viernes, 19 de septiembre de 2008

apagón intro

La luz de la luna delineaba con destellos de soldadura los árboles de la avenida al aeropuerto que el viento mecía de un lado a otro. De no ser así la oscuridad total. Ya había pasado la zona de edificios nuevos apretujados y en ese punto no transitaban muchos carros. Bajó un poco la ventana; apagó la radio y pese a que una corriente helada le enfrió la nariz prefirió oir el chasquido continuo de las llantas sobre el piso mojado y concentrarse en los ojos de gato de la carretera que brillaban. Aceleró a fondo para escapar de las sombras a las que jamás se acostumbró. El psicólogo que la atendió en la adolescencia culpó a sus hermanos que para mantener en secreto los juegos con las primas la encerraban en el clóset.

Unos minutos antes maldijó cuando se cortó definitivamente el fluido eléctrico y en un acto reflejo por el susto recordó todas las blasfemías que conocía. De repente la única luz que permanecia era la de la pantalla de su portátil. En desorden intentó recoger sus cosas del escritorio iluminándolo un poco con el celular para al final como quien recoge la basura de la cocina meter lo que más pudo en el bolso. Dadas las circunstancias lo único que quería era salir de allí. Mientras lo hacía, los muebles se le atravesaron y se golpeó varias veces antes de dejar la oficina y empezar a bajar los 15 pisos que le correspondian para llegar al parqueadero. Antes de eso tenía que pasar el corredor que en ese momento era de película futurista de terror, pero el teléfono funcionaba bien como linterna y la distancia hasta la escalera no era grande. Abrió la puerta de un solo golpe y sintió alivio por que tenían unos bombillitos de emergencia y un papel fosforescente que aprovechaba muy bien la poca luz: casí parecía un cine. Ineptos de la alcaldía, usureros de las empresas de servicios y qué tal la administración de este edificio, todo a precio de Japón y sin una planta eléctrica decente. En voz alta a cada cual le dio un poco.

Como un atleta aburrido de tanto entrenar tomó aire y de medio lado atacó las escaleras, para apenas en el tercer escalón entender que el diseñador de su traje y mucho menos el del calzado, nunca habían pensado que se pueden hacer esfuerzos algo más complicados que sentarse a comer. Ni modo, por lo menos aquí estaba un poco iluminado. Pasaba por el décimo piso y después de un par de traspíes se quitó los zapatos que metió en la cartera al darse cuenta que para no bajar dando botes lo mejor era no soltarse de la baranda y eliminar los tacones. Ahora todo el glamour se había perdido; descalza y con la agilidad de un borracho no sabía qué más podía hacer. Tercer piso: voces y risas. Pensó que la administración debería pagarle las medias y de caer les haría una demanda que les costaría ahora si hasta las medias. Estaba en esas, en el asunto de cuál sería la causa de la demanda: !Hijueputa! buen momento para encontrarme con los de servicios generales o quienes sean esos monos de 30 palabras, masculló; Los tipos seguro la escucharon, cosa que poco le importó. Los obreros, con el polvo removido a medias y el pelo con gotas densas de agua que les escurrian por las patillas y el cuello le decian de todo, no la tocaron porque estaban aún en el edificio pero si cumplían con la mitad de lo dicho no se levantaría en tres días. Sintió asco y también los insultó a su manera de niña bien. Bueno ya estaba al otro lado y agradeció cuando el celador con estatura de niño de trece años y cara de acólito subió linterna en mano para saber el porqué de la algarabía. La saludó Dra. más el nombre y la acompañó hasta el parqueadero, el enano de café también soportó los bajos adjetivos que le tiraron los rasos.

Con un sonido largo y agudo las ruedas anunciaron que había tomado de forma forzada la curva que después de un puente de doce carriles la sacaba de la avenida principal y la conducía directo a su casa en un barrio residencial de casas grandes y vías delineadas. Cuando vio que los jardines eran todos iguales, demasiado tarde sintió que debía disminuir la velocidad. Con práctica combinó palanca de cambios y acelerador para ir más despacio, pero no lo suficiente para reaccionar bien cuando un bulto negro salió de unos árboles. Frenó por instinto, sin embargo un golpe, un quejido de animal y una masa voladora la pusieron a temblar de inmediato. Conciente que algo malo había pasado y pese a que el instinto le indicaba huir: se detuvo y bajo del auto, como en los juegos de escritorio las rodillas se estrellaban y no había nadie. !Malparida oscuridad! Dijo en un grito que se le quedó entre los dientes apretados.

A media luz y con los nervios que le funcionaban solo para no desmayarse vio al perro y con precaución después de cubrirse brevemente la cara con las manos lo tocó en el pecho para saber si respiraba, efectivamente, aún lo hacía con la dificultad del ahogo en medio de convulsiones cortas y rápidas, una especie de tic. Seguía sin aparecer nadie, quien lo haría en esta oscuridad. A pesar de estar en una situación confusa concluyó que estaba sola, más que en el clóset de su casa de niña pequeña cuando temía que nunca la encontrarían y se ponía a llorar.

Intentó alzarlo para subirlo al vehículo pero pesaba mucho. Lo arrastró, para una mujer tan delgada y a pesar del gimnasio era difícil. Como pudo lo pusó en la parte de atrás después de abrirle un poco de espacio entre chécheres de última tecnología. Era un pastor alemán. El perro seguía con espasmos y hacía un ruido grave y líquido que se incrementaba; en un momento se detuvo en los ojos vidriosos a los que se les veía sin vida: negros, demasiado negros, más que esa noche. Se acercó un poco y puso la oreja sobre el can, entonces el rubio dorado quedó con unos visos negruzcos de sangre entre líquida y coagulada. Cerró y se subió al auto; arrancó y pensó en llamar ¿pero a quién? Si era una de esas bonitas que por lo mismo sufren de soledad.

El reloj del panel de instrumentos marcaba las ocho de la noche. Antes de ponerse en marcha y con la luz interior encendida le dirigió otra mirada al perro. Se empezaba a mover y puso las luces plenas, no fue sino hasta ese momento cuando vio a un niño como de unos doce años que la miraba recostado en un arbol que la miraba mientras sonreía maliciosamente. Se preguntó cuánto tiempo llevaría ahí y por qué no le ayudo si estaba tan cerca. Mientras arrancaba reparo un poco más en él niño de media risa ya que solo se le veian los dientes de abajo. Siguió su camino no sin antes intentar verlo de nuevo por el retrovisor pero lo unico que pudo distinguir era una sombra que parecía un árbol más.

