!Gooooool de Camilo¡
Recordar es hacer que las cosas sucedan por segunda vez.
Paul Auster.
Cuando
los hombres áun no lo éran, hace un par de millones de años, es seguro
que entre las caminatas para buscar raíces y frutas y entre las carreras
para huirle al tigre encontraron el
tiempo necesario para jugar. Es probable que para dificultar las cosas
usaran los pies y patearan bayas de un lado al otro, o simplemente se
persiguieran entre sí para saber quién era más veloz. El juego es una
actividad de los animales, eso incluye a los hombres, desde siempre ha
sido tan esencial como trabajar o reflexionar; no tiene nada que ver con
biología, pero sí con algo igualmente profundo,está cercano a la
espiritualidad, aun más que el amor. Es un impulso inexplicable que
aparentemente no sirve para nada y que hace perder la cabeza por un
rato. El juego no es de la razón ni de la biología, más bien, en
palabras de Huizinga, el filosofo holandés: “la razón del juego reside
en una capa profunda de nuestro ser espiritual”, pienso que a eso se
debe que nos guste tanto el fútbol, para muchos, el mejor de los juegos.
Pica
y pala, pica y pala, se medía con los pies, paso a paso, hasta llegar a
un punto; el primero en hacerlo elegía jugadores. Siempre los encargados
eran López Sánchez “Pelos” que jugaba en las menores de Santa Fe y
Rueda, que lo hacía en las de Millonarios, tenían una rivalidad feroz;
los demás eran materia disponible y buscaban alinearse con sus amigotes,
que seguían sus mismos colores. “Pelos”, a pesar de su cara de
seminarista, era maloso, con la picaresca barrio bajera y con el balón en
la izquierda, siempre hacía lo que se le venía en gana, incluso provocar
a los rivales menos dotados que nunca lo alcanzaban. Yo hinchaba por él
y su combo, igual, desde los años de los salesianos (que cómo cuidaban
esa cancha en medio de eucaliptos gigantes y con iluminación para la
noche) siempre he preferido a los malevos. Rueda era engreído, guayos lindos, camiseta nueva, robusto como un jugador de rugby y muy veloz. En
el fútbol tenía lo suyo, le daba durísimo al balón y ni para qué
marcarlo por arriba, siempre era gol de cabeza.
Buenos juegos esos, por el honor y por la gaseosa. Un tiempo en el
descanso de las diez y otro a la hora de almuerzo y con empate, un
tercero en la tarde después de misas, clases de historia o de geografía.
Se ponía todo en la cancha y obvio, de vez en cuando, tanta vitalidad
juvenil terminaba en pelea fuera del colegio protagonizada por los que
eran buenos boxeadores y que solo se interrumpía cuando aparecía el cura
Ítalo, un moreno cetrino, firme, deportista, con sotana lustrosa por el
uso, que no dudaba en dejar a los otros seiscientos muchachos para con
cara dura ir a buscar por todo el barrio Cundinamarca a los peleadores,
porque - Así no se resuelven las cosas muchachos, así sean de fútbol- el viejo sabía que un asunto futbolero tenía una ética distinta.
Eran
los años ochenta, a pesar de los esfuerzos de Carpene, Millonarios nos
ganaba siempre. En los clásicos de ese tiempo nos maltrataron los
Juárez, Funes, Iguaranes, Vivaldas y otros de cuyo nombre no quiero
acordarme, es que ni Gottardi, de lo mejor que he visto, ni Odine ni
Perazzo lograron evitar que muchos de mis lunes de colegio después de
esos juegos fueran una lata.
El
tiempo pasó y se disiparon los recuerdos de equipos y de
jugadores muy queridos, pero lo que sí quedó fue la sensación
ultrajante de la impotencia al ver como la mafia se apoderaba del fútbol. No
había que ser un genio para comprender que eso daba prestigio y
reconocimiento social, entonces, ni modo, quién era uno sino un hincha
de estadio que se alegra y sufre; tantos que se alejaron de las gradas,
porque no se podía hacer más que eso. Sin embargo, como siempre en el
fútbol, hubo alegrías pero tan tenues que solo sirvieron para abrirle camino a la incertidumbre cuando vi desfilar lo mejor de los
nuestros hacia el América de Cali o hacia otros clubes. Adios a Freddy
Rincón, nos vemos Balbis, chao Cabrera, y ellos sumaban estrellas y
nosotros parecíamos no levantarnos y si lo hacíamos era para que nos
volvieran a tirar.
No
importa, el fútbol es así, Colombia es así, entonces hay que entender
al viejo Konrad Lorenz, - En la vida humana hay que pagar cada alegría
con un tributo de dolor, y el que se prohíbe las pocas alegrías por el
temor de saldar la cuenta que el destino le presentará tarde o temprano,
que se retire a la buhardilla en medio de la mezquindad, como un viejo
solterón que se va secando como una esteril planta -.
