martes, 16 de septiembre de 2008

el Fantasma de George Best

EL FANTASMA DE GEORGE BEST.


Lentamente y en estricta fila los vehículos entran por la puerta grande del cementerio; vienen cargados de pesares y recuerdos; cada uno contiene un fragmento de vida que perteneció al ahora ausente. La carroza fúnebre pesadamente hace su aparición; como si la vida cuando se extingue se tradujera en toneladas y el motor no pudiera con ella; al detenerse, las acontecidas caras se arremolinan en torno a la caja de madera que sirve de lecho final, demasiado holgada para lo que ha de albergar.

Siguen: las plegarias, las lágrimas, el adiós.

Los apenas conocidos y los más lejanos se marchan raudos, con una salida diplomática y un apretón de manos sin mirada que lo acompañe, vuelven a sus asuntos. Los amigos entrañables acompañan en silencio, sin encontrar las palabras precisas para el momento. Los hermanos esperan un tiempo más, todos intentando entender este final. A paso lento se van yendo, haciéndose a la idea fatal de lo que fue y no volverá a ser; ¿Tal vez buscan asuntos inconclusos? Ahora todo son Juegos de la Memoria en momentos que no se eligen, como este, que aparece como una cicatriz vuelta a sangrar.

Después: el silencio grande y profundo reclamando lo que desde siempre le ha pertenecido.

Escenas como esta se repiten varias veces al día, resultan más o menos iguales. El poco accidentado oficio de centinela de cementerio, acorde a su espíritu huraño y meditabundo, solo es interrumpido por momentos similares. Los entierros para él no significaban nada y difícilmente lo sacaban de sus cavilaciones; son tan de otros que desde su barrera propia, de vigía, no lo podían alterar. Se dedicaba silenciosamente a observar.

De inmediato se percató que en los días siguientes a cada sepelio se acercaban esposos o esposas, hijos y amantes, aparentemente buscando ponerse a paz y salvo con el ausente, para luego, paulatina e inesperadamente, empezar a desaparecer haciendo ellos las veces de verdaderos fantasmas.

Sin reparar mucho, piensa que el tiempo los sana y que el presente vence a esa potencia del alma que es la memoria.

De nuevo el silencio, sin conciencia, amorfo, puro y siempre el mismo.

Buena parte del tiempo solo el vacío cubre el lugar verde, llegó a pensar que si el olvido tiene algún color definitivamente tiene que ser este. Las visitas se ausentaron y la vida continuó en medio de su cambio impredecible. Sin embargo, algunas tumbas nunca se olvidaron; a ellas se acercan familiares o amigos, buscan un lugar donde el evocar les haga vivir cosas otra vez. Hay otras, para él las más interesantes, donde de manera extraña y continua, y sin otro patrón que el lunes día de muertos, se acercan gentes de diversa índole, que van llegando de uno en uno; de dos en dos; que se repiten, algunas con presente floral, otras sin él.

- ¿Qué será?- Se preguntó.

Un revés económico de su familia lo obligó a tomar medidas desesperadas. Sí antes tenía poco, ahora no tenía nada. Así las cosas, decidió trabajar por primera vez en la vida, y teniendo presente que no sabía hacer nada en particular, se decidió entonces a buscar algo que no demandará ningún conocimiento específico, en aquel momento se le presentaron dos opciones que aparecían en el periódico del domingo; a su modo de ver, la primera tenía que ver con animales que tenían dueños que no tenían el tiempo y la paciencia necesarias para andar detrás de un perro que quiere orinar cada dos metros y olfatear traseros cada tres; la siguiente, le pareció más tranquila y proponia cuidar muertos bien enterrados por turnos intercalados, 24 horas de día y otras tantas de noche.

