jueves, 16 de octubre de 2008

A Bajo Costo.

¿Vale la pena escoger el destino?
Era el diablo, con un dedo metido en todas las trampas.


Caminaba por la calle 13 que a esa hora estaba habitada por los indigentes y uno que otro oficinista madrugador que corría para llegar al trabajo, ese día como todos los de octubre había bruma y el piso aún estaba humedo por la lluvia de la noche. Caminaba rápido, casi siempre mirando al suelo; quería llegar al hospital donde estaba mi mamá y para hacerlo debía pasar por la zona comercial de los pobres de Bogotá. De vez en cuando algún barrendero se me atravezaba sin detener su trabajo y sin mirarme, o los harapientos y su inmundicia me pedían monedas que obviamente no tenía, eran tiempos díficiles y en medio de la pobreza no tenía ni para un café; lo único que podía dar era indiferencia; simplemente los ignoraba y me consolaba con la idea que definitivamente algunos están más jodidos que uno.

Cuando llegué a la avenida Caracas, el hombrecito del semáforo para peatones estaba en rojo, como duraba bastante tiempo pues es una vía transitada me puse a ver cosas de la calle, los buses atestados; primero uno, después el otro pasaban en medio del humo, me sorprendía que el piso temblara a su paso, me gustaba distraerme así, para olvidar un poco los problemas, a veces hasta contaba carros. Recuerdo muy bien que antes de cruzar la avenida, como si esperará el momento preciso, un flaco cincuentón que repartía volantes me tocó el hombro y me dío un papel rojo con tinta negra, en el momento no logré leerlo, ya tenía que cruzar, cuando estaba al otro lado no sé por qué si era un papel más de los que dan en el centro de la ciudad me detuve a leerlo: “¿necesita dinero? Prestamos a bajo costo sin fiador. Acérquese, la solución a sus problemas está a la mano.”

Guardé el papel en un bolsillo, miré el semáforo que estaba por cambiar de nuevo y cuando intenté buscarlo entre la gente, el tipo que hace tan solo unos segundos estaba a mi lado se había esfumado; sin más, continué mi camino en dirección del hospital, ya sonaban las rejas del comercio que recíen abría, mientrás los dueños tomaban café en vasos de plástico y como gatos perseguían los primeros rayos de sol para calentarse; sus ayudantes abrían las puertas. Era un trayecto de hormigas que cargaban cajas, bultos y herramientas. Ese día parecía que todos los camiones hubieran llegado al mismo tiempo. Estuve esquivando cargabultos que con un silbido o un grito me hacían correr so pena de ser atropellado por hombres que cargaban casi su peso al hombro.

Para recortar camino, doblé por una callejuela que me sacaba directo a la Plaza España. A esa hora apenas llegaban los dueños de los puestos. Siempre me pareció un laberinto de pobreza, me metí entre montañas de ropa vieja con olor a guardado, entre zapatos raídos que sin embargo estaban mejor que los mios, en la cabeza tenía en mente a mi madre y su enfermedad, sin embargo aún tenía tiempo para chismosear un poco; me detuve un momento en uno de los puestos donde estaba una chaqueta que hace unos días había cambiado por unos billetes que me sirvieron para un almuerzo barato. La situación me descompuso y decidí que era mejor ir al hospital, cuando estaba por llegar me detuve en las funerarias de la esquina, unos locales oscuros con olor a madera que vendían ataúdes nuevos baratos, observé los precios y la alternativa no era esperanzadora: no tenía con que pagar nada en el hospital aunque era de caridad y si la vieja se moría, salvo una fosa común para NN del cementerio del sur no había forma de enterrarla, ni siquiera tenía para un cajón de madera reciclada donde meterla. Crucé la calle y con todo eso me puse en la fila para entrar.

