martes, 20 de octubre de 2009

Pocos cambios

Es usual encontrarse con historias, algunas no muy añejas otras con muchos años, que tratan de la muchacha cuyo objetivo de vida era quedar bien casada. Esa era la costumbre y la búsqueda del beneficio económico y social que esto les reportaba ocupaba gran cantidad de tiempo y de energías que empleaban tanto ellas como sus familias. La hipergamia parece ser una tradición amorosa mandada a recoger o por lo menos tiene esa tendencia. Ahora, con mujeres y hombres preparados y con oportunidades iguales, ellas no tienen la necesidad real de buscar seguridad o sustento en un hombre con ingresos mayores; para progresar, no necesitan del dinero del otro y simplemente prefieren la comprensión y la compañía a los beneficios puramente materiales. La consecuencia de este cambio será que cada vez sea más frecuente encontrar más mujeres mayores con esposos jóvenes, más mezcla entre grupos étnicos, religiosos y sociales diferentes.

Distancia.

Desde la antropología se ha visto que el ser humano no está diseñado para vivir en compañía de su pareja las 24 horas del día. Se deriva de ahí que las relaciones entre personas que trabajan a distancia y que no se ven todo el tiempo sean más o menos usuales, incluso los que así se relacionan piensan que es sano para la unión por lo menos al principio y encuentran que no es difícil asumir los compromisos, la profesión no se ve amenazada, no es necesario unir patrimonios y la distancia le da frescura a la unión. Sin embargo como en cualquier tipo de matrimonio este modelo tiene sus más y sus menos. En una forma menos radical, los conyugues solo se encuentran a la noche o se organizan salidas que pueden ser de algunos días en las que cada uno va por su lado. Este tipo de barreras ayudan a vivificar el vínculo y hacen que la pareja moderna separe los negocios y el trabajo del placer y del encuentro donde están realmente juntos.[1]

En los menos, este tipo de relación también iría en contravía de otra de las tendencias humanas; las parejas jóvenes, especialmente, necesitan estar cerca el uno del otro para establecer las funciones de cada cual, establecer los proyectos y conocerse en la intimidad: la pareja a distancia inhibe este proceso de intimidad. Por otro lado, la distancia es un buen aliciente para la infidelidad que es otra de las condiciones humanas por naturaleza.

En defensa de la familia: Esta es la más adaptable de las instituciones humanas, y cambia con cada demanda social. La familia no se rompe durante una tormenta como si fuera un pino, se inclina más bien como lo hacen el árbol de bambú tan mencionado en los cuentos orientales.[2]

Desde la perspectiva antropológica, el único fenómeno realmente nuevo que se vería en los milenios de evolución de los lazos familiares serían las personas solteras, divorciadas o viudas que permanecen solas. De hecho, en las sociedades tradicionales, las personas que presentaban alguna de estas condiciones se mantenían cercanas a sus familiares, no vivían solos. Esta tendencia se demuestra en números, hasta finales del siglo pasado, solo en los Estados Unidos 23 millones de personas vivían solas. Otro dato interesante es que el tiempo promedio durante el cual los hombres y mujeres viven solos es de 4.8 años.

Esta condición ha dado lugar a una nueva forma de vida familiar, la asociación en la cual se establecen vínculos afectivos entre amigos no emparentados que se reúnen para compartir sus logros y problemas y se prestan ayuda, cuando están por ejemplo enfermos. Así por primera vez en la historia de la humanidad, en los países industrializados y en las ciudades grandes, las personas optan por elegir sus parientes basados en un sentimiento de amistad. Este tipo de relaciones con el paso del tiempo generarán nuevos términos para el parentesco a nivel cultural, social e incluso jurídico.

Los hijos.

