martes, 23 de diciembre de 2008

Ambulancia I parte

Argumento cinematográfico.
Escrito por: Juan Pablo Navas -Leonardo Hernández



Daemon Meridianus.

La mañana es la noche del alma, psiquicamente es el peor momento del día.


Es un amanecer igual a cualquier otro, en este momento los días se parecen; son tan similares que se ha perdido la diferencia entre domingo, miércoles o viernes . Me levanto con dificultad. Desde hace algún tiempo, hace cuánto no importa ahora, la pregunta de para qué salir de la cama es recurrente y una fuerza que más bien parece un sopor me mantiene entre las sábanas, cuando me siento mareado de tanto dormir y por lo incomodo del dolor de cabeza, me levanto; como hoy. La mañana con la dificultad que significa empezar algo. Son las 8.13 a.m en el reloj del lado de la cama.

Atravieso la casa sin vestirme y sin abrir las persianas en medio de una penumbra matutina. Por pura inercia, a fuerza de costumbre llego a la cocina, donde la luz me enceguece un poco y me obliga a poner ojos chinos. En la nevera veo una nota de Lucía que parece escrita con afán: “Amor tuve que salir temprano; tengo un desayuno con las de la Asociación. Besos. Rosa no viene en la mañana – prepárate algo rico y sano”. Vuelvo a pegar el papel con el souvenir del MoMA y abro la puerta a ver qué hay.

La nevera es del tamaño de un armario y parece un supermercado a escala, todo está ordenado según la lógica de la empleada doméstica y no lo entiendo muy bien; parece que el orden es cromático, según las etiquetas y el color de los productos, siempre me pasa y el frío me hace lamentar no haberme vestido; por algunos momentos mientras la piel se me pone en pepitas, intento buscar algo no tan sano pero con más sabor. No lo consigo y medio congelado no tengo la intención de entrar a descifrar los patrones para ordenar la comida en un refrigerador. Encuentro la leche y el cereal que dejó sobre la mesa de la cocina; “concentrado para humanos”, el desayuno está solucionado. Sólo puedo con la mitad de lo que serví, el resto lo dejo en el lavaplatos.

De camino al baño para saber como está la calle hago una escala en la ventana de la sala que tiene mejor clima que la cocina: la calefacción. Es un día opaco y me llama la atención la muchacha que pasea perros que parecen felices de andar entre los charcos que la lluvia fina pero constante de la noche anterior. Huele a tierra húmeda y la cortina gris de la bruma le da un aire fresco a la mañana. Los observo y pienso en el dueño de cada uno, me simpatizan los animales pero no puedo decir que tendría alguno, esta es un pandilla bastante particular, hay grandes y pequeños; los peludos parecen divertirse; el más ansioso es un Golden Retriever, seguramente sus dueños son una familia de tres, más o menos nueva y también más o menos feliz; a su lado está un gran Rottweiller, seguro de un solitario al que le gustan los perros que por su sola figura, como la de él tienen poco contacto con las personas. Me divierte el juego Perros y Dueños; los otros son un par de Pugs bastante curiosos que estorban a los más grandes que los tienen medio ignorados, uno negro y otro dorado, sin hacer mucho esfuerzo: deben ser de algún artista plástico. También hay un Border Collíe; a esos los había visto en los viajes y siempre acompañaban a septuagenarios de boina y zapatos suaves para caminar.

El teléfono celular, no logro acostumbrarme a que suene de un momento a otro; puede llegar a ser muy odioso y si es importante vuelven a llamar.

Voy a la ducha: una de esas cosas de última tecnología para hidroterapia que Lucía hizo instalar, ayudas de la Nueva Era de los hippies modernos para que nos sintamos mejor, a mi me parecen las cabinas de teletransportación de Star Trek. Suena de nuevo el móvil pero poco importa, a pesar de toda la propaganda de los amantes de los árboles siempre me demoro en la ducha: Que otros salven el planeta.

La mañana puede ser díficil de llenar; es tan mecánica: lavarse los dientes, bañarse, tomar el desayuno, ojear las noticias, o como es frecuente, si algún hecho lleva tres días al aire estar pendiente de él solo porque sí. Aunque poco me afecto sigo con la vida de otros en la cabeza. Voy a escoger la ropa de hoy.

Camino al closet y escojo uno de los trajes:
Mientras me visto lentamente, para demorar más la mañana me tomo mucho más que el tiempo necesario, mientras lo hago recuerdo a la muchacha que pasea los perros. ¿cómo se llamará ese oficio? ¿perrero? ¿o como cuando no había como ponerle nombre directo a las cosas y entonces sería persona que pasea los perros de todos los que le pagan? Es probable que se nos haya olvidado nombrar. Suena de nuevo el celular que hace las veces de super yo y me recuerda que así sea mi oficina debo ir a trabajar; me saca de esta pregunta trascendental para el futuro de la humanidad y de los perros. No contesto, aún me estoy vistiendo. Todavía no he pasado a las piezas grandes hasta ahora voy en las medias. Miro el número que es diferente al primero, o sea que no es urgente. Sigo mi paseo por el closet; los colores, todo ordenado por tipos de prenda y estas a su vez por color: van de oscuro a claro y de arriba hacia abajo. Nunca dispuse que ese fuera el orden, se lo inventó alguna de las mucamas de hace años y la costumbre siguió de una a otra sin que yo me diera cuenta. Así es la rutina: terminamos en ella sin tener conciencia.

Ya está bien para iniciar la mañana; he perdido demasiado tiempo en pensamientos poco prácticos. Llegó el momento de salir. Bajo al parqueadero y saludo de buena manera al vigilante de turno; así no me guste, a veces creo que no es más que conveniencia, suelo tratar bien a mis subalternos y soy más distante con autoridades o en situaciones de negocio con iguales o superiores; hasta ahora esta técnica me ha funcionado. Me despido con la mano. Después del parqueadero y pese al día gris la salida a la calle es un golpe de luz.

Llegar al auto que escogí hace algunas semanas me recuerda a cada instante el olor a nuevo que mantienen casi todas las cosas que me rodean, el mismo del interior de la casa, de la oficina, de nuestra primera linea de relación con el mundo: asceptico y prefabricado. Mientras acelero y paso calles cuyo decorado de personas y cosas a fuerza de costumbre ya conozco de memoría; pienso por que escogí esta camioneta entre otras: es una cuestión de imagen, la cualidad más importante de una persona viva es tener buena imagen, de allí parte todo el cómo, con quién y para qué se establece una relación con alguien. Esta es otra regla de las que aplico con total cuidado. Mi acción vital se deriva de algunas premisas, en cuanto a lo que le doy a otros para que me observen debo mantenerme siempre alerta, no soy un tipo espiritual y me fijo mucho en eso. Actuo con naturalidad; simulo no saber que me observan. Es llevar la ventaja desde la primera impresión.

A lo largo del camino el decorado es más o menos el mismo: autos, buses, camiones, motos, personas, policías, ambulancias, mujeres bonitas, otras sin gracia, gente que vive de la calle y los que solo la transitan, la fauna es diversa. Salvo uno que otro accidente o alguna marcha de trabajadores que obstaculice el flujo, siempre circunstancial, los tiempos y las situaciones en mis recorridos diarios son parecidos siempre.

El auto es una especie de tanque de guerra gris brillante Range Rover: con buen motor, aire acondicionado, computador para las funciones y buena velocidad; hace que vea la realidad, como desde una ventana blindada; ver sin sentir, sin oler, sin tocar: una dosis tangencial de otra realidad. Son solo 15 mínutos hasta el trabajo pero en medio hay bastantes miserables, así les llamo por definir de alguna manera precisa a la gente que habita y vive de la calle. Me irritan un poco, todos los días están ahí y de tanto verlos los ignoro. Aunque en su defensa, desde hace años después de un sermón de alguno por no darle una moneda empece a creer que nos parecemos en el hecho de sentirnos superiores a los otros: Ellos por su condición de indigencia y yo por la mia de tipo con dinero y algo de poder, no el suficiente.

Mis desplazamientos casi nunca son a pie y si llegan a ocurrir son bastante cortos, suelo ver este mundo desde la ventana de mi TV, mi carro o mi casa. Mi vida es mucho menos heterogenea: va de mi casa con mi familia a mis amigos con las suyas y sin dejar que se encuentren está la del trabajo con empleados y clientes. El tránsito hacia cualquier lugar de la ciudad me da la oportunidad de ver personas de otro tipo, con verlos me basta para qué quiero conocerlos. Tengo cierta tendencia voyerista que no me compromete.

Llego a la oficina y saludo a la gente; la amabilidad como elemento de persuación. Cambia el recorrido de horizontal a vertical; desde el sótano hasta mi oficina hay varios pisos. El ascensor es un paso entre la calle y mi territorio, un trayecto corto y monótono que por fortuna no dura más que algunos momentos. Me encuentro a Cristina se encarga de recibir a los que llegan para hablar o tratar algo conmigo, para el resto hay otras vías; con ella soy más afectuoso y no por conveniencia como con los otros, podría decir que hay cierto tipo de amistad, desde su lugar me ayuda desde hace unos buenos años: es prudente, fiel y con experiencia. Creo que es de las personas que son en esencia buenas, que su prudencia es inherente a esta condición y no porque busque complicidad para recibir algo a cambio. Viéndola recuerdo algo que leí alguna vez: que los hombres malos pueden ser buenos o malos según les de la gana, los buenos solo pueden ser buenos.