La lluvia arreció hasta parecerse a un velo líquido de tienda arabe. Aún no podía controlarse del todo y sus movimientos seguian siendo algo torpes, ahora buscaba la forma de buscar quien curará al perro y con frecuencia miraba para verficar que continuara con vida, el tic había cesado por eso detuvo el auto para volver a tocar al perro. Respiraba. Aunque no tenía ni la meor idea de por qué ese hecho la tranquilizó. Solo así se le ocurrió llamar a las lineas de información para saber a dónde podía llevarlo. Pero al parecer en un anoche de apagón las cosas no resultaban tan faciles.

Pensaba que todo el mundo la veía aunque no había nadie, salvo un grupo de blaqueros que decidieron que esa noche con lluvia y sin fluido eléctrico era la ideal para darse un paseo entre sombras, caminaban y miraban el piso y cuando las luces del auto los ilumino todos levantaron la cabeza al mismo tiempo eran varios vestidos de la misma forma y en el orden del disco de los hippies esos que tenia su mamá en uan de las paredes del estudio. Al final de la fila el mismo niño de la risa siniestra se burlaba de ella. Aceleró aún más y lo chequeba por el espejo retrovisor pero no vio sino las sombras de los muchachos.

El objetivo era encontrar un médico veterinario y ya estaba en la puerta de uno. Golpeó con insistencia desesperada y al fondo reaccionaron los perros con ladridos agudos. Eso le hizo pensar que no se trataba de animales de gran tamaño. De un momento a otro se callaron como si alguién les hubiera dado la orden. Como si alguién le hubiera dado al universo la orden de callar un silencio denso lo abarcó todo. Al sentirse aislada se asusto y su acción fue quedarse quieta, expectante, solo orientandose con ojos y oidos. Volvío a tocar y en esta ocasión los golpes sonaron secos, sin eco, rompían el silencio como un cuchillo que troza un cartón. De nuevo se quedó quieta y solo escuchaba lo que tenia que ver con ella, en el mismo plano estaba su respiración, la dolorosa del perro, sus movimientos hasta los más mínimos y el motor del carro. No había aire ni eco, sólo vacío. Estaba perdida, en ese momento de silencios exteriores cuando oyó claramente una risa nasal que se mezclo con sus sonidos; intentó buscar de donde provenía y no encontró nada. Después de eso todo recobró su ambientación normal de ruidos y de luces tenues en las casas. En la calle continuaba la oscuridad y ella seguía sola con un perro agonizante. Volvío a tocar sin respuesta. Con resignación decidió continuar con la busqueda de ayuda, aunque ahora se le atravesaba el pensamiento de abandonar al animal en la acera, igual parecía que no lo podía salvar, quería huir, pero cuando lo volvió a mirar decidió continuar.

Continua...


Leonardo Hernández

Los Pájaros

LOS PÁJAROS
No hay necesidad de parrillas, el infierno son los demás.
J.P Sartre.


El cambio de temperatura del fin del día le avisó que era el momento de sacar las sabanas con las que cubría las jaulas de sus pájaros; todo lo hacia lentamente, y así fue desenvolviéndolas. Despidiéndose los mandó a dormir. La rutina diaria le dictaba que debía hacerlo mientras aún había luz, siempre pensaba en ellos, en su dependencia, y en lo que les podría suceder si algún día él les faltara; fueron su inquietud durante todos estos años, desde que por voluntad propia dejó de ver a sus hijos.

Se quedó un momento para mirar de nuevo las jaulas, preocupado por el frío vespertino que a ritmo de olas heladas anunciaba que definitivamente el día se acababa, que no daba para más. Buscó posibles huecos mientras sacaba un poco de tabaco negro para liarse un cigarrillo. Desde hace algunos meses la llegada de la noche le causaba agitación, cierta angustia se apoderaba de él y no podía quedarse en su casa; como a todos los viejos la calle le producia miedo pero siempre había sido un tipo valiente y cuando sintió que salir le costaba lo convirtió en uno de sus hábitos.

El hombre se asomó a la ventana, fumaba con atención y de paso observaba por el estrecho ángulo que tenía solo un fragmento de lo que sucedía en la calle; analizaba el terreno antes de salir. El radio que sonaba en el fondo lo mantenía alejado del ruido del mundo exterior y le imprimía a la escena un aire de otro tiempo. Emilio siempre fue práctico y cuidadoso; mientrás las cosas funcionarán jamas las reemplazaba, eso explicaba el mobiliario que envejeció con él y que a esta hora lograba un tinte aún más gris.

Terminó el cigarrillo y lo apagó en el cenicero que estaba en la biblioteca en la que se leían los clásicos de la literatura, algo de historia moderna y antigua, además de toda la crónica de la segunda Guerra Mundial; tomó el bastón, el abrigo, la gorra de paño y se fue hacia el portón del edificio que en pocos minutos dejaría de ser un vitral azul. Sacó las llaves que tenía en un llavero de cuero café con dos pequeños botones metálicos, a pesar del temblor de las manos, que se pensaría eran demasiado grandes para este tipo de tareas, abrió la puerta con la habilidad de un ladrón.

El viento le despeino los mechones blancos que aún le quedaban y le obligó a subirse el cuello del abrigo como un marinero; luego se acomodó la gorra para inicar su caminata nocturna, a pesar de los años y los achaques no se movía de forma lastimosa, más bien tenía un aire bastante digno, poco usual. Buen observador se detuvo en los colegiales que en medio de risas ya transitaban por el barrio después de salir del colegio público; los miraba encender torpemente los cigarrillos que compartian en medio de cortas pitadas, lanzando el humo denso del que no sabe fumar. Medio distraido continuó su camino, cambió de acera cuando vío el molesto pincher que traía la empleada del servicio y que siempre le ladraba, quería evitar los ruidos chillones del animal, no alcanzó su objetivo y el canchoso le ladró desde la otra vereda.

