LOS PÁJAROS
Colaboración. Juan Pablo Navas - Leonardo Hernández.
No hay necesidad de parrillas, el infierno son los demás.
J.P Sartre.
El cambio de temperatura del fin del día le avisó que era el momento de sacar las sabanas con las que cubría las jaulas de sus pájaros; todo lo hacia lentamente, y así fue desenvolviéndolas. Despidiéndose los mandó a dormir. La rutina diaria le dictaba que debía hacerlo mientras aún había luz, siempre pensaba en ellos, en su dependencia, y en lo que les podría suceder si algún día él les faltara; fueron su inquietud durante todos estos años, desde que por voluntad propia dejó de ver a sus hijos.
Se quedó un momento para mirar de nuevo las jaulas, preocupado por el frío vespertino que a ritmo de olas heladas anunciaba que definitivamente el día se acababa, que no daba para más. Buscó posibles huecos mientras sacaba un poco de tabaco negro para liarse un cigarrillo. Desde hace algunos meses la llegada de la noche le causaba agitación, cierta angustia se apoderaba de él y no podía quedarse en su casa; como a todos los viejos la calle le producia miedo pero siempre había sido un tipo valiente y cuando sintió que salir le costaba lo convirtió en uno de sus hábitos.
El hombre se asomó a la ventana, fumaba con atención y de paso observaba por el estrecho ángulo que tenía solo un fragmento de lo que sucedía en la calle; analizaba el terreno antes de salir. El radio que sonaba en el fondo lo mantenía alejado del ruido del mundo exterior y le imprimía a la escena un aire de otro tiempo. Emilio siempre fue práctico y cuidadoso; mientrás las cosas funcionarán jamas las reemplazaba, eso explicaba el mobiliario que envejeció con él y que a esta hora lograba un tinte aún más gris.
Terminó el cigarrillo y lo apagó en el cenicero que estaba en la biblioteca en la que se leían los clásicos de la literatura, algo de historia moderna y antigua, además de toda la crónica de la segunda Guerra Mundial; tomó el bastón, el abrigo, la gorra de paño y se fue hacia el portón del edificio que en pocos minutos dejaría de ser un vitral azul. Sacó las llaves que tenía en un llavero de cuero café con dos pequeños botones metálicos, a pesar del temblor de las manos, que se pensaría eran demasiado grandes para este tipo de tareas, abrió la puerta con la habilidad de un ladrón.
El viento le despeino los mechones blancos que aún le quedaban y le obligó a subirse el cuello del abrigo como un marinero; luego se acomodó la gorra para inicar su caminata nocturna, a pesar de los años y los achaques no se movía de forma lastimosa, más bien tenía un aire bastante digno, poco usual. Buen observador se detuvo en los colegiales que en medio de risas ya transitaban por el barrio después de salir del colegio público; los miraba encender torpemente los cigarrillos que compartian en medio de cortas pitadas, lanzando el humo denso del que no sabe fumar. Medio distraido continuó su camino, cambió de acera cuando vío el molesto pincher que traía la empleada del servicio y que siempre le ladraba, quería evitar los ruidos chillones del animal, no alcanzó su objetivo y el canchoso le ladró desde la otra vereda.
Mientras continuaba su paseo y como todos lunes, su primera parada fue para comprar alpiste en una cigarrería común a tan solo unas cuadras de su casa, lo pidió y sacó de la billetera unos billetes muy ordenados para pagar, después frente a la solicitud de la empleada anoréxica y para facilitar el cambio buscó algunas monedas en su monedero también de cuero, no encontró lo que buscaba y cuando le dijó que le pagara después, la miró con frialdad despectiva, ella bajó la mirada y de sus propias pertenencias sacó el dinero que le hacia falta. Sin más salió con el mismo aire de suficiencia con el que entró; pero antes se detuvo en el umbral para esperar a que pasaran unos novios melosos que le obstruian el paso, tiempo que aprovechó para mirar el interior de la bolsa de papel donde le empacaron la comida para aves.
Esta hora de plena ebullición, cuando la ciudad adquiere un movimiento vertiginoso de quienes quieren llegar a su casa y de los que apenas cambian de actividad le ponía a pensar que los tiempos cambian, contrario a cuando era niño la ciudad no se paraba a las primeras horas de la noche. Sin darse cuenta llegó a la pequeña tienda, tomó uno de los periódicos que estaban en el mostrador a disposición de los clientes y se sentó a leer las noticias trasnochadas de ese lunes. Lo mismo de siempre, las políticas que parecian no cambiar, la pobreza siempre presente, las noticias deportivas que terminan siendo pura estadística, los millonarios y sus deslices, en fin, más de lo mismo. Como todos los días le dedicó casi una hora a esta labor que ya le parecía un poco árida pero que le servía para acompañar el café que pidió para combatir el frío. Antes de irse releyó una nota corta: Juan Pablo II indicó que el Infierno es un lugar de sufrimiento espiritual, que no es físico.
Para Emilio que si bien no era un radical de la religión la idea no dejó de causarle cierta inquietud, se despidió brevemente como todas las noches de los viejos que jugaban ajedrez o parqués, también de los que solos se dedicaban a recordar, algunos les sonrieron amablemente otros fueron indiferentes; se volvío a vestir con lo que traía puesto que al entrar a el calor del lugar lo habia hecho quitarse el abrigo manteniendo sólo la gorra; se acomodó el cuello y salió de regreso a su casa, pensaba en lo que comería antes de dormir.
Se detuvo en la tienda de abarrotes, allí pidió algunas cosas para llevar: algo de café, tabaco, una veladora y algo de comer para la mañana; definitivamente no era de los que gustan de los supermercados de autoservicio; era más bien de la vieja guardia que prefiere la casi extinta atención personalizada. Guardó los pequeños paquetes que acomodó en una bolsa de tela negra que traía siempre en el bolsillo del abrigo, preguntó lo que debía, pagó y salió. Ahora antes de lanzarse a la acera ojeó atentamente los posibles peligros que pudiera haber en el camino de retorno a su casa, para ese momento de plena oscuridad y la calle se llenaba de espectros.
Como todas las noches el regreso era mucho más veloz, aceleró un poco el paso y el ruido del bastón produjo un sonido síncopado con el de sus pasos, casi musical; cuando dobló para el último trayecto caminaba a ritmo normal. Justo en la esquina de su casa saludó sin decir una sola palabra pero levantando de forma complice una ceja a una decena de muchachos, algunos le respondieron amablemente de la misma forma después de suspender su conversación, como cuando aparece un profesor. Recogió un par de botellas tiradas en el antejardín del edificio, abrió la puerta y entró como quien no quiere el lugar en donde vive.
Se dirigió directamente al estudio, se detuvó por unos segundos frente a la foto de su esposa y la saludo en completo silencio esbozando una leve sonrisa. Luego, fue al cajón del escritorio y sacó una carpeta donde guardaba todos sus documentos, recibos del último tiempo, todos pagados; sin embargo volvió a revisar. Al parecer todo estaba en orden y se recostó sobre la silla con aire de tranquilidad. Se levantó y de otra gaveta sacó un poco de tabaco para armar un cigarrillo, mientras fumaba fue a la biblioteca, abrió un cajón de la parte inferior y con algo de esfuerzo alcanzó una caja que se notaba no abría hace tiempo; contenía algunas fotografías y cartas, recuerdos que empezó a ver al principio con alegría, luego con resignación y finalmente con tristeza.
Ordenó las cartas y las fotos. Primero en orden cronológico y luego agrupándolas según su memoria como quien juega solitario. Así los dejó y se levantó para salir del estudio, miró el cuadro de san Agustín y de la licorera tomó una botella de brandy que últimamente destapaba con más frecuencia, con destreza la abrió brindando con el santo y se sentó a ver televisión. Se terminaba una telenovela y se dispusó a ver las noticias con la certeza que sería más de lo mismo que había leído antes en el café: títulares, muertos, comerciales, desfalcos, deportes, internacional, de nuevo el asunto del Papa; la idea no lo dejaba en paz, todo el tiempo desde que la leyó le acompañaba, algo le había ocurrido. Para un tipo creyente como él, este tipo de cosas no dejaban de alterarlo; pero lejos de causarle desazón la afirmación eclesiástica parecía tranquilizarlo. Durante muchos años creyó; incluso cuando tenía amigos defendió la idea de que el infierno era interno y de una u otra manera rondaba muy cerca de cada quien. Decidió esperar la nota pero cuando se le resbaló el control remoto y se despertó ya estaban de nuevo en otra telenovela.
Somnoliento avanzó hasta su habitación, está vez hizó una oración breve frente a Miguel, el Arcángel, y se dío a la tarea a veces difícil de dormir.
Al igual que todos los días se levantó antes del amanecer, encendió la estufa y pusó el agua para el café; mientras tanto sacaba de la alacena lo necesario para darle a los pájaros de comer y beber. Con un orden casi ritual repartió el alpiste, las plantas y las frutas, según el número de pájaros de cada jaula y según su especie. Cuando la cafetera sonó ya estaban listas las raciones de cada cual, sirvió y se fue destapar las jaulas; ya amanecía. Empezó a verlos comer mientrás se tomaba lentamente el café, después del plato fuerte de las aves empezó la repartición de los panes: humedo para algunos, seco para otros, se cercioró que todos estuvieran comiendo y se fue a preparar lo suyo.
Un par de huevos fritos, pan, fruta en trozos y de nuevo café, al fondo las noticias a las que no les prestaba demasiada atención; aún seguía rondándole en la cabeza la idea del infierno. Contrario a lo que se podría pensar, para él parecia un alivio la nueva del día anterior. Comía sin apuros, disfrutaba cada momento de su desayuno. Los periodistas de la radio comentaban la noticia de nuevo, le pareció interesante el hecho de que una idea más o menos revaluada desde hace siglos causará tanto revuelo, una sonrisa poco usual en Emilio volvío a exhibirse. Mientras se tomaba el último café se levantó y fue a la ventana para ver el único fragmento de realidad exterior que aparecia por ella. En la noche; seguramente por el brandy que se había tomado; no se dío cuenta que había llovido, ahora todo estaba anegado, todo estaba mojado y el agua hacia brillar los pocos árboles que alcanzaba a ver; en los charcos se reflejaban distorsionandose algunas figuras matutinas.
El sol ya aparecía con buen brillo y la fría mañana empezó a calentarse. En el portón de entrada del edificio ya se oía a la empleada que iniciaba sus labores, como siempre Emilio supo que era el momento de empezar a sacarlos, fue al patio interior donde los tenía y tomó la jaula en la que estaban los más pequeños; siempre creyó que debido a su tamaño eran los que necesitaban más calor. Bajó las escaleras apoyandose en la barandilla, de paso aprovechó que ya la conocía de memoria y les cantaba imitando su silbido, llegó al antejardín y los dispuso con la ayuda de una vara en el mismo lugar de siempre, en algunos salientes de las ramas, a la sombra de un cerezo que había crecido bastante en los años que llevaba en este apartamento y que los protegía de la luz directa pero que permitia pasar la suficiente para que se pudiesen calentar sin asarlos.
Siempre estuvó atento a los empleados de servicios públicos o a los jardineros de la zona para que arreglaran los apoyos de tal forma que tuviera donde poner las jaulas. De la misma manera en la que bajó, empezó a subir las escaleras, no sin antes recomendarlos con la empleada que aprovechaba para ir a saludarlos; seguramente le recordaban su terruño; subió, entró en la casa, saludó la foto de su mujer y fue por las demás jaulas que tenía que bajar de una en una, y eran siete. Eso era lo único que le molestaba de sus achaques, le hubiera gustado hacer menos viajes para dedicarse a tomar el sol con sus animales.
El viejo y sus pájaros eran el espectáculo matinal del barrio, los oficinistas lo saludaban y el respondía con una mirada amable, los niños de las rutas de los colegios, sin importar la edad interrumpian sus juegos en el bus para agolparse en las ventanas a mirar; es más, un par de conductores se detenían por algunos segundos para que los vieran y le dijeran adios con la mano; él les respondía de la misma manera. No faltaba el transeunte que le preguntaba alguna cosa sobre los tipos de pájaros, a ellos los atendía amablemente sin extender demasiado la charla; a los que definitivamente no soportaba y que ni determinaba era a las señoras melosas o a los amantes de los animales que lo increpaban por tenerlos en jaulas, al que preguntaba si estaban en venta recibía una respuesta que podría parecer desmedida o jocosa; bien podría Emilio preguntarles si venderían a su mujer o a sus hijos. Así transcurría la mañana del viejo: leía y los pájaros se divertían. De cualquier manera no pasaban desapercibidos ni las aves ni el viejo. En esos momentos comenzaba a preguntarse si sería verdad eso de que las personas solas asustan a la gente.
Ese día Emilio almorzó al lado de sus pájaros, se veía tranquilo y alguién que lo conociera a fondo podría decir que estaba feliz, a media tarde llegó el celador del edificio de al lado, el que le hacía el favor de cuidar las jaulas mientrás el viejo empezaba una labor que le tomaba un buen tiempo. Empezó con los más pequeños, cuando llegó al patio para ponerlos en su lugar, justo cuando pasaba la puerta de acceso se detuvó e inexplicablemente se devolvío con la jaula. Al llegar a la calle el celador que estaba jugando con los pajaros, algo asombrado le preguntó qué pasaba, el
viejo no le dijo nada, le dio una palmada en el hombro y sonrió. Volvío a colgar la jaula para luego con la vara abrir la puerta de los pájaros. Inicialmente no quisieron salir, pero luego se fueron de uno en uno con destino incierto, algunos para los árboles cercanos, otros se posaron en los postes del alumbrado; no faltaron los que torpemente intentaron regresar; pero finalmente todos terminaron cerca al viejo como observando desde la libertad. Antes de entrar se quedó unos minutos observando qué hacian. Esa tarde Emilio los libero a todos con felicidad en el rostro. Cuando el portero le preguntó el por qué de la acción el viejo se limitó a decirle que cuando se ha vivido en una jaula y se conoce la libertad la muerte parece menos inminente, el portero hizo cara de no entender y se fue a continuar con su labor.
Subió a su casa, cerró la puerta, sacó los discos y escogió uno que seguramente le traía recuerdos de tiempos mejores, lo dejó sonando y de nuevo saludó a su esposa; fue al baño, se afeitó y tomó una ducha larga; cosa que nunca hacía a esa hora; sacó su mejor traje, cambió la música y empezó a arreglarse como en sus mejores tiempos. Después caminó hasta el estudio y contempló los recuerdos que había dejado ordenados el día anterior, sacó del cajón el tabaco y empezó a liarse un cigarrillo mucho más grande y regular que los de costumbre. Mientrás lo consumía recordó sus días pasados, los felices y los amargos, sirvió un brandy para acompañar el cigarro. Luego del cajón de la biblioteca, ese que nunca abría alcanzó una vieja lata de whisky; hace años ese era su licor; allí encontró una tela roja en la que envolvía su viejo revolver, un Smith & Weson calibre 32, la munición la tenía envuelta en otro trapo que alguna vez fue blanco con algun bordado antiguo. La caja y las telas definitivamente mostraban el paso de lo años pero lo habían mantenido a salvo de la humedad, el revolver estaba intacto, igual las balas.