Recordé el día que me quedé sin trabajo por un lío de faldas, ni siquiera me preguntaron si era cierto, aunque lo fue; pude haber dicho alguna cosa y salirme del problema pero no fue así, me llegó una carta donde se anunciaba mi despido. Eso fue un año antes de que cayera enferma mi mamá, no pude conseguir otro empleo y me había mantenido en la casa de familiares que no nos cobraban y amigos que según sus posibilidades ayudaban de vez en cuando para comer. Lo había intentado todo y no lograba nada. Incluso fuí a ver a un par de brujas de barrio para que consultarán en naipes y tasas de chocolate qué era lo que pasaba, pero las razones incoherentes que me dieron no me habían servido mucho; aúnque permanecí más o menos tranquilo por algunos meses, para ese momento la situación era desesperada y no sabía qué hacer, todo estaba cerrado. Estaba jodido.

Cuando salió el celador con la planilla de visitas me sacó de los recuerdos.

-Familiar de Liboria Balbuena- Así gritó el tipo que tenía ya el uniforme desteñido y un bigote que no se sabía si era real. Cuando me acerqué me preguntó mi nombre y mi número de identificación, con letra torpe de analfabeta lo escribió en una planilla mientras las demás personas empujaban para buscar por cuenta propia a su familiar en el listado. Yo conocía el camino, era una sala de observación donde había más de 15 camas perfectamente alineadas en filas de tres, allí estaban los enfermos que necesitaban atención especial y rondas más continuas, la de mamá era la 14 a. Cuando llegué estaba como siempre con esas batas verdes que no sé de que material serán, con mangueras que llegan a un frasco de suero y con máscara de óxigeno, cuando me vío sonrío un poco y se quitó la careta para saludarme, en ese momento pude ver su rostro enflaquecido por la enfermedad y sus labios resecos por la desidratación. A pesar que su condición hacía que hablar no fuera una tarea fácil, me preguntó con voz apagada cómo estaba, qué tal la casa, si me alimentaba, también si los gatos tenían comida; cosas que en mujeres como ella son el día a día. Yo la escuchaba y para no mentirle porque me descubriría al instante, le respondía a todo afirmativamente, sin darle mayores detalles.

Ese día la visita fue muy corta, pués debido a su estado y a las condiciones de la sala donde estaba, no permitían sino una persona por cama y habían llegado las primas y unos vecinos que querían hablar con ella. Vino la enfermera para aplicarle un medicamento, yo me hice a un lado detrás de un biombo que ponían para esos menesteres, cuando lo retiraron la vieja reflejaba el dolor en su cara, aunque no era cobarde y estaba acostumbrada, los chuzones la afectaban. Cuando la enfermera se retiraba recuerdo que llegó el médico y con ese aire de dueño de la cura y de la enfermedad miró los datos que estaban en el formulario que ya iban por la tercera página; ni siquiera la examinó. Me miró con cara de juez y se fue a la siguiente donde hizo lo mismo. Lo observaba trabajar y me preguntaba si cuando uno tiene algo de poder sobre otro le cambia la mirada y la actitud para hacerle verlos como una mierda, seguramente sí; yo queria patearlo.

Volví a acercarme ya para despedirme, le dije un par de cosas, como siempre desde hacía algunas semanas me respondió con la mirada; decidió no quitarse la mascara para hablarme; en algunas ocasiones yo prefería huir para no ver la cara de tristeza de la vieja. De verdad creo que la impotencia crea cobardes. Salí de la habitación y en la planta baja me encontré con los familiares y amigos del barrio, los salude, le entregué la ficha que me había dado el del uniforme desteñido a una de mis primas y salí a la calle para continuar la busqueda del dinero que sabía tenía que pagar cuando la dieran de alta, si la daban, bueno si moría también. Creo que si cuando el paciente muere no tuvieramos que pagar se esforzarían más.