Creo que hoy es uno de esos días en los que pienso más sobre lo que hago por el impulso de la cotidianidad, lo que me ha llevado a ser un tipo así; debe ser que estoy menos ocupado que de costumbre. Mientras pienso; fumo: dos cosas que se hacen bien al mismo tiempo. Ya en mi escritorio reviso de nuevo los mensajes electrónicos que he recibido desde ayer en la noche y algunos en la mañana. Así el móvil me mantenga al día en la correspondencia volver a revisar es una de las primeras cosas que hago en la oficina; es un manera de cersiorame para que todo en realidad se encuentre en alguna parte y no solo en el teléfono, en ningún lado, en lo virtual me corregirá alguno; digamos que es una tara de cuando todos los documentos eran de papel y verlos en una pantallita electrónica que se me puede ir por cualquier sifón de baño no me convence. Prefiero pensar que por lo menos están seguros en mi computador: por eso reviso todas las mañanas.

Anuncian a uno de los empleados administrativos, aúnque no tenga ganas ni tiempo de atenderlos les hago creer que sí. Me habla de cualquier cosa y lo despacho, le digo que no me ocupo de ese tipo de asuntos, que es una organización y que debe acudir a la administración, que él conoce cuál es el procedimiento, veo su cara y lo tranquilizo diciéndole que sin embargo haré una llamada. Desconozco las necesidades de mucha gente y por eso no los puedo compadecer, sin embargo hago una excepción y en efecto levanto el teléfono en su presencia. La vida siempre se da mal para los que doblan el espinazo, si hubiera venido en una actitud más confiada, seguramente habría conseguido lo que buscaba inmediatamente y no tendría que esperar al concurso de terceros.

Lo mismo de cada mañana, de los útimos años desde que herede este negocio que siempre ha sido una condición familiar, ahora viene el almuerzo con un amigo. Llego al restaurante de comida japonesa que habiamos elegido, nos saludamos como hacen los amigos; ordenamos como lo hace todo el mundo; comemos como todos los mortales, Él habla y yo lo escucho, mi aporte a la conversación se limita a afirmar con la cabeza y uno que otro monósilabo ni siquiera niego lo que dice. Me pregunta qué me pasa, le digo que nada, realmente no me ocurre nada; pienso en otra cosa, las virtudes del pensamiento, de manejar un tiempo paralelo cuando es necesario. simplemente estoy molesto sin tener ninguna razón en partícular. En el reloj del restaurante son las 2.46 es hora de irme.

De regreso a la oficina un tráfico que debe ser peor que el de Nueva Delhi. Algo de música para mejorar la situación, me gustaría irme a la casa pero siempre hay cosas pendientes en la oficina; evadirme estaría bien, pero ni modo, afortunadamente es la temporada de lluvias y el clima es fresco. El random del Ipod es el encargado de la música y me envía a una canción de Ennio Morricone con una melodia que me remite de inmediato a las películas de vaqueros de los 60s, sonrío cuando me acuerdo de sus códigos de vida, creo que era interesante sin tanta vuelta. Toda esa cosa del Bueno, el Malo y el Feo. En la calle el muchacho de los dreds me hace la venia después de sus malabares con pelotas; me hago el distraido y él sigue con el cobro de su trabajo hacía los que me siguen en la fila, el semáforo cambia y continuo mi camino.

Ya están todos en sus escritorios, trabajan o lo finjen, cómo saberlo. Me gustaría cancelar lo que tengo pero no se puede. En la tarde se abre un poco el cielo y los colores me gustan, hacen que las cosas tengan un color un poco más vivo, renovado. Son las 4.00 de la tarde y le pregunto a Cristina si viene alguién más, ella me aclara que viene María Cecilia. Bueno no todo podría ser tan malo; encontrarme con alguien que me gusta en medio de un día que calificaría como aburrido y que todavía no se acaba no está mal. Es mi corredora de seguros, la que se encarga de las polizas para licitaciones y obras con el estado; antes delegaba eso en otras personas hasta que alguna vez por algún incidente nos encontramos en una reunión, desde ese día me ocupo de los últimos trámites con ella. Me gusta el juego, es un flirteo que no pasa de eso, estoy demasiado comprometido para complicarme con un desliz y no creo que sea de las que se prestan para ser amantes, aunque quién sabe, algún día se lo propondré. ¿qué tendríamos en común? Seguramente casi nada, de pronto no tendría nada adentro y mucho afuera, con exactitud no es una busqueda de almas gémelas. Bueno, fumo un cigarrillo mientras espero, no suele llegar tarde y la reunión es a las 4.30. La hago esperar alguno minutos mientras hablo con Lucía de nada; está bien que espere, después la cosa transcurre entre documentos, firmas, miraditas con sonrisa y uno que otro toque tenue en el brazo que ella no devuelve; nada más, no me permito más: ¿Soy un tipo precavido o un imbécil?

Así transcurrió todo el día: teléfono, pantallas, número, columnas, concreto, acabados, nóminas, aburrimiento, Mc, sin razón, conducta repetitiva, sueño, Google, mentiras, chismes, buenos, Silvania, malos, verdades, CNN, luz artificial, café, agua, Lucía, risa, Autodesk, burla, presupuesto, poder, light despiadado, inglés, indiferente, dinero, internet: todo autoinflingido.

La secretaria me avisa que son las 7.00 y se va, me despido y me preparo también para salir. Lo mismo de siempre enviar el último correo, un par de llamadas y listo. Otro día de oficina.

Me doy una vuelta por la tienda de licores, ya no hay muchas especializadas, todas venden maní y dulces o están al lado de las piñas o los pañales de bebé, qué se puede esperar de un sitio así. Aunque no bebo mucho, por lo menos en público, me gustan. Doy una vuelta por los vinos; observo algunos pero en esta noche no caben; sigo hacía los destilados: primero encuentro algunos brandys, rones, vodkas y ginebras. Me detengo a ver marcas y etiquetas el licor es un asunto serio.

Renuevo mis clasificaciones: Los abstemios, son gente de la que desconfio y que procuro sacar de mi círculo; además como todas latens minorías tienen esa manía de sentirse mejores que el resto. Siguen los que no tienen bebida escogida: son borrachos de ocasión y son demasiado impredecibles, lo más probable es que terminen en un hospital según ellos con un paro cardiaco cuando la realidad es que simplemente les hizo mal la mezcla de licores baratos y buenos que les ofrecieron: bebedores de matrimonio o fiesta de fin de año, tampoco puedo con ellos.

Finalmente los que lo hacen con regularidad y tienen sus preferencias claras, máximo dos, esos son amigos mios; en cuanto a los alcoholicos: no conozco ninguno. Wild Turkey será la bebida, es fuerte pero la ebriedad no es euforica y no se termina en gritos. Se me hace tarde. Pensándolo bien por qué todo tiene que tener horario, acaso no voy a intentar estar bien con amigos. Hasta este tipo de situaciones dependen de la hora y las tengo programandas, irse antes de la media noche o cerca. Debería irme a dormir, con tantos nos pero nuevamente no puedo hacer lo que quiero, Lucía ya está allá.

La velada transcurre más o menos dentro de lo normal, eso si tengo que soportar los mellizos de tres años que tan rubiesitos ellos no quieren dormir, claro nosotros somos novedad y les servimos de figurín para sus juegos; Lucía parece feliz, que susto, creo que debo volver a soportar ahora de camino a casa la charlita de ¿y si tenemos un hijo? Lo mismo de cada vez que nos reunimos con los amigos bien sea si tienen o no niños. Si los tienen por que los envidia y si no por que los compadece y teme volverse como ellos. Ya me sé la historia. Los observo y me preparo para lo que viene. Todo es tan previsible y tengo sueño. 11.30 en el reloj de Lucía, me sirvo el último trago de la noche.


23:52 p.m.
Cuando alguien siente una protuberancia en su cuerpo, sale en busca de un doctor lo mas pronto posible. Cuando alguien duerme junto a lo que cree es una protuberancia, espera cinco, diez, de pronto 25 años para hacer algo. Cuando me acuesto en la cama, frecuentemente tarde en la noche, a veces escucho a mi esposa respirar y pienso que hombre tan afortunado soy y luego, mientras coloco mi cabeza sobre la almohada, me pregunto si realmente seré la persona que ella necesita que yo sea o si seré simplemente una protuberancia.

8:00 a.m.
No, no estoy viejo, simplemente asustado, eso es todo, eso es todo. Es mi primer pensamiento de la mañana; no recuerdo qué soñe y no sé si se relacionan. De nuevo miro a mi lado y Lucía ya no está, afuera llueve y llueve; me quedo un rato más con mis pensamientos, con lo que en esta mañana me llega a la cabeza; pienso mientras me levanto; sigo con la vejez, con el hecho simple. !Y qué si el tiempo nos dejó atras! Se me borran los rostros de personas que pasaron hace unos años; recuerdo los sentimientos que me causaron que sobreviven más que las formas; ahora que lo veo desde la memoría, con perspectiva, no logro definir verdaderamente que tan importantes fueron o debe ser que ya no viene al caso. Me quedo en el intento de alcanzar calles del pasado cuando eran otras, pero lo mismo me ocurre con lugares y situaciones. Salgo a la cocina a comer algo. Como todos los días.