Mientras desempolvaba recuerdos y artefactos olvidados hace décadas, corroboró que estaba a paz y salvo con el mundo, que el infierno es interior como ser ángel o demonio. Se fue a su habitación y frente al altar de Miguel, el Arcángel, con gran sentimiento agradeció como quien lo hace con el ámigo que siempre le ha servido. Luego de camino a la ventana desde la que observaba un pedazo de la calle se encontró con el retrato de su esposa, en está ocasión le dirigió una frase corta. Con el revólver aún en la caja se acercó a la ventana desde donde observó con la mano en la quijada y el codo apoyado en el marco de la ventana, vío a muchos de sus pájaros que exploraban su nuevo universo, en la otra mano y con el dedo en el gatillo el viejo revólver.
Cerró los ojos y los mantuvó así por unos momentos, como quién espera un golpe, luego empezó a oír pájaros y ruido de hojas, un bosque; respiró profundo cuando los olores a tierra humeda le parecieron conocidos, el viento lo despeinó recordó la sensación que desde niño le gustaba y se animó a abrir los ojos, parpadeó lentamente pero sin miedo, observó de un lado a otro manteniéndose quieto muy quieto, se encontró con un paísaje que le gustó. Cuando oyó la voz de mujer que a pesar del tiempo no había olvidado, descubrió que el cielo también es personal y que no estaba soñando. Un encuentro para recuperar el tiempo perdido y con sus aves. Una historia de amor.
No se sabe si Emilio hizo el bien, tampoco si traicionó a alguien o si asesinó, nunca se supo si era dadivoso o tacaño, lo que si sabemos es que amó a su esposa tuvo una vejez silenciosa, solitaria y tranquila igual que su muerte. Por que salvo contadas excepciones se muere como se vive.
Leonardo Hernández – Juan Pablo Navas.
viernes, 17 de octubre de 2008
jueves, 16 de octubre de 2008
Salamandra
ES TAN CORTA LA VIDA.
Frío, nada más frío, apenas empezaba a dejar de llover y el gris de la tarde lograba un poco más de color aprovechando los tenues rayos de sol de 5.30 p.m. El rítmico sonido de las últimas gotas de lluvia se desvanecía y su lugar fue ocupado por una serie de golpes de distintas calidades en la ventana, en principio le costó trabajo distinguirlos, luego terminaron mezclandose en la mente de Marío en ese espacio justo que se encuentra entre la vigilia y el sueño.
Se incorporó luchando contra el sopor vespertino que para ese momento se mantenía, convertidó ahora en el último vestigio de la siesta. Mientras tanto, mantenía firme la idea de recordar, paso a paso, lo ocurrido minutos antes cuando su conciencia no poseía ningún control sobre su mente. Mantuvo cercanas las sensaciones de las larvas que en sueños había visto transformarse. Observó como un gusano grotesco se convertía en un sólido pero gracioso insecto.
Metamorfosis o muerte.
En sus pensamientos recreaba la sensación de angustia del invertebrado, que respondiendo a un grito de la naturaleza que no podia explicar, luchaba con patas y cuerpo para salir de la tierra humeda y no ahogarse. Le parecio sentir como la luz azulada, recien descubierta, lo dejaba ciego momentaneamente mientras se acostumbraba a reunir las pequeñas y veloces imagenes que significarían su nuevo mundo. El ambiente caluroso lo llevo a moverse sintiendo el vigor de las patas y alas que sin esfuerzo eran capaces de levantarlo del suelo. Luego y con un potente impulso inició un viaje hacia un universo de rápidos movimientos que no conocia, en pocos minutos habia pasado del agua y la ceguera a la libertad colorida de la vida en la superficie.
Despues de ir para un lado y otro, luchando contras las corrientes de aire aún humedas que a manera de rezagos del diluvio que acababa de terminar se mantenían en el ambiente, se detuvo en una rama. Quizó parar el vertigo del vuelo. Sin entender porqué lo atraía un destello a lo lejos se dirigió a él: volaba, esquivaba, zigsagueaba, cuando la meta se agigantó un muro invisible lo dejó aturdido, se vió caer. Finalmente, la oscuridad lo cubrió todo. Entonces se despertó.
Mario tuvo presente que desde niño los insectos le habían atraido y mientras se trasladaba a otro tiempo fue hacia la cocina. Encendió lentamente la estufa y puso la cafetera; el ruido de la calle competía con el a veces fastidioso, a veces placentero sonido de la máquina de hacer café. Con una sonrisa bendijo a los instaladores de su nueva alfombra, aún descubriendo la nueva sensación en los pies se dirigió hacía el gran ventanal y limpió pacientemente el vidrio empañado y sudoroso. Pegó la cara para observar las personas que salían del edificio después de escampar, los veía correr para recuperar el tiempo perdido, aún con sus sombrillas multicolores desplegadas que los hacían parecer chinos recojiendo arroz en medio de un jolgorio; los pájaros de todos los tamaños se daban un banquete de tarde, justo antes de ir a dormir perseguian su comida por aire y tierra. La luz artificial que se reflejaba en el espejo de charcos en el suelo humedo parecía ser la señal que marcó el reinicio de todas las vidas concientes y brutas que hasta el momento y por algunos minutos se habían tomado el tiempo para simplemente a mirar la vida pasar.
Movimientos naturales, predecibles, después del aguacero.
En medio de la bruma que deja la lluvia, los torpes escarabajos que golpeaban el ventanal lo hicieron retroceder algunos pasos; lentamente, sin dejar de observarlos, su memoria empezó a desempañar recuerdos olvidados de su niñez. Sacudiendo la cabeza en un intento por alejar estos momentos, se dirigió al estereo y lo encendió con tan mala suerte que ponian en la radio una canción de aquella época. -¡Maldito recicle de canciones! – pensó en voz alta.- Nada que hacer; no había forma de resistirse al recuerdo, que como el destino está encadenado por eslabones de azar.
Tomandose un café sin dulce, sin soplar y de un solo envión, se sintió embargado por los momentos aciagos del pasado. No sabía cuántos años tenía entonces, cuando su perspectiva del mundo era desde un metro treinta; por ahora, con mirada distante y rencorosa le llegaba a la mente esa violencia inexplicable y brutal de aquellos tiempos; este sentimiento lo envolvió convirtiéndose en un pensamiento por mucho más amargo que la bebida que le quemaba la garganta.
Entonces era diferente el olor, cuando estabá en al selva era una mezcla de humedad, tierra y vegetación recien mojada, una percepción que cambiaba constantemente según los sucesos, también recordó ese olor ocre que usualmente venía acompañado de unos sonidos que anunciaban la aparición de los perros-caballo, al principio no se atreviá siquiera a mirar por la ventana para ver de donde provenían y hacia donde se dirigian, por lo menos una vez, en la tarde, cada semana, aparecian para luego después de unos chillidos demasiado humanos desaparecer selva adentro. Siempre se hacia el proposito de estar la próxima vez por lo menos preparado, listo para vencer el terror y resolver el enigma.
Su primer intento para resolver el asunto de los perros- caballo: después de varias semanas de planear y de medir mentalmente los recorridos y cuando creía que estaba próxima su llegada, cerró bien la puerta, también la ventana, tuvó presente que tenía que dejar varios puntos de mira en ambos costados de la choza; cosa que no sería muy difícil ubicando bien la llegada a las rendijas de la madera, así el problema de la visibilidad estabá solucionado, luego eliminar obstaculos para saltar de un lado a otro, apagar la lámpara no solo para ver mejor sino para no llamar la atención de los perros-caballo.
Cuando el momento se acercaba, su estado de nerviosismo y exitación lo hacia caminar de un lado a otro, un sudor frío le recorria el cuerpo y el miedo empezó a caerle encima, como una cobija inmunda y empolvada que no deja respirar; repasó los puntos que había escogido recorriéndolos una y otra vez a distintas velocidades, aprendió a esa corta edad que la espera, sin importar que tan larga sea, es una muerte a plazos.
De un momento a otro en medio del silencio.
A solas con el terror, los escuchó acercarse como una horda de pesadilla que arrasa con todo a su paso, por un instante quizó renunciar a su misión, esconderse bajo la cama, salir corriendo era impensable, ¿qué tal si lo perseguían? Sin más, afirmando las rodillas que le temblaban, limpiandose el sudor de las manos e intentando respirar, se deslizó hasta la primera hendidura que le permitía ver el exterior. Sí alguien hubiera observado su rostro se hubiera encontrado con una de esas muecas de los niños que se encuentran entre el llanto y la decisión frente a una pelea; definitivamente se habia decididó por lo segundo a pesar que su estomago estabá a punto de explotar a causa del miedo y la tensión. Pero… el miedo hay que encararlo, así nos estemos cagando.
Espectros de la noche temprana.
Simplificadas por la distancia, informes a lo lejos, pasaban velozmente, ¿cuántos eran? Díez, cien, mil. ¿Cómo saberlo en la penumbra? se concentró en un claro entre los arboles que permitian que la luz de la luna se filtrará y por donde seguramente los perros-caballo tendrían que pasar. Una lluvia pertinaz empezó a cubrirlo todo, sacudía los arboles de un extremo a otro y parecía que caían más hojas que agua, el hecho no parecía importarle a las sombras que corrian, se resbalaban y se incorporaban mientras las que venían atrás simplemente se tropezaban, saltaban o esquivaban: la solidaridad no existe en la selva.
Intempestivamente dieron un giro a la derecha, la razón no se podía entender y menos en medio de una aguacero que imponía una cortina grisasea sobre el manto negro de la noche, sin demora pasó a su siguiente punto de mira, parecía que se dirigían hacia él. Sin pestañear y temblando se mantuvo impasible para observar el espectáculo de hocicos babeantes y colmillos le daba un tinte siniestro a la escena, le parecía sentir el aliento tibio y nauseabundo que salía de sus fauces y que se veía como una hoguera con mucha leña verde. Pero aún era díficil de entender de qué se tratabá, pensó que los perros-caballo eran más grandes de lo que imaginaba, y era tan vertiginosa su carrera que nunca se percataron ni siquiera de la casucha, mucho menos lo iban a observar a él, simplemente pasaron de largo en busca de quién sabe qué.
En ese momento sonaron las llaves y la puerta del apartamento se abrió, era Virginia que llegaba y con un alegre -Hola- lo sacó de sus recuerdos mientras la veía empapada y tiritando de frío.
- Qué aguacero, ¿una toalla?
- Gracias.
- ¿cómo te fue?
- Bien, pero realmente esta ciudad se para cuando se orina un perro.
- Por qué lo dices.
- Preferí caminar antes que esperar en el banco, y mira como llegue.
- Pero una empapada de vez en cuando no tiene problema.
- Eso dices por que estás sequito, aunque estuvo divertido caminar mientras todo el mundo ponía cara de asfixia en los carros que no se movían ni para a delante ni para atrás.
- Sabes, he tenido malos sueños: pesadillas.
- Ah esos son los problemas, se le vuelven sueños a uno. Es Horrible.
- Virginia
- ¿qué?
- ¿viste cómo has dejado la alfombra?
- Ésta es la alfombra nueva, no me había dado cuenta, la volví mierda.
- No te angusties, aún, no es una trágedia.
Mario se quedo mirándola, aún mojada se veía más blanca, como resplandeciente, y la piel alcanzaba esa textura característica de la lucha por recuperar la temperatura normal del cuerpo, de hecho la humedad le sentaba, estar mojada desde la coronilla hasta los pies la mostraba como uno de esos clichés de película romántica . Entre sonrisas confirmó por qué se había enredado con ella; se le vino a la mente que cuando la conoció intento pensar como sería en cinco años; ahora que llevaban siete juntos, veía que no le habían pasado: una mujer estable en mente y cuerpo, a la que ni siquiera una lavada como la que había sufrido le alteraba el buen ánimo.
Mario cambió la música y viéndola secarse el pelo debajo de la luz indirecta de la pared le parecio ver a una estrella de rock que se prepara a subir al escenario, subió el volumen.
- !Qué buena canción!
- Cierto, no sé. ¿de quién es?
Empezó a verla bailar por todo el apartamento mientras se quitaba la ropa mojada y se ponía su bata seca y comoda. Virginia no necesitaba público para moverse como es debido, con una buena canción bastaba. De un lado para otro de la sala, en perfecta armonía con la música, hacia las veces de cantante, en ocasiones intercambiaba con el guitarrista y el baterista según el protagonismo de cada instrumento, cuando todo acabó se dirigió a Mario y casi ordenándole le dijo:
-¿A dónde vamos esta noche?
Mario, que aún no estaba del todo en este mundo, no respondia, finalmente como alelado dijo.
- ¿Qué?
- ¿Sí, a dónde vamos hoy?
- No sé, ¿Vamos a salir?
- Claro, no pretenderás encerrarme entre paredes hoy.
- No para nada. Arregláte y vemos.
- Listo, voy a escoger.
Y rápidamente, como una colegiala que recibe el permiso de sus padres para salir con sus amigas o con su nueva conquista, salió casi corriendo dirigiendose al closet. En ese momento Mario se dio cuenta que la espera sería larga, fue de nuevo hacia el estereo y sacó un par de discos, luego se sirvió un Whisky con un poco de agua fría y sin hielo. Cuando cerró la nevera y echaba el licor en el vaso oyó que desde el otro cuarto le gritaban.
-¡Sírveme uno a mí! Era Virginia queriendo calentar motores para la noche que ya empezaba a cubrirlo todo, incluso el ánimo; desde el apartamento se veian ya las lucecitas de las casas y calles que empezaban a brillar a manera de senderos para que no se pierdan los enanos. Antes de servirle el trago a ella, lo que implicaba devolverse a la cocina por el hielo, decidió apurarse el suyo que aún se mantenía casi puro, con un gesto de aprobación después del gran sorbo se devolvió a la cocina.
-¿Mucho o poco hielo? Gritó.
Virginia sacando la cabeza del cuarto para que le oyera mejor, le gritó con señal de molestia: - ¿Cuánto tiempo llevamos juntos? Como seis años y aún no sabes como me gusta el trago: ¡Sin hielo!
- Perdón estabá distraido. Y sonrió. -No te preocupes. Un besito.
Mario no respondió, sin apurarse ya estaba camino a la sala. Se detuvo acompañando el cambio de ritmo de la canción con la mano, sirvió descuidadamente mientras observaba el paisaje que rápidamente se habia oscurecido. Antes de pasar al cuarto, cerró la ventana que sacudia las cortinas a manera de fantasmas en medio de un huracan. Cuando entró en la habitación tuvo que andar en la punta de los pies para no pisar la ropa de todos los colores, usos y tamaños que estaba por todos lados, el único lugar seguro parecia ser frente al espejo que era precisamente el lugar donde estaba ella.
