viernes, 19 de septiembre de 2008

Los Pájaros

LOS PÁJAROS
No hay necesidad de parrillas, el infierno son los demás.
J.P Sartre.


El cambio de temperatura del fin del día le avisó que era el momento de sacar las sabanas con las que cubría las jaulas de sus pájaros; todo lo hacia lentamente, y así fue desenvolviéndolas. Despidiéndose los mandó a dormir. La rutina diaria le dictaba que debía hacerlo mientras aún había luz, siempre pensaba en ellos, en su dependencia, y en lo que les podría suceder si algún día él les faltara; fueron su inquietud durante todos estos años, desde que por voluntad propia dejó de ver a sus hijos.

Se quedó un momento para mirar de nuevo las jaulas, preocupado por el frío vespertino que a ritmo de olas heladas anunciaba que definitivamente el día se acababa, que no daba para más. Buscó posibles huecos mientras sacaba un poco de tabaco negro para liarse un cigarrillo. Desde hace algunos meses la llegada de la noche le causaba agitación, cierta angustia se apoderaba de él y no podía quedarse en su casa; como a todos los viejos la calle le producia miedo pero siempre había sido un tipo valiente y cuando sintió que salir le costaba lo convirtió en uno de sus hábitos.

El hombre se asomó a la ventana, fumaba con atención y de paso observaba por el estrecho ángulo que tenía solo un fragmento de lo que sucedía en la calle; analizaba el terreno antes de salir. El radio que sonaba en el fondo lo mantenía alejado del ruido del mundo exterior y le imprimía a la escena un aire de otro tiempo. Emilio siempre fue práctico y cuidadoso; mientrás las cosas funcionarán jamas las reemplazaba, eso explicaba el mobiliario que envejeció con él y que a esta hora lograba un tinte aún más gris.

Terminó el cigarrillo y lo apagó en el cenicero que estaba en la biblioteca en la que se leían los clásicos de la literatura, algo de historia moderna y antigua, además de toda la crónica de la segunda Guerra Mundial; tomó el bastón, el abrigo, la gorra de paño y se fue hacia el portón del edificio que en pocos minutos dejaría de ser un vitral azul. Sacó las llaves que tenía en un llavero de cuero café con dos pequeños botones metálicos, a pesar del temblor de las manos, que se pensaría eran demasiado grandes para este tipo de tareas, abrió la puerta con la habilidad de un ladrón.

El viento le despeino los mechones blancos que aún le quedaban y le obligó a subirse el cuello del abrigo como un marinero; luego se acomodó la gorra para inicar su caminata nocturna, a pesar de los años y los achaques no se movía de forma lastimosa, más bien tenía un aire bastante digno, poco usual. Buen observador se detuvo en los colegiales que en medio de risas ya transitaban por el barrio después de salir del colegio público; los miraba encender torpemente los cigarrillos que compartian en medio de cortas pitadas, lanzando el humo denso del que no sabe fumar. Medio distraido continuó su camino, cambió de acera cuando vío el molesto pincher que traía la empleada del servicio y que siempre le ladraba, quería evitar los ruidos chillones del animal, no alcanzó su objetivo y el canchoso le ladró desde la otra vereda.

Mientras continuaba su paseo y como todos lunes, su primera parada fue para comprar alpiste en una cigarrería común a tan solo unas cuadras de su casa, lo pidió y sacó de la billetera unos billetes muy ordenados para pagar, después frente a la solicitud de la empleada anoréxica y para facilitar el cambio buscó algunas monedas en su monedero también de cuero, no encontró lo que buscaba y cuando le dijó que le pagara después, la miró con frialdad despectiva, ella bajó la mirada y de sus propias pertenencias sacó el dinero que le hacia falta. Sin más salió con el mismo aire de suficiencia con el que entró; pero antes se detuvo en el umbral para esperar a que pasaran unos novios melosos que le obstruian el paso, tiempo que aprovechó para mirar el interior de la bolsa de papel donde le empacaron la comida para aves.