8:27 a.m.
Atravieso el apartamento y como siempre por la fuerza invisible de la costumbre llego a la cocina; como estos últimos días no veo a nadie solo la nota en la nevera; todavía se mantiene la de ayer y esta la pusó encima: “Amor: come algo, no lleges tarde al trabajo. Besos Lucía”. La vuelvo a poner en su sitio y mientras abro la nevera para cerrarla rápidamente pienso que para enviudar no se necesita que Lucia muera. Durante los últimos 25 años he sido un viudo del gimnasio, un viudo de las tardes de bridge con sus amigas, un viudo del club, de los centros comerciales, de los compromisos sociales y últimamente de las obras de caridad. Hemos estado divorciados por muchos años, pero ella simplemente no se ha molestado en darse cuenta, quizá porque la luz, el agua, el celular y su tarjeta de crédito nunca han sido cancelados. Ultraje de los años. Mientrás, preparo café. La ventana de la sala, me gusta ver llover y esta mañana no ha parado. Aparece la joven que pasea los perros que son los mismos de ayer aunque hoy viene al ritmo de ellos, no es precisamente esquí acuático esta es una especie de esquí canino. Deben andar como locos detrás de alguna perra en celo; creo que hoy se le complicó el trabajo, por lo menos viene con todo el atuendo para un día de lluvía: impermeable amarillo, botas altas de caucho y bufanda. Yo creía que los dueños de estos perros los tenían como reemplazo de los niños que no tuvieron o de los que crecieron y como a ellos no los dejaban salir en días de lluvia.

Me visto con suficiente ropa para un día frio; de salida me cruzo en el parqueadero con una anciana enana que para cubrir las canas se tiñe el pelo de un color que no sé si es amarillo, castaño o rojo y que he podido ver en las reuniones de señoras a las que va Lucía. Tiene el rostro descompuesto por los pensamientos malos que no se atreve a decir. La mayor parte de la gente me es indiferente pero por este pájaro agorero siento aversión; además creo que es tan estúpida que no sabe hacer otra cosa diferente a murmurar ni siquiera será capaz de urdir, para eso se necesita un poco más de inteligencia. Sin darle el paso la dejo atrás y subo al auto. Empieza a sonar el celular hasta ahora había estado en silencio, incluso hace un rato lo miré un par de veces para saber si funcionaba bien. Contesto tranquilamente, hoy por lo menos tardó hasta cuando ya estaba listo para salir y me sirve para olvidarme de la vieja. Salgo del parqueadero con la esperanza de haber pasado la hora de máxima congestión.
Como la esperanza aparece cuando se acaban las certezas eso mismo funciona para el tráfico; está pesado. En el primer cruce justo antes de salir a la vía mediana que me llevaría al trabajo se avisora lo que va a ser un trayecto más complejo y lento que lo habitual. Le doy paso a un grupo de monjas en una camioneta, algo le queda a uno del respeto por los uniformes y en actos dubitativos dejamos que los que los portan nos saquen ventaja; pierdo la posibilidad de colarme y ahora debo esperar un poco; aprovecho para poner a Bach. Espero que la música más tranquila que conozco me ayude a despejar esta sensación de agitación que llevo esta mañana; soy un tipo a la vista tranquilo pero a veces la angustia o le tedio se apoderan: hoy es un día de esos.
Me logro meter en la fila de carros que avanza pocos centimetros por minuto, al lado queda un muchacho con cara de universitario que sonrie y mueve las manos mientras habla por teléfono; veo en su cara la tranquilidad de la juventud sin sobresaltos. Se empañan los vidrios y el auto por voluntad propia empieza a desempañarlos. Intento concentrarme en la música; veo un hueco en la fila de la izquierda y acelero para colarme: lo logro. Quedo detrás de un sedán normal, barato, desapercibido, no logro a ver quién lo conduce pero por los muñecos que lleva en la parte de atrás me parece que es de una mujer bastante cursi, que más pensar de un oso gris y una abejita que regalan en una cadena de restaurantes de hamburguesas insipidas. En medio de las caras de resignación de los que tengo al lado y de los policías que se refugian del agua recuerdo a Lucía a la que ahora apenas reconozco, cuando la conocí era una muchacha jovén bonita y talentosa ahora me parece que su vida se ha convertido en la estafa de parecerse a algo para hacerse amar.
Viene una caravana fúnebre en sentido contrario y aúnque lentos van mucho más rápido que nosotros, de ellos el único que se mueve menos que nosotros es el de dentro del cajón. los observo por el retrovisor y en el siguiente semaforo se detienen: señales de tránsito hasta para los muertos; y luego dicen que no hay democracia; tengo un recuerdo de niño cuando vi un sepelio, lo hacían a pie, el contraste de luto con colores de las flores me llama la atención desde entonces, aunque a esa edad la mitad de la cosas no se entienden, nos quedan por ahí en la cabeza y se aparecen de vez en cuando como ahora; mejor me pongo a jugar en las lecturas de clima, humedad, posición geográfica que aparecen en el tablero. Otro espacio y adelanto en una maniobra brusca. Me dedico a darle vueltas al teléfono a ver los correos que ingresaron anoche y esta mañana, se acerca una que otra sombra de la calle a ls que siempre ignoro y por fin llego al trabajo; en otro trayecto igual de tedioso al de todos los días o más. El parqueadero como todos son lugares claustrofobicos con luz blanca que hacen que a todos se les resalte el verde de los que pasan la mayor parte del día sin que el sol los mire.
Sin que nadie lo note llego a la oficina, Lo primero que hago es encender el computador y conectarme a la red para encontrar un monton de información de la que no me interesa ni la mitad. Aparte de lo que tiene que ver con el trabajo creo que no hago más que ver titulares de periódicos o me doy una vuelta para saber qué compro; ni siquiera me creo un mundo paralelo con juegos o vidas de red como hacen los hijos de mis colegas, una alucinación en linea; pero no llego a tanto. A diferencia de ellos no logro cambiar el fondo casi constante de mi vida, que siempre tiene el mismo escenario absolutamente previsible.
Continuo ahora con los papeles que tengo que revisar: planos, licitaciones, cuentas, firmas se amontonan como si el escritorio fuera un centro de reciclaje, Estoy en esto cuando Cristina entra para anunaciarme un par de cosas de la agenda del día. Me avisa que debo atender a un grupo de inversionistas para uno de los proyectos, una pereza otra reunión de números y maquetas, le digo que convoque a los que necesitamos que son un par de arquitectos jóvenes que he reclutado, mientras entran en la oficina dejo aparte un sobre de parece tener una película iridicente que llama la atención en la penumbra controlada de mi oficina. Lo pongo encima del escritorio mientras saludo amablemente a las seis personas que debo atender en la sala de reuniones.

9:40 a.m.
Una auténtica lucha de egos, sé que me espera; y no me equivoco, cada cual en su posición, parado en el pedestal que impulsa a cada uno de los que estamos en esta sala de ambiente corporativo, ni siquiera la madera y los intentos por hacer que no parezca un tinglado han sido infructuosos, me río ahora de todos los estudios de color y de formas para lograr la concentración y bajar la emotividad en las discusiones parecen no funcionar. Dejo que todo este alboroto controlado se parezca a un simple paisaje, me aparto de la discusión donde cada uno cree que lo importante es lo que ha dicho y solo se calla para esperar de nuevo su turno para hablar. Me reintegro cuando recuerdo que siempre he creído que perder es dejar el paso a los otros. Y me concentro en el único que no se atreve a levantar la voz a partir de su flaqueza me levanto apoyándome en ella y busco los vacios que pueda ofrecer, pienso que seguramente llego hasta aquí a pesar de su falta de meritos. Lo busco una y otra vez hasta que logro que sea una proyección de lo que yo deseo, empieza a afirmar con la cabeza lo que digo y a mostrarse ansioso, los de su lado lo miran desconcertados pero el tipo está perdido y con él hemos ganado. Lo siento así funcionan las cosas. Finalizamos y logramos lo que buscabamos se ven algunas cars de desconcierto frente a lo que acaban de firmar; he ganado. Los de mi lado entendieron la estrategía desde el principio: por eso están aquí. Con un frio estrechón de manos me retiro antes que todos.

La modestia ya no es una opción. Hacer visible el éxito es lo que cuenta y es la prioridad en la lista de lo que llamamos vida. Tenemos innumerables canales de televisión para ver y video juegos por jugar. Nuestras casas cada vez son mas grandes y nuestros carros más rápidos. Cada día el éxito desenfrenado nos abofetea la cara, tal como lo hace el nuevo convertible del vecino o cualquier otra cosa que los demás tengan y nosotros no.

Llamo a Lucía para contarle este asunto de la reunión pero cuelgo antes de que conteste. Y así otra mañana. Salgo a almorzar esta vez solo. De reojo observo el sobre que deje aparte, pero prefiero salir un rato me asfixia este encierro de mí mismo, las personas que me rodean hoy me parecen insulsas, pero no es culpa de ellas simplemente es que hoy tengo la lupa del desconcierto, de hastio, todo lo veo lento, vivo en la lentitud.

En el restaurante ordeno lo de siempre y espero; mientras observo por la ventana un chubasco que sacude todo y limpia la calle de personas que desaparecen, un eliminador de transeuntes; me gusta porque está muy fuerte no es lo usual; tiene caracter. Apoyo el brazo en el marco de la ventana, empaño el vidrio con el aliento y miro el dibujo efimero y sin forma. Llamo al mesero para que me traiga el periodico de hoy. Lo ojeo rapidamente y busco los clasificados que son los que más divertidos: AUMENTE Sus ingresos, vendo página web de modelos acompañantes, valor ($8.000.000), ingresos mínimos diarios ($200.000), demostrables. Este es el que encabeza la hoja de clasificados de negocios varios; ESCUELA de enfermería aprobada vende programas académicos por competencias en servicios farmacéuticos, salud oral y pública, enfermería, administrativo en salud con asesoría. $5.000.000. Que negocios raros, serviteca, salsamentaria, colegio. Yo jamás hubiera pensado en eso, pero bueno la gente es versátil y debe sobrevivir así sea vendiendo acompañantes por internet.