De un salto quedo detrás de ella y le paso el vaso cerca de la oreja remedando el ruido de los hielos con la voz. Se oyó entonces un gracias coqueto y amable, mientras, continuaba probandose un vestido rojo muy brillante por encima del cuerpo. Entonces, le dijo a Marío descuidadamente:
- Pensándolo bien. Sabes que es bueno cuando llueve en esta ciudad.
- ¿Por qué va a ser bueno?
- Ah porque los colores brillan más cuando deja de llover y todo huele fresco, a recien lavado.
- No sé, hace frío y la gente se encierra y se vuelve amarga.
- Como si el frío no se solucionará con una buena chaqueta o un buen trago, allá ellos, pero creo que piensan más y pelean menos aunque también casi no sonrien-. Respondía sonriente mientras se decidia por el vestido negro que al igual que el rojo, y como todos los que tenía para noches de fiesta, era brillante y justo.
- A mi me gusta cuando deja de llover, todo se pone lento como un perro que toma impulso para quitarse el agua de encima, y luego se sacude para seguir como si nada, creo que así funciona esto; se lava todo: los carros, la gente, las calles, las casas y luego todo sigue como si nada-. Decia Marío muy pensativo mientras volvia a servirse otro whisky y se acercaba a la ventana para volver a perderse en la vista.
-Es la excusa perfecta disculparse por que no se pudo llegar a tiempo, bueno ya no más, dejémos al agua en paz ¿para dónde vamos esta noche? Quiero que con este vestido todos se mueran, ahí mismo.
Marío la observó de reojo y solo sonrió anticipando el desorden de la fiesta. Ella con un cuidado de relojero dejó el vestido sobre la cama y se acercó sin escalas al espejo; empezó a maquillarse para iniciar la transformación para la noche. Comparaba lo que se pondría con los colores y texturas de su tocador, sin ningún afan, pero sin pereza, lo hacía con un ritmo parecido la de la música electrónica que se constituía en la banda sonora del momento.
Mario parecia conocer muy bien los tiempos de Virginia y los manejaba con música, sabia que era especialmente sensible y que se acomodaba tangencialmente a las velocidades que él le dictaba desde el sistema de sonido de la sala: ella ensayó rápidamente un par de posibilidades de cabello: libre, medio suelto, también una peluca de color no natural, finalmente decidió soltarlo sin complicarse. Se puso el vestido y los zapatos que le acompañaban, finalmente fue al bar y se sirvió un gran trago de brandy; se asomó a la ventana y oteo lo que sucedia abajo, decidió que ya estaba lista para salir: - ¡estoy lista! Cuando la oyó, Mario pensó que definitivamente en estas situaciones el tiempo no depende de los hombres, se maneja con reglas femeninas.
-Bueno, recojo mi chaqueta y vamos.
-Te espero en el ascensor.
Mario apagó la música y las luces principales, entonces el apartamento se transformó en una cueva moderna, con luces indirectas que le daban cierto aire macabro pero elegante.
Se abrió el ascensor que sin escalas los llevó directamente a los parqueaderos del edificio, subieron al automóvil un Audi de última generación color oscuro , aúnque Virginia reía, Mario estaba más bien absorto; encendio el motor, prendio la radio y salieron lentamente mientras una lluvia fina volvia a caer, rápidamente tomaron la av. Circunvalar al sur, buscaban la zona de los bares, el asfalto humedo alargaba las luces amarillas del alumbrado público pero se tragaba el resto, aceleró, le gustaba el sonido que producen los neumáticos sobre el pavimento mojado, a pesar del frío, bajo un poco la ventana para oir mejor, a lo lejos los edificios altos del centro eran una especie de faros de luces minúsculas, el punto de orientación de los noctambulos bogotanos. Abajo la ciudad con miles de luces, demasiado grande para entenderla, pensó Mario en silencio.
Virginia por su parte escuchaba con atención una canción ochentera que parecia llevarla a otra época, veía las pequeñas gotas de agua que quedaban en el vidrio lateral, mientrás desenfocaba el resto, era un juego de niña, algo que hacia desde cuando los escoltas del ministro la recogian en el colegio, la canción y la escena misma la llevaron a recordar sus solitarios días de niña, subio el volumen para sacudirse las ideas viejas, sonrio y empezó a cantar. Pasaban luces y luces.
- ¿Te gusta esa canción?
- Si, me recuerda cosas.
- ¿Qué cosas?
- No nada, de mi Papá, cuando me mandaba a recoger al colegio. Era buenísimo por que llegaban en un carro y un par de motos de la policía nos abrian paso.
- Me imagino.
- Entonces yo les hacia muecas a las viejas y a los tipos les mostraba las piernas y como estaba con la policía no sabian que hacer.
- !Siempre una maldita!
- Era juego. Recuerda tienes que bajar por el parque.
Cuando salieron a la Carrera Séptima Mario vio los taxis que indicaban que ya estaban en una vía más transitada y no pudo dejar de mirar la virgen que estába al costado izquierdo, agradeció el semaforo en rojo que le permitió centrar su atención en la imagen, sin decir nada se encomendó con la mirada.
- Muchos taxis, son como una plaga. ¡Cambió el semaforo dale!
- Espera no ves que están pasando.
- ¿Qué toman los punks?
- No tengo ni idea
- Bueno lo que sea emborracha. Míralos.
Virginia los seguia con la mirada, centró su atención en las botas industriales rojas, verdes y vinotintos que llevaban, las chamarras de cuero, los pantalones ajustados y los pelos plateados también le gustaron; eso sin olvidar los gestos de músico ebrio que hacian; mientras, Mario se preocuba por el taxista que estaba a punto de cerrarlo, aceleró más y logró adelantársele, se rio cuando vio la cara de molestia del conductor por el retrovisor.
Virginia jugaba con la música del automóvil, subia el volumen, estaba bastante animada. Ya estaban llegando a Salamandra que era el lugar que Mario había escogido sin consultarle, pero a ella no le pareció mala la elección, se sentía a gusto en el ambiente del lugar: lo suficientemente glamouroso. Cuando llegaron el muchacho del valet parking les recibió el vehículo y pasaron la puerta de teatro de los años 50 del lugar, era un sitio que habían adaptado, aún conservaba los palcos y la estructura general, pero el sonido, las luces, y todo lo demás era un derroche de tecnología y dinero. Allí la elegancia clásica y lo cibernético de la tecnología se reunian para dar lugar a los más bellos de la ciudad. En Salamandra se podía encontrar desde el más cyber de los hackers hasta la modelo más famosa en su mejor traje, el lugar sonaba perfectamente y del dj, conductor de la noche, dependía de qué color y con qué espíritu llenaban la atmósfera que bien podría ser del rojo de un cuarto del infierno o de un azul frío y metálico: Salamandra nunca era igual.
Los porteros del lugar parecian sacados de una película de ciencia ficción y eran el filtro de entrada, un pasaporte a otro mundo, tres tipos que hablan en varios idiomas manejaban lo divino y lo humano de Salamandra, sin su anuencia era imposible pasar, controlaban las puertas de este inframundo.
Adentro las mujeres del lugar; también los hombres, eran los encargadosa de guiar al que así lo quisiera por este jardín de las delicias y creánme que en Salamandra todo el mundo quería. En medio de los beats electrónicos de la música era un lugar con aire enigmatico y maldad atrayente en cada uno de sus detalles.
Esa noche Mario y Virginia estaban como siempre en medio de las miradas de todo el mundo, el punto de encuentro de hombres y mujeres que buscaban acercarse directamente sin procacidad. Ellos eran concientes y los dejaban hacerlo sin comprometerse, pero dando lugar al juego; la noche se convertía en el momento en el cual sacaban su belleza profunda siempre despiadada. Bailaron por varias horas, Virginia con su estilo particular bastante enérgico, un autómata con alma; Marío como un ángel oscuro en la noche de Salamandra, silencioso, nunca una carcajada: se divirtieron, se tomaron todo el alcohol y todas las drogas que estaban disponibles, nunca dejaban nada para el amanecer; eso sí, cuando la noche desaparecía, huían con ella para guarecerse en su casa, lejos de todo el ajetreo.
Lunes, Día de Muertos.
Era lunes por la mañana, primero del mes y Candelaría fue a la plaza de mercado de las Nieves a comprar unas hierbas para hacerse uno baños 7 amargas y 7 dulces que era lo que acostumbraba. Aún era de mañana y el sol no se asomaba.
- Por favor deme: Higuera, Ruda, Tartago, Yerba Bruja, Adormidera, Anamú y Espasote. Bien frescas. Listo, aparte deme: Yerbabuena, Manzanilla, Mirto, Paraiso, Poleo, Menta y Romero. Las contó y las acomodó envueltas en papel periódico amarrándolas con una tira de fique que sacaba de un costal que tenían a la mano para deshilachar a medida que se vendian las hierbas.
El viejo regordete de sombrero, saco viejo y sin afeitar que vendía las hierbas le lanzó una mirada lasciva cuando se iba y le extendió un ramillete de margaritas amarillas mientrás le decía que era para que volviera. Candelaria aceptó con indiferencia y con un gracias y saludos a una tal Oliva lo dejó en su sitio.
Salió para su casa a prepararse el menjurje cuando ya estaba aclarando, la plaza de mercado no le quedaba lejos y decidió caminar, cuando salió a la calle se arregló el saco para aguantar el frío que a esa hora hacia ver su aliento como si fumara. Se fue esquivando niños que salian para el colegio acompañados de sus madres, fijándose en lo bien peinados que iban y en como tenían que casi correr para sostener el paso de los adultos; lo buses atestados de esa hora le hacía agradecer con una sonrisa que no tenía que tomarlos para cumplir con sus actividades diarias. Cuando abrió el portón de su casa de pobre ya estaba bien de mañana; se dirigió a la cocina y encendió una estufa de gas en la que pusó las hierbas sobre una buena llama, las tapó y mientras la infusión se realizaba fue a un altar que tenía en la habitación para encender un par de velas, cambiar el agua y hacer un par de oraciones a los santos de su predilección; luego cuando ya estuvo el agua hirviendo la sacó en un balde que alguna vez fue caneca de pintura y se fue al baño para hacerse el baño. Primero las amargas, luego las dulces entre tanto rezaba padre nuestros y hacía sus peticiones por ella, por su hijo Mario, por trabajo por protección, luego se escurrió el agua sin secarse y salió hacia el cuarto que quedaba al otro lado del patio para vestirse.
Se vistió de negro, pobre pero dignamente y salió de nuevo a caminar a la calle, ya era media mañana cuando llegó al Cementerio Central después de soportar el asedio de taxistas y obreros que le hacían piropos baratos a pesar de su edad y aire digno. Compró unas flores en la entrada al cementerio; ya el vendedor la conocía, lo mismo el celador que la saludó como se hace con alguién de confianza: por su nombre y con una sonrisa. Candelaria entró y fue a visitar las tumbas de los N.N. que se encontraban casi negras por el humo de los fieles que las visitan para rayarles cruces y pedirles favores; las golpeó tres veces, como quien toca la puerta y les rezó en susurros mientras les encendía veladoras, al final les dejaba una flor y seguía por otras en un recorrido que podía durar un par de horas. Llegó a una tumba que tenía la estatua de un industrial que antaño tenía fama de ayudar a los pobres en vida y cuya tarea no pudo abandonar ni siquiera después de muerto, por eso la gente recurria a él, lo acariciaba, le dejaba flores y le hacía peticiones, aquí había que hacer fila para pedir pero no importaba, era Lunes de Muertos y ella no tenía afán.
Continua....
Frío, nada más frío, apenas empezaba a dejar de llover y el gris de la tarde lograba un poco más de color aprovechando los tenues rayos de sol de 5.30 p.m. El rítmico sonido de las últimas gotas de lluvia se desvanecía y su lugar fue ocupado por una serie de golpes de distintas calidades en la ventana, en principio le costó trabajo distinguirlos, luego terminaron mezclandose en la mente de Marío en ese espacio justo que se encuentra entre la vigilia y el sueño.
Se incorporó luchando contra el sopor vespertino que para ese momento se mantenía, convertidó ahora en el último vestigio de la siesta. Mientras tanto, mantenía firme la idea de recordar, paso a paso, lo ocurrido minutos antes cuando su conciencia no poseía ningún control sobre su mente. Mantuvo cercanas las sensaciones de las larvas que en sueños había visto transformarse. Observó como un gusano grotesco se convertía en un sólido pero gracioso insecto.
Metamorfosis o muerte.
En sus pensamientos recreaba la sensación de angustia del invertebrado, que respondiendo a un grito de la naturaleza que no podia explicar, luchaba con patas y cuerpo para salir de la tierra humeda y no ahogarse. Le parecio sentir como la luz azulada, recien descubierta, lo dejaba ciego momentaneamente mientras se acostumbraba a reunir las pequeñas y veloces imagenes que significarían su nuevo mundo. El ambiente caluroso lo llevo a moverse sintiendo el vigor de las patas y alas que sin esfuerzo eran capaces de levantarlo del suelo. Luego y con un potente impulso inició un viaje hacia un universo de rápidos movimientos que no conocia, en pocos minutos habia pasado del agua y la ceguera a la libertad colorida de la vida en la superficie.
Despues de ir para un lado y otro, luchando contras las corrientes de aire aún humedas que a manera de rezagos del diluvio que acababa de terminar se mantenían en el ambiente, se detuvo en una rama. Quizó parar el vertigo del vuelo. Sin entender porqué lo atraía un destello a lo lejos se dirigió a él: volaba, esquivaba, zigsagueaba, cuando la meta se agigantó un muro invisible lo dejó aturdido, se vió caer. Finalmente, la oscuridad lo cubrió todo. Entonces se despertó.
Mario tuvo presente que desde niño los insectos le habían atraido y mientras se trasladaba a otro tiempo fue hacia la cocina. Encendió lentamente la estufa y puso la cafetera; el ruido de la calle competía con el a veces fastidioso, a veces placentero sonido de la máquina de hacer café. Con una sonrisa bendijo a los instaladores de su nueva alfombra, aún descubriendo la nueva sensación en los pies se dirigió hacía el gran ventanal y limpió pacientemente el vidrio empañado y sudoroso. Pegó la cara para observar las personas que salían del edificio después de escampar, los veía correr para recuperar el tiempo perdido, aún con sus sombrillas multicolores desplegadas que los hacían parecer chinos recojiendo arroz en medio de un jolgorio; los pájaros de todos los tamaños se daban un banquete de tarde, justo antes de ir a dormir perseguian su comida por aire y tierra. La luz artificial que se reflejaba en el espejo de charcos en el suelo humedo parecía ser la señal que marcó el reinicio de todas las vidas concientes y brutas que hasta el momento y por algunos minutos se habían tomado el tiempo para simplemente a mirar la vida pasar.