Cuando salí ya había pasado el medio día, metí la mano en el bolsillo y busqué el papel que me había dado el tipo en la Caracas, lo encontré y además había un billete doblado como un cuadrado pequeño que seguramente mi prima había puesto allí cuando nos despedimos, me alegró el gesto que de paso me pareció un buen augurio y fui a almorzar para aclarar las ideas. empezaba a llover y los niños disfrazados que pedían dulces se guarecian en el restaurante viejo que había escogido. Mientrás comía en plena hora de ebullición observé el volante, no daba mayores detalles acerca de la forma de prestamo, simplemente había una dirección cra. 10 23 -17 resaltaba que era dinero a bajo costo y para cualquiera: sin codeudor. Pese a la incredulidad no tenía nada que perder. Esperé a que dejará de llover y me fui a buscar la dirección. Cuando llegué la gente se estaba dispersando, La tregua del aguacero sería breve y aún permanecían unos pocos en el umbral de la puerta: los indecisos entre salir o quedarse a escampar. Algunas personas me dijeron que ya no me atenderían; pregunté de qué se trataba el negocio y nadie me supo informar, en forma escueta como quien ve en el otro un rival decían simplemente que prestaban plata pero como venía tanta gente lo mejor era madrugar. No me dieron ningún otro dato que me fuera útil, es más, no parecían tener nada claro y creo que estaban igual de perdidos que yo. Los truenos anunciaron que venía el agua, entonces salí del edificio que se notaba medio desocupado y sin administración que lo cuidara adecuadamente. Decidí caminar un rato.


La soledad nos pone a pensar en si mismos y en lo mismo, esa era mi condición por esos días, me preguntaba en cuál momento me había jodido, de quién dependía mi estado actual, por qué a mí, todas esas preguntas que se puede uno hacer cuando la vida lo atropella, la autoindulgencia no era una de las salidas que utilizará para este tipo de cosas; culparme no ayudaba mucho y de darle vueltas a la situación terminaba convertído en un verdadero inútil. :También podría involucrar al destino que es un enredo de circunstancias pero era demasiado fácil y tampoco servía para nada. Esos eran los pensamientos producto de las circunstancias que me atacaban y compartían el terreno con las cosas prácticas que debía solucionar y que no lograba componer a pesar de esfuerzos y ruegos. El papel aunque sospechoso se convirtió en mi única posibilidad de conseguir dinero, ya vería después como lo pagaría. Esa noche le llevé la comida a los gatos, comí yo también algo por ahí, una caja de cigarrillos y el billete de la prima se estaba extinguiendo, le volví a a agradecer. Intenté dormir con la tranquilidad que da la desesperación.

Fue una noche de pesadillas y fantasmas, me perseguían, creo que nunca había corrido tanto, unos malditos enanos me herían de todas las maneras, no me acuerdo por qué cerrándome el camino como a un ternero me llevaban hasta un pozo de fango y aguas podridas donde me atascaba, si intentaba salir me golpeaban con unos garrotes o me lanzaban rocas. Esos eran algunos de los detalles, obviamente lo que me quedó en la memoria fue una sensación de temor. Me desperté varias veces con sobresaltos, me costaba un poco de trabajo definir qué era vigilia y qué sueño. Así lentamente amaneció.

Cuando aún no salia el sol me levanté a preparar café, no sin antes encender el radio para escuchar alguna voz que no fuera la mia, eran las noticias usuales: estado del clima en la ciudad como sino fuera evidente, y una lectura de títulares de periódicos, algun mensaje positivo, todo en una correcta voz de locutor; de esas que cuentan atrocidades con una tranquilidad que parece la de un profesor que explica una conjugación de verbos. la mañana estaba fría no paró de lloviznar desde la noche anterior, de manera que levantarse era un acto de heroísmo. Me bañé velozmente porque donde vivía sólo había agua fría y rayaba la piel; con ánimos renovados y un buen presentimiento salí de la casa directo para la oficina de préstamos. En la calle los rios causados por la lluvia constante me retrasaron un poco ya que había que buscar el mejor lugar para pasar. Precisamente cuando lo encontré ocurrió lo impensable: estaba en la mitad de un puente improvisado con tablas y ladrillos y el indigente que al parecer lo había construido me pidió una moneda como peaje, el hombre me insistía sin dejarme pasar, yo volteaba un poco la cara para no recibir su aliento de muerto con varios días de descomposición, le explicaba, que por favor, que tenia que llegar rápido a cierto lugar, que era importante, pero el tipo no se movía. Al final le grité que me dejara pasar y como pude lo empujé, en medio del forcejeo me miró con rabia y caímos abrazados al agua. Después pensé que eran preferibles los enanos del sueño que ese tipo.