El mesero se acerca con ese caminado ceremonioso que saben poner cuando están bien entrenados en las lides del servilismo, una manera de hacer sentir más importantes a los que atienden, creo que prefiero un capataz de finca más retador en ocasiones, me muestra el vino: Tempranillo, Matarromera, Crianza, 2002 (Rivera del Duero, España) cuando se marcha lo observo entre la copa, antes de que se aleje del todo lo llamo para ordenar la entrada y el plato fuerte, para empezar Foie gras dorado en sartén sobre tostadas francesas condimentadas y chutney de piña acompañado de tocineta glaceada en maple y de plato fuerte venado de nueva zelanda a la parrilla sobre falafel de cilantro con salsa de limon y pimienta verde. Mientras tanto tomo el vino con sorbos largos y lentos; le doy espacio y tiempo. Algo que hago cuando sé que alguién se ha tomado el tiempo para hacer algo bien.

Retomo los clasificados mientrás llega la entrada y me paseo por la oferta de empleos cada uno para cada tipo de hombre, cada uno para mantener o perder una vida; que cantidad de promesas para conseguir algo sin trabajar muy duro cuando en realidad son labores que agotarían al más asno. Pero bueno la gente es crédula y quiere ascender así sea con las patrañas de alguien que les ofrece ganarse seis millones en medio tiempo sin saber hacer nada y desde su casa. Hago lo que siempre hago observar a los hombres y aprender de ellos o imaginármelos: me ha servido para mi trabajo. Viene el mesero con la entrada.

Me levanto un poco y doblo el periódico que pongo a un lado aún sobre la mesa. El hombre pone el plato, con una ceremonia que debe haber repetido cientos de veces en los últimos diez años, eso le da cierta pericia a su aire elegante pero domesticado. Le agradezco con la cabeza y con una sonrisa que creo que me salió sincera. Un sorbo largo de vino y con las tostadas la practicidad esta a la mano, cosa que le da un gustillo diferente a las cosas; le doy espacio entre una y otra. Comer sin compañia hace que el tiempo de la comida sea distinto, en este momento el ritmo es el mio y casi que lo cuento, no es usual que no dependa de la velocidad o lentitud impuesta por una conversación; comer es como fumar cada cual tiene su tiempo: el propio.

Acabo la entrada y vuelvo al periódico que me ha entretenido hasta ahora. Me dirijo a la oferta sexual de los clasificados. Después donde se ofrecen para trabajar: el desempleo no es afrodisíaco. Levanto la vista del papel y en la media luz amarilla del restaurante observo: no hay nadie más en el pequeño salón de madera y chimenea roja.

Enciendo un cigarrillo mientras continuo con los clasificados de chicas por teléfono, por internet y a domicilio, todas muy bien presentadas según rezan los avisos; se acerca un mesero, no el encargado de mi servicio, y con un disculpe señor me saca de las fotos estandarizads de los clasificados de oferta de sexo; me dice que en ese lugar no se puede fumar y que por respeto a los demás comensales debo apagar. Otra pitada a mi cigarrilllo sin decirle nada; el tipo insite como un portero que pide el tiquete de entrada que se ha perdido; me exaspero porque altera mi silencio y mi almuerzo a solas; estoy a punto de darle lo suyo cuando uno de los meseros veteranos lo llama diciéndole con muecas que me deje en paz. El flacucho se marcha y el almuerzo se salva. Fumo y espero el resto de la comida. Que ya vienen en camino, acabo de almorzar, la carne bastante bien, la entrada no me gustó del todo y el vino siempre a la fija; deberia dejar esa manía de experimentar con las entradas; creo que debo mantener la pauta del vino y el plato fuerte con los que voy a la fija. Saco otro cigarrilo y no pienso en nada; recuerdos cercanos y lejanos mientras la tarde se va. Serenidad y aburrimiento de los días.

Estoy a punto de salir, que coincidencia; se acerca a la puerta María Julieta, mi corredora de seguros. Camino más despacio para dejarla que entre un poco más al restaurante; sonrio, simulo tranquilidad frente a una mujer que me sacude por dentro. Cruzamos un par de palabras cuando con un trote inocentón aún de niño la alcanza un muchacho como de 20 años, mucho mejor formado que la mayoría y con cara de adonis. Le pregunto si es su hijo o un sobrino, ambos sonrien mirándose y no responden. La miro a los ojos y levanto un poco la ceja derecha, un tic que me delata cuando algo no me gusta. Pasa un segundo de silencio que en una situación como esta pareciera que durara mucho más; me despido con un adios indiferente, amable. Está todo dicho. Maldita bruja; dejo a la peliroja en paz; quisiera ser un inquisidor para quemarla por el color del pelo y las pecas y por seducir muchachos que hace dos semanas dejaron de ser puberes. Pero pensándolo mejor: me cae bien, una mujer de una aseguradora que se desprende de la mojigatería ejecutiva, me simpatiza.

Qué es lo políticamente correcto me acompaña hasta el auto. Entonces veo a Blondie de los años 80 que pelea contra una motocicleta que le obstruye la salida a su Peugeot: un insecto verde limón. Está tan histérica como solo las mujeres pueden estarlo; Blondie grita maldiciones para adentro y apreta los puños; con chispas en los ojos que están a punto de matar a alguién y que brillan como los de las fieras de Animal Planet. Me paro a observar el desenlace de la escena y ella me sorprende. En un arranque de ira frente a mi actitud de voyerista me premia con el gesto que se hace cuando se levanta el dedo medio de la mano. En este caso fueron ambas manos: un jódete bastante estético. Si le hubiera podido tomar una foto la pondría como papel tapiz en mi computador. Sigo mi camino y cuando paso delante de ella recuerdo el no te enfades; véngate. Le doy el mensaje, creo que lo tomó bien porque hace cara de complicidad aunque sigue iracunda.


Arranco despacio dándole las gracias al borracho de Bukowsky por que la frase me sirvió para hablar con Blondie, a la que ahora veo por el retrovisor empujando con las dos manos la moto que le obstruye el paso. Ayudar al desvalido, ¿no es eso lo que dictan las buenas costumbres? bueno ahí está: Blondie se podrá ir para donde sea en unos pocos minutos. Debe continuar con las pupilas dilatadas por la ira. Con está imagen en la cabeza de nuevo a la calle y a la oficina. La tarde es somnolienta, lenta y mojada por la lluvía que no ha parado en meses. De hecho, creo que el sol no le va a esta ciudad; la convierte en algo que no es, la vuelve incomoda como un disfraz de alquiler.

Llego a la oficina; es media tarde y todo está igual, un día que se sucede a otro día. Pregunto si hay algo para mí, una que otra cosa de trabajo y ya. Me encierro en la oficina a rayar papeles, trabajo. Soy un tipo de la vieja escuela y diseño sobre papel, el computador es el último en enterarse de lo que hago. Así se me pasa la tarde. Con los rayones aprendí a soportar la lentitud de los atardeceres humanos, no sé cómo serán los de los pájaros o los caracoles o si les importa; ya parezco un filósofo que pierde el tiempo pero con pensamiento inútil: debe ser que me gusta pensar estupideces que no tienen nada que ver con nadie ni con nada y cuya aplicación a la vida cotidiana es nula; estoy de buen ánimo, debe ser por la bruja o por Blondie o por ambas. Pero vuelvo a cosas de mi profesión antes de empezar a divagar. Ahora que lo pienso bien algo ha quedado. En la ciudad y en muchas otras hay por lo menos una veintena de edificios o casas que definitivamente tienen mi firma; gustan y son bien valorados, una manera de no morir, de dejar algo que está más allá de los años en los que respiro; eso que está ahí en concreto y metal es un acto de memoria y cada uno obedece a un momento específico, como llevar un diario, solo que más caro y con dinero de otros. Soy de la minoria que vive de lo que le gusta. Bostezo, un gesto involuntario que detesto ver y hacer; levantó la ceja pero nadie me ve.


Continúo toda la tarde en mi estudio y cuando levanto la cabeza ya está oscuro. Hace unos años los cambios de luz me golpeaban y entraba en unos estados de ansiedad que hacían inútiles esos minutos que no alcanzan a ser veinte. Tenía que sentarme y esperar; tomar agua o cualquier otra cosa. Paulatinamente la sensación desapareció, casi siempre estoy tan concentrado en mis cosas que no percibo el salto de día a noche. Hago un par de llamadas y me doy una vuelta por algunos libros, la correspondencia y por internet antes de retomar mis diseños, las cuentas o de irme a algún otro lugar para no llegar temprano a hacer nada a la casa. Si sucede lo primero lo más probable es que el próximo cambio de luz me soprenda aún en el estudio, lo contrario significaría otro día que se acabó sin más ni más.

Salgo sin rumbo definido, son las 9.00 de la noche y sólo sé que debo salir. Camino al ascensor. Salvo un par de grupos de trabajo y los de servicios generales que ajustan unas ventanas y hacen el aseo no hay nadie más. Algunos no levantan los ojos del computador, otros se reunen alrededor de los planos impresos que resaltan sobre mesas de luz. La mayoría empieza sus carreras, otros con más tiempo se notan más apáticos, menos concentrados, displicentes en la mirada y con con una mueca de aburrimiento; deberían largarse. Observo el cuadro y pienso que cuando la experiencia se convierte en simplismo de las horas y del salario, no vale la pena continuar.

Voy por un par de whiskyes al bar de siempre; no hablo con nadie, el día ha estado solitario por qué debería cambiar en la noche; me sirven lo usual y así pasan un par de horas más en las que termino de vuelta en las mismas formas que tenía en el papel pero que ahora analizo en la cabeza desde otros ángulos. Recuerdo en este momento un mensaje que recibí en un sobre de papel reflectivo; una cosa extraña tomarse tantas molestias para envíar algo. Contenía una memoría USB con unos datos que todavía no entiendo del todo. Con eso en la mente, inquieto como cuando creía que las novias estaban embarazadas llego a la casa. Lucía como siempre dormida; hace un par de días que no la escucho ni la veo, solo así, en la cama. Como dice el japones de Tokyo Blues ...de madrugada, cuando se apagan las lámparas de la lógica y la racionalidad cierra los ojos. Tal cual para esta mujer que cada vez parece más hacer parte del mobiliario.