Una cosa es cierta, las mujeres seguirán trabajando, de hecho es una de las característica importantes del siglo XX. El ingreso total de la mujer al mundo laboral, una alternativa a la simple crianza de los hijos. En las nuevas relaciones, los vínculos con los hijos como en el pasado serán cada vez menos. Al darse una vuelta por la historia de la humanidad se evidencia que en el antiguo pasado nómada se tenían pocos hijos, ¿cómo cargar con muchos?, sería una cosa poco práctica, mientras que en los estadios de labradores era más fácil tener los hijos y muchas manos ayudaron a que el proceso fuera exitoso. 


Con la industrialización del s. XIX tener muchos hijos para una familia que tenía que salir a trabajar se volvió un hecho antieconómico. En resumen, cuando los hijos se volvieron innecesarios, se retornó con facilidad a un patrón más funcional y natural: las familias pequeñas.

Las familias separan cada vez más los embarazos, hasta llegar a un promedio de cuatro años, lo que permite dedicarse a criar un hijo cada vez. Lo estudios muestran que los niños que provienen de familias pequeñas obtienen mejores logros escolares, sus logros educativos son más altos y reciben más atención de los padres en los proceso de maduración. Igualmente para los padres, es más benévolo espaciar los nacimientos; como especie, la evolución no dispuso que se asumiera la carga de criar hijos en gran número con rangos de edad muy cercanos.

La naturaleza humana mantendrá sus hábitos reproductivos, de la misma forma en la que los jóvenes se enamoran ahora se continuará haciendo, se mantendrá la tendencia a tener hijos que unen la pareja por más tiempo. En caso contrario, muchas parejas romperán y formarán nuevos vínculos para continuar con el ciclo, las mujeres seguirán con sus trabajos y los índices de divorcio se mantendrán o se incrementarán; pero también estarán los que se casan tarde, que tienen la tendencia a no separarse, o a los que su segunda relación les funcionó y como dicen las mamás “sentaron cabeza” al final el fino equilibrio para mantenernos como especie y como familia se mantendrá.

Seguramente se mantendrá la vuelta a los padres transitorios tan frecuentes en tiempos pasados, se recordará que la paternidad individual no era rara en nuestro antepasados cazadores, para darse cuenta que el hecho de tener un padre único es una condición transitoria de estos tiempos. Nos daremos cuenta que la mayoría de padres divorciados se casan de nuevo en un promedio de tres a cuatro años, de manera que un padre único sería una extrañeza. No sorprendería al analizar que la longevidad antes era una condición diferente a la actual, recordaríamos que las familias tenían una duración mucho más corta en resumidas cuentas los giros culturales están sometidos a los biológicos.

Todo esto para darnos cuenta que vincularse es humano, es un impulso que surgió hace unos cuatro millones de años, de sobrevivir como especie, debería continuar dentro de nosotros incluso dentro de otro periodo de tiempo similar.






[1] Helen Fisher. The Sex Contract. Investigadora del Departamento de Antropología del American Museum of Natural History.
[2] Paul Bohannan. Antropólogo nacido en Nebraska, doctorado de la Universidad de Oxford. Estudio la relacione matrimoniales en los Estados Unidos y acuñó la expresión “La Industria del Divorcio”. 

Un encuentro que se extiende.




En un libro reciente del director de orquesta Daniel Barenboim se muestran paralelismos entre la música y la vida; propone que en la composición el sonido tiene un inicio y una duración, tanto si muere como si da paso a la siguiente nota para la continuidad de la pieza; expone que cada nota debe ser consciente de sí misma lo que incluye conocer sus propios límites.

Se puede usar la idea de Barenboim como símil para el amor, que como el sonido tiene los mismos momentos: nace por un impulso, gracias a la energía justa para que se de inicio y muere cuando esta se acaba o se puede renovar para continuar en una condición dinámica y cambiante. En el amor  tiempos y condiciones son particulares, como una nota consciente de sí misma y de sus límites; si por alguna razón se pierde esta visión, se torna desastroso y problemático como una mala composición en la que las notas se atropellan unas a otras o se acaban a destiempo. En la música hay gente que gusta del ruido y de los acordes extraños, en el amor también se encuentra a quienes les gusta así: descompuesto.