Esta hora de plena ebullición, cuando la ciudad adquiere un movimiento vertiginoso de quienes quieren llegar a su casa y de los que apenas cambian de actividad le ponía a pensar que los tiempos cambian, contrario a cuando era niño la ciudad no se paraba a las primeras horas de la noche. Sin darse cuenta llegó a la pequeña tienda, tomó uno de los periódicos que estaban en el mostrador a disposición de los clientes y se sentó a leer las noticias trasnochadas de ese lunes. Lo mismo de siempre, las políticas que parecian no cambiar, la pobreza siempre presente, las noticias deportivas que terminan siendo pura estadística, los millonarios y sus deslices, en fin, más de lo mismo. Como todos los días le dedicó casi una hora a esta labor que ya le parecía un poco árida pero que le servía para acompañar el café que pidió para combatir el frío. Antes de irse releyó una nota corta: Juan Pablo II indicó que el Infierno es un lugar de sufrimiento espiritual, que no es físico.

Para Emilio que si bien no era un radical de la religión la idea no dejó de causarle cierta inquietud, se despidió brevemente como todas las noches de los viejos que jugaban ajedrez o parqués, también de los que solos se dedicaban a recordar, algunos les sonrieron amablemente otros fueron indiferentes; se volvío a vestir con lo que traía puesto que al entrar a el calor del lugar lo habia hecho quitarse el abrigo manteniendo sólo la gorra; se acomodó el cuello y salió de regreso a su casa, pensaba en lo que comería antes de dormir.

Se detuvo en la tienda de abarrotes, allí pidió algunas cosas para llevar: algo de café, tabaco, una veladora y algo de comer para la mañana; definitivamente no era de los que gustan de los supermercados de autoservicio; era más bien de la vieja guardia que prefiere la casi extinta atención personalizada. Guardó los pequeños paquetes que acomodó en una bolsa de tela negra que traía siempre en el bolsillo del abrigo, preguntó lo que debía, pagó y salió. Ahora antes de lanzarse a la acera ojeó atentamente los posibles peligros que pudiera haber en el camino de retorno a su casa, para ese momento de plena oscuridad y la calle se llenaba de espectros.

Como todas las noches el regreso era mucho más veloz, aceleró un poco el paso y el ruido del bastón produjo un sonido síncopado con el de sus pasos, casi musical; cuando dobló para el último trayecto caminaba a ritmo normal. Justo en la esquina de su casa saludó sin decir una sola palabra pero levantando de forma complice una ceja a una decena de muchachos, algunos le respondieron amablemente de la misma forma después de suspender su conversación, como cuando aparece un profesor. Recogió un par de botellas tiradas en el antejardín del edificio, abrió la puerta y entró como quien no quiere el lugar en donde vive.

Se dirigió directamente al estudio, se detuvó por unos segundos frente a la foto de su esposa y la saludo en completo silencio esbozando una leve sonrisa. Luego, fue al cajón del escritorio y sacó una carpeta donde guardaba todos sus documentos, recibos del último tiempo, todos pagados; sin embargo volvió a revisar. Al parecer todo estaba en orden y se recostó sobre la silla con aire de tranquilidad. Se levantó y de otra gaveta sacó un poco de tabaco para armar un cigarrillo, mientras fumaba fue a la biblioteca, abrió un cajón de la parte inferior y con algo de esfuerzo alcanzó una caja que se notaba no abría hace tiempo; contenía algunas fotografías y cartas, recuerdos que empezó a ver al principio con alegría, luego con resignación y finalmente con tristeza.

Ordenó las cartas y las fotos. Primero en orden cronológico y luego agrupándolas según su memoria como quien juega solitario. Así los dejó y se levantó para salir del estudio, miró el cuadro de san Agustín y de la licorera tomó una botella de brandy que últimamente destapaba con más frecuencia, con destreza la abrió brindando con el santo y se sentó a ver televisión. Se terminaba una telenovela y se dispusó a ver las noticias con la certeza que sería más de lo mismo que había leído antes en el café: títulares, muertos, comerciales, desfalcos, deportes, internacional, de nuevo el asunto del Papa; la idea no lo dejaba en paz, todo el tiempo desde que la leyó le acompañaba, algo le había ocurrido. Para un tipo creyente como él, este tipo de cosas no dejaban de alterarlo; pero lejos de causarle desazón la afirmación eclesiástica parecía tranquilizarlo. Durante muchos años creyó; incluso cuando tenía amigos defendió la idea de que el infierno era interno y de una u otra manera rondaba muy cerca de cada quien. Decidió esperar la nota pero cuando se le resbaló el control remoto y se despertó ya estaban de nuevo en otra telenovela.