No puedo dormir y empiezo a pasearme por los canales de TV. 150 posibilidades de puro entretenimiento. Un programa de insectos en guerra es lo que me llama la atención; me quedo ahí en medio de batallas de centenares. Me duermo sin darme cuenta, en medio de un sobresalto de esos que se tienen cuando llega el sueño y no se está en la posición adecuada; me despierto de nuevo. Otra vez en vela. Ahora hay unos tipos en la televisión que aclaran cosas que uno no creía; hablan sobre emborracharse con enjuage bucal. Me acomodo mejor y recuerdo el encuentro del restaurante, sin darme cuenta, me duermo.

Los truenos y el sonido de la lluvia me despiertan. No recuerdo los sueños, creo que fue una noche sin imágenes para recordar en la mañana, lástima, me gustan las incoherencias del pensamiento sin razón. Me levanto de un impulso para no demorar más el asunto. De nuevo una nota de Lucía que me recuerda o me avisa, es lo mismo. Que tiene un viaje de tres días. “Andrés: regreso en tres días. Cuídate mucho. No trasnoches. Besos. Lucía.” Saco un jugo de naranja de la nevera y me sirvo un vaso que desocupo para repetir la dosis. Como todos los días me acerco a la ventana. Abajo los pugs que siempre suelen pasear con la muchacha de los perros atraviesan la calle mirando para un lado y otro, se ven nerviosos y embarrados. Los observo hasta que se pierden en el parque contiguo. Se escuchan los ecos de algunas sirenas pero no alcanzó a enterarme de qué se trata. Busco a los perros fugitivos ocupados en la acción de olfatear y orinar árboles.

Continuo con todas las cosas ordinarias de la mañana, similares a la estática que se ve en los televisores viejos: sin significado. Salgo a otro día de trabajo. Ya fuera de la casa, apenas a un par de cuadras, me encuentro con el levantamiento de un cadaver y con un automóvil abandonado con dos ruedas sobre la acera y dos sobre la calle. Una sabana cubre de mala manera lo que al parecer es una mujer con botas para la lluvia. Tiene pelo largo en rizos que ahora son negruzcos por la sangre coagulada que deja una mancha rojinegra en el asfalto y que por la lluvia se escurre en pequeños ríos que siguen el desnivel de la vía y desembocan contra el andén. La escena es dantesca y me afecta especialmente cuando veo una de las traillas de los perros y el cadaver sin sangre del rotweiller que una niña como de 14 años recoge entre lágrimas silenciosas. El perro me ayuda a identificar a la paseadora que veo con ellos todos los días. Pienso que de no ser por los detalles jamás hubiera podido saber de quién se trataba: los muertos lucen tan diferentes a los vivos que se deben mirar más de una vez antes de conocer a ciencia cierta la identidad de cada cual. El escenario lo completan unos tipos de bata blanca con impermeable que analizan con frialdad las distancias y simulan algunos movimientos del accidente; toman notas en un computador, no sé como serán los votos de estos, deben ser algo así como prometo vivir como un buitre de la muerte de los otros para que el ciclo no se afecte. Hay más lágrimas en el lado del mastín. Con cierto pesar y con una ansiedad que hace que todo se vea en una misma dimensión me alejo del lugar. No es usual ver muerto en el pavimento a alguien que me gustaba mirar, a una anónima que me era familiar. La gente murmura con aires de indignación. “Fue culpa de los tipos del carro; se volaron, ella pasaba tranquila.”

Sin tener ninguna claridad del porqué; a veces se hacen cosas bondadosas sin razón alguna, sin pedir nada a cambio, una condicion humana que ningún otro animal tiene. Me desvio y paso lentamente frente al parque para buscar a los dos perros perdidos hace un rato; camino unos metros y los veo jugar a perseguirse por turnos el uno al otro, se echan a descanzar. Me acerco despacio sin intenciones claras aún. Las hojas acolchan mis pasos pero los hacen sonoros y me delatan, los dos voltean a mirar y corren unos metros; se quedan quietos, mueven la cola sin desconfianza, me acerco y vuelven a correr otro poco para mirarme; se echan de nuevo, me vuelvo a acercar y los malditos vuelven a correr para hacer la misma jugada. Ya llevo como 10 intentos y parezco un imbécil detras de estos enanos. Finalmente el negro me espera y cuando lo alcanzo gruñe; lo suelto y sale a correr de medio lado mientras me mira. Con ira me quito un zapato y se lo lanzo: una acción de poca inteligencia. El perro se va y llega ahora el pug dorado que observaba la escena, lo recoge y se lo lleva como un juguete entre los dientes. Con un pie descalzo y el cesped humedo pierdo el interés en mi acción de boy scout retrasado. Además ya no hay rastro de ellos. Ni modo, igual no sé que hubiera hecho si los hubiera agarrado, ¿los hubiera recogido? Debo llegar a la oficina: vuelvo al carro como si tuviera una pierna más larga que la otra.

Pienso en lo molesto que será conducir descalzo, no es agradable; cuando piso el parqueadero de la oficina me doy cuenta que llegar con solo con uno de los zapatos puestos no es muy decoroso: me devuelvo al auto y lo dejo ahí, me acuerdo de los perros y me da risa, seguro sobrevivirán. Subo a la oficina, no hay casi nadie y mi situación ahora con zapatos de golf pasa desapercibida.

Hago que me traigan algo para desayunar. Como con desgano sin siquiera darme cuenta de lo que es, no importa, frutas. Ha sido una mañana rara, con bastante movimiento y sigo ansioso, un poco entristecido por lo que sucedió en la calle; como una turbulencia que hace más cortas las vidas, por momentos, una mirada esquizofrénica de la realidad. No me puedo sacar la imagen de la cabeza.

Son momentos en los que no sé por y para donde van mi vida y mi futuro que otros ven garantizado y tranquilo. Estoy solo y eso no ayuda porque en esta condición son más fuertes los pensamientos: más profundos y muy confusos. Solo: sucesos vistos desde un mismo lugar que tienen muchos ángulos dispares. ¿qué será de Lucía? No me importa se puede quedar donde esté, si tiene un amante mejor. El presente como suma total del pasado en mi cabeza.

Hoy me agobia este lugar y quedarme me haría sentir peor. Es de esas situaciones que ni ocupado ni sentado. Recuerdo el mensaje de USB y voy a buscar el lugar que indican; pero antes debo cambiar estos zapatos deportivos.

Las señas son claras y llego a la zona: kilómetros de bodegas. Me sorprenden las magnitudes de estos edificios de pocos pisos, todo es grande, pocas ventanas, en pocos lugares del recorrido si alguna de las puertas está abierta se puede saber que ocurre dentro. Son millones de ladrillos, a veces se oyen grandes martilleos con eco o máquinas que no sabría a ciencia cierta qué hacen. También algunas filas de camiones con montacargas que se les pegan como hormigas para sacar cajas más grandes que ellos. Una exploración que me muestra otros tiempos menos aletargados que los de la oficina. Hay mayor movilidad en las personas que trabajan aquí y que se pierden en las dimensiones de las bodegas. La contaminación y el polvo son mayores, el automóvil ya tiene una capa tenue como si estuviera en un camino a medio pavimentar. Finalmente llego al lugar que me indican, es una edificación de paredes blancas con una columna de ladrillo que sobresale por su altura, esa es la principal señal para llegar a este edificio que parece el más antiguo en una zona donde se confunde lo viejo con lo nuevo. Detengo el carro justo enfrente de lo que parece ser una entrada principal. Es en definitiva una construcción vieja.

Le doy la vuelta; ocupa exactamente una manzana y parece no haber movimiento en el interior, tiene varias entradas y al igual que las demas bodegas de este vecindario industrial es imposible ver por las ventanas que están demasiado altas. Decido dejar el carro en otro lugar y hacer el recorrido por este montón de paredes blancas a pie para ver un poco lo que ocurre dentro.

Busco un lugar en otra cuadra un par de edificios más allá y empiezo a caminar; agradezco ahora el accidente con los perros juguetones, como no tenía pensado regresar al trabajo aproveche y me cambié de ropa, nada de traje, ahora no me veo tan fuera de lugar como lo podría estar con otro tipo de vestido. Llego a la esquina que está más al norte de edificio. No puedo negar que cierto nerviosismo me ataca pero no importa, igual solo soy un peatón más en una zona industrial. Con lo que no había contado es que salvo las horas de comidas o de salidas de turnos no transita mucha gente a pie, eso significa que no pasaré tan desapercibido como quiero. No hay vuelta atrás, continuo con mi tarea, pasa un automovil blanco de cuatro puertas con personal uniformado de vigilancia privada, los tipos me miran y yo me hago el que no es conmigo. Calculo que a la velocidad de una traseunte normal darle la vuelta a esto me tomará unos 20 minutos y no me gusta mucho el carro blanco de los guardas, camino y no encuentro ningún lugar desde donde alcance a ver lo que hay dentro, el par de puertas con las que me he encontrado hasta ahora no permiten ver nada.