Mientras continuaba su paseo y como todos lunes, su primera parada fue para comprar alpiste en una cigarrería común a tan solo unas cuadras de su casa, lo pidió y sacó de la billetera unos billetes muy ordenados para pagar, después frente a la solicitud de la empleada anoréxica y para facilitar el cambio buscó algunas monedas en su monedero también de cuero, no encontró lo que buscaba y cuando le dijó que le pagara después, la miró con frialdad despectiva, ella bajó la mirada y de sus propias pertenencias sacó el dinero que le hacia falta. Sin más salió con el mismo aire de suficiencia con el que entró; pero antes se detuvo en el umbral para esperar a que pasaran unos novios melosos que le obstruian el paso, tiempo que aprovechó para mirar el interior de la bolsa de papel donde le empacaron la comida para aves.

Esta hora de plena ebullición, cuando la ciudad adquiere un movimiento vertiginoso de quienes quieren llegar a su casa y de los que apenas cambian de actividad le ponía a pensar que los tiempos cambian, contrario a cuando era niño la ciudad no se paraba a las primeras horas de la noche. Sin darse cuenta llegó a la pequeña tienda, tomó uno de los periódicos que estaban en el mostrador a disposición de los clientes y se sentó a leer las noticias trasnochadas de ese lunes. Lo mismo de siempre, las políticas que parecian no cambiar, la pobreza siempre presente, las noticias deportivas que terminan siendo pura estadística, los millonarios y sus deslices, en fin, más de lo mismo. Como todos los días le dedicó casi una hora a esta labor que ya le parecía un poco árida pero que le servía para acompañar el café que pidió para combatir el frío. Antes de irse releyó una nota corta: Juan Pablo II indicó que el Infierno es un lugar de sufrimiento espiritual, que no es físico.

Para Emilio que si bien no era un radical de la religión la idea no dejó de causarle cierta inquietud, se despidió brevemente como todas las noches de los viejos que jugaban ajedrez o parqués, también de los que solos se dedicaban a recordar, algunos les sonrieron amablemente otros fueron indiferentes; se volvío a vestir con lo que traía puesto que al entrar a el calor del lugar lo habia hecho quitarse el abrigo manteniendo sólo la gorra; se acomodó el cuello y salió de regreso a su casa, pensaba en lo que comería antes de dormir.

Se detuvo en la tienda de abarrotes, allí pidió algunas cosas para llevar: algo de café, tabaco, una veladora y algo de comer para la mañana; definitivamente no era de los que gustan de los supermercados de autoservicio; era más bien de la vieja guardia que prefiere la casi extinta atención personalizada. Guardó los pequeños paquetes que acomodó en una bolsa de tela negra que traía siempre en el bolsillo del abrigo, preguntó lo que debía, pagó y salió. Ahora antes de lanzarse a la acera ojeó atentamente los posibles peligros que pudiera haber en el camino de retorno a su casa, para ese momento de plena oscuridad y la calle se llenaba de espectros.

Como todas las noches el regreso era mucho más veloz, aceleró un poco el paso y el ruido del bastón produjo un sonido síncopado con el de sus pasos, casi musical; cuando dobló para el último trayecto caminaba a ritmo normal. Justo en la esquina de su casa saludó sin decir una sola palabra pero levantando de forma complice una ceja a una decena de muchachos, algunos le respondieron amablemente de la misma forma después de suspender su conversación, como cuando aparece un profesor. Recogió un par de botellas tiradas en el antejardín del edificio, abrió la puerta y entró como quien no quiere el lugar en donde vive.

Se dirigió directamente al estudio, se detuvó por unos segundos frente a la foto de su esposa y la saludo en completo silencio esbozando una leve sonrisa. Luego, fue al cajón del escritorio y sacó una carpeta donde guardaba todos sus documentos, recibos del último tiempo, todos pagados; sin embargo volvió a revisar. Al parecer todo estaba en orden y se recostó sobre la silla con aire de tranquilidad. Se levantó y de otra gaveta sacó un poco de tabaco para armar un cigarrillo, mientras fumaba fue a la biblioteca, abrió un cajón de la parte inferior y con algo de esfuerzo alcanzó una caja que se notaba no abría hace tiempo; contenía algunas fotografías y cartas, recuerdos que empezó a ver al principio con alegría, luego con resignación y finalmente con tristeza.

Ordenó las cartas y las fotos. Primero en orden cronológico y luego agrupándolas según su memoria como quien juega solitario. Así los dejó y se levantó para salir del estudio, miró el cuadro de san Agustín y de la licorera tomó una botella de brandy que últimamente destapaba con más frecuencia, con destreza la abrió brindando con el santo y se sentó a ver televisión. Se terminaba una telenovela y se dispusó a ver las noticias con la certeza que sería más de lo mismo que había leído antes en el café: títulares, muertos, comerciales, desfalcos, deportes, internacional, de nuevo el asunto del Papa; la idea no lo dejaba en paz, todo el tiempo desde que la leyó le acompañaba, algo le había ocurrido. Para un tipo creyente como él, este tipo de cosas no dejaban de alterarlo; pero lejos de causarle desazón la afirmación eclesiástica parecía tranquilizarlo. Durante muchos años creyó; incluso cuando tenía amigos defendió la idea de que el infierno era interno y de una u otra manera rondaba muy cerca de cada quien. Decidió esperar la nota pero cuando se le resbaló el control remoto y se despertó ya estaban de nuevo en otra telenovela.

Somnoliento avanzó hasta su habitación, está vez hizó una oración breve frente a Miguel, el Arcángel, y se dío a la tarea a veces difícil de dormir.

Al igual que todos los días se levantó antes del amanecer, encendió la estufa y pusó el agua para el café; mientras tanto sacaba de la alacena lo necesario para darle a los pájaros de comer y beber. Con un orden casi ritual repartió el alpiste, las plantas y las frutas, según el número de pájaros de cada jaula y según su especie. Cuando la cafetera sonó ya estaban listas las raciones de cada cual, sirvió y se fue destapar las jaulas; ya amanecía. Empezó a verlos comer mientrás se tomaba lentamente el café, después del plato fuerte de las aves empezó la repartición de los panes: humedo para algunos, seco para otros, se cercioró que todos estuvieran comiendo y se fue a preparar lo suyo.