Somnoliento avanzó hasta su habitación, está vez hizó una oración breve frente a Miguel, el Arcángel, y se dío a la tarea a veces difícil de dormir.

Al igual que todos los días se levantó antes del amanecer, encendió la estufa y pusó el agua para el café; mientras tanto sacaba de la alacena lo necesario para darle a los pájaros de comer y beber. Con un orden casi ritual repartió el alpiste, las plantas y las frutas, según el número de pájaros de cada jaula y según su especie. Cuando la cafetera sonó ya estaban listas las raciones de cada cual, sirvió y se fue destapar las jaulas; ya amanecía. Empezó a verlos comer mientrás se tomaba lentamente el café, después del plato fuerte de las aves empezó la repartición de los panes: humedo para algunos, seco para otros, se cercioró que todos estuvieran comiendo y se fue a preparar lo suyo.

Un par de huevos fritos, pan, fruta en trozos y de nuevo café, al fondo las noticias a las que no les prestaba demasiada atención; aún seguía rondándole en la cabeza la idea del infierno. Contrario a lo que se podría pensar, para él parecia un alivio la nueva del día anterior. Comía sin apuros, disfrutaba cada momento de su desayuno. Los periodistas de la radio comentaban la noticia de nuevo, le pareció interesante el hecho de que una idea más o menos revaluada desde hace siglos causará tanto revuelo, una sonrisa poco usual en Emilio volvío a exhibirse. Mientras se tomaba el último café se levantó y fue a la ventana para ver el único fragmento de realidad exterior que aparecia por ella. En la noche; seguramente por el brandy que se había tomado; no se dío cuenta que había llovido, ahora todo estaba anegado, todo estaba mojado y el agua hacia brillar los pocos árboles que alcanzaba a ver; en los charcos se reflejaban distorsionandose algunas figuras matutinas.

El sol ya aparecía con buen brillo y la fría mañana empezó a calentarse. En el portón de entrada del edificio ya se oía a la empleada que iniciaba sus labores, como siempre Emilio supo que era el momento de empezar a sacarlos, fue al patio interior donde los tenía y tomó la jaula en la que estaban los más pequeños; siempre creyó que debido a su tamaño eran los que necesitaban más calor. Bajó las escaleras apoyandose en la barandilla, de paso aprovechó que ya la conocía de memoria y les cantaba imitando su silbido, llegó al antejardín y los dispuso con la ayuda de una vara en el mismo lugar de siempre, en algunos salientes de las ramas, a la sombra de un cerezo que había crecido bastante en los años que llevaba en este apartamento y que los protegía de la luz directa pero que permitia pasar la suficiente para que se pudiesen calentar sin asarlos.

Siempre estuvó atento a los empleados de servicios públicos o a los jardineros de la zona para que arreglaran los apoyos de tal forma que tuviera donde poner las jaulas. De la misma manera en la que bajó, empezó a subir las escaleras, no sin antes recomendarlos con la empleada que aprovechaba para ir a saludarlos; seguramente le recordaban su terruño; subió, entró en la casa, saludó la foto de su mujer y fue por las demás jaulas que tenía que bajar de una en una, y eran siete. Eso era lo único que le molestaba de sus achaques, le hubiera gustado hacer menos viajes para dedicarse a tomar el sol con sus animales.

El viejo y sus pájaros eran el espectáculo matinal del barrio, los oficinistas lo saludaban y el respondía con una mirada amable, los niños de las rutas de los colegios, sin importar la edad interrumpian sus juegos en el bus para agolparse en las ventanas a mirar; es más, un par de conductores se detenían por algunos segundos para que los vieran y le dijeran adios con la mano; él les respondía de la misma manera. No faltaba el transeunte que le preguntaba alguna cosa sobre los tipos de pájaros, a ellos los atendía amablemente sin extender demasiado la charla; a los que definitivamente no soportaba y que ni determinaba era a las señoras melosas o a los amantes de los animales que lo increpaban por tenerlos en jaulas, al que preguntaba si estaban en venta recibía una respuesta que podría parecer desmedida o jocosa; bien podría Emilio preguntarles si venderían a su mujer o a sus hijos. Así transcurría la mañana del viejo: leía y los pájaros se divertían. De cualquier manera no pasaban desapercibidos ni las aves ni el viejo. En esos momentos comenzaba a preguntarse si sería verdad eso de que las personas solas asustan a la gente.