Recordó que al cabo de unos días le empezó a gustar el hecho de tener mucho tiempo para él. Su ánimo callado y curioso le hacia fijarse en los rituales que ocurrían en los prados. Se había acostumbrado simplemente a observar los diversos tipos de funerales que había clasificado a su manera: los concurridos y dramáticos, los sencillos y sentidos; no faltaban los cargados de ira y rencor. A la vuelta de un par de días le atrajo el hecho y los comportamientos de las personas que iban a pedirle a sus muertos.

En medio de sus rondas, algo lentas para un vigilante, le asaltaban ciertas preguntas:

-¿Qué relación habría entre los de este mundo y los del otro? ¿Serían escuchadas sus súplicas? ¿Habría respuestas?-

Sin importar el momento del día, estas dudas lo acechaban; ocupaban sus horas de tedio, también le robaban momentos a la preocupación cotidiana, la de leche y pan.

Esa mañana, después de entregar su turno de madrugada del domingo, y aprovechando la tranquilidad del trabajo, que salvo algún ebrio confundido por la oscuridad y alguna pareja de amantes que después de hacer lo suyo se marchaban para evitar las represalias de cualquier ánima en pena molesta por la intromisión y la falta al decoro, empezó a empacar sus cosas.

Con un único pensamiento en mente salía aún vistiéndose. – ¡Al barrio, a jugar fútbol!-

A pesar de la larga noche de trabajo y del sueño que lo hacía cabecear, reparó en el verde del césped del barrio, menos intenso y algo maltratado por el trajín, pero verde al fin; aquí la hierba aparece alegre y multicolor, adornada con ambiente festivo alrededor del campo. Allí se reunían los rodillones: atletas indisciplinados de fin de semana y con más de un achaque encima. Los mismos que se reponen después de un juego con cerveza nacional y colesterol, también nacional, en su empaque más popular y apetecido: fritanga de la mejor.

No sabía por qué le gustaba jugar y ver fútbol, sino estaba acorde con su forma de ser, inclinada más bien hacia la austeridad social. De cualquier manera, se transformaba momentos antes de iniciar el partido, pero el embrujo solo duraba noventa minutos, y es embrujo porque jugaba realmente muy mal, parecía poseído por el alma de un jugador de billar que se equivocó de lugar. Le entregaban una esfera a velocidad promedio de 12 kilómetros por hora, según se conoce. Entonces: ¡Qué dinámica de fluídos instintiva¡ ¡Qué rotación moderada¡ ¡Ni qué nada¡ Él devolvía un torpedo a cientos de millas por hora o en su defecto una masa densa y pesada que no llegaba nunca a sus compañeros de equipo.

Eso sí, a su favor contába su despliegue físico, definitivamente, lo barroco del juego no era su fuerte. Daba todo de sí en el campo, persiguiendo a cualquier contrincante; en no pocas ocasiones ocupaba el lugar del trasnochado del equipo o el del padre de familia que tuvo reunión de colegio. Su posición era comodín izquierdo, central o derecho. El puesto no tenía mucha importancia, total era igual de torpe con ambas piernas y la cabeza, como difícilmente la levantaba, sólo le era útil para verificar que las líneas del campo estuvieran bien marcadas. Una semana portero, la siguiente, marcador de punta y desde luego un entusiasta aunque débil volante de marca. Las demás funciones del juego estaban más allá de sus posibilidades, o sea, nunca fue volante de creación o zaguero central. Le fastidiaba y deprimía de sobremanera ese calvo regordete, que lo ridiculizaba con imperceptibles movimientos de cintura y que sin ningún contacto lo dejaba encima de los rosados y pomposos algodones de azúcar que mitad golosina y mitad maquillaje infantil teñían las mejillas de las hijas de algún colega de domingo. Los rechazos “a la maldita sea” era los que mejor le venían; sin culpas, ni complejos; un balón a escasos metros de su arco podía convertirse en un Home Run futbolero.