Movimientos naturales, predecibles, después del aguacero.
En medio de la bruma que deja la lluvia, los torpes escarabajos que golpeaban el ventanal lo hicieron retroceder algunos pasos; lentamente, sin dejar de observarlos, su memoria empezó a desempañar recuerdos olvidados de su niñez. Sacudiendo la cabeza en un intento por alejar estos momentos, se dirigió al estereo y lo encendió con tan mala suerte que ponian en la radio una canción de aquella época. -¡Maldito recicle de canciones! – pensó en voz alta.- Nada que hacer; no había forma de resistirse al recuerdo, que como el destino está encadenado por eslabones de azar.
Tomandose un café sin dulce, sin soplar y de un solo envión, se sintió embargado por los momentos aciagos del pasado. No sabía cuántos años tenía entonces, cuando su perspectiva del mundo era desde un metro treinta; por ahora, con mirada distante y rencorosa le llegaba a la mente esa violencia inexplicable y brutal de aquellos tiempos; este sentimiento lo envolvió convirtiéndose en un pensamiento por mucho más amargo que la bebida que le quemaba la garganta.
Entonces era diferente el olor, cuando estabá en al selva era una mezcla de humedad, tierra y vegetación recien mojada, una percepción que cambiaba constantemente según los sucesos, también recordó ese olor ocre que usualmente venía acompañado de unos sonidos que anunciaban la aparición de los perros-caballo, al principio no se atreviá siquiera a mirar por la ventana para ver de donde provenían y hacia donde se dirigian, por lo menos una vez, en la tarde, cada semana, aparecian para luego después de unos chillidos demasiado humanos desaparecer selva adentro. Siempre se hacia el proposito de estar la próxima vez por lo menos preparado, listo para vencer el terror y resolver el enigma.
Su primer intento para resolver el asunto de los perros- caballo: después de varias semanas de planear y de medir mentalmente los recorridos y cuando creía que estaba próxima su llegada, cerró bien la puerta, también la ventana, tuvó presente que tenía que dejar varios puntos de mira en ambos costados de la choza; cosa que no sería muy difícil ubicando bien la llegada a las rendijas de la madera, así el problema de la visibilidad estabá solucionado, luego eliminar obstaculos para saltar de un lado a otro, apagar la lámpara no solo para ver mejor sino para no llamar la atención de los perros-caballo.
Cuando el momento se acercaba, su estado de nerviosismo y exitación lo hacia caminar de un lado a otro, un sudor frío le recorria el cuerpo y el miedo empezó a caerle encima, como una cobija inmunda y empolvada que no deja respirar; repasó los puntos que había escogido recorriéndolos una y otra vez a distintas velocidades, aprendió a esa corta edad que la espera, sin importar que tan larga sea, es una muerte a plazos.
De un momento a otro en medio del silencio.
A solas con el terror, los escuchó acercarse como una horda de pesadilla que arrasa con todo a su paso, por un instante quizó renunciar a su misión, esconderse bajo la cama, salir corriendo era impensable, ¿qué tal si lo perseguían? Sin más, afirmando las rodillas que le temblaban, limpiandose el sudor de las manos e intentando respirar, se deslizó hasta la primera hendidura que le permitía ver el exterior. Sí alguien hubiera observado su rostro se hubiera encontrado con una de esas muecas de los niños que se encuentran entre el llanto y la decisión frente a una pelea; definitivamente se habia decididó por lo segundo a pesar que su estomago estabá a punto de explotar a causa del miedo y la tensión. Pero… el miedo hay que encararlo, así nos estemos cagando.
Espectros de la noche temprana.
Simplificadas por la distancia, informes a lo lejos, pasaban velozmente, ¿cuántos eran? Díez, cien, mil. ¿Cómo saberlo en la penumbra? se concentró en un claro entre los arboles que permitian que la luz de la luna se filtrará y por donde seguramente los perros-caballo tendrían que pasar. Una lluvia pertinaz empezó a cubrirlo todo, sacudía los arboles de un extremo a otro y parecía que caían más hojas que agua, el hecho no parecía importarle a las sombras que corrian, se resbalaban y se incorporaban mientras las que venían atrás simplemente se tropezaban, saltaban o esquivaban: la solidaridad no existe en la selva.
Intempestivamente dieron un giro a la derecha, la razón no se podía entender y menos en medio de una aguacero que imponía una cortina grisasea sobre el manto negro de la noche, sin demora pasó a su siguiente punto de mira, parecía que se dirigían hacia él. Sin pestañear y temblando se mantuvo impasible para observar el espectáculo de hocicos babeantes y colmillos le daba un tinte siniestro a la escena, le parecía sentir el aliento tibio y nauseabundo que salía de sus fauces y que se veía como una hoguera con mucha leña verde. Pero aún era díficil de entender de qué se tratabá, pensó que los perros-caballo eran más grandes de lo que imaginaba, y era tan vertiginosa su carrera que nunca se percataron ni siquiera de la casucha, mucho menos lo iban a observar a él, simplemente pasaron de largo en busca de quién sabe qué.
En ese momento sonaron las llaves y la puerta del apartamento se abrió, era Virginia que llegaba y con un alegre -Hola- lo sacó de sus recuerdos mientras la veía empapada y tiritando de frío.
- Qué aguacero, ¿una toalla?
- Gracias.
- ¿cómo te fue?
- Bien, pero realmente esta ciudad se para cuando se orina un perro.
- Por qué lo dices.
- Preferí caminar antes que esperar en el banco, y mira como llegue.
- Pero una empapada de vez en cuando no tiene problema.
- Eso dices por que estás sequito, aunque estuvo divertido caminar mientras todo el mundo ponía cara de asfixia en los carros que no se movían ni para a delante ni para atrás.
- Sabes, he tenido malos sueños: pesadillas.
- Ah esos son los problemas, se le vuelven sueños a uno. Es Horrible.
- Virginia
- ¿qué?
- ¿viste cómo has dejado la alfombra?
- Ésta es la alfombra nueva, no me había dado cuenta, la volví mierda.
- No te angusties, aún, no es una trágedia.
Mario se quedo mirándola, aún mojada se veía más blanca, como resplandeciente, y la piel alcanzaba esa textura característica de la lucha por recuperar la temperatura normal del cuerpo, de hecho la humedad le sentaba, estar mojada desde la coronilla hasta los pies la mostraba como uno de esos clichés de película romántica . Entre sonrisas confirmó por qué se había enredado con ella; se le vino a la mente que cuando la conoció intento pensar como sería en cinco años; ahora que llevaban siete juntos, veía que no le habían pasado: una mujer estable en mente y cuerpo, a la que ni siquiera una lavada como la que había sufrido le alteraba el buen ánimo.
Mario cambió la música y viéndola secarse el pelo debajo de la luz indirecta de la pared le parecio ver a una estrella de rock que se prepara a subir al escenario, subió el volumen.
- !Qué buena canción!
- Cierto, no sé. ¿de quién es?
Empezó a verla bailar por todo el apartamento mientras se quitaba la ropa mojada y se ponía su bata seca y comoda. Virginia no necesitaba público para moverse como es debido, con una buena canción bastaba. De un lado para otro de la sala, en perfecta armonía con la música, hacia las veces de cantante, en ocasiones intercambiaba con el guitarrista y el baterista según el protagonismo de cada instrumento, cuando todo acabó se dirigió a Mario y casi ordenándole le dijo:
-¿A dónde vamos esta noche?
Mario, que aún no estaba del todo en este mundo, no respondia, finalmente como alelado dijo.
- ¿Qué?
- ¿Sí, a dónde vamos hoy?
- No sé, ¿Vamos a salir?
- Claro, no pretenderás encerrarme entre paredes hoy.
- No para nada. Arregláte y vemos.
- Listo, voy a escoger.
Y rápidamente, como una colegiala que recibe el permiso de sus padres para salir con sus amigas o con su nueva conquista, salió casi corriendo dirigiendose al closet. En ese momento Mario se dio cuenta que la espera sería larga, fue de nuevo hacia el estereo y sacó un par de discos, luego se sirvió un Whisky con un poco de agua fría y sin hielo. Cuando cerró la nevera y echaba el licor en el vaso oyó que desde el otro cuarto le gritaban.
-¡Sírveme uno a mí! Era Virginia queriendo calentar motores para la noche que ya empezaba a cubrirlo todo, incluso el ánimo; desde el apartamento se veian ya las lucecitas de las casas y calles que empezaban a brillar a manera de senderos para que no se pierdan los enanos. Antes de servirle el trago a ella, lo que implicaba devolverse a la cocina por el hielo, decidió apurarse el suyo que aún se mantenía casi puro, con un gesto de aprobación después del gran sorbo se devolvió a la cocina.
-¿Mucho o poco hielo? Gritó.
Virginia sacando la cabeza del cuarto para que le oyera mejor, le gritó con señal de molestia: - ¿Cuánto tiempo llevamos juntos? Como seis años y aún no sabes como me gusta el trago: ¡Sin hielo!
- Perdón estabá distraido. Y sonrió. -No te preocupes. Un besito.
Mario no respondió, sin apurarse ya estaba camino a la sala. Se detuvo acompañando el cambio de ritmo de la canción con la mano, sirvió descuidadamente mientras observaba el paisaje que rápidamente se habia oscurecido. Antes de pasar al cuarto, cerró la ventana que sacudia las cortinas a manera de fantasmas en medio de un huracan. Cuando entró en la habitación tuvo que andar en la punta de los pies para no pisar la ropa de todos los colores, usos y tamaños que estaba por todos lados, el único lugar seguro parecia ser frente al espejo que era precisamente el lugar donde estaba ella.
De un salto quedo detrás de ella y le paso el vaso cerca de la oreja remedando el ruido de los hielos con la voz. Se oyó entonces un gracias coqueto y amable, mientras, continuaba probandose un vestido rojo muy brillante por encima del cuerpo. Entonces, le dijo a Marío descuidadamente:
- Pensándolo bien. Sabes que es bueno cuando llueve en esta ciudad.
- ¿Por qué va a ser bueno?
- Ah porque los colores brillan más cuando deja de llover y todo huele fresco, a recien lavado.
- No sé, hace frío y la gente se encierra y se vuelve amarga.
- Como si el frío no se solucionará con una buena chaqueta o un buen trago, allá ellos, pero creo que piensan más y pelean menos aunque también casi no sonrien-. Respondía sonriente mientras se decidia por el vestido negro que al igual que el rojo, y como todos los que tenía para noches de fiesta, era brillante y justo.
- A mi me gusta cuando deja de llover, todo se pone lento como un perro que toma impulso para quitarse el agua de encima, y luego se sacude para seguir como si nada, creo que así funciona esto; se lava todo: los carros, la gente, las calles, las casas y luego todo sigue como si nada-. Decia Marío muy pensativo mientras volvia a servirse otro whisky y se acercaba a la ventana para volver a perderse en la vista.
-Es la excusa perfecta disculparse por que no se pudo llegar a tiempo, bueno ya no más, dejémos al agua en paz ¿para dónde vamos esta noche? Quiero que con este vestido todos se mueran, ahí mismo.
Marío la observó de reojo y solo sonrió anticipando el desorden de la fiesta. Ella con un cuidado de relojero dejó el vestido sobre la cama y se acercó sin escalas al espejo; empezó a maquillarse para iniciar la transformación para la noche. Comparaba lo que se pondría con los colores y texturas de su tocador, sin ningún afan, pero sin pereza, lo hacía con un ritmo parecido la de la música electrónica que se constituía en la banda sonora del momento.
Mario parecia conocer muy bien los tiempos de Virginia y los manejaba con música, sabia que era especialmente sensible y que se acomodaba tangencialmente a las velocidades que él le dictaba desde el sistema de sonido de la sala: ella ensayó rápidamente un par de posibilidades de cabello: libre, medio suelto, también una peluca de color no natural, finalmente decidió soltarlo sin complicarse. Se puso el vestido y los zapatos que le acompañaban, finalmente fue al bar y se sirvió un gran trago de brandy; se asomó a la ventana y oteo lo que sucedia abajo, decidió que ya estaba lista para salir: - ¡estoy lista! Cuando la oyó, Mario pensó que definitivamente en estas situaciones el tiempo no depende de los hombres, se maneja con reglas femeninas.
-Bueno, recojo mi chaqueta y vamos.
-Te espero en el ascensor.
Mario apagó la música y las luces principales, entonces el apartamento se transformó en una cueva moderna, con luces indirectas que le daban cierto aire macabro pero elegante.
Se abrió el ascensor que sin escalas los llevó directamente a los parqueaderos del edificio, subieron al automóvil un Audi de última generación color oscuro , aúnque Virginia reía, Mario estaba más bien absorto; encendio el motor, prendio la radio y salieron lentamente mientras una lluvia fina volvia a caer, rápidamente tomaron la av. Circunvalar al sur, buscaban la zona de los bares, el asfalto humedo alargaba las luces amarillas del alumbrado público pero se tragaba el resto, aceleró, le gustaba el sonido que producen los neumáticos sobre el pavimento mojado, a pesar del frío, bajo un poco la ventana para oir mejor, a lo lejos los edificios altos del centro eran una especie de faros de luces minúsculas, el punto de orientación de los noctambulos bogotanos. Abajo la ciudad con miles de luces, demasiado grande para entenderla, pensó Mario en silencio.
Virginia por su parte escuchaba con atención una canción ochentera que parecia llevarla a otra época, veía las pequeñas gotas de agua que quedaban en el vidrio lateral, mientrás desenfocaba el resto, era un juego de niña, algo que hacia desde cuando los escoltas del ministro la recogian en el colegio, la canción y la escena misma la llevaron a recordar sus solitarios días de niña, subio el volumen para sacudirse las ideas viejas, sonrio y empezó a cantar. Pasaban luces y luces.
- ¿Te gusta esa canción?
- Si, me recuerda cosas.
- ¿Qué cosas?
- No nada, de mi Papá, cuando me mandaba a recoger al colegio. Era buenísimo por que llegaban en un carro y un par de motos de la policía nos abrian paso.
- Me imagino.
- Entonces yo les hacia muecas a las viejas y a los tipos les mostraba las piernas y como estaba con la policía no sabian que hacer.
- !Siempre una maldita!
- Era juego. Recuerda tienes que bajar por el parque.
Cuando salieron a la Carrera Séptima Mario vio los taxis que indicaban que ya estaban en una vía más transitada y no pudo dejar de mirar la virgen que estába al costado izquierdo, agradeció el semaforo en rojo que le permitió centrar su atención en la imagen, sin decir nada se encomendó con la mirada.
- Muchos taxis, son como una plaga. ¡Cambió el semaforo dale!