La energía de inicio según veremos obedece a impulsos grabados desde muy atrás, pulsiones básicas del ser que podemos deducir por la observación y por la experiencia, sería una fase animal poco romántica, de ahí en adelante se apoya en la cultura y en las costumbres, aunque para que no quede todo en el puro interés biológico o de comportamiento aprendido se verá que en algún momento para moverse tiene su energía metafísica ideal; cual dure más o sea más fuerte depende de nuevo del acomodo y de la personalidad de cada quien.

Si algún día sin querer tropezamos.


Cuando te hablen de amor

y de ilusiones
y te ofrezcan
un sol
y un cielo entero.
Si te acuerdas de mí

no me menciones

porque vas a sentir

amor del bueno.

José Alfredo Jiménez

Pedro y Vilma Picapiedra.

Pedro y Vilma, de la edad de piedra, al parecer no la pasaban mal pese a las rabietas de Pedro o a los errores que eran secundados por su amigo el Enano. Ahora, no se sabe que sería de la familia Picapiedra si Vilma fuera al trabajo o si su tolerancia con las jugadas del obeso esposo fuera menor, de seguro, si la suegra los visitara con más frecuencia Pedro hubiera solicitado el divorcio. Este arquetipo de una familia simpática de la edad de piedra, amor inocente, la primera pareja de la historia animada en aparecer por televisión en la cama empezando la década del 70. Un amor de caricatura.

La historia de amor más pasional del medievo.

Abelardo, gran filósofo francés, conoció a Eloísa cuando tenía treinta años; ella era una chica inteligente y bella sobrina de Fulberto, canónigo de la Catedral de París que no era cualquier catedral y por consiguiente no era un cargo de alguien que se anda con juegos frente a las ofensas.

La pareja llevó una relación en secreto hasta que Eloísa quedó embarazada. Al saberlo, Abelardo la raptó temeroso de las represalias del canónigo. Eloísa dio a luz en Gran Bretaña. Al regreso de la pareja, Fulberto que requería venganza castra al amante y obliga a su sobrina a ingresar en un convento. Abelardo, por su parte, pasa por varias abadías y se dedica al diálogo filosófico, práctica que le trajo varias enemigos gracias a sus ideas calificadas como revoltosas.

Abelardo murió en 1142 y Eloísa en 1163 pero fue solo hasta 1808 cuando los restos de los dos amantes descansaron juntos y en 1817 se realizó un panteón para depositar los restos de los dos amantes en el Cementerio de Père-Lachaise de París. Un amor después de la muerte.

Amor en círculo.

El amor del magnate naviero Aristóteles Onassis y la cantante de ópera María Callas, dicen los que les conocieron, fue inmenso y suntuoso. Para Onassis la conquista de mujeres era otra forma de posesión de bienes y la cantante por su lado vivía su mundo real con el mismo dramatismo e intensidad de los papeles de las óperas que más le gustaban como Violeta en 'La Traviata'.

Onassis y Callas se conocieron cuando coincidieron en un crucero al que fue invitada “La Divina” con su primer esposo. Desde ese mismo momento ambos decidieron que continuarían juntos. Pero el amor parece tener doble filo y la pasión duró hasta que otra mujer ganó la atención de Onassis  y a comienzos de los años 60 se lanzó a la conquista de quien entonces parecía un imposible, la esposa del presidente asesinado de los Estados Unidos, Jackie Bouvier Kennedy.

Sin embargo Callas y Onassis continuaron juntos y el naviero la visitaba en la isla de la diva incluso cuando estaba casado con Jackie Kennedy.

Amor de artista.