Lo admitieron en el equipo gracias a su persistencia, siempre era el primero en llegar, el único que observaba los rivales detenidamente, el nerd que entre su maleta y al lado de su uniforme de vigilante llevaba varios pares de medias, camisetas de repuesto y varios juegos de pantalonetas mejor planchadas que un traje de primera comunión; todo esto, por si acaso. De nuevo en su favor y por simple interés abogaban los balones que sagradamente se estrenaban con cada prima de navidad o de vacaciones que recibía. El troncazo más grande de la región. La mejor forma de conocer lo que no se debe hacer cuando se juega fútbol.

Cuando el juez señalaba el centro del campo después de los noventa minutos, y casi una decena de goles de todas las facturas en contra, el famoso tercer tiempo empezaba, más esperado por sus compañeros que el mismo juego, no tenía aplicación para él; para ellos la cerveza, los cigarrillos y la comida en grandes cantidades se constituía en la mejor oportunidad para reponerse y comentar una y otra vez la serie de goles propios y ajenos; también hacia las veces de picota pública, donde el árbitro era el primer lapidado. Los comentarios del resultado final, siete a favor y cinco en contra, no le interesaban, prefería ver más partidos en la misma cancha a ritmo de paleta de limón o irse a su casa a disfrutar los goles y los partidos de fútbol, “el deporte”.

Así pasaba el domingo, fútbol desde que amanece hasta que anochece; más envolvente que una novia celosa.

Como quien puede mantener los afanes del sueño, su dormir dominguero lo incluía en grandes gestas futboleras. En sueños, era goleador, atajador, defensa, volante, hasta entrenador infalible. Nunca una pesadilla, jamás lo expulsaban o lo goleaban, mucho menos perder en el último minuto contra el rival más odiado, el de patio.

Lunes, qué hacer con ese día cansino, siempre se contagiaba de las caras de estudiantes, obreros y hasta ejecutivos, que conduciendo lujosos carros y a pesar del estéreo, las sillas de cuero y el perfume, parecían no saber si lo iban a sobrevivir. Por fin, llegaba a su trabajo. Siempre pensó que a sus inquilinos del cementerio realmente no les importaba si era lunes o viernes, Navidad o quincena; su reino definitivamente no era de este mundo. Ese día, centró su atención en un par de personajes de distinto aspecto, sexo y carácter; ambos llevaban plaquitas de mármol y flores a una misma tumba. La curiosidad, la feroz enemiga de los felinos domésticos, empezó a motivarlo a la búsqueda de un -¿Por qué será? ¿Para qué será?-

Antes de terminar su jornada, decidió investigar de qué se trataba el asunto; una tumba pobremente cuidada que dejaba de ser anónima gracias a un epitafio escueto y pueril que rezaba: “Máximo Llorente. Bogotá 1912 – 2000. Mucho dinero, pocos amigos; pero buena gente”. A su lado, una serie de plaquitas de piedra y plástico en las que resumiendo se agradecía casi siempre de la misma forma: -¡Gracias por los favores recibidos!-

De camino a su casa recordó un cuadro de hace algunos años, cuando estaba recién incorporado a su labor de centinela de cementerio; carcelero sin llaves o administrador de silencios, así le gustaba llamar a su profesión para romper el aburrimiento y divertirse con algún título pomposo y cursi sin aplicación práctica. En esa época observó un sepelio muy concurrido donde parecía no haber deudos; de hecho, todo el mundo se fue al instante y los arreglos florales fueron acomodados por el personal de servicios generales. Recordaba los comentarios de que así deberían ser los entierros de las sociedades anónimas, sin una sola corona de allegados, todas se firmaban como: proveedores, grupo de inversiones, grupo de cobranzas, y similares; en ese entonces le pareció irrelevante.