Un par de huevos fritos, pan, fruta en trozos y de nuevo café, al fondo las noticias a las que no les prestaba demasiada atención; aún seguía rondándole en la cabeza la idea del infierno. Contrario a lo que se podría pensar, para él parecia un alivio la nueva del día anterior. Comía sin apuros, disfrutaba cada momento de su desayuno. Los periodistas de la radio comentaban la noticia de nuevo, le pareció interesante el hecho de que una idea más o menos revaluada desde hace siglos causará tanto revuelo, una sonrisa poco usual en Emilio volvío a exhibirse. Mientras se tomaba el último café se levantó y fue a la ventana para ver el único fragmento de realidad exterior que aparecia por ella. En la noche; seguramente por el brandy que se había tomado; no se dío cuenta que había llovido, ahora todo estaba anegado, todo estaba mojado y el agua hacia brillar los pocos árboles que alcanzaba a ver; en los charcos se reflejaban distorsionandose algunas figuras matutinas.

El sol ya aparecía con buen brillo y la fría mañana empezó a calentarse. En el portón de entrada del edificio ya se oía a la empleada que iniciaba sus labores, como siempre Emilio supo que era el momento de empezar a sacarlos, fue al patio interior donde los tenía y tomó la jaula en la que estaban los más pequeños; siempre creyó que debido a su tamaño eran los que necesitaban más calor. Bajó las escaleras apoyandose en la barandilla, de paso aprovechó que ya la conocía de memoria y les cantaba imitando su silbido, llegó al antejardín y los dispuso con la ayuda de una vara en el mismo lugar de siempre, en algunos salientes de las ramas, a la sombra de un cerezo que había crecido bastante en los años que llevaba en este apartamento y que los protegía de la luz directa pero que permitia pasar la suficiente para que se pudiesen calentar sin asarlos.

Siempre estuvó atento a los empleados de servicios públicos o a los jardineros de la zona para que arreglaran los apoyos de tal forma que tuviera donde poner las jaulas. De la misma manera en la que bajó, empezó a subir las escaleras, no sin antes recomendarlos con la empleada que aprovechaba para ir a saludarlos; seguramente le recordaban su terruño; subió, entró en la casa, saludó la foto de su mujer y fue por las demás jaulas que tenía que bajar de una en una, y eran siete. Eso era lo único que le molestaba de sus achaques, le hubiera gustado hacer menos viajes para dedicarse a tomar el sol con sus animales.

El viejo y sus pájaros eran el espectáculo matinal del barrio, los oficinistas lo saludaban y el respondía con una mirada amable, los niños de las rutas de los colegios, sin importar la edad interrumpian sus juegos en el bus para agolparse en las ventanas a mirar; es más, un par de conductores se detenían por algunos segundos para que los vieran y le dijeran adios con la mano; él les respondía de la misma manera. No faltaba el transeunte que le preguntaba alguna cosa sobre los tipos de pájaros, a ellos los atendía amablemente sin extender demasiado la charla; a los que definitivamente no soportaba y que ni determinaba era a las señoras melosas o a los amantes de los animales que lo increpaban por tenerlos en jaulas, al que preguntaba si estaban en venta recibía una respuesta que podría parecer desmedida o jocosa; bien podría Emilio preguntarles si venderían a su mujer o a sus hijos. Así transcurría la mañana del viejo: leía y los pájaros se divertían. De cualquier manera no pasaban desapercibidos ni las aves ni el viejo. En esos momentos comenzaba a preguntarse si sería verdad eso de que las personas solas asustan a la gente.

Ese día Emilio almorzó al lado de sus pájaros, se veía tranquilo y alguién que lo conociera a fondo podría decir que estaba feliz, a media tarde llegó el celador del edificio de al lado, el que le hacía el favor de cuidar las jaulas mientrás el viejo empezaba una labor que le tomaba un buen tiempo. Empezó con los más pequeños, cuando llegó al patio para ponerlos en su lugar, justo cuando pasaba la puerta de acceso se detuvó e inexplicablemente se devolvío con la jaula. Al llegar a la calle el celador que estaba jugando con los pajaros, algo asombrado le preguntó qué pasaba, el

viejo no le dijo nada, le dio una palmada en el hombro y sonrió. Volvío a colgar la jaula para luego con la vara abrir la puerta de los pájaros. Inicialmente no quisieron salir, pero luego se fueron de uno en uno con destino incierto, algunos para los árboles cercanos, otros se posaron en los postes del alumbrado; no faltaron los que torpemente intentaron regresar; pero finalmente todos terminaron cerca al viejo como observando desde la libertad. Antes de entrar se quedó unos minutos observando qué hacian. Esa tarde Emilio los libero a todos con felicidad en el rostro. Cuando el portero le preguntó el por qué de la acción el viejo se limitó a decirle que cuando se ha vivido en una jaula y se conoce la libertad la muerte parece menos inminente, el portero hizo cara de no entender y se fue a continuar con su labor.

Subió a su casa, cerró la puerta, sacó los discos y escogió uno que seguramente le traía recuerdos de tiempos mejores, lo dejó sonando y de nuevo saludó a su esposa; fue al baño, se afeitó y tomó una ducha larga; cosa que nunca hacía a esa hora; sacó su mejor traje, cambió la música y empezó a arreglarse como en sus mejores tiempos. Después caminó hasta el estudio y contempló los recuerdos que había dejado ordenados el día anterior, sacó del cajón el tabaco y empezó a liarse un cigarrillo mucho más grande y regular que los de costumbre. Mientrás lo consumía recordó sus días pasados, los felices y los amargos, sirvió un brandy para acompañar el cigarro. Luego del cajón de la biblioteca, ese que nunca abría alcanzó una vieja lata de whisky; hace años ese era su licor; allí encontró una tela roja en la que envolvía su viejo revolver, un Smith & Weson calibre 32, la munición la tenía envuelta en otro trapo que alguna vez fue blanco con algun bordado antiguo. La caja y las telas definitivamente mostraban el paso de lo años pero lo habían mantenido a salvo de la humedad, el revolver estaba intacto, igual las balas.