Sigamos
con la mafia, pero esta inofensiva.
El fútbol, como si de los Corleone
se tratara, es un asunto de familia y esa mañana, febrero de 1992, mi
madre, que no preguntaba por los negocios futboleros de sus hijos, hizo
el almuerzo temprano, solo sabía, solo entendía, que nos íbamos los
hermanos al Campín a ver al Santa Fe contra Millonarios. El estadio rojo
revuelto con azul, aún no separaban los colores. Como siempre los de
allá, los azules, confiados, tranquilos, engreídos. Cómo no estarlo si ellos no lo decían, lo decían las estadísticas, y por años no habían hecho nada más
que ganarnos. Ese día todo cambió, yo no recuerdo quiénes jugaban
de azul, pero el que nunca se me borra de la memoria es Óscar Córdoba, una
de sus grandes contrataciones y Cuffanno Russo, un central grandote y
pesado al que esa tarde Adolfo Valencia, el gran “Tren”, le dio un
baile; imagino que el número 14 nuestro pensó - “Bienvenido a Bogotá
Óscar, siete veces sacando el balón de allá, no joda, mucho marica” “Cuffano, qué va a
ser la altura, a ver, corra, no es difícil, tronco de mierda”- el hecho es que esa tarde
les hizo dos; Tilger, nuestro otro delantero, era un fantasma que como
todos los de su especie fue inasible, inubicable y por eso causó terror, les hizo tres. Después no queríamos salir del estadio
“esqueleto de emociones” que nunca estuvo tan lleno con las nuestras,
porque !Santa Fe huérfano quedó¡ cantabamos muchos.
Después
de ese 7-3 el fútbol colombiano mantuvo la constante y continuaba
siendo protagonizado por equipos de otras regiones del país. Nosotros
apenas si éramos parte del reparto, nunca los estelares. Así pasaron
diez años, quince, cien; algunos intentos bien encaminados que al
final terminaron en nada porque nunca llegaron a nada, a lo que
todos queríamos, ver al León campeón.
De
nuevo, así es el fútbol, y cuando nos reunimos los amigos de estadio a
recordar los momentos gloriosos que nos han tocado, recordamos gestas menos importantes para las estadísticas pero
inolvidables para nosotros. Al ritmo de unas cervezas sentimos que no
todo es colgarse una estrella, que también hay escenas de valientes en
las que el honor cuenta; creemos que el Santa Fe se parece a los equipos de colegio
o de barrio donde todo se arriesga. Así somos, se puede perder pero con las botas puestas.
Sí
se supiera cuál será el movimiento siguiente, sin lugar a sorpresas,
pues no sería juego y eso ni en el frío ajedrez. Y existen goles del
equipo amado, los que demuestran que el paraiso existe. Un gol nunca se
podrá repetir, solo se puede recordar, es una particularidad entre las
generalidades de los campeonatos, con sus números, sus estadísticas que
parecen sistemas de ecuaciones con ceros y unos. Ciertos goles nos sacan
el impulso atávico sin razón, el que proviene del corazón y sobrevive
en nuestra alma con algo del primate de las cavernas, que nos conecta
simplemente porque perdemos la cabeza como le ocurría a los antiguos que pateaban bayas.
Por
eso recuerdo hoy el gol del joven portero del Santa fe, como también se
me viene a la mente un amigo argentino que adoptó al rojo como su
equipo, estos tipos que no pueden vivir sin un equipo al que ir a ver a la
cancha, Pipa (que le dicen así porque se parece a Iguaín) después de
verlo un par de veces me preguntó un sábado -¿Por qué no ataja Camilo?
yo le expliqué toda la situación de los históricos del equipo y la
respuesta fue ¿por qué no ataja Camilo? y siguió viendo el juego.
Camilo, como le decimos todos, durante el tiempo de descuento del arbitro, al final de
un juego que iba cero a cero, abandonó su puerta para meterse entre los
defensas del equipo contrario. Claro, los de azul, los de Millonarios,
también de Bogotá, mi ciudad, el equipo odiado, como el primo baboso que
uno se encuentra cuando va al cumpleaños de la abuela, es inevitable que
exista. El muchacho de veintitres años y cara de estudiante
de ingeniería se recorre todo el campo y una vez en el área rival espera
a que el calvo Omar Pérez lance el balón en un centro aereo. Camilo se levanta entre todos, rojos y azules y mete un
cabezaso que nadie podría atrapar, ni Casillas el de la selección española.
Lo
demás fue delirio, Gol de Camilo, gritamos todos, !Gol de Camilo
hijueputa¡ y nos abrazamos y nos emborrachamos después, le volvimos a
ganar a Millonarios y con un gol de cabeza en el último suspiro. ¿Se le podía pedir algo más a la vida esa noche?
No hay comentarios:
Publicar un comentario