Es más de media mañana y aún no encuentro nada que me de más pistas del mensaje. Un timbre suena en una de las bodegas aledañas y me cruzo con trabajadores que charlan entre ellos mientras se limpian las manos con trapos rojos. Son tipos rudos, me ignoran, casi me atropellan y tengo que bajarme de la calzada. Unos metros adelante se acaba el primero de los lados de la edificación, giro 90 grados y en el anexo escuentro una escalera que da a los que parece ser una terraza. No viene nadie y decido subirla, al final efectivamente llego a lo más alto; seguramente la diseñaron como vía de evacuación al exterior. El final es una puerta con una concertina que rebanaria al que intentara pasar, la curiosidad no me puede tanto: solo se ven unos grandes hongos metalicos a los que la cabeza les da vueltas para que el aire acondicionado funcione. Deben ser nuevos, el acero inoxidable y el aluminio no van bien en los edificios viejos son de tiempos dispares. Empiezo a bajar y pasa de nuevo el carro blanco de seguridad: no ven hacía arriba.

Ya de nuevo en el planeta tierra continuo con la busqueda de un lugar para poder ver qué demonios es lo que ocurre adentro o por lo menos qué hay. El mensaje decía 5.30 p.m pero soy un tipo precavido y continuo con la acción de conocer el terreno con varias horas de anticipación, es un asunto que desconozco y llegar a improvisar del todo no estaría bien, no para mí. Al fin veo una puerta que tiene una luz más o menos grande en la parte inferior: agacharme para ver pero ni modo.

El olor a polvo humedo hace que respire con dificultad, sólo se ven unos containers medio oxidados que hacen las veces de segunda pared. No hay nada interesante que se pueda ver desde esta perspectiva, que mal punto de mira. Oigo un automóvil seguido de una sirena. Me levanto sacudíendome las manos. El copiloto me pregunta ¿Qué hago? Le digo que nada pero parece no creerme, ni que él fuera tonto. Camino hacía mi carro y me siguen, me preguntan por segunda vez y les respondo de la misma forma, nada. Giramos precisamente en la esquina donde dejé la camioneta acelero el paso y uno de ellos se baja; lo veo de reojo acelarar el paso para alcanzarme. Precisamente en ese momento como en una aparición, porque yo no oí ningún motor, se cruza entre el tipo y yo un BMW de lujo con tres tipos que miran al hombre que se detiene para dejarlos pasar. Cruzo la calle y llego a mi carro un poco agitado, abro la puerta y me siento, los de seguridad han desaparecido también los del auto de lujo. Los hombres buscan aventuras porque nada les aturde tanto.

Salí lo más rápido que pude del lugar. No entiendo cuál es el problema, siento que debí enfrentar a los de seguridad. ¿Qué me podían hacer más allá de corroborar que no era nada raro? La paranoia de estos tiempos, aunque no descifro si es la de ellos o la mia. Me falto valor, por lo menos al final. Enciendo el sonido del auto para escuchar algo que me saque de la situación. Conduzco sin lugar definido un poco más tranquilo. Un tipo canoso, de rostro grande, ojos zarcos y arrugas profundas estaba en el asiento trasero del BMW que se interpuso para permitirme llegar al auto. Lo bueno de la adrenalina es que se escogen y retienen imágenes que en otros estados de menor atención pasarían desapercibidas: Juraría que me miraba desde unos metros atras y que cruzar fue adrede para abrirme camino. No me gustaría ser tan viejo, aunque este tenía un aire de dignidad recia.

Me devuelvo rápido por donde llegué, unas cuadras más allá enciendo un cigarrillo para pasar la agitación, no estoy acostumbrado a que me persigan ni a usmear por las ventanas. Salgo de la zona industrial que ahora parece moverse más que hace un rato, debe ser porque los trabajadores salen a tomar un descanso; van uniformados como buenos obreros. Es un buen cuadro, me llaman la atención dos negros del tamaño de un árbol que reemplazaron las gorras de mecánico por pañoletas rojas. Atrás queda la zona gris y densa sobrepoblada de fábricas; huele a humo. Ya en una vía rápida el paisaje cambia de dimensiones y se convierte con el paso de los kilómetros en algo más vertical, más alto, con más colores; es plena mañana y la multitud de los semaforos parece una peregrinación de Domingo de Ramos o rumbo a un espectáculo, el reloj de manecillas de la vía marca 12.15 lo mejor es ir a comer algo para aclarar las ideas y tranquilizarme. La tarde necesita decisiones y aún hay tiempo.

Necesito un lugar nuevo que evite encontrarme con algún conocido; instinto de autoconservación al que le hago caso, de hecho, pocas veces falla, una llamada a un amigo que me recomienda un hotel justo entre la zona industrial y el aeropuerto, me parece lo suficientemente apartado de los sitios que conozco y cerca a la cita del fin de la tarde. Es un edificio bastante grande, impersonal por la falta de habitantes, se ve algo vacio. Atravieso el parqueadero y dejo el carro en el lugar más oculto, en uno de los extremos. Para distraerme y aprovechar que nadie me conoce le doy una mirada al lobby, luego voy al bar donde pido un refresco, me hago en una mesa estratégica desde donde puedo controlar la barra y la entrada que es más o menos estrecha, el lugar tiene unos ventanales interesantes que provocan un claroscuro que funciona. Escojo el lado de sombra; pienso en lo que soy y en lo que seré, en lo que me puedo convertir después de las decisiones que tome. El mensaje dejó muchas cosas vedadas que me ponen a pensar, pero parece un asunto serio que cambiara mi perspectiva de la vida: ese sería el resumen. No puedo negar que me inquieta y me asusta, pero el vertigo es una intriga interesante. El asunto es decidir lo que se va a ser y donde se está ahora; es tener conciencia de que las decisiones limitarán algunas acciones, seguro, como ahora que me escondo, pero también vendran unas nuevas e inesperadas, algunas veces se ofrece algo que es como escoger ir a la guerra, en medio de tanto tedio, no deja de ser atrayente: significa darle tinte a los días. Me dedico a ver mi Iphone mientras me sirven. No hay nada nuevo, ni de la oficina ni de la casa ni de Lucía. Mejor me doy una vuelta por internet un rato, una buena forma de poner la mente en otro lugar.

Veo sin atención la pantalla y levanto la mirada cuando escucho risas. Es una pareja que aparece a unos metros, ellos no me ven y se comportan con naturalidad, como si estuvierna solos. Es un tipo joven, por lo que puedo traducir de su ropa y sus ademanes, parece un poster de ropa interior o de colonia para hombres, pero no logro ver bien sus rostros, el lugar es bastante grande y la contraluz los oculta. Él la sujeta por el talle y la mujer eventualmente recuesta la cabeza sobre su hombro a es alta y los zapatos de tacón la hacen más; sin embargo él parece llevarle unos buenos centimetros. Ella viste de sastre oscuro y es bastante esbelta, tienen bonito cuerpo, nada de voluptuosidades, todo en su justa medida. Los sigo con la mirada; entran ahora a la zona en la que estoy. Cuando van a pasar justo donde podría verlos a pesar de la distancia y la luz llega el mesero a preguntar si necesito algo, habla mucho más de lo acostumbrado, lo dejo hacerlo, por ahora solo le pido un poco de refresco y que me traiga la carta. El hombre se retira con diligencia y un si señor. Vuelvo a buscar la pareja, ahora logro ver claramente al tipo, certifico que es joven de unos 30 años, pelo lacio, castaño, hasta los hombros, mandibula amplia a medio afeitar y dientes blancos, muy blancos, lo que se podría llamar un buen espécimen. La charla parece estar divertidísima porque ríe con frecuencia como un orangután y se da aires de suficiencia lanzándose hacía el espaldar de la silla: no me cae bien; tiene risa de imbécil, me imagino igual que no lo escogieron por sus aportes a la física cuántica, ahora, si es un genio pues pobres de los otros mortales, pero lo dudo. Ella por su lado, rizos castaño claro con cuello y piernas largas que cruza cambiando una por otra cada cierto tiempo; de ademanes austeros le lanza una que otra caricia tímida. Me gustaría ver su cara pero debería cambiar de posición para que la penumbra que tengo desde aqui no la oculte y sería evidente, no hay mucha gente. Por alguna razón el espíritu voyerista aparece. Voy a esperar unos minutos, no han ordenado. La larga paciencia que es el talento.

Pido algo ligero para comer y el mesero lo trae diligentemente alos pocos minutos, cumplo con lo mio de la misma manera, hace un rato no quería nada pero ahora mucho más tranquilo el estomago se siente vacío, sigo sin perder de vista a estos dos que hablan sin parar. Les traen un par de tragos el de ella parece ser un tom collins, el de él un martini, cualquiera de esos, dadas las circunstancias no me caería mal, me gusta la gente que puede empezar una tarde cualquiera de esa forma, ojalá haya sido idea de la mujer que ahora sale hacía la zona de baños, el sonido de sus tacones se nota a lo lejos cuando esta por atravezar la puerta que divide el bar de las áreas de servicio. Observo. Entra una llamada y mi teléfono vibra, no contesto, no quiero que el tipo me escuche hablar y se voltee para saber de quien se trata, una premisa de observador: que nunca te vean. La llamada era Lucía, después hablo con ella.

Me concentro en la llama azul del encendedor, solo eso y el rojo y negro de la combustión más el humo que entra hacen saber que el cigarrillo está encendido, es como prenderlo solo con quererlo. Tomo el ejemplo de la pareja y pido un trago, aunque prefiero whisky con hielo que tomo lentamente, sin ningún afán, aún tengo tiempo. Entra un correo de la oficina, un asunto sin importancia cuando levanto la cara ella ya está sentada, no la oí salir del baño y pierdo mi segunda oportunidad de verla. Se mantiene en la misma tónica de hace un rato, mientrás tanto pienso sin concentrarme en la citas de la tarde y observo. La pareja se toma unos minutos más, no muchos y se levantan para irse, el mesero los mira con naturalidad sin acercarse, eso me indica que están hospedados y probablemente vienen con frecuencia. Vienen hacía donde estoy, ella me mira y se detiene por unos segundos. Me debato entre si valió la pena la espera o si sería mejor haber estado al margen de esto, es Lucía la que ha protagonizado la escena todo este tiempo. Cómo no la identiqué. Estoy quieto, sólo espero el encuentro con la tranquilidad que da lo inevitable. Se acercan, maldita ceja siempre me delata, en estos momentos quisiera tener la frialdad de un psicópata.