Los artistas y los genios suelen tener mundos interiores turbulentos o sinuosos pero siempre complejos que tienen que ver tanto con su obra como con su relación con los otros. Salvador Dalí encontró en Gala Eluard una relación que se encontró más en el arte que en la pasión.

Dalí, según sus biógrafos presentaba un cuadro raro en su psicología, ante todo estaba su arte y sus excentricidades y Gala Eluard fue soporte para ambos. El pintor nunca reconoció su homosexualidad, hecho que le trajo tantos dolores de cabeza a García Lorca, en cuanto a las relaciones sexuales las consideraba sucias y cercanas a la aberración; Gala era en cambio una mujer de sexualidad desinhibida, esta característica de su personalidad le ayudó a Dalí a encontrar mucho del sentido particular de su obra.

No todo fue amor y gusto por el arte, Gala manejaba a Dalí con inflexibilidad y él dependía en muchos aspectos de ella; debe ser por eso que cuando ella murió entró en una tristeza profunda de la que no se recuperó. Amor de artista, un laberinto tormentoso.

Amor infinito.

Jorge Luis Borges y María Kodama estuvieron juntos durante la fase final de la vida del escritor, no es fácil encontrar una pareja que reúna sentimiento y razón para su amor y para conocer al otro; por eso prefiero que sea ella con sus palabras la que de algunas luces de un encuentro profundo, entonces, es  mejor el apoyo en un fragmento de una entrevista realizada por Cristina Castello.[1]

-        No habrá sido fácil ser la mujer del escritor argentino más universal... de alguien que es patrimonio de la humanidad.
-        Mire...yo nunca sentí eso con Borges. Me hubiera quedado petrificada. Comencé con él una relación de maestro-discípula cuando era muy niña, y entonces era como... desenfadada, y le hablaba de un modo fresco y espontáneo....si hasta le discutía sobre autores y cosas insostenibles para mí entonces. Pero quise conocerlo, porque las obras suyas que me habían leído me hicieron sentir una hermandad en el misterio.
-        Decidió ir a Ginebra para morir. ¿No tenía miedo?
-        No, porque no le gustaban las cosas dramáticas o como él decía sentimentales. Borges vivió de manera natural también la muerte: como todos los días, como siempre. Era una persona estoica.
-        María, ¿Borges la amó?
-        Yo creo que sí, ¿no?
-        ¿Y usted lo ama? ¿O lo amó?
-        Lo amo.
-        Hace un momento el camarero del bar donde tenemos esta conversación la descubrió: «Usted es la mujer de Borges», le escuchamos. Y en alguna de las entrevistas que hicimos anteriormente, me dijo: «No soy la viuda de Borges; soy el amor de Borges». Habló en presente, como muchas veces en esta charla. ¿Los une el Infinito....el «ansia de absoluto», según expresión de Louis Aragon?
-        Yo creo que cuando uno encuentra la mitad del alma, es para siempre. Forever and ever… and a day.
-        ¿Borges fue generoso con todo lo que contiene la vida?


-        Sí, y también con los misterios de la vida.
-        ¿Y cuándo descubrió usted que él era su hombre?
-        Me di cuenta... en un avión, donde pasó algo muy especial que me hizo sentir «eso», pero... no se lo dije. Bueno, por favor, no me pregunte: esto es mío.


Los amores aquí medio expuestos involucran personas que se salen del molde, están a la vista de muchos y lo usual es que otros hablen de ellos y que se conviertan en puntos de mira, bien sea por morbo o porque la gente así es interesante en esencia. Hay muchos más amores, aquí no caben, pero se encuentran fácilmente relatados en tantas formas, no hablamos de música de arquitectura, asesinatos o suicidios que también suceden por amor y que alimentan los diarios íntimos y la prensa de todo el mundo. El amor anónimo sigue estando así, cada cual se acomoda como puede con este sentimiento, a unos les va bien y otros se mueven entre la decepción y la soledad; la mayoría estamos entre una y otra situación.


