martes, 20 de octubre de 2009

Un encuentro que se extiende.




En un libro reciente del director de orquesta Daniel Barenboim se muestran paralelismos entre la música y la vida; propone que en la composición el sonido tiene un inicio y una duración, tanto si muere como si da paso a la siguiente nota para la continuidad de la pieza; expone que cada nota debe ser consciente de sí misma lo que incluye conocer sus propios límites.

Se puede usar la idea de Barenboim como símil para el amor, que como el sonido tiene los mismos momentos: nace por un impulso, gracias a la energía justa para que se de inicio y muere cuando esta se acaba o se puede renovar para continuar en una condición dinámica y cambiante. En el amor  tiempos y condiciones son particulares, como una nota consciente de sí misma y de sus límites; si por alguna razón se pierde esta visión, se torna desastroso y problemático como una mala composición en la que las notas se atropellan unas a otras o se acaban a destiempo. En la música hay gente que gusta del ruido y de los acordes extraños, en el amor también se encuentra a quienes les gusta así: descompuesto.

La energía de inicio según veremos obedece a impulsos grabados desde muy atrás, pulsiones básicas del ser que podemos deducir por la observación y por la experiencia, sería una fase animal poco romántica, de ahí en adelante se apoya en la cultura y en las costumbres, aunque para que no quede todo en el puro interés biológico o de comportamiento aprendido se verá que en algún momento para moverse tiene su energía metafísica ideal; cual dure más o sea más fuerte depende de nuevo del acomodo y de la personalidad de cada quien.

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