Mientras lo apretaban en el nuevo sistema masivo de transporte, creía que don Maximo continuaba en lo mismo, dando trabajo y suficiente con eso; repasaba un poco más a fondo las plaquitas donde también se leía: -Agradecimiento por los favores recibidos-, -gracias por ayudarme a conseguir empleo-, -El número de la lotería que me dio ganó-; cosas de esas. Entre semáforos mal sincronizados y paraderos, pensaba que seguramente después de muerto se continúa con la misión terrena, o que tal vez sería castigo divino y el objetivo descansar en paz se aplaza por unas décadas hasta completar cierto número de milagros.

Luego de sobrepasar la férrea defensa de fútbol para gringos que se agolpa en la salida del transporte masivo, apenas poniendo en su lugar la ropa y los huesos, terminó de frente contra el puesto de revistas, ahora si podía leer los titulares ya añejos del día que terminaba. Como siempre, acercándose de frente a los periódicos deportivos de otros lugares del mundo que compartían vitrina con modelos y titulares ensangrentados, se encontró con una foto vieja, de un mechudo de largas y abundantes patillas; buena pinta, camiseta roja y pantaloneta blanca. Al comienzo pensó que se trataba de un cantante, de esos de MTV, que hacia publicidad, como el fútbol, “el deporte”, tiene tanto de eso. Sin embargo, no lo obvió y se concentró en el pie de foto: -El ex futbolista norirlandés del Manchester United, George Best, de 59 años, falleció el 25 de noviembre en una clínica de Londres a causa de una hemorragia interna provocada por su adicción a la bebida que afectó sus pulmones y otros órganos vitales.-
En otro párrafo interior aparecía: -Defendiendo los colores del Manchester United consiguió el campeonato de liga en 1965 y 1967, además, ganó la Copa de Europa en 1968. El mismo año le fue otorgado el Balón de Oro por la revista France Football e igualmente recibió un premio por parte del periodismo inglés. Fue también recordado por sus devaneos con el alcohol y las drogas, y también por su gran debilidad hacia las bellas damas.-
- ¡Que tal el personaje!- Se repetía.
Esta vez, después de ir a comer a los restaurantes de almuerzo recalentado, no entró a ver una película que no entendería de cine arte, tampoco una lata de cine de acción en un rotativo. No sabía por qué le interesaba el tal Best, pero ensayaría una investigación a la moderna en un café Internet. El dilema en este punto era escoger entre alguno que se asemeje a un sistema de transporte, pero no del masivo, sino del otro, del barato; esos lugares donde la luz ácida y chillona compite ferozmente con el atroz color de las paredes; donde las páginas de porno hacen más ruido que la calle contigua; los mismos donde para separar los dedos del teclado hay que hacer un esfuerzo mayor. La otra posibilidad, era algo más amable, uno diseñado a partir del molde de una cafetería con pretensiones de bar estilizado. Las alternativas no le entusiasmaban, pero no importaba, el objetivo era descubrir algo más del roquero del fútbol inglés.

En la historia de los mundiales no lo encontró, obvio, era norirlandés, esos no han ido a muchos; “firmó su primer contrato profesional a los 17 años”; “la historia se repite”; “de la mano de”, o mejor, “de los pies y la cabeza de George Best por primera vez un equipo inglés gana la copa de Europa”, esa no se la sabía, que jugaba con Bobby Charlton en ese equipo, a Charlton si lo conocía; apenas comprensible, los ingleses, a pesar que difícilmente ganan algo, aparecen en la historia de las selecciones nacionales; que “a los 22 años fue considerado el mejor jugador de Europa”, ¿Joven?, y después de leer testimonios de su inteligencia, velocidad y arrojo mezclado con desparpajo frente a las defensas rivales, todo se convertía en una crónica de estrella de rock, con lindas mujeres de todas las nacionalidades, fiesta, playa, dos clubes nocturnos de su propiedad y mucho rock and roll. Una verdadera estrella de rock.

Descubrió que el sobrenombre del futbolista, el Quinto Beatle, estaba a la medida para un apellido narciso: Best. Corroboró que efectivamente se fue de este mundo un buen día de noviembre, después de un transplante de hígado y de haber ofrecido mucho talento en los campos de juego. Toda la literatura que encontró acerca del irreverente irlandés incluía la frase: "Gasté mucho dinero en alcohol, mujeres y carros veloces. El resto lo despilfarré".