[1] Entrevista a María Kodama : Jorge Luis Borges y su universo secreto. Cristina Castello el 6 diciembre, 2007

“Cuatro dimensiones del amor y del dolor”.


“Cuatro dimensiones del amor y del dolor”.



"El hombre en general está hecho de tal manera que ama los sufrimientos que ha padecido"

                                                            Fiódor Dostoievski.



Aristóteles llegaba a dos conclusiones con respecto a la amistad, la primera decía el griego, es que no se puede amar a otro si no se ama uno a sí mismo; el complemento de esta conclusión es que se ama  a otro solo porque es una forma de amar la propia persona. Freud y Aristóteles coincidían en más de un concepto, y para el checo el aspecto narcisista es una base importante de las relaciones de amor entre las personas.

El autor discierne cuatro modalidades del amor, con sus respectivos “correlatos dolorosos”: hay quien ama la ausencia; hay quien busca que el amor cristalice en un “proyecto”; hay quien –“entre temor y truenos”– ama al cuerpo; hay quien accede al don de amor. Y hay todavía un paso más.

Podría decirse que hay tantas formas de amor como sujetos capaces de amar, pero una consideración tan particularizada del acto del amor nos alejaría de nuestro cometido: reflexionar sobre las dimensiones del amor y sus correlatos en la patología. Empecemos por aclarar que la palabra misma “patología” suele ser impugnada por los psicoanalistas, por resonar inserta en el discurso psicológico más usual, el que se nutre de las fuentes del discurso médico. Pero si nos adentramos un poco más, la “patología” es el logos –discurso– sobre el pathos –lo que se padece, siente, experimenta– y no nos encontramos lejos, entonces, del tema del amor. Tendremos entonces cuatro dimensiones distintas del amor y sus correlatos dolorosos en aquel que las “padece”.

Amor-poema
Cuando el otro es una abstracción, cuando es el mero soporte de un discurso que hinca los dientes sobre sus propias letras, se trata, entonces, de amar su ausencia. Será un hombre lejano, preso, atado por sus nupcias; se tratará de una mujer esquiva, huidiza, aquella que encontramos en tantos relatos y canciones, especialmente en la poesía del amor cortés. Se tratará de las huellas del amor, más que del espesor de los cuerpos de los amantes.
En todos esos poemas se ensaya la letra del amor, pero no sólo en ellos, sino también en el fecundo género epistolar de las cartas de amor. La escritura encuentra no sólo en los papeles sino en el amor a hablar, a “versear”, aunque sea exclusiva y limitadamente con los ojos, vías diversas.


Siempre la ausencia evoca el real que se viste de los cuerpos fugitivos del dolor del amor. Como nos lo muestran, aun en/con la crudeza de la evocación del centro ignoto –amado y angustiante– del cuerpo femenino, meollo de las vicisitudes edípicas en ambos sexos, estos fragmentos de un poema de Miguel Hernández, escrito desde la cárcel, denominado La orilla de tu vientre: “¿Qué exaltaré en la tierra que no sea algo tuyo?/ A mi lecho de ausente me echo como a una cruz/ de solitarias lunas de deseo, y exalto/ la orilla de tu vientre”.

Amor-proyecto
Esta dimensión del amor deambula desde la amistad hasta el contrato, desde el matrimonio hasta la simple cita “para conocerse”, desde el negociado hasta el acuerdo publicitario, desde la batalla narcisista por quién atraviesa primero un pasillo hasta la delicadeza cruel de las formas diplomáticas con que debe desenvolverse la guerra más ensordecedora. Halla en el “hablarse” unos a los otros, operación simbólica por excelencia, su fundamento y sustento posibles.
¿Qué busca esencialmente un proyecto? Anhela los ideales comunes, los señuelos compartidos, aquello que amistosamente reúne y religa, lo que hace religión del asociar-se, del confundir-se, del emparejar-se, del dirigir-se hacia ciertos fines colectivos o individuales (si es que éstos existen, pues todos los ideales están sobredeterminados simbólicamente). Es lo que se consuma en los diversos modos de la identificación. Será la pareja, los hijos, el techo, será la sociedad –con minúsculas o mayúsculas– en la que nos “asociamos” con un bien común.