Nada que hacer, como podía ir a pedir dinero prestado en ese estado, me devolví angustiado lo más rápido que pude. Había perdido casi una hora, cerraba la puerta cuando empezó un chubasco típico bogotano; era el colmo, ahora no me podía mover de la casa. Entré y me puse a ver por la ventana el aguacero que parecía interminable, a veces maldecía a veces me resignaba. Dí vueltas de un lado a otro y para distraerme prendí el pequeño radio de transistores en el que escuchaba deportes cuando salía a la calle; había noticias de los salarios de los jugadores y de sus excentricidades, me aburrí de tanta bobada y lo apagué, ya estaban cayendo unas goticas finas, soportables, sombrilla en mano salí a buscar el préstamo.

Ya eran casi las 9 de la mañana, me preocupé por que seguramente tampoco me atenderian ese día.

Casi corriendo, que era lo más rápido que podía ir entre los vehículos y los charcos recorrí las veinte cuadras que me separaban de la oficina de prestamos, me tranquilicé cuando vi que la puerta del edificio estaba abierta, entré y vi una fila bastante larga que recorría unas escaleras sucias y mal iluminadas. Sin más me puse detrás de una mujer con un par de mocosos que desde que me vieron empezaron a jugar entre mis piernas, yo no soy muy adepto a los niños y los apartaba diciéndole a la señora que los controlara, como no logró nada, mejor se fue, me había ganado un puesto gracias a esos enanos. Nadie hablaba, eran concientes que todos éramos rivales para el préstamo y se veían los celos y el rencor entre desconocidos. Reconocí en esas caras lo despiadada que es la necesidad.

En un momento se abrió la puerta de ingreso a la oficina y los que estabamos allí vimos salir a una joven de unos 20 años que tomándose la cara con las manos en medio de sollozos bajó la escalera velozmente buscando la calle, su actitud era sintoma de que le habían negado el dinero. En medio de los murmullos socarrones de la gente creí que el papel que me habían dado en la calle era otra patraña para embaucar, y que los préstamos podían ser negados si el paciente no tenía más dinero que el que necesitaba: sin prenda no hay préstamo.

Con la ropa húmeda y mala cara decidí esperar a ver que sucedía. Volví a escuchar las escaleras porque desde mi posición no se veía la puerta, el siguiente en bajar fue un negro descamisado, flaco, alto, al que parecía no importarle el frío, el hombre bajó con aire resuelto y frunciendo el seño, cuando alguién le pregunto cómo le había ido lo miro como diciéndole: no pregunte pendejadas, yo lo seguí con la mirada mientrás desaparecía en la luz de la calle. La fila avanzaba lentamente, ya serían las once de la mañana y llevaba dos horas viendo paredes mohosas y gente que no prestaba los ojos para charlar. A los pocos que habían salido no se les podía decir nada, esa era la constante: nadie hablaba después de entrar en la oficina.