Por su mente iban y venían jugadas, gambetas, le sorprendía la velocidad, verlo a él a un ritmo mientras que los rivales lo perseguían a otro mucho más lento. ¡Cómo, sí parecen tullidos! No se le podía olvidar la invitación simpática a que le arrebatarán el balón; las manos en la cintura que indicaban la actitud de repasar lo que acababa de hacer o simplemente para ver la cara desesperada e impotente de sus rivales. George Best celebraba cada gol con un gesto tiránico y desprevenido, la mano derecha arriba, ese, era su sello.

Como siempre, cada que se le atravesaba algo en las sienes, la semana transcurrió con una idea fija en la cabeza. Sí, le gustaba el fútbol, el juego más que el deporte atiborrado de marcas y mafias. Sí, era conciente de que no era el mejor, sino todo lo contrario, el peor troncazo del barrio, una total alegoría a la torpeza; entonces, si los muertos ayudaban, pediría ayuda, pero no a don Maximo, que era el hacedor de milagros que mejor conocía, tendría que recurrir a otro. Ocupación tenía y el dinero no lo afanaba, su trabajo lo tenía por rebelde, solitario y también por necesidad. Intuyó que Llorente solo era útil cuando de asuntos monetarios se trataba, el elegido entonces fue George Best, a lo mejor el Beatle al igual que Llorente desde donde estuvieran seguían en la misma, y a través de terceros no abandonaban el negocio.

Había que aparejarse de lo necesario para tal fin; teniendo en cuenta que la tumba del futbolista estaba muy lejos, recortó una foto de 4X7 que después de una laminación dura serviría de estampita; la puso en un pequeño altar con vela incluida y unas flores que la acompañaran; antes de salir al campo de juego pedir fervorosamente el favor y a hacer lo de siempre: correr, tropezarse y atropellar rivales, en pocas palabras, faltas a las buenas maneras futbolísticas, imaginarse otra vez al que lo haría morder el polvo, un gordito con rezagos de buen fútbol o un muchacho de otra categoría incluido ilegalmente a última hora por los rivales, de esos que escasamente se ven pasar, porque mientras se está de bruces es muy difícil seguir al contrario. Estas situaciones hacían parte de su juego y no pensaba cambiar de distracción dominical.

Por fin, tarde de domingo: asaderos llenos, igualmente el cementerio, vehículos que salen de la ciudad, familias felices y otras simulando, uno típico. Para él todos los caminos conducían a la cancha. El trayecto le pareció mas largo, estaba ansioso, quería saber si la ayuda que había solicitado al más allá sería efectiva.
Como siempre, fue el primero en llegar, una hora antes. Cuando el resto del equipo aparecía de uno en uno y la incertidumbre de perder por W se desvanecía, empezó a calentar, era el único que lo hacía, cosas de los curas del colegio; recordaba que por once años le advirtieron de los inconvenientes de no hacerlo, le decían que después de los pecados veniales y mortales venían los deportivos, y que ser pecador no deja de traer inconvenientes.

Y empezó el juego, esta vez de volante, la bisagra del equipo; los balones que le llegaban ya no salían corriendo de sus pies. Para contar los pases o asistencias, como suelen nombrarlos en el fútbol, “el deporte”, tenían que usarse ambas manos; poniéndolo en términos de historia que fue lo que estudió, descubrió que driblar a un contrario crea la satisfacción de ser el dueño del mundo, que ganar un cabezazo en un tiro de esquina es sentirse como Atila triunfador aún en batalla, que orientar los movimientos y lograr que lo que se dice se cumpla, ni Napoleón, y que anotar un gol no tiene nombre: significa que Dios nos regalo algo de su divinidad. Al finalizar el juego, todos detrás, el buen jugador primero, los que solo corren, después.

