ES TAN CORTA LA VIDA.
Frío, nada más frío, apenas empezaba a dejar de llover y el gris de la tarde lograba un poco más de color aprovechando los tenues rayos de sol de 5.30 p.m. El rítmico sonido de las últimas gotas de lluvia se desvanecía y su lugar fue ocupado por una serie de golpes de distintas calidades en la ventana, en principio le costó trabajo distinguirlos, luego terminaron mezclandose en la mente de Marío en ese espacio justo que se encuentra entre la vigilia y el sueño.
Se incorporó luchando contra el sopor vespertino que para ese momento se mantenía, convertidó ahora en el último vestigio de la siesta. Mientras tanto, mantenía firme la idea de recordar, paso a paso, lo ocurrido minutos antes cuando su conciencia no poseía ningún control sobre su mente. Mantuvo cercanas las sensaciones de las larvas que en sueños había visto transformarse. Observó como un gusano grotesco se convertía en un sólido pero gracioso insecto.
Metamorfosis o muerte.
En sus pensamientos recreaba la sensación de angustia del invertebrado, que respondiendo a un grito de la naturaleza que no podia explicar, luchaba con patas y cuerpo para salir de la tierra humeda y no ahogarse. Le parecio sentir como la luz azulada, recien descubierta, lo dejaba ciego momentaneamente mientras se acostumbraba a reunir las pequeñas y veloces imagenes que significarían su nuevo mundo. El ambiente caluroso lo llevo a moverse sintiendo el vigor de las patas y alas que sin esfuerzo eran capaces de levantarlo del suelo. Luego y con un potente impulso inició un viaje hacia un universo de rápidos movimientos que no conocia, en pocos minutos habia pasado del agua y la ceguera a la libertad colorida de la vida en la superficie.
Despues de ir para un lado y otro, luchando contras las corrientes de aire aún humedas que a manera de rezagos del diluvio que acababa de terminar se mantenían en el ambiente, se detuvo en una rama. Quizó parar el vertigo del vuelo. Sin entender porqué lo atraía un destello a lo lejos se dirigió a él: volaba, esquivaba, zigsagueaba, cuando la meta se agigantó un muro invisible lo dejó aturdido, se vió caer. Finalmente, la oscuridad lo cubrió todo. Entonces se despertó.
Mario tuvo presente que desde niño los insectos le habían atraido y mientras se trasladaba a otro tiempo fue hacia la cocina. Encendió lentamente la estufa y puso la cafetera; el ruido de la calle competía con el a veces fastidioso, a veces placentero sonido de la máquina de hacer café. Con una sonrisa bendijo a los instaladores de su nueva alfombra, aún descubriendo la nueva sensación en los pies se dirigió hacía el gran ventanal y limpió pacientemente el vidrio empañado y sudoroso. Pegó la cara para observar las personas que salían del edificio después de escampar, los veía correr para recuperar el tiempo perdido, aún con sus sombrillas multicolores desplegadas que los hacían parecer chinos recojiendo arroz en medio de un jolgorio; los pájaros de todos los tamaños se daban un banquete de tarde, justo antes de ir a dormir perseguian su comida por aire y tierra. La luz artificial que se reflejaba en el espejo de charcos en el suelo humedo parecía ser la señal que marcó el reinicio de todas las vidas concientes y brutas que hasta el momento y por algunos minutos se habían tomado el tiempo para simplemente a mirar la vida pasar.
Movimientos naturales, predecibles, después del aguacero.
En medio de la bruma que deja la lluvia, los torpes escarabajos que golpeaban el ventanal lo hicieron retroceder algunos pasos; lentamente, sin dejar de observarlos, su memoria empezó a desempañar recuerdos olvidados de su niñez. Sacudiendo la cabeza en un intento por alejar estos momentos, se dirigió al estereo y lo encendió con tan mala suerte que ponian en la radio una canción de aquella época. -¡Maldito recicle de canciones! – pensó en voz alta.- Nada que hacer; no había forma de resistirse al recuerdo, que como el destino está encadenado por eslabones de azar.