Mientras desempolvaba recuerdos y artefactos olvidados hace décadas, corroboró que estaba a paz y salvo con el mundo, que el infierno es interior como ser ángel o demonio. Se fue a su habitación y frente al altar de Miguel, el Arcángel, con gran sentimiento agradeció como quien lo hace con el ámigo que siempre le ha servido. Luego de camino a la ventana desde la que observaba un pedazo de la calle se encontró con el retrato de su esposa, en está ocasión le dirigió una frase corta. Con el revólver aún en la caja se acercó a la ventana desde donde observó con la mano en la quijada y el codo apoyado en el marco de la ventana, vío a muchos de sus pájaros que exploraban su nuevo universo, en la otra mano y con el dedo en el gatillo el viejo revólver.

Cerró los ojos y los mantuvó así por unos momentos, como quién espera un golpe, luego empezó a oír pájaros y ruido de hojas, un bosque; respiró profundo cuando los olores a tierra humeda le parecieron conocidos, el viento lo despeinó recordó la sensación que desde niño le gustaba y se animó a abrir los ojos, parpadeó lentamente pero sin miedo, observó de un lado a otro manteniéndose quieto muy quieto, se encontró con un paísaje que le gustó. Cuando oyó la voz de mujer que a pesar del tiempo no había olvidado, descubrió que el cielo también es personal y que no estaba soñando. Un encuentro para recuperar el tiempo perdido y con sus aves. Una historia de amor.


No se sabe si Emilio hizo el bien, tampoco si traicionó a alguien o si asesinó, nunca se supo si era dadivoso o tacaño, lo que si sabemos es que amó a su esposa tuvo una vejez silenciosa, solitaria y tranquila igual que su muerte. Por que salvo contadas excepciones se muere como se vive.
Leonardo Hernández – Juan Pablo Navas.

martes, 16 de septiembre de 2008

el Fantasma de George Best

EL FANTASMA DE GEORGE BEST.


Lentamente y en estricta fila los vehículos entran por la puerta grande del cementerio; vienen cargados de pesares y recuerdos; cada uno contiene un fragmento de vida que perteneció al ahora ausente. La carroza fúnebre pesadamente hace su aparición; como si la vida cuando se extingue se tradujera en toneladas y el motor no pudiera con ella; al detenerse, las acontecidas caras se arremolinan en torno a la caja de madera que sirve de lecho final, demasiado holgada para lo que ha de albergar.

Siguen: las plegarias, las lágrimas, el adiós.

Los apenas conocidos y los más lejanos se marchan raudos, con una salida diplomática y un apretón de manos sin mirada que lo acompañe, vuelven a sus asuntos. Los amigos entrañables acompañan en silencio, sin encontrar las palabras precisas para el momento. Los hermanos esperan un tiempo más, todos intentando entender este final. A paso lento se van yendo, haciéndose a la idea fatal de lo que fue y no volverá a ser; ¿Tal vez buscan asuntos inconclusos? Ahora todo son Juegos de la Memoria en momentos que no se eligen, como este, que aparece como una cicatriz vuelta a sangrar.

Después: el silencio grande y profundo reclamando lo que desde siempre le ha pertenecido.

Escenas como esta se repiten varias veces al día, resultan más o menos iguales. El poco accidentado oficio de centinela de cementerio, acorde a su espíritu huraño y meditabundo, solo es interrumpido por momentos similares. Los entierros para él no significaban nada y difícilmente lo sacaban de sus cavilaciones; son tan de otros que desde su barrera propia, de vigía, no lo podían alterar. Se dedicaba silenciosamente a observar.

De inmediato se percató que en los días siguientes a cada sepelio se acercaban esposos o esposas, hijos y amantes, aparentemente buscando ponerse a paz y salvo con el ausente, para luego, paulatina e inesperadamente, empezar a desaparecer haciendo ellos las veces de verdaderos fantasmas.

Sin reparar mucho, piensa que el tiempo los sana y que el presente vence a esa potencia del alma que es la memoria.

De nuevo el silencio, sin conciencia, amorfo, puro y siempre el mismo.

Buena parte del tiempo solo el vacío cubre el lugar verde, llegó a pensar que si el olvido tiene algún color definitivamente tiene que ser este. Las visitas se ausentaron y la vida continuó en medio de su cambio impredecible. Sin embargo, algunas tumbas nunca se olvidaron; a ellas se acercan familiares o amigos, buscan un lugar donde el evocar les haga vivir cosas otra vez. Hay otras, para él las más interesantes, donde de manera extraña y continua, y sin otro patrón que el lunes día de muertos, se acercan gentes de diversa índole, que van llegando de uno en uno; de dos en dos; que se repiten, algunas con presente floral, otras sin él.

- ¿Qué será?- Se preguntó.

Un revés económico de su familia lo obligó a tomar medidas desesperadas. Sí antes tenía poco, ahora no tenía nada. Así las cosas, decidió trabajar por primera vez en la vida, y teniendo presente que no sabía hacer nada en particular, se decidió entonces a buscar algo que no demandará ningún conocimiento específico, en aquel momento se le presentaron dos opciones que aparecían en el periódico del domingo; a su modo de ver, la primera tenía que ver con animales que tenían dueños que no tenían el tiempo y la paciencia necesarias para andar detrás de un perro que quiere orinar cada dos metros y olfatear traseros cada tres; la siguiente, le pareció más tranquila y proponia cuidar muertos bien enterrados por turnos intercalados, 24 horas de día y otras tantas de noche.

Recordó que al cabo de unos días le empezó a gustar el hecho de tener mucho tiempo para él. Su ánimo callado y curioso le hacia fijarse en los rituales que ocurrían en los prados. Se había acostumbrado simplemente a observar los diversos tipos de funerales que había clasificado a su manera: los concurridos y dramáticos, los sencillos y sentidos; no faltaban los cargados de ira y rencor. A la vuelta de un par de días le atrajo el hecho y los comportamientos de las personas que iban a pedirle a sus muertos.

En medio de sus rondas, algo lentas para un vigilante, le asaltaban ciertas preguntas:

-¿Qué relación habría entre los de este mundo y los del otro? ¿Serían escuchadas sus súplicas? ¿Habría respuestas?-

Sin importar el momento del día, estas dudas lo acechaban; ocupaban sus horas de tedio, también le robaban momentos a la preocupación cotidiana, la de leche y pan.