Recorde que aún tenía un cigarrillo del día anterior y encendí uno, algunos me miraron, pero ese era un lugar sin dolientes. Me importó un carajo que el humo inundara el lugar, estaba en esas cuando un hombre se me acercó a pedirme que le vendiera uno; compartimos; aunque era un tipo con necesidad no era miserable y si había se compartía cuando no, pues no; con el humo como disculpa empezamos a hablar. El tipo era alegre, con mirada veloz y verbo fácil, según me dijo había llegado de San Andrés hacía pocos días, no conocía bien la ciudad pero por lo poco que había visto era igual que en cualquier parte: sin dinero no se funcionaba. Su intención no era pedir plata sino trabajo. Tenía pensado ayudar en los cobros, porque; y sonaba lógico, no creía que toda esa gente fuera a pagar así no más. Mientrás estabamos en la escalera en un ataque de honestidad o por fantoche me contó que ya había tenido experiencia en ese tipo de encargos. Que tenía buenas cartas de presentación. El tono frío con que lo dijó me produjó un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, quién se sabe qué cara puse pero él pareció darse cuenta y entre risas me dijó que no me preocupará, que todavía no lo habían contratado y de pronto eran gente de abogados o quizas, a lo mejor, yo nunca me atrasaría en los pagos. A mí el hombre me pareció el demonio y deseé nunca encontrármelo. Terminamos el cigarrillo, me dio la mano y volvió a su lugar en la fila sonriente y observándome de medio lado como un perro taimado. Sentí nuevamente que la sangre se me enfriaba. La fila avanba y yo andaba nervioso.

Podía salirme de la fila que de un momento a otro empezó a correr a buen rítmo, pero no había nada que hacer; era una decisión tomada y además qué podía perder si necesitaba el dinero. La necesidad tiene esa particularidad; cierra las posibilidades de elegir, la mayoría de las veces deciden por uno, se está sujeto a la voluntad del otro. Recordaba las personas que habían dejado la oficina, la mayoría salía con rostros contrariados y los satisfechos eran menos. Cuando estaba a dos personas de la entrada me dediqué a observar los muebles viejos que decoraban una especie de sala al final de la escalera, intentaba explicarme por qué alguién que presta dinero se ocupaba tan poco por el mobiliario. Intenté oír lo que sucedía adentro pero no me fue posible. Entró la doña que estaba delante mio, le abrió la puerta el obrero que recién salía y ella se filtró de medio lado como quien se cuela en un bus. Rápidamente cerró la puerta y no alcance a ver más que una ventana desde donde se debía observar la calle, la iluminación total de la oficina contrastaba con la penumbra en la que nos encontrabamos.

Me puse ansioso antes de entrar, me sudaban las manos y la frente; cuando parecía que abrirían la puerta me sequé las manos en el pantalón, tomé aire y mirando al suelo esperé lo que seguía. Ya se me había olvidado lo que diría cuando me preguntarán para qué era el préstamo, o toda esa introducción que se hace para este tipo de asuntos, era algo sencillo pero por el momento no me acordaba de nada. Salió la señora no recuerdo por qué no quise mirarle la cara, yo sólo observaba el piso de la oficina y cuando vi el haz de luz supe que debía entrar.

El tipo se levantó de su silla y amablemente me tendío la mano sin decirme nombre alguno, igual no hacía falta; era regordete de cara aindiada, lo que más me llamó la atención fue su forma de vestir: vestido blanco con camisa roja y corbata también blanca, parecía una caricatura de un salsero de los setenta, con sonrisa amplia y ojos acusiosos atendía con cuidado lo que yo le decía, que mi mamá estaba en el hospital y no tenía trabajo desde hace meses, todas las explicaciones empezaron a salir como si de ellas dependiera el préstamo, como si le importará. Por alguna razón, seguramente por su amabilidad y tranquilidad no me vi tentado a mentirle, igual si me pedía referencias no tenía como sostener nada fuera de la verdad. El hombre sonrió y me preguntó cuánto necesitaba, cómo me había enterado de la oficina y que quién respondía por mi. Le expliqué todo, que necesitaba 2 millones, que un hombre en la calle me había dado un papel y que nadie podía responder por mí. Mientras le decía observé el escritorio donde estaba un reloj, un libro de contabilidad grande, un teléfono, nada sobraba todo era bastante austero.