Tomandose un café sin dulce, sin soplar y de un solo envión, se sintió embargado por los momentos aciagos del pasado. No sabía cuántos años tenía entonces, cuando su perspectiva del mundo era desde un metro treinta; por ahora, con mirada distante y rencorosa le llegaba a la mente esa violencia inexplicable y brutal de aquellos tiempos; este sentimiento lo envolvió convirtiéndose en un pensamiento por mucho más amargo que la bebida que le quemaba la garganta.
Entonces era diferente el olor, cuando estabá en al selva era una mezcla de humedad, tierra y vegetación recien mojada, una percepción que cambiaba constantemente según los sucesos, también recordó ese olor ocre que usualmente venía acompañado de unos sonidos que anunciaban la aparición de los perros-caballo, al principio no se atreviá siquiera a mirar por la ventana para ver de donde provenían y hacia donde se dirigian, por lo menos una vez, en la tarde, cada semana, aparecian para luego después de unos chillidos demasiado humanos desaparecer selva adentro. Siempre se hacia el proposito de estar la próxima vez por lo menos preparado, listo para vencer el terror y resolver el enigma.
Su primer intento para resolver el asunto de los perros- caballo: después de varias semanas de planear y de medir mentalmente los recorridos y cuando creía que estaba próxima su llegada, cerró bien la puerta, también la ventana, tuvó presente que tenía que dejar varios puntos de mira en ambos costados de la choza; cosa que no sería muy difícil ubicando bien la llegada a las rendijas de la madera, así el problema de la visibilidad estabá solucionado, luego eliminar obstaculos para saltar de un lado a otro, apagar la lámpara no solo para ver mejor sino para no llamar la atención de los perros-caballo.
Cuando el momento se acercaba, su estado de nerviosismo y exitación lo hacia caminar de un lado a otro, un sudor frío le recorria el cuerpo y el miedo empezó a caerle encima, como una cobija inmunda y empolvada que no deja respirar; repasó los puntos que había escogido recorriéndolos una y otra vez a distintas velocidades, aprendió a esa corta edad que la espera, sin importar que tan larga sea, es una muerte a plazos.
De un momento a otro en medio del silencio.
A solas con el terror, los escuchó acercarse como una horda de pesadilla que arrasa con todo a su paso, por un instante quizó renunciar a su misión, esconderse bajo la cama, salir corriendo era impensable, ¿qué tal si lo perseguían? Sin más, afirmando las rodillas que le temblaban, limpiandose el sudor de las manos e intentando respirar, se deslizó hasta la primera hendidura que le permitía ver el exterior. Sí alguien hubiera observado su rostro se hubiera encontrado con una de esas muecas de los niños que se encuentran entre el llanto y la decisión frente a una pelea; definitivamente se habia decididó por lo segundo a pesar que su estomago estabá a punto de explotar a causa del miedo y la tensión. Pero… el miedo hay que encararlo, así nos estemos cagando.
Espectros de la noche temprana.
Simplificadas por la distancia, informes a lo lejos, pasaban velozmente, ¿cuántos eran? Díez, cien, mil. ¿Cómo saberlo en la penumbra? se concentró en un claro entre los arboles que permitian que la luz de la luna se filtrará y por donde seguramente los perros-caballo tendrían que pasar. Una lluvia pertinaz empezó a cubrirlo todo, sacudía los arboles de un extremo a otro y parecía que caían más hojas que agua, el hecho no parecía importarle a las sombras que corrian, se resbalaban y se incorporaban mientras las que venían atrás simplemente se tropezaban, saltaban o esquivaban: la solidaridad no existe en la selva.
Intempestivamente dieron un giro a la derecha, la razón no se podía entender y menos en medio de una aguacero que imponía una cortina grisasea sobre el manto negro de la noche, sin demora pasó a su siguiente punto de mira, parecía que se dirigían hacia él. Sin pestañear y temblando se mantuvo impasible para observar el espectáculo de hocicos babeantes y colmillos le daba un tinte siniestro a la escena, le parecía sentir el aliento tibio y nauseabundo que salía de sus fauces y que se veía como una hoguera con mucha leña verde. Pero aún era díficil de entender de qué se tratabá, pensó que los perros-caballo eran más grandes de lo que imaginaba, y era tan vertiginosa su carrera que nunca se percataron ni siquiera de la casucha, mucho menos lo iban a observar a él, simplemente pasaron de largo en busca de quién sabe qué.