Lucía se acerca y su acompañante como un perro faldero detrás, él parece no tener mucha iniciativa más bien tiene ganas de correr como el cachorro que es. Por mi lado sigo tranquilo. Espero a ver que tiene que decir ella, me saluda con tranquilidad aparente pero gesticula más de lo acostumbrado, realmente no sabe exactamente qué fue lo que vi, no se puede explicar que carajo hago allí y no logra decir quién es su amigo. La dejo hablar, en algún momento me canso y la interrumpo con un gesto: un golpe suave en el antebrazo y sigo a la terraza que tiene una buena vista a un jardín. La maldigo con la maldición del silencio. Nunca supe su reacción.

Este asunto se veía venir, debe ser que se busca por fuera lo que ya no hay en la casa. las mujeres buscan belleza, dinero, poder e inteligencia, si lo encuentran todo en uno solo, pues se ganan la loteria, sino buscan algo de eso en uno o dos, de reunirlas perfecto funcionan sin problema, lo que quieren lo logran sin que importe mucho. Así se comportan, no quiero pensar ahora qué buscamos nosotros, eso no tendría sentido ahora. Es probable que me haya solucionado un problema y pueda moverme mejor en estado de independencia ahora que hay una disculpa. Siempre he creído que se es con quien se anda y este tipo me parece que no tiene de donde, debe ser un asunto de fluídos corporales . Adios Lucía. Lo que puede pasar en una mañana de cambio de rútina. En este caso último, un accidente, intempestivo como todos, mala suerte para ella o quizá para mí.

Respiro profundo, para seguir me concentro en lo que sucede en el jardín que hay junto la bar; parece que lloverá otra vez. Es un momento denso y triste que acompaña la frustración, no importa que esto se viera venir, que fuera predecible. La tarde que apenas empezaba es devorada sin miramientos por una atmósfera gris y unas nubes bajas; es como si el fin del día se hubiese venido encima saltándose las horas. Sopla un viento frío; ahora las nubes están encima mío, el aire gélido me golpea la cara; la sensación no es incómoda y le ofrezco la otra mejilla; espero las primeras gotas. observar algo que no tiene cuerpo, ni forma definida en una hora lánguida que hace que el atardecer se funda con la noche. Una serie de truenos que anuncian el diluvio. En la calle, los autos encienden los faros y la gente empieza a correr para resguardarse. Un presagio, pero tenerlo en cuenta, cuando creo que nos ocurren cosas que depende en gran medida de nosotros aunque no del todo ¿podría ser?. Adversidad en la opulencia, traición en el tedio, verdad que se muestra a pesar de todo y cuando no se busca. ¿Y lo que viene? Camino lentamente, como si con eso lograra cambiar lo que pasó o aplazara más de unos minutos lo que tengo certeza de hacer. Un giro, un ajuste que como todos los de su clase no sabemos del todo si será el que esperamos o el que nos lleve al precipicio, es posible que en medio de una actitud autodestructiva, suicida, sepamos que ese movimiento será en falso y no ocurrirá nada distinto a un lanzarse al vacío cuando no hay nada que cambie lo que ya esperábamos. El cuerpo carga el peso de la duda y la cabeza contiene el valor de la decisión.

Continúo con los planes que tenía trazados desde esta mañana y que me llevaron a este lugar y a las circunstancias inesperadas de hace un momento; pido otro whisky para pasar el trago amargo y analizar lo que sigue. La bruma se mantiene y aparecen las primeras gotas sobre las hojas de los árboles. Como en cualquier lugar al que voy me siento en una mesa con ventana, de un momento a otro afuera todo cambia de color; el cuadro por el aguacero se convierte en una escena del viejo expresionismo alemán que el maestro de historia, un cincuentón amante de todo el arte de ese país nos hacía ver cuando mis referencias de joven no superaban las tiras cómicas de superhéroes que tenían traje de payasos pero ajustados.

Lo primero que debo hacer es ir al banco, para mover la suma de dinero que necesito no hay otra forma, eso es una cosa que no hago desde hace tiempo y menos ahora que las comunicaciones lo permiten y mi actitud no, el hecho de tener que acercarme a una oficina, hablar con empleados, esperar trámites no me entusiasma nada. Sin alternativa es mejor darse prisa. Pago la cuenta, doy las gracias con la propina y salgo por la misma puerta que debió usar la pareja de hace un rato, sólo espero no encontralos de nuevo, a ninguno de los dos, el trayecto al parqueadero es monótono y guiado por las flechas amarillas sobre el piso medianamente brillante que refleja las tubos de neón que iluminan desde el techo en celdas regulares y por las señales puestas para ese fin, obvio. El lugar continúa vacío, un túnel de ecos, solo se escuchan mis zapatos con un sonido seco y su repetición más tenue y distante, una especie de ubicuidad. En la zona en la que estoy no hay más que un par de autos y ninguna persona. Salgo y con una tarjeta activo la talanquera, el aguacero al igual que todos estos días continúa.

Es un trayecto más en los muchos que desde esta mañana he tenido que hacer.

Distraído miro sin observar ni pensar, mecanicismo del momento, me limito a conducir y no estrellarme con cualquier cosa. Sólo en algunos momentos se me viene al cabeza de qué se trata todo esto y por qué se necesita tanto dinero: después de cierta cifra algunas cosas me parecen caras y este es uno de esos casos. El dinero y los juicios de su valor que se hacen, que importan ahora, simplemente lo tengo y quiero conocer de que se trata este misterio, es un novela de suspenso y ya me he tomado demasiadas molestias como para hacerla a un lado.

Sin darme cuenta en medio de este ambiente húmedo entro al banco donde me sorprende la cantidad de años que hay acumulados en las filas de atención, los ancianos parecen sacados de otra época, una pasada sin jóvenes. Como si todo se hubiera confabulado para mantener la continuidad de los ambientes, este de nuevo es un edificio viejo; supongo, de las primeras sucursales. Saludo al gerente y le pregunto por los trámites y mientras hace las consultas en su computador le indago el porqué de tanto anciano. Especulo si es que se trata de un cobro de pensiones o algo así, el tipo me responde que con internet ya la gente de menos de cincuenta casi no viene y que en un día como hoy los únicos que se acercan para atender sus asuntos son viejos a los que la tecnología no les interesa o no pueden con ella. Me pide un momento y va por el dinero.

Observo el entorno, un cuadro de Goya adaptado a estos tiempos, las paredes y los techos antiguos con detalles de otro tiempo y las columnas cilíndricas anchas de color cobre contribuyen a lograr el efecto, las ventanas a pesar del tamaño parecen filtrar la luz y el edificio es algo oscuro, tampoco el clima del exterior ayudaría a la iluminación. Volteo para encontrarme con un par de vitrales con figuras geométricas en el dintel de la puerta principal, contrario a casi todos lo que he visto últimamente el lugar aún tiene luz amarilla y en los escritorios de los empleados abundan las lámparas que permiten leer los documentos, un banco de los 30: otras proporciones, otros habitantes, definitivamente cada cual busca el lugar donde se siente mejor y creo que le va a estos rostros ajados de tantos años que les han pasado por encima, siento miradas duras de rencor en ellos y algunos murmullos, porque será que siempre se susurra lo que no se atreven a decir en voz alta. No deja de llover y ya está listo el dinero que necesito. El tiempo corre, pero fuera de estas paredes.

De nuevo a la casa, despacio, sin afán. No hay por que tenerlo, un par de horas que debo rellenar antes de la cita de las 5.30. La mente funciona en una sola dirección: el fin de la tarde. Es una sensación que pone todo más claro, con máxima atención, al acecho, condiciones especiales de la concentración.

Planifico todo mientras tomo un baño, por alguna razón decido ponerme lo mejor del ropero, como si fuera para una reunión de alto nivel o un sepelio. No tengo miedo, tan solo estoy un poco ansioso, recojo mis cosas y me lanzó de nuevo a la calle, controlo todo, soy un tipo tranquilo. Estoy a un poco más de una hora. El recorrido lo tomo con cautela, respeto los límites de velocidad, le doy paso a los ancianos, niños y señoras embarazadas, me comporto como un buen ciudadano, esta es una de esas cosas que no se debe dañar por apresuramientos. Los kilómetros cambian la situación y me apresuro sin pensarlo; tomo una ruta nueva y memorizo cruces, posibles obstáculos, incluso sobre algunos me devuelvo para verlos por segunda vez como si hiciera el plan para un asalto. Se va la tarde y las luces amarillas de los faros alógenos le dan un aire casi nocturno a las calles mojadas por tantos días de agua, incluso se reflejan tenuemente en el asfalto que intenta devorar la luz.

Llego al lugar que indica la USB y que había espiado en la mañana. Una gran puerta, gris, muy solida que parece una entrada de carga. Estoy en frente apenas unos segundos y se abre automáticamente. Una vez adentro, una llamada que no identifica mi celular me sugiere apagar las luces del vehículo. Es un laberinto de containers con lámparas azulosas intermitentes en el piso, como un flash de aeropuerto guían el camino que se debe seguir. Llego hasta un lugar donde veo varios autos de lujo. Me detengo a pensar un poco y relajarme, de nuevo suena el teléfono, esta vez para avisarme que debo descender y seguir las indicaciones que están en las paredes de hierro acanalado. Tomó la maleta y me bajo del automóvil. Ahora las señales son para peatón, las sigo sin pensarlo mucho. Hasta el momento no he visto a nadie, solo unas cámaras instaladas en los containers y flechas fluorescentes en el piso que me guian hastá el siguiente punto.