El hombre se rió y se levantó de la silla. Empezó a hablar sin mirarme; me decía que ellos no eran beneficiencia pero que prestaban sin fiadores como una forma de ayuda a los que la necesitaban y que les encantaba la gente como yo, personas cuyo único respaldo eran ellos mismos. Me dijó que me había escuchado atentamente y que su deseo era colaborar para que yo pudiera solucionar los problemas de mi madre y de paso algunos más. Hizó una breve pausa antes de preguntarme qué lo que estaba dispuesto a hacer para conseguir el dinero. En ese momento se me vinó a la cabeza que me estaba metiendo en la grande y que de eso tan bueno no dan tanto y que en cierta forma me condenaría tarde o temprano. El hombre pareció leerme el pensamiento e intentó tranquilizarme diciéndome que él entendía que esas cosas parecían fuera de lo común, pero que no me preocupará, no tenía que prestar mi nombre, tampoco llevar drogas, ni mucho menos hacer daño a otros, que no se trataba de eso, simplemente se trataba de hacer un favor, por decir algo: compramos un pedazo de cielo con ayudar a personas como usted.

- Después de conocer todo esto ahora sí dígame: ¿en qué puedo ayudarlo?
- Mi nombre es Andrés Felipe Valverde y recibí este papel en la calle el otro día. He venido ya un par de veces para saber cómo es lo del prestamo.
-¿Para saber cómo es o a pedir prestado?
- Disculpe, a pedirle dinero prestado.
- ¿Cuánto?
- Serían 2 millones. Verá estoy desesperado. Me siento como ahogado por no poder hacer nada. Y parece que nadie me puede ayudar. Esta es la única posibilidad que tengo para solucionar lo del hospital de mi mamá.
- Hmm… ¿y nadie le quiere ayudar? ¿le parece raro que los demás pasen a su lado y no sepan nada de sus problemas? Usted pasa al lado de mucha gente todos los días y no sabe nada de ellos y tampoco le interesa que les preocupa, la procesión que va por dentro. ¿y ahora viene dónde un extraño a que le preste?
- Creo que esto es un negocio y usted gana por lo que me preste ¿no? pero no lloro por que no me presten, me preocupo. Sufro pero debe ser por que ella o yo hicimos algo mal, esa es la causa ¿creo? Nace de algo que hicimos mal. Es culpa nuestra y no debemos culpar a otros. Así que no pienso mucho en los líos del vecino. No se sufre por que sí. Eso si intento solucionar con lo que está en frente.
- Sabe, le compro la idea. Estoy de acuerdo: sufrir por puro azar sería una desgracia peor. No está bien visto. Y no se puede tolerar que algo se produzca así nada más, porque Dios lo quizó, sin que cada cual tenga que ver. Sería perder el control; hay que sumar lo que uno hace con lo que viene después de eso, de lo contrario qué ¿nos sentamos a esperar? Los errores son la cuota inicial de la desgracia. Según usted. Aclaro. Pero me gusta; puede ser un buen punto.
- Que mal pero es cierto, los errores mios o suyos o de los que están allá afuera o de los que ya se largaron con o sin dinero son la cuota inicial del fracaso. Ahora que hablamos aquí como si no tuviera nada de que preocuparme: El verdadero fracasado no es el que no tiene éxito en las cosas grandes: el que no ganó el campeonato mundial o el que no tiene un millón de dolares en la cuenta. A la mayoría no le suceden esas cosas. El fracasado como yo es el que falla en las cosas pequeñas: No llegar a construirse una casa, no conservar un amigo, no enamorar una mujer. No ganarse la vida como todo el mundo. Ese es el fracasado más triste. Ahora entiende mi situación.
- La entiendo, tenga paciencia.
- Paciencia, si estoy aquí es por que no tengo paciencia, no puedo tenerla, en este estado de desesperación que voy a tener paciencia, agoto mis posibilidades y esta es la última. De lo contrario se muere mi mamá y de la frustración me metó en el hueco con ella.
