no se funcionaba. Su intención no era pedir plata sino trabajo. Tenía pensado ayudar en los cobros, porque; y sonaba lógico, no creía que toda esa gente fuera a pagar así no más. Mientrás estabamos en la escalera en un ataque de honestidad o por fantoche me contó que ya había tenido experiencia en ese tipo de encargos. Que tenía buenas cartas de presentación. El tono frío con que lo dijó me produjó un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, quién se sabe qué cara puse pero él pareció darse cuenta y entre risas me dijó que no me preocupará, que todavía no lo habían contratado y de pronto eran gente de abogados o quizas, a lo mejor, yo nunca me atrasaría en los pagos. A mí el hombre me pareció el demonio y deseé nunca encontrármelo. Terminamos el cigarrillo, me dio la mano y volvió a su lugar en la fila sonriente y observándome de medio lado como un perro taimado. Sentí nuevamente que la sangre se me enfriaba. La fila avanba y yo andaba nervioso.
Podía salirme de la fila que de un momento a otro empezó a correr a buen rítmo, pero no había nada que hacer; era una decisión tomada y además qué podía perder si necesitaba el dinero. La necesidad tiene esa particularidad; cierra las posibilidades de elegir, la mayoría de las veces deciden por uno, se está sujeto a la voluntad del otro. Recordaba las personas que habían dejado la oficina, la mayoría salía con rostros contrariados y los satisfechos eran menos. Cuando estaba a dos personas de la entrada me dediqué a observar los muebles viejos que decoraban una especie de sala al final de la escalera, intentaba explicarme por qué alguién que presta dinero se ocupaba tan poco por el mobiliario. Intenté oír lo que sucedía adentro pero no me fue posible. Entró la doña que estaba delante mio, le abrió la puerta el obrero que recién salía y ella se filtró de medio lado como quien se cuela en un bus. Rápidamente cerró la puerta y no alcance a ver más que una ventana desde donde se debía observar la calle, la iluminación total de la oficina contrastaba con la penumbra en la que nos encontrabamos.
Me puse ansioso antes de entrar, me sudaban las manos y la frente; cuando parecía que abrirían la puerta me sequé las manos en el pantalón, tomé aire y mirando al suelo esperé lo que seguía. Ya se me había olvidado lo que diría cuando me preguntarán para qué era el préstamo, o toda esa introducción que se hace para este tipo de asuntos, era algo sencillo pero por el momento no me acordaba de nada. Salió la señora no recuerdo por qué no quise mirarle la cara, yo sólo observaba el piso de la oficina y cuando vi el haz de luz supe que debía entrar.
El tipo se levantó de su silla y amablemente me tendío la mano sin decirme nombre alguno, igual no hacía falta; era regordete de cara aindiada, lo que más me llamó la atención fue su forma de vestir: vestido blanco con camisa roja y corbata también blanca, parecía una caricatura de un salsero de los setenta, con sonrisa amplia y ojos acusiosos atendía con cuidado lo que yo le decía, que mi mamá estaba en el hospital y no tenía trabajo desde hace meses, todas las explicaciones empezaron a salir como si de ellas dependiera el préstamo, como si le importará. Por alguna razón, seguramente por su amabilidad y tranquilidad no me vi tentado a mentirle, igual si me pedía referencias no tenía como sostener nada fuera de la verdad. El hombre sonrió y me preguntó cuánto necesitaba, cómo me había enterado de la oficina y que quién respondía por mi. Le expliqué todo, que necesitaba 2 millones, que un hombre en la calle me había dado un papel y que nadie podía responder por mí. Mientras le decía observé el escritorio donde estaba un reloj, un libro de contabilidad grande, un teléfono, nada sobraba todo era bastante austero.
El hombre se rió y se levantó de la silla. Empezó a hablar sin mirarme; me decía que ellos no eran beneficiencia pero que prestaban sin fiadores como una forma de ayuda a los que la necesitaban y que les encantaba la gente como yo, personas cuyo único respaldo eran ellos mismos. Me dijó que me había escuchado atentamente y que su deseo era colaborar para que yo pudiera solucionar los problemas de mi madre y de paso algunos más. Hizó una breve pausa antes de preguntarme qué lo que estaba dispuesto a hacer para conseguir el dinero. En ese momento se me vinó a la cabeza que me estaba metiendo en la grande y que de eso tan bueno no dan tanto y que en cierta forma me condenaría tarde o temprano. El hombre pareció leerme el pensamiento e intentó tranquilizarme diciéndome que él entendía que esas cosas parecían fuera de lo común, pero que no me preocupará, no tenía que prestar mi nombre, tampoco llevar drogas, ni mucho menos hacer daño a otros, que no se trataba de eso, simplemente se trataba de hacer un favor, por decir algo: compramos un pedazo de cielo con ayudar a personas como usted.
- Después de conocer todo esto ahora sí dígame: ¿en qué puedo ayudarlo?
- Mi nombre es Andrés Felipe Valverde y recibí este papel en la calle el otro día. He venido ya un par de veces para saber cómo es lo del prestamo.
-¿Para saber cómo es o a pedir prestado?
- Disculpe, a pedirle dinero prestado.
- ¿Cuánto?
- Serían 2 millones. Verá estoy desesperado. Me siento como ahogado por no poder hacer nada. Y parece que nadie me puede ayudar. Esta es la única posibilidad que tengo para solucionar lo del hospital de mi mamá.
- Hmm… ¿y nadie le quiere ayudar? ¿le parece raro que los demás pasen a su lado y no sepan nada de sus problemas? Usted pasa al lado de mucha gente todos los días y no sabe nada de ellos y tampoco le interesa que les preocupa, la procesión que va por dentro. ¿y ahora viene dónde un extraño a que le preste?