Esa tarde no lo despidieron como en otras jornadas con un – ¡Nos vemos la próxima semana!- Todo era celebración. Cuando se juega de esta manera vale la pena comentarlo en el tercer tiempo, se convirtió en el centro de atención, Mick Jagger después del mejor de sus conciertos, cerveza va, la otra viene, la rubia, hermana de alguno, que no lo miraba ni para escupirlo ahora le sonríe; todos se acercan, lo rodean. La estrella. En medio del festejo y con la certeza de un milagro algunas preguntas le golpeaban su cabeza aturdida por la algarabía y el alcohol: ¿Cuando le ayudaría George Best? ¿Durante el juego? ¿En el tercer tiempo? ¿Todo se resumiría en un problema de actitud? Rápidamente solucionó el dilema, creyendo que cuando hay milagros, las preguntas son menos importantes que los hechos.

De camino a su casa, era tarde, no se lamentó por haberse perdido los resúmenes de la actividad deportiva y cuando la media noche se asomaba, feliz, agradeció en pensamientos y con algún susurro a su santo pagano hacedor de milagros vespertinos: ya no era un tronco en el campo, tenía nuevos amigos, que a fuerza de envidia y con algo de vergüenza debido a su mal juego había evitado hasta entonces.

El mismo lunes, antes agobiante, se presentaba como preámbulo de una buena semana de ganador. Tenía pensado renunciar a su trabajo al que había accedido en una búsqueda de separación del mundo, en un ataque de misántropia, también evadiendo el sinsentido de su cotidianidad. Esa mañana como muchas otras estuvo matizada por el gris sabanero, ni siquiera un gris de lluvia inminente; de esos que hacen cambiar los espíritus festivos hasta llevarlos a una contemplación taciturna; como siempre continuo observando los aconteciminetos que se desarrollaban en el cementerio, de un momento a otro lo atrajó una mujer ya entrada en añós pero de buenas formas que rápidamente para no ser decubierta escondía algo en una de las tumbas.
Después de esperar a que se marchará se acerco; escarbó la tierra y con curiosidad temerosa saco una bolsa: de color vino tinto apenas ocupaba un tercio de la mano; estaba humeda, con un poco de asco desató el cordon, en el interior había un par de fotografías, una de carné obviamente era la de la mujer y la otra que a simple vista parecia recortada de una foto grupal, se veia a un hombre moreno sonriente; en el envés de ambas se leía la misma inscripción: -maita, le agradesco por el fabor por fin el tadeo y yo estamos juntos le pongo estas dos foticos para que nos cuide desde aca- sonrió ante la inscripción, además de las fotos encontró una estampa era San Antonio con un bordado sútil que unia la cabeza con el resto del cuerpo. No sin sorpresa y temor, además sintiendose un poco culpable por la intromisión y antes del aguacero que ahora si parecía llegar anunciado por unas gotas finas que pronto serían continuas, guardó todo entre la bolsa y lo acomodó de la misma forma en que lo había encontrado.

Se retiró del lugar cabilando, confirmando, la mécanica de los muertos que hacen milagros; el caso de Llorente y el de Best le habían confirmado sin certeza plena que ellos se mantenían en sus asuntos terrenales, María Tulia Fonnegra, Maite, parecía corroborarle la idea de la especialización fantasmal: una busqueda de redención o en su defecto una condena divina, también podría ser un apego por este mundo que no querian romper, de allí la tozudez de mantenerse a través de vínculos humanos. Así descubrió tumbas de viajeros, prestamistas, asesinos y prostitutas: que quiza solo entienden que es mejor la maldición al olvido.
El turno transcurrió sin sobresaltos, como si la muerte se hubiera dado un respiro breve, por lo pronto: afinado el ojo; la cabeza sólo entre él y los ausentes, y esperando el Domingo…
Leonardo Fabio Hernández Plazas.

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