viernes, 19 de septiembre de 2008

apagón intro

La luz de la luna delineaba con destellos de soldadura los árboles de la avenida al aeropuerto que el viento mecía de un lado a otro. De no ser así la oscuridad total. Ya había pasado la zona de edificios nuevos apretujados y en ese punto no transitaban muchos carros. Bajó un poco la ventana; apagó la radio y pese a que una corriente helada le enfrió la nariz prefirió oir el chasquido continuo de las llantas sobre el piso mojado y concentrarse en los ojos de gato de la carretera que brillaban. Aceleró a fondo para escapar de las sombras a las que jamás se acostumbró. El psicólogo que la atendió en la adolescencia culpó a sus hermanos que para mantener en secreto los juegos con las primas la encerraban en el clóset.

Unos minutos antes maldijó cuando se cortó definitivamente el fluido eléctrico y en un acto reflejo por el susto recordó todas las blasfemías que conocía. De repente la única luz que permanecia era la de la pantalla de su portátil. En desorden intentó recoger sus cosas del escritorio iluminándolo un poco con el celular para al final como quien recoge la basura de la cocina meter lo que más pudo en el bolso. Dadas las circunstancias lo único que quería era salir de allí. Mientras lo hacía, los muebles se le atravesaron y se golpeó varias veces antes de dejar la oficina y empezar a bajar los 15 pisos que le correspondian para llegar al parqueadero. Antes de eso tenía que pasar el corredor que en ese momento era de película futurista de terror, pero el teléfono funcionaba bien como linterna y la distancia hasta la escalera no era grande. Abrió la puerta de un solo golpe y sintió alivio por que tenían unos bombillitos de emergencia y un papel fosforescente que aprovechaba muy bien la poca luz: casí parecía un cine. Ineptos de la alcaldía, usureros de las empresas de servicios y qué tal la administración de este edificio, todo a precio de Japón y sin una planta eléctrica decente. En voz alta a cada cual le dio un poco.

Como un atleta aburrido de tanto entrenar tomó aire y de medio lado atacó las escaleras, para apenas en el tercer escalón entender que el diseñador de su traje y mucho menos el del calzado, nunca habían pensado que se pueden hacer esfuerzos algo más complicados que sentarse a comer. Ni modo, por lo menos aquí estaba un poco iluminado. Pasaba por el décimo piso y después de un par de traspíes se quitó los zapatos que metió en la cartera al darse cuenta que para no bajar dando botes lo mejor era no soltarse de la baranda y eliminar los tacones. Ahora todo el glamour se había perdido; descalza y con la agilidad de un borracho no sabía qué más podía hacer. Tercer piso: voces y risas. Pensó que la administración debería pagarle las medias y de caer les haría una demanda que les costaría ahora si hasta las medias. Estaba en esas, en el asunto de cuál sería la causa de la demanda: !Hijueputa! buen momento para encontrarme con los de servicios generales o quienes sean esos monos de 30 palabras, masculló; Los tipos seguro la escucharon, cosa que poco le importó. Los obreros, con el polvo removido a medias y el pelo con gotas densas de agua que les escurrian por las patillas y el cuello le decian de todo, no la tocaron porque estaban aún en el edificio pero si cumplían con la mitad de lo dicho no se levantaría en tres días. Sintió asco y también los insultó a su manera de niña bien. Bueno ya estaba al otro lado y agradeció cuando el celador con estatura de niño de trece años y cara de acólito subió linterna en mano para saber el porqué de la algarabía. La saludó Dra. más el nombre y la acompañó hasta el parqueadero, el enano de café también soportó los bajos adjetivos que le tiraron los rasos.

Con un sonido largo y agudo las ruedas anunciaron que había tomado de forma forzada la curva que después de un puente de doce carriles la sacaba de la avenida principal y la conducía directo a su casa en un barrio residencial de casas grandes y vías delineadas. Cuando vio que los jardines eran todos iguales, demasiado tarde sintió que debía disminuir la velocidad. Con práctica combinó palanca de cambios y acelerador para ir más despacio, pero no lo suficiente para reaccionar bien cuando un bulto negro salió de unos árboles. Frenó por instinto, sin embargo un golpe, un quejido de animal y una masa voladora la pusieron a temblar de inmediato. Conciente que algo malo había pasado y pese a que el instinto le indicaba huir: se detuvo y bajo del auto, como en los juegos de escritorio las rodillas se estrellaban y no había nadie. !Malparida oscuridad! Dijo en un grito que se le quedó entre los dientes apretados.