Esa mañana, después de entregar su turno de madrugada del domingo, y aprovechando la tranquilidad del trabajo, que salvo algún ebrio confundido por la oscuridad y alguna pareja de amantes que después de hacer lo suyo se marchaban para evitar las represalias de cualquier ánima en pena molesta por la intromisión y la falta al decoro, empezó a empacar sus cosas.

Con un único pensamiento en mente salía aún vistiéndose. – ¡Al barrio, a jugar fútbol!-

A pesar de la larga noche de trabajo y del sueño que lo hacía cabecear, reparó en el verde del césped del barrio, menos intenso y algo maltratado por el trajín, pero verde al fin; aquí la hierba aparece alegre y multicolor, adornada con ambiente festivo alrededor del campo. Allí se reunían los rodillones: atletas indisciplinados de fin de semana y con más de un achaque encima. Los mismos que se reponen después de un juego con cerveza nacional y colesterol, también nacional, en su empaque más popular y apetecido: fritanga de la mejor.

No sabía por qué le gustaba jugar y ver fútbol, sino estaba acorde con su forma de ser, inclinada más bien hacia la austeridad social. De cualquier manera, se transformaba momentos antes de iniciar el partido, pero el embrujo solo duraba noventa minutos, y es embrujo porque jugaba realmente muy mal, parecía poseído por el alma de un jugador de billar que se equivocó de lugar. Le entregaban una esfera a velocidad promedio de 12 kilómetros por hora, según se conoce. Entonces: ¡Qué dinámica de fluídos instintiva¡ ¡Qué rotación moderada¡ ¡Ni qué nada¡ Él devolvía un torpedo a cientos de millas por hora o en su defecto una masa densa y pesada que no llegaba nunca a sus compañeros de equipo.

Eso sí, a su favor contába su despliegue físico, definitivamente, lo barroco del juego no era su fuerte. Daba todo de sí en el campo, persiguiendo a cualquier contrincante; en no pocas ocasiones ocupaba el lugar del trasnochado del equipo o el del padre de familia que tuvo reunión de colegio. Su posición era comodín izquierdo, central o derecho. El puesto no tenía mucha importancia, total era igual de torpe con ambas piernas y la cabeza, como difícilmente la levantaba, sólo le era útil para verificar que las líneas del campo estuvieran bien marcadas. Una semana portero, la siguiente, marcador de punta y desde luego un entusiasta aunque débil volante de marca. Las demás funciones del juego estaban más allá de sus posibilidades, o sea, nunca fue volante de creación o zaguero central. Le fastidiaba y deprimía de sobremanera ese calvo regordete, que lo ridiculizaba con imperceptibles movimientos de cintura y que sin ningún contacto lo dejaba encima de los rosados y pomposos algodones de azúcar que mitad golosina y mitad maquillaje infantil teñían las mejillas de las hijas de algún colega de domingo. Los rechazos “a la maldita sea” era los que mejor le venían; sin culpas, ni complejos; un balón a escasos metros de su arco podía convertirse en un Home Run futbolero.

Lo admitieron en el equipo gracias a su persistencia, siempre era el primero en llegar, el único que observaba los rivales detenidamente, el nerd que entre su maleta y al lado de su uniforme de vigilante llevaba varios pares de medias, camisetas de repuesto y varios juegos de pantalonetas mejor planchadas que un traje de primera comunión; todo esto, por si acaso. De nuevo en su favor y por simple interés abogaban los balones que sagradamente se estrenaban con cada prima de navidad o de vacaciones que recibía. El troncazo más grande de la región. La mejor forma de conocer lo que no se debe hacer cuando se juega fútbol.

Cuando el juez señalaba el centro del campo después de los noventa minutos, y casi una decena de goles de todas las facturas en contra, el famoso tercer tiempo empezaba, más esperado por sus compañeros que el mismo juego, no tenía aplicación para él; para ellos la cerveza, los cigarrillos y la comida en grandes cantidades se constituía en la mejor oportunidad para reponerse y comentar una y otra vez la serie de goles propios y ajenos; también hacia las veces de picota pública, donde el árbitro era el primer lapidado. Los comentarios del resultado final, siete a favor y cinco en contra, no le interesaban, prefería ver más partidos en la misma cancha a ritmo de paleta de limón o irse a su casa a disfrutar los goles y los partidos de fútbol, “el deporte”.

Así pasaba el domingo, fútbol desde que amanece hasta que anochece; más envolvente que una novia celosa.

Como quien puede mantener los afanes del sueño, su dormir dominguero lo incluía en grandes gestas futboleras. En sueños, era goleador, atajador, defensa, volante, hasta entrenador infalible. Nunca una pesadilla, jamás lo expulsaban o lo goleaban, mucho menos perder en el último minuto contra el rival más odiado, el de patio.

Lunes, qué hacer con ese día cansino, siempre se contagiaba de las caras de estudiantes, obreros y hasta ejecutivos, que conduciendo lujosos carros y a pesar del estéreo, las sillas de cuero y el perfume, parecían no saber si lo iban a sobrevivir. Por fin, llegaba a su trabajo. Siempre pensó que a sus inquilinos del cementerio realmente no les importaba si era lunes o viernes, Navidad o quincena; su reino definitivamente no era de este mundo. Ese día, centró su atención en un par de personajes de distinto aspecto, sexo y carácter; ambos llevaban plaquitas de mármol y flores a una misma tumba. La curiosidad, la feroz enemiga de los felinos domésticos, empezó a motivarlo a la búsqueda de un -¿Por qué será? ¿Para qué será?-

Antes de terminar su jornada, decidió investigar de qué se trataba el asunto; una tumba pobremente cuidada que dejaba de ser anónima gracias a un epitafio escueto y pueril que rezaba: “Máximo Llorente. Bogotá 1912 – 2000. Mucho dinero, pocos amigos; pero buena gente”. A su lado, una serie de plaquitas de piedra y plástico en las que resumiendo se agradecía casi siempre de la misma forma: -¡Gracias por los favores recibidos!-

De camino a su casa recordó un cuadro de hace algunos años, cuando estaba recién incorporado a su labor de centinela de cementerio; carcelero sin llaves o administrador de silencios, así le gustaba llamar a su profesión para romper el aburrimiento y divertirse con algún título pomposo y cursi sin aplicación práctica. En esa época observó un sepelio muy concurrido donde parecía no haber deudos; de hecho, todo el mundo se fue al instante y los arreglos florales fueron acomodados por el personal de servicios generales. Recordaba los comentarios de que así deberían ser los entierros de las sociedades anónimas, sin una sola corona de allegados, todas se firmaban como: proveedores, grupo de inversiones, grupo de cobranzas, y similares; en ese entonces le pareció irrelevante.