- !Aha! Si eso de la paciencia solo funciona cuando las circunstancias lograron vencer, cuando no hubo tiempo ni lugar para solucionar el error, así sea un poco. Sabe; hay quienes dicen que es una virtud, yo no creo eso. Creo que la paciencia, la paciencia solo es practicada cuando las cosas ya no dependen de uno, cuando nos rendimos. Y eso es lo que queremos evitar. ¿cierto? No hay que entregarse.
- Cierto.
- Andrés: Sufrir no sirve de mucho. Por eso ayudo a personas en circunstancias particulares como la suya, Pero tenga presente que no somos una casa de beneficiencia. Aquí nada es gratis, los costos serán altos, no ahora, después. Le puedo prestar un dinero que le solucionará su problema inmediato, pero si solo solucionamos eso quedaría usted otra vez en la misma y quién me responde. ¿entiende?
- Yo le pagaré, pase lo que pase.
- Creame y de verdad creame; sé que me va a pagar. Piense que a partir de su firma en este papel le dare lo principal para que solucione esas cosas pequeñas de las que me habló hace un momento, para que no se sienta como un fracasado. Le hare un favor.
- Muchas gracias. De verdad no lo voy a olvidar.
- Eso se lo aseguro. Siguiendo con su filosofía desde hoy no sufrirá por nada. Le dare 10 millones y usted le pagará cada mes a una persona que enviaré desde el próximo mes y por los siguientes quince años. No se preocupe, también sé que no habrá dificultades en el pago. No hay la menor posibilidad para que deje de hacerlo. Al final; cuando no sea un fracasado viene el pago de los verdaderos intereses,
- ¿Los verdaderos intereses? ¿cómo así?
- Sí así es, de cualquier manera después de quince años de estar con el estomago lleno, con dinero, seguramente con mujer e hijos no será tan difícil. Pero estos intereses no son dinero eso también es una certeza.
- No se. Me asusta un poco.
- Se asusta, Ahora se asusta, me ha hecho parlotear para asustarse, no me haga reir, mejor no me haga emputar: le doy la posibilidad de cambiar su vida, de salir del fracaso y de esa soledad que no termina sino en la locura o el suicidio para que después lo tiren a una fosa común en el cementerio central como le va a pasar a su mamasita si no la cambia de hospital. Piénselo.
-Esta bien. Acepto, acepto igual ¿hay alguién que no quiera lo que puede tener? Creo que puedo cambiar que lo que me pase lo decida el tendero que me fia o mi prima que me presta plata o una clínica de mala muerte.
- Esa es la actitud. Fuerza y no se preocupe. Sé bien por que llegó aquí. En cuanto al destino ¿cree que podemos escogerlo? Piénselo.

Sonreí cosa que no le gustó por que me increpó para preguntarme si creía que eso era un juego, me disculpé y le dije que no, que no pensara mal y que le agradecía el favor y que además haría todo lo posible para no quedar mal. Mi actitud lo tranquilizó y volvió a su estado de amabilidad. Luego me dijó: muy bien. Llamó por teléfono solicitando la cantidad que me prestaría. Aunque todo parecía ir sobre ruedas y en ese momento creí que Dios existe yo no estaba ni mucho menos tranquilo, algo me decía que me equivocaba. El hombre escribió la fecha, una dirección y el valor del prestamo en el cuaderno grande que tenía sobre el escritorio; luego me mostró los datos para que los verifícara, a continuación me lo quitó. Entró el mismo tipo que me había dado el papel en la Caracas hacía dos días, al verlo me pareció alguien insignificante que trataba a su jefe con excesiva salamería. Recuerdo que antes de salir por la puerta alterna se detuvó un poco para escuchar más, pero fue sacado de la oficina.

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