A media luz y con los nervios que le funcionaban solo para no desmayarse vio al perro y con precaución después de cubrirse brevemente la cara con las manos lo tocó en el pecho para saber si respiraba, efectivamente, aún lo hacía con la dificultad del ahogo en medio de convulsiones cortas y rápidas, una especie de tic. Seguía sin aparecer nadie, quien lo haría en esta oscuridad. A pesar de estar en una situación confusa concluyó que estaba sola, más que en el clóset de su casa de niña pequeña cuando temía que nunca la encontrarían y se ponía a llorar.

Intentó alzarlo para subirlo al vehículo pero pesaba mucho. Lo arrastró, para una mujer tan delgada y a pesar del gimnasio era difícil. Como pudo lo pusó en la parte de atrás después de abrirle un poco de espacio entre chécheres de última tecnología. Era un pastor alemán. El perro seguía con espasmos y hacía un ruido grave y líquido que se incrementaba; en un momento se detuvo en los ojos vidriosos a los que se les veía sin vida: negros, demasiado negros, más que esa noche. Se acercó un poco y puso la oreja sobre el can, entonces el rubio dorado quedó con unos visos negruzcos de sangre entre líquida y coagulada. Cerró y se subió al auto; arrancó y pensó en llamar ¿pero a quién? Si era una de esas bonitas que por lo mismo sufren de soledad.

El reloj del panel de instrumentos marcaba las ocho de la noche. Antes de ponerse en marcha y con la luz interior encendida le dirigió otra mirada al perro. Se empezaba a mover y puso las luces plenas, no fue sino hasta ese momento cuando vio a un niño como de unos doce años que la miraba recostado en un arbol que la miraba mientras sonreía maliciosamente. Se preguntó cuánto tiempo llevaría ahí y por qué no le ayudo si estaba tan cerca. Mientras arrancaba reparo un poco más en él niño de media risa ya que solo se le veian los dientes de abajo. Siguió su camino no sin antes intentar verlo de nuevo por el retrovisor pero lo unico que pudo distinguir era una sombra que parecía un árbol más.

La lluvia arreció hasta parecerse a un velo líquido de tienda arabe. Aún no podía controlarse del todo y sus movimientos seguian siendo algo torpes, ahora buscaba la forma de buscar quien curará al perro y con frecuencia miraba para verficar que continuara con vida, el tic había cesado por eso detuvo el auto para volver a tocar al perro. Respiraba. Aunque no tenía ni la meor idea de por qué ese hecho la tranquilizó. Solo así se le ocurrió llamar a las lineas de información para saber a dónde podía llevarlo. Pero al parecer en un anoche de apagón las cosas no resultaban tan faciles.

Pensaba que todo el mundo la veía aunque no había nadie, salvo un grupo de blaqueros que decidieron que esa noche con lluvia y sin fluido eléctrico era la ideal para darse un paseo entre sombras, caminaban y miraban el piso y cuando las luces del auto los ilumino todos levantaron la cabeza al mismo tiempo eran varios vestidos de la misma forma y en el orden del disco de los hippies esos que tenia su mamá en uan de las paredes del estudio. Al final de la fila el mismo niño de la risa siniestra se burlaba de ella. Aceleró aún más y lo chequeba por el espejo retrovisor pero no vio sino las sombras de los muchachos.

El objetivo era encontrar un médico veterinario y ya estaba en la puerta de uno. Golpeó con insistencia desesperada y al fondo reaccionaron los perros con ladridos agudos. Eso le hizo pensar que no se trataba de animales de gran tamaño. De un momento a otro se callaron como si alguién les hubiera dado la orden. Como si alguién le hubiera dado al universo la orden de callar un silencio denso lo abarcó todo. Al sentirse aislada se asusto y su acción fue quedarse quieta, expectante, solo orientandose con ojos y oidos. Volvío a tocar y en esta ocasión los golpes sonaron secos, sin eco, rompían el silencio como un cuchillo que troza un cartón. De nuevo se quedó quieta y solo escuchaba lo que tenia que ver con ella, en el mismo plano estaba su respiración, la dolorosa del perro, sus movimientos hasta los más mínimos y el motor del carro. No había aire ni eco, sólo vacío. Estaba perdida, en ese momento de silencios exteriores cuando oyó claramente una risa nasal que se mezclo con sus sonidos; intentó buscar de donde provenía y no encontró nada. Después de eso todo recobró su ambientación normal de ruidos y de luces tenues en las casas. En la calle continuaba la oscuridad y ella seguía sola con un perro agonizante. Volvío a tocar sin respuesta. Con resignación decidió continuar con la busqueda de ayuda, aunque ahora se le atravesaba el pensamiento de abandonar al animal en la acera, igual parecía que no lo podía salvar, quería huir, pero cuando lo volvió a mirar decidió continuar.

Continua...


Leonardo Hernández

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