De un Mercedez Benz negro que llega aparece un trigueño de mediana edad, unos 42 o 45, algo robusto, me sonrie con amabilidad complice mientras que con pasos amplios camina unos metros detrás mio; lleva maletín de cuero que logra hacerme sentir gracias a mi mochila deportiva como universitario en su primer día de clases. Apenas le llevo una veintena de metros y lo volteo a ver un par de veces mientras avanzo por esta mini ciudad de bloques de hierro de colores opacos y penumbra azul. Me tiemblan las piernas y pienso que cualquiera lo puede notar, sin embargo me aferro al piso en el que patino un poco, se parece más al de los almacenes de elementos de construcción que al de una bodega con varios metros de polvo y grasa.

A cada paso trato de concentrarme solo en la acción de caminar, mientras sigo por los corredores sin certeza de qué habrá más adelante. Sólo escucho mis pasos y los del tipo que me sigue. Es un dramatismo silencioso.

El callejón se estrecha al final como si se tratara de una gran embudo donde apenas cabe una persona, se siente una sensación arida, de impotencia y nerviosismo; miro hacía arriba y solo se ve un muro de hierro de varios pisos de alto. El cuello desemboca en una especie de sala amplia, me imagino que metieron todo antes de construir el laberinto. AL final del túnel la bienvenida la da un gigantón pulcro de buenas maneras que me solicita el maletín y la USB. Le pregunto sino contará el dinero, a lo que responde “Sabemos que está completo”. Un chispazo eléctrico me corre por las vertebras, siempre cree uno que ese tipo de cosas pasan inadvertidas y las apariencias indican que todo está controlado.

“Gigantón” me invita a pasar no sin antes pedirme mi teléfono celular, se lo entrego y antes de recibirlo me lo hace apagar; luego el detector de metales de la cabeza a los pies y me acompaña a mi lugar dándome un par de giros que me desorientan. De un momento a otro cambió mi perspectiva como si me hubieran dormido unos segundos y estuviera en otro lugar.

Es un momento inusual, saltar de una asepsía industrial a una sala pseudovictoriana da una sesnsación de “cualquier cosa puede pasar”. Además no tiene nada que ver con la poca idea que tenía con mis pesquisas de hace unas horas.

Hay nueve sillones rojo escarlata, están ordenados en forma de herradura alrededor de un escritorio de caoba con un sillón negro y una pantalla de plasma que parece suspendida en el aire y por la que pasan fotografías del Coliseo Romano y dioses del Olimpo, escenas que no logro entender. El fondo de la sala es negro, un cubo aíslado, no hay sensaciones de fondo, ni distancias, todo en un par de planos que la conforman, nada más allá, fin del mundo. Cualquiera que salga de este mundito seguro se perdería sin puntos de referencia visuales, además de alguna forma los sonidos también están aislados, casi podría oír mi respiración. Por ahora solo existe esto lo cercano. Me corresponde el lugar que está en uno de los extremos.
Más tranquilo; sentado; veo que cada sillón tiene una mesa de vidrio con agua y varias botellas de licor, hielo, obviamente un vaso y en algunos casos cenicero también de cristal, pero en cada una de ellas el color del vaso es diferente, el mio es de cristal azul. Creo que es una buena forma de identificar a las personas por el color del vaso o de la copa.

Cada puesto es igual: el sillón, la mesa, las botellas, la diferencia es que hay un par que tienen solo agua y otros dos tienen un audifono sobre el espaldar. Me sirvo un trago de whisky, mientras espero lo que pueda ocurrir, son las 5.40 p.m. No llevo más de 10 minutos aquí, el tiempo parece dilatarse. El que venía detras mio en el laberinto aparece como si saliera de la oscuridad, me saluda con una venia y se sienta al lado, no hablamos, no me mira y parece distraído; su vaso es verde. Verde sirve vodka puro, acepto que tengo una fijación por las bebidas de las personas, que incluso frente a una situación que es del todo novedosa aparece. Mientras se completa el cuadro de la escena juego con los hielos, Verde parece tranquilo, con la mirada perdida en la oscuridad del fondo, como si quisiera identificar algo.

Naranja es un viejo de unos 70 años que tiene el color de los habitantes de la India, esto hace que los canas se vean más blancas de lo normal, por lo menos para mí, ya que no tengo mucha relación con personas que tengan esta característica, lleva espejuelos finos en un marco plateado que no ocultan sus cejas sobresalientes como dos cepillos despeinados de lavar el piso; me mira atentamente y por corto tiempo, percibo esos ojos grises de los viejos cuando tienen demasiados días acumulados y pocos en saldo. Naranja juega con su bastón que sonaba bastante y se mezclaba con el ruido de sus zapatos cuando venía en camino, ahora entierra la punta en la alfombra mullida de color blanco y estira lo más que puede las piernas antes de ponerse el audífono, no toca el agua.

Casi al mismo tiempo que el anterior toma el asiento un gordo de mostacho negro abundante, la gente llega en el ordén de las sillas según parece, el hombre respira pesadamente, con ese peso una caminada como la que tuvo que hacer seguramente le altera la respiración, se limpia el sudor con el pañuelo que tiene en la mano y que después sin importarle mucho guarda sin cuidado en un bolsillo interior de su traje oscuro de tres piezas, respira hondo con mucho ruido y se dedica a jugar con el bigote, como quién maquina algo. Verde lo mira y frunce el seño frente a lo cual el Gordo permanece indiferente, aunque lo mira también, seguro se conocen.

El quinto en la sala en medio de la nada tiene aspecto militar, aunque está de traje, es un hombre alto que parece estar entre los 50 y los 60, de movimientos recios y voz fuerte, nos saluda de forma amable pero cortante un saludo para crear distancia. Está en la posición de la mitad de la herradura y se sienta de forma erguida, un maniquí de dimensiones exageradas, toma un poco de whisky que bebe de un solo sorbo justo después de sentarse; es el único vaso de cristal transparente de toda la reunión y en su mesa no hay sino una botella. Militar se mira con Naranja que le dispara con los dedos antes de sonreirle, como hacen los amigos. Es facil pensar que efectivamente lo son. Ahora entra uno que me recuerda a un gorila albino de vi en una revista de National Geographic, tiene cara de pocos amigos pero tanto el viejo como el militar se alegran de verlo.

La fauna es diversa, algunos me lanzan miradas indirectas de ¿Quién es este? Claro soy el novato o por lo menos eso indican las actitudes de todos. Gorila hasta ahora es el único que no se sienta directamente sino que saluda primero a Militar y a Verde a lo cual ellos responden con deferencia, luego pasa a darnos la mano a los demás, efectivamente es fuerte como el de la foto de la revista de naturaleza y me sacude amablemente y arruga la nariz como hacen los esquimales para afirmar.

A los siguientes tres me parece haberlos visto antes: uno es un basquetbolista o futbolista, algo así, un asunto de músculos le corresponde el rojo. Luego está uno que es un presentador de noticias con el amarillo y al final un hombre con cara de gerente de banco o corredor de bolsa de esos que le manejan el dinero a las viudas adineradas o sanguijuelas se quedan con lo suficiente para que el huesped produzca más y ellos puedan seguir subsisitiendo de muy buena manera, le corresponde el púrpura, él tan bien puesto que parece que saltó de un aviso de publicidad para papás millonarios y éxitosos.

De un momento a otro se cambia la película en la pantalla, ahora aparece un reloj que marca las 5.43 p.m y los segundos que pasan en números plateados, de un momento otro como si lo hubieran puesto ahí para que solo vieramos esa nueva imagen, un segundo para poner a alguien en la escena sin que nos diéramos cuenta. Una ficha como imagino son las policiacas diría: caucásico, 1.80 m, señales particulares: ninguna. Yo le agregaría: barba y cabello abundante como un Marx moderno y menos desaliñado.

El Fantasma se hace detrás del sillón, da la bienvenida rápidamente y me explica mientras me mira fijamente desde su lugar que se nos ha escogido inicialmente a partir de las revistas de negocios, pero que después se hizo un seguimiento para garantizar que tuvieramos el perfil para participar del “proyecto” que no es ni mucho menos un torneo de golf ni un acto de beneficiencia. Aclara sin mucho énfasis que puede ser fuerte. Luego se dirige hacía el hombre del otro extremo de la herradura y advierte que si deseamos salir estamos a tiempo, de lo contrario no hay vuelta atrás. Además muy despacio, acentuando las palabras como hacen los curas, anota que cualquiera sea la decisión que tomemos no podemos mencionar nada de lo que vimos, a nadie, eso para evitar inconvenientes. Son las 5.45 y tenemos 30 segundos para responder. El silencio se hace presente, no hay ecos, ni voces ni pasos, nada. El vacío siento la sangre en las sienes y me pasan un montón de cosas por la cabeza, la duda acerca de lo que pueda aparecer si acepto, Lucía y su amante, mi empresa, todo en unos segundos, la carga moral: ¿y si es algo malo? ¿si implica algún riesgo? Tengo ganas de correr.

En el reloj de la pantalla 5. 46.00. ¿decidieron? Y nos mira, primero a mi luego a mi némesis, ¿Adelante entonces? Adelante respondo y el otro tambien. Como en el entreacto de una ópera los demás aprovechan para toser, respirar y tomar cada uno su respectivo trago. Levantan la copa y seguimos. El hombre nos da la bienvenida y continuamos. 5.48. p.m. Ahora les voy a explicar de que se trata esto y el por qué de tantas molestias. La explicación termina con que es un asunto de tiempo milimétricamente calculado y que por eso habrá solo un ganador, a lo sumo dos.

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