- Espera no ves que están pasando.
- ¿Qué toman los punks?
- No tengo ni idea
- Bueno lo que sea emborracha. Míralos.
Virginia los seguia con la mirada, centró su atención en las botas industriales rojas, verdes y vinotintos que llevaban, las chamarras de cuero, los pantalones ajustados y los pelos plateados también le gustaron; eso sin olvidar los gestos de músico ebrio que hacian; mientras, Mario se preocuba por el taxista que estaba a punto de cerrarlo, aceleró más y logró adelantársele, se rio cuando vio la cara de molestia del conductor por el retrovisor.
Virginia jugaba con la música del automóvil, subia el volumen, estaba bastante animada. Ya estaban llegando a Salamandra que era el lugar que Mario había escogido sin consultarle, pero a ella no le pareció mala la elección, se sentía a gusto en el ambiente del lugar: lo suficientemente glamouroso. Cuando llegaron el muchacho del valet parking les recibió el vehículo y pasaron la puerta de teatro de los años 50 del lugar, era un sitio que habían adaptado, aún conservaba los palcos y la estructura general, pero el sonido, las luces, y todo lo demás era un derroche de tecnología y dinero. Allí la elegancia clásica y lo cibernético de la tecnología se reunian para dar lugar a los más bellos de la ciudad. En Salamandra se podía encontrar desde el más cyber de los hackers hasta la modelo más famosa en su mejor traje, el lugar sonaba perfectamente y del dj, conductor de la noche, dependía de qué color y con qué espíritu llenaban la atmósfera que bien podría ser del rojo de un cuarto del infierno o de un azul frío y metálico: Salamandra nunca era igual.
Los porteros del lugar parecian sacados de una película de ciencia ficción y eran el filtro de entrada, un pasaporte a otro mundo, tres tipos que hablan en varios idiomas manejaban lo divino y lo humano de Salamandra, sin su anuencia era imposible pasar, controlaban las puertas de este inframundo.
Adentro las mujeres del lugar; también los hombres, eran los encargadosa de guiar al que así lo quisiera por este jardín de las delicias y creánme que en Salamandra todo el mundo quería. En medio de los beats electrónicos de la música era un lugar con aire enigmatico y maldad atrayente en cada uno de sus detalles.
Esa noche Mario y Virginia estaban como siempre en medio de las miradas de todo el mundo, el punto de encuentro de hombres y mujeres que buscaban acercarse directamente sin procacidad. Ellos eran concientes y los dejaban hacerlo sin comprometerse, pero dando lugar al juego; la noche se convertía en el momento en el cual sacaban su belleza profunda siempre despiadada. Bailaron por varias horas, Virginia con su estilo particular bastante enérgico, un autómata con alma; Marío como un ángel oscuro en la noche de Salamandra, silencioso, nunca una carcajada: se divirtieron, se tomaron todo el alcohol y todas las drogas que estaban disponibles, nunca dejaban nada para el amanecer; eso sí, cuando la noche desaparecía, huían con ella para guarecerse en su casa, lejos de todo el ajetreo.
Lunes, Día de Muertos.
Era lunes por la mañana, primero del mes y Candelaría fue a la plaza de mercado de las Nieves a comprar unas hierbas para hacerse uno baños 7 amargas y 7 dulces que era lo que acostumbraba. Aún era de mañana y el sol no se asomaba.
- Por favor deme: Higuera, Ruda, Tartago, Yerba Bruja, Adormidera, Anamú y Espasote. Bien frescas. Listo, aparte deme: Yerbabuena, Manzanilla, Mirto, Paraiso, Poleo, Menta y Romero. Las contó y las acomodó envueltas en papel periódico amarrándolas con una tira de fique que sacaba de un costal que tenían a la mano para deshilachar a medida que se vendian las hierbas.
El viejo regordete de sombrero, saco viejo y sin afeitar que vendía las hierbas le lanzó una mirada lasciva cuando se iba y le extendió un ramillete de margaritas amarillas mientrás le decía que era para que volviera. Candelaria aceptó con indiferencia y con un gracias y saludos a una tal Oliva lo dejó en su sitio.
Salió para su casa a prepararse el menjurje cuando ya estaba aclarando, la plaza de mercado no le quedaba lejos y decidió caminar, cuando salió a la calle se arregló el saco para aguantar el frío que a esa hora hacia ver su aliento como si fumara. Se fue esquivando niños que salian para el colegio acompañados de sus madres, fijándose en lo bien peinados que iban y en como tenían que casi correr para sostener el paso de los adultos; lo buses atestados de esa hora le hacía agradecer con una sonrisa que no tenía que tomarlos para cumplir con sus actividades diarias. Cuando abrió el portón de su casa de pobre ya estaba bien de mañana; se dirigió a la cocina y encendió una estufa de gas en la que pusó las hierbas sobre una buena llama, las tapó y mientras la infusión se realizaba fue a un altar que tenía en la habitación para encender un par de velas, cambiar el agua y hacer un par de oraciones a los santos de su predilección; luego cuando ya estuvo el agua hirviendo la sacó en un balde que alguna vez fue caneca de pintura y se fue al baño para hacerse el baño. Primero las amargas, luego las dulces entre tanto rezaba padre nuestros y hacía sus peticiones por ella, por su hijo Mario, por trabajo por protección, luego se escurrió el agua sin secarse y salió hacia el cuarto que quedaba al otro lado del patio para vestirse.
Se vistió de negro, pobre pero dignamente y salió de nuevo a caminar a la calle, ya era media mañana cuando llegó al Cementerio Central después de soportar el asedio de taxistas y obreros que le hacían piropos baratos a pesar de su edad y aire digno. Compró unas flores en la entrada al cementerio; ya el vendedor la conocía, lo mismo el celador que la saludó como se hace con alguién de confianza: por su nombre y con una sonrisa. Candelaria entró y fue a visitar las tumbas de los N.N. que se encontraban casi negras por el humo de los fieles que las visitan para rayarles cruces y pedirles favores; las golpeó tres veces, como quien toca la puerta y les rezó en susurros mientras les encendía veladoras, al final les dejaba una flor y seguía por otras en un recorrido que podía durar un par de horas. Llegó a una tumba que tenía la estatua de un industrial que antaño tenía fama de ayudar a los pobres en vida y cuya tarea no pudo abandonar ni siquiera después de muerto, por eso la gente recurria a él, lo acariciaba, le dejaba flores y le hacía peticiones, aquí había que hacer fila para pedir pero no importaba, era Lunes de Muertos y ella no tenía afán.
Continua....
A Bajo Costo.
¿Vale la pena escoger el destino?
Era el diablo, con un dedo metido en todas las trampas.
Caminaba por la calle 13 que a esa hora estaba habitada por los indigentes y uno que otro oficinista madrugador que corría para llegar al trabajo, ese día como todos los de octubre había bruma y el piso aún estaba humedo por la lluvia de la noche. Caminaba rápido, casi siempre mirando al suelo; quería llegar al hospital donde estaba mi mamá y para hacerlo debía pasar por la zona comercial de los pobres de Bogotá. De vez en cuando algún barrendero se me atravezaba sin detener su trabajo y sin mirarme, o los harapientos y su inmundicia me pedían monedas que obviamente no tenía, eran tiempos díficiles y en medio de la pobreza no tenía ni para un café; lo único que podía dar era indiferencia; simplemente los ignoraba y me consolaba con la idea que definitivamente algunos están más jodidos que uno.
Cuando llegué a la avenida Caracas, el hombrecito del semáforo para peatones estaba en rojo, como duraba bastante tiempo pues es una vía transitada me puse a ver cosas de la calle, los buses atestados; primero uno, después el otro pasaban en medio del humo, me sorprendía que el piso temblara a su paso, me gustaba distraerme así, para olvidar un poco los problemas, a veces hasta contaba carros. Recuerdo muy bien que antes de cruzar la avenida, como si esperará el momento preciso, un flaco cincuentón que repartía volantes me tocó el hombro y me dío un papel rojo con tinta negra, en el momento no logré leerlo, ya tenía que cruzar, cuando estaba al otro lado no sé por qué si era un papel más de los que dan en el centro de la ciudad me detuve a leerlo: “¿necesita dinero? Prestamos a bajo costo sin fiador. Acérquese, la solución a sus problemas está a la mano.”
Guardé el papel en un bolsillo, miré el semáforo que estaba por cambiar de nuevo y cuando intenté buscarlo entre la gente, el tipo que hace tan solo unos segundos estaba a mi lado se había esfumado; sin más, continué mi camino en dirección del hospital, ya sonaban las rejas del comercio que recíen abría, mientrás los dueños tomaban café en vasos de plástico y como gatos perseguían los primeros rayos de sol para calentarse; sus ayudantes abrían las puertas. Era un trayecto de hormigas que cargaban cajas, bultos y herramientas. Ese día parecía que todos los camiones hubieran llegado al mismo tiempo. Estuve esquivando cargabultos que con un silbido o un grito me hacían correr so pena de ser atropellado por hombres que cargaban casi su peso al hombro.
Para recortar camino, doblé por una callejuela que me sacaba directo a la Plaza España. A esa hora apenas llegaban los dueños de los puestos. Siempre me pareció un laberinto de pobreza, me metí entre montañas de ropa vieja con olor a guardado, entre zapatos raídos que sin embargo estaban mejor que los mios, en la cabeza tenía en mente a mi madre y su enfermedad, sin embargo aún tenía tiempo para chismosear un poco; me detuve un momento en uno de los puestos donde estaba una chaqueta que hace unos días había cambiado por unos billetes que me sirvieron para un almuerzo barato. La situación me descompuso y decidí que era mejor ir al hospital, cuando estaba por llegar me detuve en las funerarias de la esquina, unos locales oscuros con olor a madera que vendían ataúdes nuevos baratos, observé los precios y la alternativa no era esperanzadora: no tenía con que pagar nada en el hospital aunque era de caridad y si la vieja se moría, salvo una fosa común para NN del cementerio del sur no había forma de enterrarla, ni siquiera tenía para un cajón de madera reciclada donde meterla. Crucé la calle y con todo eso me puse en la fila para entrar.
Recordé el día que me quedé sin trabajo por un lío de faldas, ni siquiera me preguntaron si era cierto, aunque lo fue; pude haber dicho alguna cosa y salirme del problema pero no fue así, me llegó una carta donde se anunciaba mi despido. Eso fue un año antes de que cayera enferma mi mamá, no pude conseguir otro empleo y me había mantenido en la casa de familiares que no nos cobraban y amigos que según sus posibilidades ayudaban de vez en cuando para comer. Lo había intentado todo y no lograba nada. Incluso fuí a ver a un par de brujas de barrio para que consultarán en naipes y tasas de chocolate qué era lo que pasaba, pero las razones incoherentes que me dieron no me habían servido mucho; aúnque permanecí más o menos tranquilo por algunos meses, para ese momento la situación era desesperada y no sabía qué hacer, todo estaba cerrado. Estaba jodido.
Cuando salió el celador con la planilla de visitas me sacó de los recuerdos.
-Familiar de Liboria Balbuena- Así gritó el tipo que tenía ya el uniforme desteñido y un bigote que no se sabía si era real. Cuando me acerqué me preguntó mi nombre y mi número de identificación, con letra torpe de analfabeta lo escribió en una planilla mientras las demás personas empujaban para buscar por cuenta propia a su familiar en el listado. Yo conocía el camino, era una sala de observación donde había más de 15 camas perfectamente alineadas en filas de tres, allí estaban los enfermos que necesitaban atención especial y rondas más continuas, la de mamá era la 14 a. Cuando llegué estaba como siempre con esas batas verdes que no sé de que material serán, con mangueras que llegan a un frasco de suero y con máscara de óxigeno, cuando me vío sonrío un poco y se quitó la careta para saludarme, en ese momento pude ver su rostro enflaquecido por la enfermedad y sus labios resecos por la desidratación. A pesar que su condición hacía que hablar no fuera una tarea fácil, me preguntó con voz apagada cómo estaba, qué tal la casa, si me alimentaba, también si los gatos tenían comida; cosas que en mujeres como ella son el día a día. Yo la escuchaba y para no mentirle porque me descubriría al instante, le respondía a todo afirmativamente, sin darle mayores detalles.
Ese día la visita fue muy corta, pués debido a su estado y a las condiciones de la sala donde estaba, no permitían sino una persona por cama y habían llegado las primas y unos vecinos que querían hablar con ella. Vino la enfermera para aplicarle un medicamento, yo me hice a un lado detrás de un biombo que ponían para esos menesteres, cuando lo retiraron la vieja reflejaba el dolor en su cara, aunque no era cobarde y estaba acostumbrada, los chuzones la afectaban. Cuando la enfermera se retiraba recuerdo que llegó el médico y con ese aire de dueño de la cura y de la enfermedad miró los datos que estaban en el formulario que ya iban por la tercera página; ni siquiera la examinó. Me miró con cara de juez y se fue a la siguiente donde hizo lo mismo. Lo observaba trabajar y me preguntaba si cuando uno tiene algo de poder sobre otro le cambia la mirada y la actitud para hacerle verlos como una mierda, seguramente sí; yo queria patearlo.
Volví a acercarme ya para despedirme, le dije un par de cosas, como siempre desde hacía algunas semanas me respondió con la mirada; decidió no quitarse la mascara para hablarme; en algunas ocasiones yo prefería huir para no ver la cara de tristeza de la vieja. De verdad creo que la impotencia crea cobardes. Salí de la habitación y en la planta baja me encontré con los familiares y amigos del barrio, los salude, le entregué la ficha que me había dado el del uniforme desteñido a una de mis primas y salí a la calle para continuar la busqueda del dinero que sabía tenía que pagar cuando la dieran de alta, si la daban, bueno si moría también. Creo que si cuando el paciente muere no tuvieramos que pagar se esforzarían más.
Cuando salí ya había pasado el medio día, metí la mano en el bolsillo y busqué el papel que me había dado el tipo en la Caracas, lo encontré y además había un billete doblado como un cuadrado pequeño que seguramente mi prima había puesto allí cuando nos despedimos, me alegró el gesto que de paso me pareció un buen augurio y fui a almorzar para aclarar las ideas. empezaba a llover y los niños disfrazados que pedían dulces se guarecian en el restaurante viejo que había escogido. Mientrás comía en plena hora de ebullición observé el volante, no daba mayores detalles acerca de la forma de prestamo, simplemente había una dirección cra. 10 23 -17 resaltaba que era dinero a bajo costo y para cualquiera: sin codeudor. Pese a la incredulidad no tenía nada que perder. Esperé a que dejará de llover y me fui a buscar la dirección. Cuando llegué la gente se estaba dispersando, La tregua del aguacero sería breve y aún permanecían unos pocos en el umbral de la puerta: los indecisos entre salir o quedarse a escampar. Algunas personas me dijeron que ya no me atenderían; pregunté de qué se trataba el negocio y nadie me supo informar, en forma escueta como quien ve en el otro un rival decían simplemente que prestaban plata pero como venía tanta gente lo mejor era madrugar. No me dieron ningún otro dato que me fuera útil, es más, no parecían tener nada claro y creo que estaban igual de perdidos que yo. Los truenos anunciaron que venía el agua, entonces salí del edificio que se notaba medio desocupado y sin administración que lo cuidara adecuadamente. Decidí caminar un rato.