En ese momento sonaron las llaves y la puerta del apartamento se abrió, era Virginia que llegaba y con un alegre -Hola- lo sacó de sus recuerdos mientras la veía empapada y tiritando de frío.
- Qué aguacero, ¿una toalla?
- Gracias.
- ¿cómo te fue?
- Bien, pero realmente esta ciudad se para cuando se orina un perro.
- Por qué lo dices.
- Preferí caminar antes que esperar en el banco, y mira como llegue.
- Pero una empapada de vez en cuando no tiene problema.
- Eso dices por que estás sequito, aunque estuvo divertido caminar mientras todo el mundo ponía cara de asfixia en los carros que no se movían ni para a delante ni para atrás.
- Sabes, he tenido malos sueños: pesadillas.
- Ah esos son los problemas, se le vuelven sueños a uno. Es Horrible.
- Virginia
- ¿qué?
- ¿viste cómo has dejado la alfombra?
- Ésta es la alfombra nueva, no me había dado cuenta, la volví mierda.
- No te angusties, aún, no es una trágedia.
Mario se quedo mirándola, aún mojada se veía más blanca, como resplandeciente, y la piel alcanzaba esa textura característica de la lucha por recuperar la temperatura normal del cuerpo, de hecho la humedad le sentaba, estar mojada desde la coronilla hasta los pies la mostraba como uno de esos clichés de película romántica . Entre sonrisas confirmó por qué se había enredado con ella; se le vino a la mente que cuando la conoció intento pensar como sería en cinco años; ahora que llevaban siete juntos, veía que no le habían pasado: una mujer estable en mente y cuerpo, a la que ni siquiera una lavada como la que había sufrido le alteraba el buen ánimo.
Mario cambió la música y viéndola secarse el pelo debajo de la luz indirecta de la pared le parecio ver a una estrella de rock que se prepara a subir al escenario, subió el volumen.
- !Qué buena canción!
- Cierto, no sé. ¿de quién es?
Empezó a verla bailar por todo el apartamento mientras se quitaba la ropa mojada y se ponía su bata seca y comoda. Virginia no necesitaba público para moverse como es debido, con una buena canción bastaba. De un lado para otro de la sala, en perfecta armonía con la música, hacia las veces de cantante, en ocasiones intercambiaba con el guitarrista y el baterista según el protagonismo de cada instrumento, cuando todo acabó se dirigió a Mario y casi ordenándole le dijo:
-¿A dónde vamos esta noche?
Mario, que aún no estaba del todo en este mundo, no respondia, finalmente como alelado dijo.
- ¿Qué?
- ¿Sí, a dónde vamos hoy?
- No sé, ¿Vamos a salir?
- Claro, no pretenderás encerrarme entre paredes hoy.
- No para nada. Arregláte y vemos.
- Listo, voy a escoger.
Y rápidamente, como una colegiala que recibe el permiso de sus padres para salir con sus amigas o con su nueva conquista, salió casi corriendo dirigiendose al closet. En ese momento Mario se dio cuenta que la espera sería larga, fue de nuevo hacia el estereo y sacó un par de discos, luego se sirvió un Whisky con un poco de agua fría y sin hielo. Cuando cerró la nevera y echaba el licor en el vaso oyó que desde el otro cuarto le gritaban.
-¡Sírveme uno a mí! Era Virginia queriendo calentar motores para la noche que ya empezaba a cubrirlo todo, incluso el ánimo; desde el apartamento se veian ya las lucecitas de las casas y calles que empezaban a brillar a manera de senderos para que no se pierdan los enanos. Antes de servirle el trago a ella, lo que implicaba devolverse a la cocina por el hielo, decidió apurarse el suyo que aún se mantenía casi puro, con un gesto de aprobación después del gran sorbo se devolvió a la cocina.
-¿Mucho o poco hielo? Gritó.
Virginia sacando la cabeza del cuarto para que le oyera mejor, le gritó con señal de molestia: - ¿Cuánto tiempo llevamos juntos? Como seis años y aún no sabes como me gusta el trago: ¡Sin hielo!