Mientras lo apretaban en el nuevo sistema masivo de transporte, creía que don Maximo continuaba en lo mismo, dando trabajo y suficiente con eso; repasaba un poco más a fondo las plaquitas donde también se leía: -Agradecimiento por los favores recibidos-, -gracias por ayudarme a conseguir empleo-, -El número de la lotería que me dio ganó-; cosas de esas. Entre semáforos mal sincronizados y paraderos, pensaba que seguramente después de muerto se continúa con la misión terrena, o que tal vez sería castigo divino y el objetivo descansar en paz se aplaza por unas décadas hasta completar cierto número de milagros.

Luego de sobrepasar la férrea defensa de fútbol para gringos que se agolpa en la salida del transporte masivo, apenas poniendo en su lugar la ropa y los huesos, terminó de frente contra el puesto de revistas, ahora si podía leer los titulares ya añejos del día que terminaba. Como siempre, acercándose de frente a los periódicos deportivos de otros lugares del mundo que compartían vitrina con modelos y titulares ensangrentados, se encontró con una foto vieja, de un mechudo de largas y abundantes patillas; buena pinta, camiseta roja y pantaloneta blanca. Al comienzo pensó que se trataba de un cantante, de esos de MTV, que hacia publicidad, como el fútbol, “el deporte”, tiene tanto de eso. Sin embargo, no lo obvió y se concentró en el pie de foto: -El ex futbolista norirlandés del Manchester United, George Best, de 59 años, falleció el 25 de noviembre en una clínica de Londres a causa de una hemorragia interna provocada por su adicción a la bebida que afectó sus pulmones y otros órganos vitales.-
En otro párrafo interior aparecía: -Defendiendo los colores del Manchester United consiguió el campeonato de liga en 1965 y 1967, además, ganó la Copa de Europa en 1968. El mismo año le fue otorgado el Balón de Oro por la revista France Football e igualmente recibió un premio por parte del periodismo inglés. Fue también recordado por sus devaneos con el alcohol y las drogas, y también por su gran debilidad hacia las bellas damas.-
- ¡Que tal el personaje!- Se repetía.
Esta vez, después de ir a comer a los restaurantes de almuerzo recalentado, no entró a ver una película que no entendería de cine arte, tampoco una lata de cine de acción en un rotativo. No sabía por qué le interesaba el tal Best, pero ensayaría una investigación a la moderna en un café Internet. El dilema en este punto era escoger entre alguno que se asemeje a un sistema de transporte, pero no del masivo, sino del otro, del barato; esos lugares donde la luz ácida y chillona compite ferozmente con el atroz color de las paredes; donde las páginas de porno hacen más ruido que la calle contigua; los mismos donde para separar los dedos del teclado hay que hacer un esfuerzo mayor. La otra posibilidad, era algo más amable, uno diseñado a partir del molde de una cafetería con pretensiones de bar estilizado. Las alternativas no le entusiasmaban, pero no importaba, el objetivo era descubrir algo más del roquero del fútbol inglés.

En la historia de los mundiales no lo encontró, obvio, era norirlandés, esos no han ido a muchos; “firmó su primer contrato profesional a los 17 años”; “la historia se repite”; “de la mano de”, o mejor, “de los pies y la cabeza de George Best por primera vez un equipo inglés gana la copa de Europa”, esa no se la sabía, que jugaba con Bobby Charlton en ese equipo, a Charlton si lo conocía; apenas comprensible, los ingleses, a pesar que difícilmente ganan algo, aparecen en la historia de las selecciones nacionales; que “a los 22 años fue considerado el mejor jugador de Europa”, ¿Joven?, y después de leer testimonios de su inteligencia, velocidad y arrojo mezclado con desparpajo frente a las defensas rivales, todo se convertía en una crónica de estrella de rock, con lindas mujeres de todas las nacionalidades, fiesta, playa, dos clubes nocturnos de su propiedad y mucho rock and roll. Una verdadera estrella de rock.

Descubrió que el sobrenombre del futbolista, el Quinto Beatle, estaba a la medida para un apellido narciso: Best. Corroboró que efectivamente se fue de este mundo un buen día de noviembre, después de un transplante de hígado y de haber ofrecido mucho talento en los campos de juego. Toda la literatura que encontró acerca del irreverente irlandés incluía la frase: "Gasté mucho dinero en alcohol, mujeres y carros veloces. El resto lo despilfarré".

Por su mente iban y venían jugadas, gambetas, le sorprendía la velocidad, verlo a él a un ritmo mientras que los rivales lo perseguían a otro mucho más lento. ¡Cómo, sí parecen tullidos! No se le podía olvidar la invitación simpática a que le arrebatarán el balón; las manos en la cintura que indicaban la actitud de repasar lo que acababa de hacer o simplemente para ver la cara desesperada e impotente de sus rivales. George Best celebraba cada gol con un gesto tiránico y desprevenido, la mano derecha arriba, ese, era su sello.

Como siempre, cada que se le atravesaba algo en las sienes, la semana transcurrió con una idea fija en la cabeza. Sí, le gustaba el fútbol, el juego más que el deporte atiborrado de marcas y mafias. Sí, era conciente de que no era el mejor, sino todo lo contrario, el peor troncazo del barrio, una total alegoría a la torpeza; entonces, si los muertos ayudaban, pediría ayuda, pero no a don Maximo, que era el hacedor de milagros que mejor conocía, tendría que recurrir a otro. Ocupación tenía y el dinero no lo afanaba, su trabajo lo tenía por rebelde, solitario y también por necesidad. Intuyó que Llorente solo era útil cuando de asuntos monetarios se trataba, el elegido entonces fue George Best, a lo mejor el Beatle al igual que Llorente desde donde estuvieran seguían en la misma, y a través de terceros no abandonaban el negocio.