La soledad nos pone a pensar en si mismos y en lo mismo, esa era mi condición por esos días, me preguntaba en cuál momento me había jodido, de quién dependía mi estado actual, por qué a mí, todas esas preguntas que se puede uno hacer cuando la vida lo atropella, la autoindulgencia no era una de las salidas que utilizará para este tipo de cosas; culparme no ayudaba mucho y de darle vueltas a la situación terminaba convertído en un verdadero inútil. :También podría involucrar al destino que es un enredo de circunstancias pero era demasiado fácil y tampoco servía para nada. Esos eran los pensamientos producto de las circunstancias que me atacaban y compartían el terreno con las cosas prácticas que debía solucionar y que no lograba componer a pesar de esfuerzos y ruegos. El papel aunque sospechoso se convirtió en mi única posibilidad de conseguir dinero, ya vería después como lo pagaría. Esa noche le llevé la comida a los gatos, comí yo también algo por ahí, una caja de cigarrillos y el billete de la prima se estaba extinguiendo, le volví a a agradecer. Intenté dormir con la tranquilidad que da la desesperación.
Fue una noche de pesadillas y fantasmas, me perseguían, creo que nunca había corrido tanto, unos malditos enanos me herían de todas las maneras, no me acuerdo por qué cerrándome el camino como a un ternero me llevaban hasta un pozo de fango y aguas podridas donde me atascaba, si intentaba salir me golpeaban con unos garrotes o me lanzaban rocas. Esos eran algunos de los detalles, obviamente lo que me quedó en la memoria fue una sensación de temor. Me desperté varias veces con sobresaltos, me costaba un poco de trabajo definir qué era vigilia y qué sueño. Así lentamente amaneció.
Cuando aún no salia el sol me levanté a preparar café, no sin antes encender el radio para escuchar alguna voz que no fuera la mia, eran las noticias usuales: estado del clima en la ciudad como sino fuera evidente, y una lectura de títulares de periódicos, algun mensaje positivo, todo en una correcta voz de locutor; de esas que cuentan atrocidades con una tranquilidad que parece la de un profesor que explica una conjugación de verbos. la mañana estaba fría no paró de lloviznar desde la noche anterior, de manera que levantarse era un acto de heroísmo. Me bañé velozmente porque donde vivía sólo había agua fría y rayaba la piel; con ánimos renovados y un buen presentimiento salí de la casa directo para la oficina de préstamos. En la calle los rios causados por la lluvia constante me retrasaron un poco ya que había que buscar el mejor lugar para pasar. Precisamente cuando lo encontré ocurrió lo impensable: estaba en la mitad de un puente improvisado con tablas y ladrillos y el indigente que al parecer lo había construido me pidió una moneda como peaje, el hombre me insistía sin dejarme pasar, yo volteaba un poco la cara para no recibir su aliento de muerto con varios días de descomposición, le explicaba, que por favor, que tenia que llegar rápido a cierto lugar, que era importante, pero el tipo no se movía. Al final le grité que me dejara pasar y como pude lo empujé, en medio del forcejeo me miró con rabia y caímos abrazados al agua. Después pensé que eran preferibles los enanos del sueño que ese tipo.
Nada que hacer, como podía ir a pedir dinero prestado en ese estado, me devolví angustiado lo más rápido que pude. Había perdido casi una hora, cerraba la puerta cuando empezó un chubasco típico bogotano; era el colmo, ahora no me podía mover de la casa. Entré y me puse a ver por la ventana el aguacero que parecía interminable, a veces maldecía a veces me resignaba. Dí vueltas de un lado a otro y para distraerme prendí el pequeño radio de transistores en el que escuchaba deportes cuando salía a la calle; había noticias de los salarios de los jugadores y de sus excentricidades, me aburrí de tanta bobada y lo apagué, ya estaban cayendo unas goticas finas, soportables, sombrilla en mano salí a buscar el préstamo.
Ya eran casi las 9 de la mañana, me preocupé por que seguramente tampoco me atenderian ese día.
Casi corriendo, que era lo más rápido que podía ir entre los vehículos y los charcos recorrí las veinte cuadras que me separaban de la oficina de prestamos, me tranquilicé cuando vi que la puerta del edificio estaba abierta, entré y vi una fila bastante larga que recorría unas escaleras sucias y mal iluminadas. Sin más me puse detrás de una mujer con un par de mocosos que desde que me vieron empezaron a jugar entre mis piernas, yo no soy muy adepto a los niños y los apartaba diciéndole a la señora que los controlara, como no logró nada, mejor se fue, me había ganado un puesto gracias a esos enanos. Nadie hablaba, eran concientes que todos éramos rivales para el préstamo y se veían los celos y el rencor entre desconocidos. Reconocí en esas caras lo despiadada que es la necesidad.
En un momento se abrió la puerta de ingreso a la oficina y los que estabamos allí vimos salir a una joven de unos 20 años que tomándose la cara con las manos en medio de sollozos bajó la escalera velozmente buscando la calle, su actitud era sintoma de que le habían negado el dinero. En medio de los murmullos socarrones de la gente creí que el papel que me habían dado en la calle era otra patraña para embaucar, y que los préstamos podían ser negados si el paciente no tenía más dinero que el que necesitaba: sin prenda no hay préstamo.
Con la ropa húmeda y mala cara decidí esperar a ver que sucedía. Volví a escuchar las escaleras porque desde mi posición no se veía la puerta, el siguiente en bajar fue un negro descamisado, flaco, alto, al que parecía no importarle el frío, el hombre bajó con aire resuelto y frunciendo el seño, cuando alguién le pregunto cómo le había ido lo miro como diciéndole: no pregunte pendejadas, yo lo seguí con la mirada mientrás desaparecía en la luz de la calle. La fila avanzaba lentamente, ya serían las once de la mañana y llevaba dos horas viendo paredes mohosas y gente que no prestaba los ojos para charlar. A los pocos que habían salido no se les podía decir nada, esa era la constante: nadie hablaba después de entrar en la oficina.
Recorde que aún tenía un cigarrillo del día anterior y encendí uno, algunos me miraron, pero ese era un lugar sin dolientes. Me importó un carajo que el humo inundara el lugar, estaba en esas cuando un hombre se me acercó a pedirme que le vendiera uno; compartimos; aunque era un tipo con necesidad no era miserable y si había se compartía cuando no, pues no; con el humo como disculpa empezamos a hablar. El tipo era alegre, con mirada veloz y verbo fácil, según me dijo había llegado de San Andrés hacía pocos días, no conocía bien la ciudad pero por lo poco que había visto era igual que en cualquier parte: sin dinero no se funcionaba. Su intención no era pedir plata sino trabajo. Tenía pensado ayudar en los cobros, porque; y sonaba lógico, no creía que toda esa gente fuera a pagar así no más. Mientrás estabamos en la escalera en un ataque de honestidad o por fantoche me contó que ya había tenido experiencia en ese tipo de encargos. Que tenía buenas cartas de presentación. El tono frío con que lo dijó me produjó un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, quién se sabe qué cara puse pero él pareció darse cuenta y entre risas me dijó que no me preocupará, que todavía no lo habían contratado y de pronto eran gente de abogados o quizas, a lo mejor, yo nunca me atrasaría en los pagos. A mí el hombre me pareció el demonio y deseé nunca encontrármelo. Terminamos el cigarrillo, me dio la mano y volvió a su lugar en la fila sonriente y observándome de medio lado como un perro taimado. Sentí nuevamente que la sangre se me enfriaba. La fila avanba y yo andaba nervioso.
Podía salirme de la fila que de un momento a otro empezó a correr a buen rítmo, pero no había nada que hacer; era una decisión tomada y además qué podía perder si necesitaba el dinero. La necesidad tiene esa particularidad; cierra las posibilidades de elegir, la mayoría de las veces deciden por uno, se está sujeto a la voluntad del otro. Recordaba las personas que habían dejado la oficina, la mayoría salía con rostros contrariados y los satisfechos eran menos. Cuando estaba a dos personas de la entrada me dediqué a observar los muebles viejos que decoraban una especie de sala al final de la escalera, intentaba explicarme por qué alguién que presta dinero se ocupaba tan poco por el mobiliario. Intenté oír lo que sucedía adentro pero no me fue posible. Entró la doña que estaba delante mio, le abrió la puerta el obrero que recién salía y ella se filtró de medio lado como quien se cuela en un bus. Rápidamente cerró la puerta y no alcance a ver más que una ventana desde donde se debía observar la calle, la iluminación total de la oficina contrastaba con la penumbra en la que nos encontrabamos.
Me puse ansioso antes de entrar, me sudaban las manos y la frente; cuando parecía que abrirían la puerta me sequé las manos en el pantalón, tomé aire y mirando al suelo esperé lo que seguía. Ya se me había olvidado lo que diría cuando me preguntarán para qué era el préstamo, o toda esa introducción que se hace para este tipo de asuntos, era algo sencillo pero por el momento no me acordaba de nada. Salió la señora no recuerdo por qué no quise mirarle la cara, yo sólo observaba el piso de la oficina y cuando vi el haz de luz supe que debía entrar.
El tipo se levantó de su silla y amablemente me tendío la mano sin decirme nombre alguno, igual no hacía falta; era regordete de cara aindiada, lo que más me llamó la atención fue su forma de vestir: vestido blanco con camisa roja y corbata también blanca, parecía una caricatura de un salsero de los setenta, con sonrisa amplia y ojos acusiosos atendía con cuidado lo que yo le decía, que mi mamá estaba en el hospital y no tenía trabajo desde hace meses, todas las explicaciones empezaron a salir como si de ellas dependiera el préstamo, como si le importará. Por alguna razón, seguramente por su amabilidad y tranquilidad no me vi tentado a mentirle, igual si me pedía referencias no tenía como sostener nada fuera de la verdad. El hombre sonrió y me preguntó cuánto necesitaba, cómo me había enterado de la oficina y que quién respondía por mi. Le expliqué todo, que necesitaba 2 millones, que un hombre en la calle me había dado un papel y que nadie podía responder por mí. Mientras le decía observé el escritorio donde estaba un reloj, un libro de contabilidad grande, un teléfono, nada sobraba todo era bastante austero.
El hombre se rió y se levantó de la silla. Empezó a hablar sin mirarme; me decía que ellos no eran beneficiencia pero que prestaban sin fiadores como una forma de ayuda a los que la necesitaban y que les encantaba la gente como yo, personas cuyo único respaldo eran ellos mismos. Me dijó que me había escuchado atentamente y que su deseo era colaborar para que yo pudiera solucionar los problemas de mi madre y de paso algunos más. Hizó una breve pausa antes de preguntarme qué lo que estaba dispuesto a hacer para conseguir el dinero. En ese momento se me vinó a la cabeza que me estaba metiendo en la grande y que de eso tan bueno no dan tanto y que en cierta forma me condenaría tarde o temprano. El hombre pareció leerme el pensamiento e intentó tranquilizarme diciéndome que él entendía que esas cosas parecían fuera de lo común, pero que no me preocupará, no tenía que prestar mi nombre, tampoco llevar drogas, ni mucho menos hacer daño a otros, que no se trataba de eso, simplemente se trataba de hacer un favor, por decir algo: compramos un pedazo de cielo con ayudar a personas como usted.
- Después de conocer todo esto ahora sí dígame: ¿en qué puedo ayudarlo?
- Mi nombre es Andrés Felipe Valverde y recibí este papel en la calle el otro día. He venido ya un par de veces para saber cómo es lo del prestamo.
-¿Para saber cómo es o a pedir prestado?
- Disculpe, a pedirle dinero prestado.
- ¿Cuánto?
- Serían 2 millones. Verá estoy desesperado. Me siento como ahogado por no poder hacer nada. Y parece que nadie me puede ayudar. Esta es la única posibilidad que tengo para solucionar lo del hospital de mi mamá.
- Hmm… ¿y nadie le quiere ayudar? ¿le parece raro que los demás pasen a su lado y no sepan nada de sus problemas? Usted pasa al lado de mucha gente todos los días y no sabe nada de ellos y tampoco le interesa que les preocupa, la procesión que va por dentro. ¿y ahora viene dónde un extraño a que le preste?
- Creo que esto es un negocio y usted gana por lo que me preste ¿no? pero no lloro por que no me presten, me preocupo. Sufro pero debe ser por que ella o yo hicimos algo mal, esa es la causa ¿creo? Nace de algo que hicimos mal. Es culpa nuestra y no debemos culpar a otros. Así que no pienso mucho en los líos del vecino. No se sufre por que sí. Eso si intento solucionar con lo que está en frente.
- Sabe, le compro la idea. Estoy de acuerdo: sufrir por puro azar sería una desgracia peor. No está bien visto. Y no se puede tolerar que algo se produzca así nada más, porque Dios lo quizó, sin que cada cual tenga que ver. Sería perder el control; hay que sumar lo que uno hace con lo que viene después de eso, de lo contrario qué ¿nos sentamos a esperar? Los errores son la cuota inicial de la desgracia. Según usted. Aclaro. Pero me gusta; puede ser un buen punto.
- Que mal pero es cierto, los errores mios o suyos o de los que están allá afuera o de los que ya se largaron con o sin dinero son la cuota inicial del fracaso. Ahora que hablamos aquí como si no tuviera nada de que preocuparme: El verdadero fracasado no es el que no tiene éxito en las cosas grandes: el que no ganó el campeonato mundial o el que no tiene un millón de dolares en la cuenta. A la mayoría no le suceden esas cosas. El fracasado como yo es el que falla en las cosas pequeñas: No llegar a construirse una casa, no conservar un amigo, no enamorar una mujer. No ganarse la vida como todo el mundo. Ese es el fracasado más triste. Ahora entiende mi situación.
- La entiendo, tenga paciencia.
- Paciencia, si estoy aquí es por que no tengo paciencia, no puedo tenerla, en este estado de desesperación que voy a tener paciencia, agoto mis posibilidades y esta es la última. De lo contrario se muere mi mamá y de la frustración me metó en el hueco con ella.
- !Aha! Si eso de la paciencia solo funciona cuando las circunstancias lograron vencer, cuando no hubo tiempo ni lugar para solucionar el error, así sea un poco. Sabe; hay quienes dicen que es una virtud, yo no creo eso. Creo que la paciencia, la paciencia solo es practicada cuando las cosas ya no dependen de uno, cuando nos rendimos. Y eso es lo que queremos evitar. ¿cierto? No hay que entregarse.