- Creo que esto es un negocio y usted gana por lo que me preste ¿no? pero no lloro por que no me presten, me preocupo. Sufro pero debe ser por que ella o yo hicimos algo mal, esa es la causa ¿creo? Nace de algo que hicimos mal. Es culpa nuestra y no debemos culpar a otros. Así que no pienso mucho en los líos del vecino. No se sufre por que sí. Eso si intento solucionar con lo que está en frente.
- Sabe, le compro la idea. Estoy de acuerdo: sufrir por puro azar sería una desgracia peor. No está bien visto. Y no se puede tolerar que algo se produzca así nada más, porque Dios lo quizó, sin que cada cual tenga que ver. Sería perder el control; hay que sumar lo que uno hace con lo que viene después de eso, de lo contrario qué ¿nos sentamos a esperar? Los errores son la cuota inicial de la desgracia. Según usted. Aclaro. Pero me gusta; puede ser un buen punto.
- Que mal pero es cierto, los errores mios o suyos o de los que están allá afuera o de los que ya se largaron con o sin dinero son la cuota inicial del fracaso. Ahora que hablamos aquí como si no tuviera nada de que preocuparme: El verdadero fracasado no es el que no tiene éxito en las cosas grandes: el que no ganó el campeonato mundial o el que no tiene un millón de dolares en la cuenta. A la mayoría no le suceden esas cosas. El fracasado como yo es el que falla en las cosas pequeñas: No llegar a construirse una casa, no conservar un amigo, no enamorar una mujer. No ganarse la vida como todo el mundo. Ese es el fracasado más triste. Ahora entiende mi situación.
- La entiendo, tenga paciencia.
- Paciencia, si estoy aquí es por que no tengo paciencia, no puedo tenerla, en este estado de desesperación que voy a tener paciencia, agoto mis posibilidades y esta es la última. De lo contrario se muere mi mamá y de la frustración me metó en el hueco con ella.
- !Aha! Si eso de la paciencia solo funciona cuando las circunstancias lograron vencer, cuando no hubo tiempo ni lugar para solucionar el error, así sea un poco. Sabe; hay quienes dicen que es una virtud, yo no creo eso. Creo que la paciencia, la paciencia solo es practicada cuando las cosas ya no dependen de uno, cuando nos rendimos. Y eso es lo que queremos evitar. ¿cierto? No hay que entregarse.
- Cierto.
- Andrés: Sufrir no sirve de mucho. Por eso ayudo a personas en circunstancias particulares como la suya, Pero tenga presente que no somos una casa de beneficiencia. Aquí nada es gratis, los costos serán altos, no ahora, después. Le puedo prestar un dinero que le solucionará su problema inmediato, pero si solo solucionamos eso quedaría usted otra vez en la misma y quién me responde. ¿entiende?
- Yo le pagaré, pase lo que pase.
- Creame y de verdad creame; sé que me va a pagar. Piense que a partir de su firma en este papel le dare lo principal para que solucione esas cosas pequeñas de las que me habló hace un momento, para que no se sienta como un fracasado. Le hare un favor.
- Muchas gracias. De verdad no lo voy a olvidar.
- Eso se lo aseguro. Siguiendo con su filosofía desde hoy no sufrirá por nada. Le dare 10 millones y usted le pagará cada mes a una persona que enviaré desde el próximo mes y por los siguientes quince años. No se preocupe, también sé que no habrá dificultades en el pago. No hay la menor posibilidad para que deje de hacerlo. Al final; cuando no sea un fracasado viene el pago de los verdaderos intereses,
- ¿Los verdaderos intereses? ¿cómo así?
- Sí así es, de cualquier manera después de quince años de estar con el estomago lleno, con dinero, seguramente con mujer e hijos no será tan difícil. Pero estos intereses no son dinero eso también es una certeza.
- No se. Me asusta un poco.
- Se asusta, Ahora se asusta, me ha hecho parlotear para asustarse, no me haga reir, mejor no me haga emputar: le doy la posibilidad de cambiar su vida, de salir del fracaso y de esa soledad que no termina sino en la locura o el suicidio para que después lo tiren a una fosa común en el cementerio central como le va a pasar a su mamasita si no la cambia de hospital. Piénselo.
-Esta bien. Acepto, acepto igual ¿hay alguién que no quiera lo que puede tener? Creo que puedo cambiar que lo que me pase lo decida el tendero que me fia o mi prima que me presta plata o una clínica de mala muerte.
- Esa es la actitud. Fuerza y no se preocupe. Sé bien por que llegó aquí. En cuanto al destino ¿cree que podemos escogerlo? Piénselo.
Sonreí cosa que no le gustó por que me increpó para preguntarme si creía que eso era un juego, me disculpé y le dije que no, que no pensara mal y que le agradecía el favor y que además haría todo lo posible para no quedar mal. Mi actitud lo tranquilizó y volvió a su estado de amabilidad. Luego me dijó: muy bien. Llamó por teléfono solicitando la cantidad que me prestaría. Aunque todo parecía ir sobre ruedas y en ese momento creí que Dios existe yo no estaba ni mucho menos tranquilo, algo me decía que me equivocaba. El hombre escribió la fecha, una dirección y el valor del prestamo en el cuaderno grande que tenía sobre el escritorio; luego me mostró los datos para que los verifícara, a continuación me lo quitó. Entró el mismo tipo que me había dado el papel en la Caracas hacía dos días, al verlo me pareció alguien insignificante que trataba a su jefe con excesiva salamería. Recuerdo que antes de salir por la puerta alterna se detuvó un poco para escuchar más, pero fue sacado de la oficina.
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