- Perdón estabá distraido. Y sonrió. -No te preocupes. Un besito.
Mario no respondió, sin apurarse ya estaba camino a la sala. Se detuvo acompañando el cambio de ritmo de la canción con la mano, sirvió descuidadamente mientras observaba el paisaje que rápidamente se habia oscurecido. Antes de pasar al cuarto, cerró la ventana que sacudia las cortinas a manera de fantasmas en medio de un huracan. Cuando entró en la habitación tuvo que andar en la punta de los pies para no pisar la ropa de todos los colores, usos y tamaños que estaba por todos lados, el único lugar seguro parecia ser frente al espejo que era precisamente el lugar donde estaba ella.
De un salto quedo detrás de ella y le paso el vaso cerca de la oreja remedando el ruido de los hielos con la voz. Se oyó entonces un gracias coqueto y amable, mientras, continuaba probandose un vestido rojo muy brillante por encima del cuerpo. Entonces, le dijo a Marío descuidadamente:
- Pensándolo bien. Sabes que es bueno cuando llueve en esta ciudad.
- ¿Por qué va a ser bueno?
- Ah porque los colores brillan más cuando deja de llover y todo huele fresco, a recien lavado.
- No sé, hace frío y la gente se encierra y se vuelve amarga.
- Como si el frío no se solucionará con una buena chaqueta o un buen trago, allá ellos, pero creo que piensan más y pelean menos aunque también casi no sonrien-. Respondía sonriente mientras se decidia por el vestido negro que al igual que el rojo, y como todos los que tenía para noches de fiesta, era brillante y justo.
- A mi me gusta cuando deja de llover, todo se pone lento como un perro que toma impulso para quitarse el agua de encima, y luego se sacude para seguir como si nada, creo que así funciona esto; se lava todo: los carros, la gente, las calles, las casas y luego todo sigue como si nada-. Decia Marío muy pensativo mientras volvia a servirse otro whisky y se acercaba a la ventana para volver a perderse en la vista.
-Es la excusa perfecta disculparse por que no se pudo llegar a tiempo, bueno ya no más, dejémos al agua en paz ¿para dónde vamos esta noche? Quiero que con este vestido todos se mueran, ahí mismo.
Marío la observó de reojo y solo sonrió anticipando el desorden de la fiesta. Ella con un cuidado de relojero dejó el vestido sobre la cama y se acercó sin escalas al espejo; empezó a maquillarse para iniciar la transformación para la noche. Comparaba lo que se pondría con los colores y texturas de su tocador, sin ningún afan, pero sin pereza, lo hacía con un ritmo parecido la de la música electrónica que se constituía en la banda sonora del momento.
Mario parecia conocer muy bien los tiempos de Virginia y los manejaba con música, sabia que era especialmente sensible y que se acomodaba tangencialmente a las velocidades que él le dictaba desde el sistema de sonido de la sala: ella ensayó rápidamente un par de posibilidades de cabello: libre, medio suelto, también una peluca de color no natural, finalmente decidió soltarlo sin complicarse. Se puso el vestido y los zapatos que le acompañaban, finalmente fue al bar y se sirvió un gran trago de brandy; se asomó a la ventana y oteo lo que sucedia abajo, decidió que ya estaba lista para salir: - ¡estoy lista! Cuando la oyó, Mario pensó que definitivamente en estas situaciones el tiempo no depende de los hombres, se maneja con reglas femeninas.
-Bueno, recojo mi chaqueta y vamos.
-Te espero en el ascensor.
Mario apagó la música y las luces principales, entonces el apartamento se transformó en una cueva moderna, con luces indirectas que le daban cierto aire macabro pero elegante.
Se abrió el ascensor que sin escalas los llevó directamente a los parqueaderos del edificio, subieron al automóvil un Audi de última generación color oscuro , aúnque Virginia reía, Mario estaba más bien absorto; encendio el motor, prendio la radio y salieron lentamente mientras una lluvia fina volvia a caer, rápidamente tomaron la av. Circunvalar al sur, buscaban la zona de los bares, el asfalto humedo alargaba las luces amarillas del alumbrado público pero se tragaba el resto, aceleró, le gustaba el sonido que producen los neumáticos sobre el pavimento mojado, a pesar del frío, bajo un poco la ventana para oir mejor, a lo lejos los edificios altos del centro eran una especie de faros de luces minúsculas, el punto de orientación de los noctambulos bogotanos. Abajo la ciudad con miles de luces, demasiado grande para entenderla, pensó Mario en silencio.