Había que aparejarse de lo necesario para tal fin; teniendo en cuenta que la tumba del futbolista estaba muy lejos, recortó una foto de 4X7 que después de una laminación dura serviría de estampita; la puso en un pequeño altar con vela incluida y unas flores que la acompañaran; antes de salir al campo de juego pedir fervorosamente el favor y a hacer lo de siempre: correr, tropezarse y atropellar rivales, en pocas palabras, faltas a las buenas maneras futbolísticas, imaginarse otra vez al que lo haría morder el polvo, un gordito con rezagos de buen fútbol o un muchacho de otra categoría incluido ilegalmente a última hora por los rivales, de esos que escasamente se ven pasar, porque mientras se está de bruces es muy difícil seguir al contrario. Estas situaciones hacían parte de su juego y no pensaba cambiar de distracción dominical.

Por fin, tarde de domingo: asaderos llenos, igualmente el cementerio, vehículos que salen de la ciudad, familias felices y otras simulando, uno típico. Para él todos los caminos conducían a la cancha. El trayecto le pareció mas largo, estaba ansioso, quería saber si la ayuda que había solicitado al más allá sería efectiva.
Como siempre, fue el primero en llegar, una hora antes. Cuando el resto del equipo aparecía de uno en uno y la incertidumbre de perder por W se desvanecía, empezó a calentar, era el único que lo hacía, cosas de los curas del colegio; recordaba que por once años le advirtieron de los inconvenientes de no hacerlo, le decían que después de los pecados veniales y mortales venían los deportivos, y que ser pecador no deja de traer inconvenientes.

Y empezó el juego, esta vez de volante, la bisagra del equipo; los balones que le llegaban ya no salían corriendo de sus pies. Para contar los pases o asistencias, como suelen nombrarlos en el fútbol, “el deporte”, tenían que usarse ambas manos; poniéndolo en términos de historia que fue lo que estudió, descubrió que driblar a un contrario crea la satisfacción de ser el dueño del mundo, que ganar un cabezazo en un tiro de esquina es sentirse como Atila triunfador aún en batalla, que orientar los movimientos y lograr que lo que se dice se cumpla, ni Napoleón, y que anotar un gol no tiene nombre: significa que Dios nos regalo algo de su divinidad. Al finalizar el juego, todos detrás, el buen jugador primero, los que solo corren, después.

Esa tarde no lo despidieron como en otras jornadas con un – ¡Nos vemos la próxima semana!- Todo era celebración. Cuando se juega de esta manera vale la pena comentarlo en el tercer tiempo, se convirtió en el centro de atención, Mick Jagger después del mejor de sus conciertos, cerveza va, la otra viene, la rubia, hermana de alguno, que no lo miraba ni para escupirlo ahora le sonríe; todos se acercan, lo rodean. La estrella. En medio del festejo y con la certeza de un milagro algunas preguntas le golpeaban su cabeza aturdida por la algarabía y el alcohol: ¿Cuando le ayudaría George Best? ¿Durante el juego? ¿En el tercer tiempo? ¿Todo se resumiría en un problema de actitud? Rápidamente solucionó el dilema, creyendo que cuando hay milagros, las preguntas son menos importantes que los hechos.

De camino a su casa, era tarde, no se lamentó por haberse perdido los resúmenes de la actividad deportiva y cuando la media noche se asomaba, feliz, agradeció en pensamientos y con algún susurro a su santo pagano hacedor de milagros vespertinos: ya no era un tronco en el campo, tenía nuevos amigos, que a fuerza de envidia y con algo de vergüenza debido a su mal juego había evitado hasta entonces.

El mismo lunes, antes agobiante, se presentaba como preámbulo de una buena semana de ganador. Tenía pensado renunciar a su trabajo al que había accedido en una búsqueda de separación del mundo, en un ataque de misántropia, también evadiendo el sinsentido de su cotidianidad. Esa mañana como muchas otras estuvo matizada por el gris sabanero, ni siquiera un gris de lluvia inminente; de esos que hacen cambiar los espíritus festivos hasta llevarlos a una contemplación taciturna; como siempre continuo observando los aconteciminetos que se desarrollaban en el cementerio, de un momento a otro lo atrajó una mujer ya entrada en añós pero de buenas formas que rápidamente para no ser decubierta escondía algo en una de las tumbas.
Después de esperar a que se marchará se acerco; escarbó la tierra y con curiosidad temerosa saco una bolsa: de color vino tinto apenas ocupaba un tercio de la mano; estaba humeda, con un poco de asco desató el cordon, en el interior había un par de fotografías, una de carné obviamente era la de la mujer y la otra que a simple vista parecia recortada de una foto grupal, se veia a un hombre moreno sonriente; en el envés de ambas se leía la misma inscripción: -maita, le agradesco por el fabor por fin el tadeo y yo estamos juntos le pongo estas dos foticos para que nos cuide desde aca- sonrió ante la inscripción, además de las fotos encontró una estampa era San Antonio con un bordado sútil que unia la cabeza con el resto del cuerpo. No sin sorpresa y temor, además sintiendose un poco culpable por la intromisión y antes del aguacero que ahora si parecía llegar anunciado por unas gotas finas que pronto serían continuas, guardó todo entre la bolsa y lo acomodó de la misma forma en que lo había encontrado.

Se retiró del lugar cabilando, confirmando, la mécanica de los muertos que hacen milagros; el caso de Llorente y el de Best le habían confirmado sin certeza plena que ellos se mantenían en sus asuntos terrenales, María Tulia Fonnegra, Maite, parecía corroborarle la idea de la especialización fantasmal: una busqueda de redención o en su defecto una condena divina, también podría ser un apego por este mundo que no querian romper, de allí la tozudez de mantenerse a través de vínculos humanos. Así descubrió tumbas de viajeros, prestamistas, asesinos y prostitutas: que quiza solo entienden que es mejor la maldición al olvido.
El turno transcurrió sin sobresaltos, como si la muerte se hubiera dado un respiro breve, por lo pronto: afinado el ojo; la cabeza sólo entre él y los ausentes, y esperando el Domingo…
Leonardo Fabio Hernández Plazas.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Adiós David Foster.

Como un recuerdo que no se puede identificar del todo; de los que no se sabe con total certeza de qué se trata. Es una percepción corta, difusa pero contundente como un chispa de memoria o una luz de vidente. ¿un recuerdo o una mala presunción? Lo único es que no parece agradable.