- Cierto.
- Andrés: Sufrir no sirve de mucho. Por eso ayudo a personas en circunstancias particulares como la suya, Pero tenga presente que no somos una casa de beneficiencia. Aquí nada es gratis, los costos serán altos, no ahora, después. Le puedo prestar un dinero que le solucionará su problema inmediato, pero si solo solucionamos eso quedaría usted otra vez en la misma y quién me responde. ¿entiende?
- Yo le pagaré, pase lo que pase.
- Creame y de verdad creame; sé que me va a pagar. Piense que a partir de su firma en este papel le dare lo principal para que solucione esas cosas pequeñas de las que me habló hace un momento, para que no se sienta como un fracasado. Le hare un favor.
- Muchas gracias. De verdad no lo voy a olvidar.
- Eso se lo aseguro. Siguiendo con su filosofía desde hoy no sufrirá por nada. Le dare 10 millones y usted le pagará cada mes a una persona que enviaré desde el próximo mes y por los siguientes quince años. No se preocupe, también sé que no habrá dificultades en el pago. No hay la menor posibilidad para que deje de hacerlo. Al final; cuando no sea un fracasado viene el pago de los verdaderos intereses,
- ¿Los verdaderos intereses? ¿cómo así?
- Sí así es, de cualquier manera después de quince años de estar con el estomago lleno, con dinero, seguramente con mujer e hijos no será tan difícil. Pero estos intereses no son dinero eso también es una certeza.
- No se. Me asusta un poco.
- Se asusta, Ahora se asusta, me ha hecho parlotear para asustarse, no me haga reir, mejor no me haga emputar: le doy la posibilidad de cambiar su vida, de salir del fracaso y de esa soledad que no termina sino en la locura o el suicidio para que después lo tiren a una fosa común en el cementerio central como le va a pasar a su mamasita si no la cambia de hospital. Piénselo.
-Esta bien. Acepto, acepto igual ¿hay alguién que no quiera lo que puede tener? Creo que puedo cambiar que lo que me pase lo decida el tendero que me fia o mi prima que me presta plata o una clínica de mala muerte.
- Esa es la actitud. Fuerza y no se preocupe. Sé bien por que llegó aquí. En cuanto al destino ¿cree que podemos escogerlo? Piénselo.
Sonreí cosa que no le gustó por que me increpó para preguntarme si creía que eso era un juego, me disculpé y le dije que no, que no pensara mal y que le agradecía el favor y que además haría todo lo posible para no quedar mal. Mi actitud lo tranquilizó y volvió a su estado de amabilidad. Luego me dijó: muy bien. Llamó por teléfono solicitando la cantidad que me prestaría. Aunque todo parecía ir sobre ruedas y en ese momento creí que Dios existe yo no estaba ni mucho menos tranquilo, algo me decía que me equivocaba. El hombre escribió la fecha, una dirección y el valor del prestamo en el cuaderno grande que tenía sobre el escritorio; luego me mostró los datos para que los verifícara, a continuación me lo quitó. Entró el mismo tipo que me había dado el papel en la Caracas hacía dos días, al verlo me pareció alguien insignificante que trataba a su jefe con excesiva salamería. Recuerdo que antes de salir por la puerta alterna se detuvó un poco para escuchar más, pero fue sacado de la oficina.
Era el diablo, con un dedo metido en todas las trampas.
Caminaba por la calle 13 que a esa hora estaba habitada por los indigentes y uno que otro oficinista madrugador que corría para llegar al trabajo, ese día como todos los de octubre había bruma y el piso aún estaba humedo por la lluvia de la noche. Caminaba rápido, casi siempre mirando al suelo; quería llegar al hospital donde estaba mi mamá y para hacerlo debía pasar por la zona comercial de los pobres de Bogotá. De vez en cuando algún barrendero se me atravezaba sin detener su trabajo y sin mirarme, o los harapientos y su inmundicia me pedían monedas que obviamente no tenía, eran tiempos díficiles y en medio de la pobreza no tenía ni para un café; lo único que podía dar era indiferencia; simplemente los ignoraba y me consolaba con la idea que definitivamente algunos están más jodidos que uno.
Cuando llegué a la avenida Caracas, el hombrecito del semáforo para peatones estaba en rojo, como duraba bastante tiempo pues es una vía transitada me puse a ver cosas de la calle, los buses atestados; primero uno, después el otro pasaban en medio del humo, me sorprendía que el piso temblara a su paso, me gustaba distraerme así, para olvidar un poco los problemas, a veces hasta contaba carros. Recuerdo muy bien que antes de cruzar la avenida, como si esperará el momento preciso, un flaco cincuentón que repartía volantes me tocó el hombro y me dío un papel rojo con tinta negra, en el momento no logré leerlo, ya tenía que cruzar, cuando estaba al otro lado no sé por qué si era un papel más de los que dan en el centro de la ciudad me detuve a leerlo: “¿necesita dinero? Prestamos a bajo costo sin fiador. Acérquese, la solución a sus problemas está a la mano.”
Guardé el papel en un bolsillo, miré el semáforo que estaba por cambiar de nuevo y cuando intenté buscarlo entre la gente, el tipo que hace tan solo unos segundos estaba a mi lado se había esfumado; sin más, continué mi camino en dirección del hospital, ya sonaban las rejas del comercio que recíen abría, mientrás los dueños tomaban café en vasos de plástico y como gatos perseguían los primeros rayos de sol para calentarse; sus ayudantes abrían las puertas. Era un trayecto de hormigas que cargaban cajas, bultos y herramientas. Ese día parecía que todos los camiones hubieran llegado al mismo tiempo. Estuve esquivando cargabultos que con un silbido o un grito me hacían correr so pena de ser atropellado por hombres que cargaban casi su peso al hombro.
Para recortar camino, doblé por una callejuela que me sacaba directo a la Plaza España. A esa hora apenas llegaban los dueños de los puestos. Siempre me pareció un laberinto de pobreza, me metí entre montañas de ropa vieja con olor a guardado, entre zapatos raídos que sin embargo estaban mejor que los mios, en la cabeza tenía en mente a mi madre y su enfermedad, sin embargo aún tenía tiempo para chismosear un poco; me detuve un momento en uno de los puestos donde estaba una chaqueta que hace unos días había cambiado por unos billetes que me sirvieron para un almuerzo barato. La situación me descompuso y decidí que era mejor ir al hospital, cuando estaba por llegar me detuve en las funerarias de la esquina, unos locales oscuros con olor a madera que vendían ataúdes nuevos baratos, observé los precios y la alternativa no era esperanzadora: no tenía con que pagar nada en el hospital aunque era de caridad y si la vieja se moría, salvo una fosa común para NN del cementerio del sur no había forma de enterrarla, ni siquiera tenía para un cajón de madera reciclada donde meterla. Crucé la calle y con todo eso me puse en la fila para entrar.
Recordé el día que me quedé sin trabajo por un lío de faldas, ni siquiera me preguntaron si era cierto, aunque lo fue; pude haber dicho alguna cosa y salirme del problema pero no fue así, me llegó una carta donde se anunciaba mi despido. Eso fue un año antes de que cayera enferma mi mamá, no pude conseguir otro empleo y me había mantenido en la casa de familiares que no nos cobraban y amigos que según sus posibilidades ayudaban de vez en cuando para comer. Lo había intentado todo y no lograba nada. Incluso fuí a ver a un par de brujas de barrio para que consultarán en naipes y tasas de chocolate qué era lo que pasaba, pero las razones incoherentes que me dieron no me habían servido mucho; aúnque permanecí más o menos tranquilo por algunos meses, para ese momento la situación era desesperada y no sabía qué hacer, todo estaba cerrado. Estaba jodido.
Cuando salió el celador con la planilla de visitas me sacó de los recuerdos.
-Familiar de Liboria Balbuena- Así gritó el tipo que tenía ya el uniforme desteñido y un bigote que no se sabía si era real. Cuando me acerqué me preguntó mi nombre y mi número de identificación, con letra torpe de analfabeta lo escribió en una planilla mientras las demás personas empujaban para buscar por cuenta propia a su familiar en el listado. Yo conocía el camino, era una sala de observación donde había más de 15 camas perfectamente alineadas en filas de tres, allí estaban los enfermos que necesitaban atención especial y rondas más continuas, la de mamá era la 14 a. Cuando llegué estaba como siempre con esas batas verdes que no sé de que material serán, con mangueras que llegan a un frasco de suero y con máscara de óxigeno, cuando me vío sonrío un poco y se quitó la careta para saludarme, en ese momento pude ver su rostro enflaquecido por la enfermedad y sus labios resecos por la desidratación. A pesar que su condición hacía que hablar no fuera una tarea fácil, me preguntó con voz apagada cómo estaba, qué tal la casa, si me alimentaba, también si los gatos tenían comida; cosas que en mujeres como ella son el día a día. Yo la escuchaba y para no mentirle porque me descubriría al instante, le respondía a todo afirmativamente, sin darle mayores detalles.
Ese día la visita fue muy corta, pués debido a su estado y a las condiciones de la sala donde estaba, no permitían sino una persona por cama y habían llegado las primas y unos vecinos que querían hablar con ella. Vino la enfermera para aplicarle un medicamento, yo me hice a un lado detrás de un biombo que ponían para esos menesteres, cuando lo retiraron la vieja reflejaba el dolor en su cara, aunque no era cobarde y estaba acostumbrada, los chuzones la afectaban. Cuando la enfermera se retiraba recuerdo que llegó el médico y con ese aire de dueño de la cura y de la enfermedad miró los datos que estaban en el formulario que ya iban por la tercera página; ni siquiera la examinó. Me miró con cara de juez y se fue a la siguiente donde hizo lo mismo. Lo observaba trabajar y me preguntaba si cuando uno tiene algo de poder sobre otro le cambia la mirada y la actitud para hacerle verlos como una mierda, seguramente sí; yo queria patearlo.
Volví a acercarme ya para despedirme, le dije un par de cosas, como siempre desde hacía algunas semanas me respondió con la mirada; decidió no quitarse la mascara para hablarme; en algunas ocasiones yo prefería huir para no ver la cara de tristeza de la vieja. De verdad creo que la impotencia crea cobardes. Salí de la habitación y en la planta baja me encontré con los familiares y amigos del barrio, los salude, le entregué la ficha que me había dado el del uniforme desteñido a una de mis primas y salí a la calle para continuar la busqueda del dinero que sabía tenía que pagar cuando la dieran de alta, si la daban, bueno si moría también. Creo que si cuando el paciente muere no tuvieramos que pagar se esforzarían más.
Cuando salí ya había pasado el medio día, metí la mano en el bolsillo y busqué el papel que me había dado el tipo en la Caracas, lo encontré y además había un billete doblado como un cuadrado pequeño que seguramente mi prima había puesto allí cuando nos despedimos, me alegró el gesto que de paso me pareció un buen augurio y fui a almorzar para aclarar las ideas. empezaba a llover y los niños disfrazados que pedían dulces se guarecian en el restaurante viejo que había escogido. Mientrás comía en plena hora de ebullición observé el volante, no daba mayores detalles acerca de la forma de prestamo, simplemente había una dirección cra. 10 23 -17 resaltaba que era dinero a bajo costo y para cualquiera: sin codeudor. Pese a la incredulidad no tenía nada que perder. Esperé a que dejará de llover y me fui a buscar la dirección. Cuando llegué la gente se estaba dispersando, La tregua del aguacero sería breve y aún permanecían unos pocos en el umbral de la puerta: los indecisos entre salir o quedarse a escampar. Algunas personas me dijeron que ya no me atenderían; pregunté de qué se trataba el negocio y nadie me supo informar, en forma escueta como quien ve en el otro un rival decían simplemente que prestaban plata pero como venía tanta gente lo mejor era madrugar. No me dieron ningún otro dato que me fuera útil, es más, no parecían tener nada claro y creo que estaban igual de perdidos que yo. Los truenos anunciaron que venía el agua, entonces salí del edificio que se notaba medio desocupado y sin administración que lo cuidara adecuadamente. Decidí caminar un rato.
La soledad nos pone a pensar en si mismos y en lo mismo, esa era mi condición por esos días, me preguntaba en cuál momento me había jodido, de quién dependía mi estado actual, por qué a mí, todas esas preguntas que se puede uno hacer cuando la vida lo atropella, la autoindulgencia no era una de las salidas que utilizará para este tipo de cosas; culparme no ayudaba mucho y de darle vueltas a la situación terminaba convertído en un verdadero inútil. :También podría involucrar al destino que es un enredo de circunstancias pero era demasiado fácil y tampoco servía para nada. Esos eran los pensamientos producto de las circunstancias que me atacaban y compartían el terreno con las cosas prácticas que debía solucionar y que no lograba componer a pesar de esfuerzos y ruegos. El papel aunque sospechoso se convirtió en mi única posibilidad de conseguir dinero, ya vería después como lo pagaría. Esa noche le llevé la comida a los gatos, comí yo también algo por ahí, una caja de cigarrillos y el billete de la prima se estaba extinguiendo, le volví a a agradecer. Intenté dormir con la tranquilidad que da la desesperación.
Fue una noche de pesadillas y fantasmas, me perseguían, creo que nunca había corrido tanto, unos malditos enanos me herían de todas las maneras, no me acuerdo por qué cerrándome el camino como a un ternero me llevaban hasta un pozo de fango y aguas podridas donde me atascaba, si intentaba salir me golpeaban con unos garrotes o me lanzaban rocas. Esos eran algunos de los detalles, obviamente lo que me quedó en la memoria fue una sensación de temor. Me desperté varias veces con sobresaltos, me costaba un poco de trabajo definir qué era vigilia y qué sueño. Así lentamente amaneció.
Cuando aún no salia el sol me levanté a preparar café, no sin antes encender el radio para escuchar alguna voz que no fuera la mia, eran las noticias usuales: estado del clima en la ciudad como sino fuera evidente, y una lectura de títulares de periódicos, algun mensaje positivo, todo en una correcta voz de locutor; de esas que cuentan atrocidades con una tranquilidad que parece la de un profesor que explica una conjugación de verbos. la mañana estaba fría no paró de lloviznar desde la noche anterior, de manera que levantarse era un acto de heroísmo. Me bañé velozmente porque donde vivía sólo había agua fría y rayaba la piel; con ánimos renovados y un buen presentimiento salí de la casa directo para la oficina de préstamos. En la calle los rios causados por la lluvia constante me retrasaron un poco ya que había que buscar el mejor lugar para pasar. Precisamente cuando lo encontré ocurrió lo impensable: estaba en la mitad de un puente improvisado con tablas y ladrillos y el indigente que al parecer lo había construido me pidió una moneda como peaje, el hombre me insistía sin dejarme pasar, yo volteaba un poco la cara para no recibir su aliento de muerto con varios días de descomposición, le explicaba, que por favor, que tenia que llegar rápido a cierto lugar, que era importante, pero el tipo no se movía. Al final le grité que me dejara pasar y como pude lo empujé, en medio del forcejeo me miró con rabia y caímos abrazados al agua. Después pensé que eran preferibles los enanos del sueño que ese tipo.