Ese día Emilio almorzó al lado de sus pájaros, se veía tranquilo y alguién que lo conociera a fondo podría decir que estaba feliz, a media tarde llegó el celador del edificio de al lado, el que le hacía el favor de cuidar las jaulas mientrás el viejo empezaba una labor que le tomaba un buen tiempo. Empezó con los más pequeños, cuando llegó al patio para ponerlos en su lugar, justo cuando pasaba la puerta de acceso se detuvó e inexplicablemente se devolvío con la jaula. Al llegar a la calle el celador que estaba jugando con los pajaros, algo asombrado le preguntó qué pasaba, el

viejo no le dijo nada, le dio una palmada en el hombro y sonrió. Volvío a colgar la jaula para luego con la vara abrir la puerta de los pájaros. Inicialmente no quisieron salir, pero luego se fueron de uno en uno con destino incierto, algunos para los árboles cercanos, otros se posaron en los postes del alumbrado; no faltaron los que torpemente intentaron regresar; pero finalmente todos terminaron cerca al viejo como observando desde la libertad. Antes de entrar se quedó unos minutos observando qué hacian. Esa tarde Emilio los libero a todos con felicidad en el rostro. Cuando el portero le preguntó el por qué de la acción el viejo se limitó a decirle que cuando se ha vivido en una jaula y se conoce la libertad la muerte parece menos inminente, el portero hizo cara de no entender y se fue a continuar con su labor.

Subió a su casa, cerró la puerta, sacó los discos y escogió uno que seguramente le traía recuerdos de tiempos mejores, lo dejó sonando y de nuevo saludó a su esposa; fue al baño, se afeitó y tomó una ducha larga; cosa que nunca hacía a esa hora; sacó su mejor traje, cambió la música y empezó a arreglarse como en sus mejores tiempos. Después caminó hasta el estudio y contempló los recuerdos que había dejado ordenados el día anterior, sacó del cajón el tabaco y empezó a liarse un cigarrillo mucho más grande y regular que los de costumbre. Mientrás lo consumía recordó sus días pasados, los felices y los amargos, sirvió un brandy para acompañar el cigarro. Luego del cajón de la biblioteca, ese que nunca abría alcanzó una vieja lata de whisky; hace años ese era su licor; allí encontró una tela roja en la que envolvía su viejo revolver, un Smith & Weson calibre 32, la munición la tenía envuelta en otro trapo que alguna vez fue blanco con algun bordado antiguo. La caja y las telas definitivamente mostraban el paso de lo años pero lo habían mantenido a salvo de la humedad, el revolver estaba intacto, igual las balas.

Mientras desempolvaba recuerdos y artefactos olvidados hace décadas, corroboró que estaba a paz y salvo con el mundo, que el infierno es interior como ser ángel o demonio. Se fue a su habitación y frente al altar de Miguel, el Arcángel, con gran sentimiento agradeció como quien lo hace con el ámigo que siempre le ha servido. Luego de camino a la ventana desde la que observaba un pedazo de la calle se encontró con el retrato de su esposa, en está ocasión le dirigió una frase corta. Con el revólver aún en la caja se acercó a la ventana desde donde observó con la mano en la quijada y el codo apoyado en el marco de la ventana, vío a muchos de sus pájaros que exploraban su nuevo universo, en la otra mano y con el dedo en el gatillo el viejo revólver.

Cerró los ojos y los mantuvó así por unos momentos, como quién espera un golpe, luego empezó a oír pájaros y ruido de hojas, un bosque; respiró profundo cuando los olores a tierra humeda le parecieron conocidos, el viento lo despeinó recordó la sensación que desde niño le gustaba y se animó a abrir los ojos, parpadeó lentamente pero sin miedo, observó de un lado a otro manteniéndose quieto muy quieto, se encontró con un paísaje que le gustó. Cuando oyó la voz de mujer que a pesar del tiempo no había olvidado, descubrió que el cielo también es personal y que no estaba soñando. Un encuentro para recuperar el tiempo perdido y con sus aves. Una historia de amor.


No se sabe si Emilio hizo el bien, tampoco si traicionó a alguien o si asesinó, nunca se supo si era dadivoso o tacaño, lo que si sabemos es que amó a su esposa tuvo una vejez silenciosa, solitaria y tranquila igual que su muerte. Por que salvo contadas excepciones se muere como se vive.
Leonardo Hernández – Juan Pablo Navas.

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