Pero sus fantasmas “patológicos” son archiconocidos:


1) Los apetitos de las masas, prestas a anular las diferencias que pudieran en su seno suscitarse, con el resultado de aquello que va desde las persecuciones más solapadas hasta la “caza de brujas” más despiadada y feroz.
2) La burocratización insoslayable de la institución del matrimonio, con sus devaneos, giros y circunloquios hacia la degradación y clandestinización de la vida amorosa. Apetitos triangulares en un dúo siempre demasiado calibrado.
3) La exclusividad incierta de la amistad, con su sesgo siempre adolescente –por ende, “padecible”, “adolescible”–, con su demanda de fidelidad y aun lealtad, con su correlato de “traición” estructural, siempre asumida como dramático final.
4) En fin, las necesidades de la lógica del Todo trazando las patologías del amor-comunión, empujando hacia aquellos objetivos que todos deben compartir, pese a la furia y el escándalo de cualquier otro deseo.
Los hijos del tótem terminan siendo esclavos culposos y/o socios sufrientes de sus más igualitarios cerrojos.

Amor al cuerpo


En su punto originario, el amor al cuerpo nos lleva a las reminiscencias de lo materno, siendo teóricamente difícil determinar si su ubicación podría ser llamada pre-pulsional, pulsional o, en un punto intermedio, referida al punto de la “pulsionalización” como tal.


Las cuestiones remitibles al autoerotismo, a las etapas previas al estadio del espejo, no implican las tres dimensiones del cuerpo, sino sólo la tercera. Allí no se juegan tanto los temas del contorno o la silueta corporal, sino las temáticas de la piel y el tacto, del peso, el espesor, de la masa y del volumen. También, el valor de lo térmico, el “calor” trasmisible que estos cuerpos producen.


Desde el punto de vista religioso recordaremos: la temática de la fiesta, en todas sus vertientes histórico-seculares; las prácticas de la rama tántrica del budismo, el tao del sexo y del amor, con su diferenciación tajante entre erección, orgasmo y eyaculación; la religiosidad ínsita en la obra del Marqués de Sade, en la de Bataille o los últimos desarrollos de Michel Foucault, siempre buscando respuestas al interrogante último del goce de los cuerpos amados, más allá de las vicisitudes del dolor y la piedad que el narcisismo, en su ámbito protector, renueva y solicita. Un más allá de la homeostasis, buscado entre temor y truenos.

El amor al don
(el don como amor)
Se trata del tema del padre y del don de su amor: la fórmula que lo define es la que dice que se trata de dar lo que no se tiene a quien no lo es. El narcisismo es una dimensión en la que, por el contrario, “se da lo que se tiene al que (sí) lo es”. El padre corta en acto con la presunción narcisista e instaura la falta. La frase “sólo el amor permite al goce condescender al deseo” es esencial para entender la operatoria del padre, como vacío fundante, sostiene incluso las leyes de toda trasmisión y permite entender todas sus falencias e imposibilidades. Y todos los dolores del hijo en las herencias fallidas de cada paternidad.


Pero si la falta se abre para el sujeto al compás del padre, hay un último paso que dar: en el horizonte un dios de rostro femenino se asoma y, como una estrella, se eleva renovado, libre y feliz, pues ha asumido su propia falta-en-ser. Estamos llegando al límite extático de un amor al infinito. ¿Spinoziano o nietzscheano? ¿Intelectual y divino o embriagado y sensual? ¿Cuál será el género del dolor que en su agonía alimenta todas las creaciones? Estas son preguntas aún no contestadas.