Virginia por su parte escuchaba con atención una canción ochentera que parecia llevarla a otra época, veía las pequeñas gotas de agua que quedaban en el vidrio lateral, mientrás desenfocaba el resto, era un juego de niña, algo que hacia desde cuando los escoltas del ministro la recogian en el colegio, la canción y la escena misma la llevaron a recordar sus solitarios días de niña, subio el volumen para sacudirse las ideas viejas, sonrio y empezó a cantar. Pasaban luces y luces.
- ¿Te gusta esa canción?
- Si, me recuerda cosas.
- ¿Qué cosas?
- No nada, de mi Papá, cuando me mandaba a recoger al colegio. Era buenísimo por que llegaban en un carro y un par de motos de la policía nos abrian paso.
- Me imagino.
- Entonces yo les hacia muecas a las viejas y a los tipos les mostraba las piernas y como estaba con la policía no sabian que hacer.
- !Siempre una maldita!
- Era juego. Recuerda tienes que bajar por el parque.
Cuando salieron a la Carrera Séptima Mario vio los taxis que indicaban que ya estaban en una vía más transitada y no pudo dejar de mirar la virgen que estába al costado izquierdo, agradeció el semaforo en rojo que le permitió centrar su atención en la imagen, sin decir nada se encomendó con la mirada.
- Muchos taxis, son como una plaga. ¡Cambió el semaforo dale!
- Espera no ves que están pasando.
- ¿Qué toman los punks?
- No tengo ni idea
- Bueno lo que sea emborracha. Míralos.
Virginia los seguia con la mirada, centró su atención en las botas industriales rojas, verdes y vinotintos que llevaban, las chamarras de cuero, los pantalones ajustados y los pelos plateados también le gustaron; eso sin olvidar los gestos de músico ebrio que hacian; mientras, Mario se preocuba por el taxista que estaba a punto de cerrarlo, aceleró más y logró adelantársele, se rio cuando vio la cara de molestia del conductor por el retrovisor.
Virginia jugaba con la música del automóvil, subia el volumen, estaba bastante animada. Ya estaban llegando a Salamandra que era el lugar que Mario había escogido sin consultarle, pero a ella no le pareció mala la elección, se sentía a gusto en el ambiente del lugar: lo suficientemente glamouroso. Cuando llegaron el muchacho del valet parking les recibió el vehículo y pasaron la puerta de teatro de los años 50 del lugar, era un sitio que habían adaptado, aún conservaba los palcos y la estructura general, pero el sonido, las luces, y todo lo demás era un derroche de tecnología y dinero. Allí la elegancia clásica y lo cibernético de la tecnología se reunian para dar lugar a los más bellos de la ciudad. En Salamandra se podía encontrar desde el más cyber de los hackers hasta la modelo más famosa en su mejor traje, el lugar sonaba perfectamente y del dj, conductor de la noche, dependía de qué color y con qué espíritu llenaban la atmósfera que bien podría ser del rojo de un cuarto del infierno o de un azul frío y metálico: Salamandra nunca era igual.
Los porteros del lugar parecian sacados de una película de ciencia ficción y eran el filtro de entrada, un pasaporte a otro mundo, tres tipos que hablan en varios idiomas manejaban lo divino y lo humano de Salamandra, sin su anuencia era imposible pasar, controlaban las puertas de este inframundo.
Adentro las mujeres del lugar; también los hombres, eran los encargadosa de guiar al que así lo quisiera por este jardín de las delicias y creánme que en Salamandra todo el mundo quería. En medio de los beats electrónicos de la música era un lugar con aire enigmatico y maldad atrayente en cada uno de sus detalles.