Nada que hacer, como podía ir a pedir dinero prestado en ese estado, me devolví angustiado lo más rápido que pude. Había perdido casi una hora, cerraba la puerta cuando empezó un chubasco típico bogotano; era el colmo, ahora no me podía mover de la casa. Entré y me puse a ver por la ventana el aguacero que parecía interminable, a veces maldecía a veces me resignaba. Dí vueltas de un lado a otro y para distraerme prendí el pequeño radio de transistores en el que escuchaba deportes cuando salía a la calle; había noticias de los salarios de los jugadores y de sus excentricidades, me aburrí de tanta bobada y lo apagué, ya estaban cayendo unas goticas finas, soportables, sombrilla en mano salí a buscar el préstamo.
Ya eran casi las 9 de la mañana, me preocupé por que seguramente tampoco me atenderian ese día.
Casi corriendo, que era lo más rápido que podía ir entre los vehículos y los charcos recorrí las veinte cuadras que me separaban de la oficina de prestamos, me tranquilicé cuando vi que la puerta del edificio estaba abierta, entré y vi una fila bastante larga que recorría unas escaleras sucias y mal iluminadas. Sin más me puse detrás de una mujer con un par de mocosos que desde que me vieron empezaron a jugar entre mis piernas, yo no soy muy adepto a los niños y los apartaba diciéndole a la señora que los controlara, como no logró nada, mejor se fue, me había ganado un puesto gracias a esos enanos. Nadie hablaba, eran concientes que todos éramos rivales para el préstamo y se veían los celos y el rencor entre desconocidos. Reconocí en esas caras lo despiadada que es la necesidad.
En un momento se abrió la puerta de ingreso a la oficina y los que estabamos allí vimos salir a una joven de unos 20 años que tomándose la cara con las manos en medio de sollozos bajó la escalera velozmente buscando la calle, su actitud era sintoma de que le habían negado el dinero. En medio de los murmullos socarrones de la gente creí que el papel que me habían dado en la calle era otra patraña para embaucar, y que los préstamos podían ser negados si el paciente no tenía más dinero que el que necesitaba: sin prenda no hay préstamo.
Con la ropa húmeda y mala cara decidí esperar a ver que sucedía. Volví a escuchar las escaleras porque desde mi posición no se veía la puerta, el siguiente en bajar fue un negro descamisado, flaco, alto, al que parecía no importarle el frío, el hombre bajó con aire resuelto y frunciendo el seño, cuando alguién le pregunto cómo le había ido lo miro como diciéndole: no pregunte pendejadas, yo lo seguí con la mirada mientrás desaparecía en la luz de la calle. La fila avanzaba lentamente, ya serían las once de la mañana y llevaba dos horas viendo paredes mohosas y gente que no prestaba los ojos para charlar. A los pocos que habían salido no se les podía decir nada, esa era la constante: nadie hablaba después de entrar en la oficina.
Recorde que aún tenía un cigarrillo del día anterior y encendí uno, algunos me miraron, pero ese era un lugar sin dolientes. Me importó un carajo que el humo inundara el lugar, estaba en esas cuando un hombre se me acercó a pedirme que le vendiera uno; compartimos; aunque era un tipo con necesidad no era miserable y si había se compartía cuando no, pues no; con el humo como disculpa empezamos a hablar. El tipo era alegre, con mirada veloz y verbo fácil, según me dijo había llegado de San Andrés hacía pocos días, no conocía bien la ciudad pero por lo poco que había visto era igual que en cualquier parte: sin dinero no se funcionaba. Su intención no era pedir plata sino trabajo. Tenía pensado ayudar en los cobros, porque; y sonaba lógico, no creía que toda esa gente fuera a pagar así no más. Mientrás estabamos en la escalera en un ataque de honestidad o por fantoche me contó que ya había tenido experiencia en ese tipo de encargos. Que tenía buenas cartas de presentación. El tono frío con que lo dijó me produjó un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, quién se sabe qué cara puse pero él pareció darse cuenta y entre risas me dijó que no me preocupará, que todavía no lo habían contratado y de pronto eran gente de abogados o quizas, a lo mejor, yo nunca me atrasaría en los pagos. A mí el hombre me pareció el demonio y deseé nunca encontrármelo. Terminamos el cigarrillo, me dio la mano y volvió a su lugar en la fila sonriente y observándome de medio lado como un perro taimado. Sentí nuevamente que la sangre se me enfriaba. La fila avanba y yo andaba nervioso.
Podía salirme de la fila que de un momento a otro empezó a correr a buen rítmo, pero no había nada que hacer; era una decisión tomada y además qué podía perder si necesitaba el dinero. La necesidad tiene esa particularidad; cierra las posibilidades de elegir, la mayoría de las veces deciden por uno, se está sujeto a la voluntad del otro. Recordaba las personas que habían dejado la oficina, la mayoría salía con rostros contrariados y los satisfechos eran menos. Cuando estaba a dos personas de la entrada me dediqué a observar los muebles viejos que decoraban una especie de sala al final de la escalera, intentaba explicarme por qué alguién que presta dinero se ocupaba tan poco por el mobiliario. Intenté oír lo que sucedía adentro pero no me fue posible. Entró la doña que estaba delante mio, le abrió la puerta el obrero que recién salía y ella se filtró de medio lado como quien se cuela en un bus. Rápidamente cerró la puerta y no alcance a ver más que una ventana desde donde se debía observar la calle, la iluminación total de la oficina contrastaba con la penumbra en la que nos encontrabamos.
Me puse ansioso antes de entrar, me sudaban las manos y la frente; cuando parecía que abrirían la puerta me sequé las manos en el pantalón, tomé aire y mirando al suelo esperé lo que seguía. Ya se me había olvidado lo que diría cuando me preguntarán para qué era el préstamo, o toda esa introducción que se hace para este tipo de asuntos, era algo sencillo pero por el momento no me acordaba de nada. Salió la señora no recuerdo por qué no quise mirarle la cara, yo sólo observaba el piso de la oficina y cuando vi el haz de luz supe que debía entrar.
El tipo se levantó de su silla y amablemente me tendío la mano sin decirme nombre alguno, igual no hacía falta; era regordete de cara aindiada, lo que más me llamó la atención fue su forma de vestir: vestido blanco con camisa roja y corbata también blanca, parecía una caricatura de un salsero de los setenta, con sonrisa amplia y ojos acusiosos atendía con cuidado lo que yo le decía, que mi mamá estaba en el hospital y no tenía trabajo desde hace meses, todas las explicaciones empezaron a salir como si de ellas dependiera el préstamo, como si le importará. Por alguna razón, seguramente por su amabilidad y tranquilidad no me vi tentado a mentirle, igual si me pedía referencias no tenía como sostener nada fuera de la verdad. El hombre sonrió y me preguntó cuánto necesitaba, cómo me había enterado de la oficina y que quién respondía por mi. Le expliqué todo, que necesitaba 2 millones, que un hombre en la calle me había dado un papel y que nadie podía responder por mí. Mientras le decía observé el escritorio donde estaba un reloj, un libro de contabilidad grande, un teléfono, nada sobraba todo era bastante austero.
El hombre se rió y se levantó de la silla. Empezó a hablar sin mirarme; me decía que ellos no eran beneficiencia pero que prestaban sin fiadores como una forma de ayuda a los que la necesitaban y que les encantaba la gente como yo, personas cuyo único respaldo eran ellos mismos. Me dijó que me había escuchado atentamente y que su deseo era colaborar para que yo pudiera solucionar los problemas de mi madre y de paso algunos más. Hizó una breve pausa antes de preguntarme qué lo que estaba dispuesto a hacer para conseguir el dinero. En ese momento se me vinó a la cabeza que me estaba metiendo en la grande y que de eso tan bueno no dan tanto y que en cierta forma me condenaría tarde o temprano. El hombre pareció leerme el pensamiento e intentó tranquilizarme diciéndome que él entendía que esas cosas parecían fuera de lo común, pero que no me preocupará, no tenía que prestar mi nombre, tampoco llevar drogas, ni mucho menos hacer daño a otros, que no se trataba de eso, simplemente se trataba de hacer un favor, por decir algo: compramos un pedazo de cielo con ayudar a personas como usted.
- Después de conocer todo esto ahora sí dígame: ¿en qué puedo ayudarlo?
- Mi nombre es Andrés Felipe Valverde y recibí este papel en la calle el otro día. He venido ya un par de veces para saber cómo es lo del prestamo.
-¿Para saber cómo es o a pedir prestado?
- Disculpe, a pedirle dinero prestado.
- ¿Cuánto?
- Serían 2 millones. Verá estoy desesperado. Me siento como ahogado por no poder hacer nada. Y parece que nadie me puede ayudar. Esta es la única posibilidad que tengo para solucionar lo del hospital de mi mamá.
- Hmm… ¿y nadie le quiere ayudar? ¿le parece raro que los demás pasen a su lado y no sepan nada de sus problemas? Usted pasa al lado de mucha gente todos los días y no sabe nada de ellos y tampoco le interesa que les preocupa, la procesión que va por dentro. ¿y ahora viene dónde un extraño a que le preste?
- Creo que esto es un negocio y usted gana por lo que me preste ¿no? pero no lloro por que no me presten, me preocupo. Sufro pero debe ser por que ella o yo hicimos algo mal, esa es la causa ¿creo? Nace de algo que hicimos mal. Es culpa nuestra y no debemos culpar a otros. Así que no pienso mucho en los líos del vecino. No se sufre por que sí. Eso si intento solucionar con lo que está en frente.
- Sabe, le compro la idea. Estoy de acuerdo: sufrir por puro azar sería una desgracia peor. No está bien visto. Y no se puede tolerar que algo se produzca así nada más, porque Dios lo quizó, sin que cada cual tenga que ver. Sería perder el control; hay que sumar lo que uno hace con lo que viene después de eso, de lo contrario qué ¿nos sentamos a esperar? Los errores son la cuota inicial de la desgracia. Según usted. Aclaro. Pero me gusta; puede ser un buen punto.
- Que mal pero es cierto, los errores mios o suyos o de los que están allá afuera o de los que ya se largaron con o sin dinero son la cuota inicial del fracaso. Ahora que hablamos aquí como si no tuviera nada de que preocuparme: El verdadero fracasado no es el que no tiene éxito en las cosas grandes: el que no ganó el campeonato mundial o el que no tiene un millón de dolares en la cuenta. A la mayoría no le suceden esas cosas. El fracasado como yo es el que falla en las cosas pequeñas: No llegar a construirse una casa, no conservar un amigo, no enamorar una mujer. No ganarse la vida como todo el mundo. Ese es el fracasado más triste. Ahora entiende mi situación.
- La entiendo, tenga paciencia.
- Paciencia, si estoy aquí es por que no tengo paciencia, no puedo tenerla, en este estado de desesperación que voy a tener paciencia, agoto mis posibilidades y esta es la última. De lo contrario se muere mi mamá y de la frustración me metó en el hueco con ella.
- !Aha! Si eso de la paciencia solo funciona cuando las circunstancias lograron vencer, cuando no hubo tiempo ni lugar para solucionar el error, así sea un poco. Sabe; hay quienes dicen que es una virtud, yo no creo eso. Creo que la paciencia, la paciencia solo es practicada cuando las cosas ya no dependen de uno, cuando nos rendimos. Y eso es lo que queremos evitar. ¿cierto? No hay que entregarse.
- Cierto.
- Andrés: Sufrir no sirve de mucho. Por eso ayudo a personas en circunstancias particulares como la suya, Pero tenga presente que no somos una casa de beneficiencia. Aquí nada es gratis, los costos serán altos, no ahora, después. Le puedo prestar un dinero que le solucionará su problema inmediato, pero si solo solucionamos eso quedaría usted otra vez en la misma y quién me responde. ¿entiende?
- Yo le pagaré, pase lo que pase.
- Creame y de verdad creame; sé que me va a pagar. Piense que a partir de su firma en este papel le dare lo principal para que solucione esas cosas pequeñas de las que me habló hace un momento, para que no se sienta como un fracasado. Le hare un favor.
- Muchas gracias. De verdad no lo voy a olvidar.
- Eso se lo aseguro. Siguiendo con su filosofía desde hoy no sufrirá por nada. Le dare 10 millones y usted le pagará cada mes a una persona que enviaré desde el próximo mes y por los siguientes quince años. No se preocupe, también sé que no habrá dificultades en el pago. No hay la menor posibilidad para que deje de hacerlo. Al final; cuando no sea un fracasado viene el pago de los verdaderos intereses,
- ¿Los verdaderos intereses? ¿cómo así?
- Sí así es, de cualquier manera después de quince años de estar con el estomago lleno, con dinero, seguramente con mujer e hijos no será tan difícil. Pero estos intereses no son dinero eso también es una certeza.
- No se. Me asusta un poco.
- Se asusta, Ahora se asusta, me ha hecho parlotear para asustarse, no me haga reir, mejor no me haga emputar: le doy la posibilidad de cambiar su vida, de salir del fracaso y de esa soledad que no termina sino en la locura o el suicidio para que después lo tiren a una fosa común en el cementerio central como le va a pasar a su mamasita si no la cambia de hospital. Piénselo.
-Esta bien. Acepto, acepto igual ¿hay alguién que no quiera lo que puede tener? Creo que puedo cambiar que lo que me pase lo decida el tendero que me fia o mi prima que me presta plata o una clínica de mala muerte.
- Esa es la actitud. Fuerza y no se preocupe. Sé bien por que llegó aquí. En cuanto al destino ¿cree que podemos escogerlo? Piénselo.
Sonreí cosa que no le gustó por que me increpó para preguntarme si creía que eso era un juego, me disculpé y le dije que no, que no pensara mal y que le agradecía el favor y que además haría todo lo posible para no quedar mal. Mi actitud lo tranquilizó y volvió a su estado de amabilidad. Luego me dijó: muy bien. Llamó por teléfono solicitando la cantidad que me prestaría. Aunque todo parecía ir sobre ruedas y en ese momento creí que Dios existe yo no estaba ni mucho menos tranquilo, algo me decía que me equivocaba. El hombre escribió la fecha, una dirección y el valor del prestamo en el cuaderno grande que tenía sobre el escritorio; luego me mostró los datos para que los verifícara, a continuación me lo quitó. Entró el mismo tipo que me había dado el papel en la Caracas hacía dos días, al verlo me pareció alguien insignificante que trataba a su jefe con excesiva salamería. Recuerdo que antes de salir por la puerta alterna se detuvó un poco para escuchar más, pero fue sacado de la oficina.
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