Esa noche Mario y Virginia estaban como siempre en medio de las miradas de todo el mundo, el punto de encuentro de hombres y mujeres que buscaban acercarse directamente sin procacidad. Ellos eran concientes y los dejaban hacerlo sin comprometerse, pero dando lugar al juego; la noche se convertía en el momento en el cual sacaban su belleza profunda siempre despiadada. Bailaron por varias horas, Virginia con su estilo particular bastante enérgico, un autómata con alma; Marío como un ángel oscuro en la noche de Salamandra, silencioso, nunca una carcajada: se divirtieron, se tomaron todo el alcohol y todas las drogas que estaban disponibles, nunca dejaban nada para el amanecer; eso sí, cuando la noche desaparecía, huían con ella para guarecerse en su casa, lejos de todo el ajetreo.
Lunes, Día de Muertos.
Era lunes por la mañana, primero del mes y Candelaría fue a la plaza de mercado de las Nieves a comprar unas hierbas para hacerse uno baños 7 amargas y 7 dulces que era lo que acostumbraba. Aún era de mañana y el sol no se asomaba.
- Por favor deme: Higuera, Ruda, Tartago, Yerba Bruja, Adormidera, Anamú y Espasote. Bien frescas. Listo, aparte deme: Yerbabuena, Manzanilla, Mirto, Paraiso, Poleo, Menta y Romero. Las contó y las acomodó envueltas en papel periódico amarrándolas con una tira de fique que sacaba de un costal que tenían a la mano para deshilachar a medida que se vendian las hierbas.
El viejo regordete de sombrero, saco viejo y sin afeitar que vendía las hierbas le lanzó una mirada lasciva cuando se iba y le extendió un ramillete de margaritas amarillas mientrás le decía que era para que volviera. Candelaria aceptó con indiferencia y con un gracias y saludos a una tal Oliva lo dejó en su sitio.
Salió para su casa a prepararse el menjurje cuando ya estaba aclarando, la plaza de mercado no le quedaba lejos y decidió caminar, cuando salió a la calle se arregló el saco para aguantar el frío que a esa hora hacia ver su aliento como si fumara. Se fue esquivando niños que salian para el colegio acompañados de sus madres, fijándose en lo bien peinados que iban y en como tenían que casi correr para sostener el paso de los adultos; lo buses atestados de esa hora le hacía agradecer con una sonrisa que no tenía que tomarlos para cumplir con sus actividades diarias. Cuando abrió el portón de su casa de pobre ya estaba bien de mañana; se dirigió a la cocina y encendió una estufa de gas en la que pusó las hierbas sobre una buena llama, las tapó y mientras la infusión se realizaba fue a un altar que tenía en la habitación para encender un par de velas, cambiar el agua y hacer un par de oraciones a los santos de su predilección; luego cuando ya estuvo el agua hirviendo la sacó en un balde que alguna vez fue caneca de pintura y se fue al baño para hacerse el baño. Primero las amargas, luego las dulces entre tanto rezaba padre nuestros y hacía sus peticiones por ella, por su hijo Mario, por trabajo por protección, luego se escurrió el agua sin secarse y salió hacia el cuarto que quedaba al otro lado del patio para vestirse.
Se vistió de negro, pobre pero dignamente y salió de nuevo a caminar a la calle, ya era media mañana cuando llegó al Cementerio Central después de soportar el asedio de taxistas y obreros que le hacían piropos baratos a pesar de su edad y aire digno. Compró unas flores en la entrada al cementerio; ya el vendedor la conocía, lo mismo el celador que la saludó como se hace con alguién de confianza: por su nombre y con una sonrisa. Candelaria entró y fue a visitar las tumbas de los N.N. que se encontraban casi negras por el humo de los fieles que las visitan para rayarles cruces y pedirles favores; las golpeó tres veces, como quien toca la puerta y les rezó en susurros mientras les encendía veladoras, al final les dejaba una flor y seguía por otras en un recorrido que podía durar un par de horas. Llegó a una tumba que tenía la estatua de un industrial que antaño tenía fama de ayudar a los pobres en vida y cuya tarea no pudo abandonar ni siquiera después de muerto, por eso la gente recurria a él, lo acariciaba, le dejaba flores y le hacía peticiones, aquí había que hacer fila para pedir pero no importaba, era Lunes de Muertos y ella no tenía afán.
Continua....
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