lunes, 2 de julio de 2012

!Goool de Camilo¡

!Gooooool de Camilo¡


Recordar es hacer que las cosas sucedan por segunda vez.
                            Paul Auster.

Cuando los hombres áun no lo éran, hace un par de millones de años, es seguro que entre las caminatas para buscar raíces y frutas y entre las carreras para huirle al tigre encontraron el tiempo necesario para jugar. Es probable que para dificultar las cosas usaran los pies y patearan bayas de un lado al otro, o simplemente se persiguieran entre sí para saber quién era más veloz. El juego es una actividad de los animales, eso incluye a los hombres, desde siempre ha sido tan esencial como trabajar o reflexionar; no tiene nada que ver con biología, pero sí con algo igualmente profundo,está cercano a la espiritualidad, aun más  que el amor. Es  un impulso inexplicable que aparentemente no sirve para nada y que hace perder la cabeza por un rato. El juego no es de la razón ni de la biología, más bien, en palabras de Huizinga, el filosofo holandés: “la razón del juego reside en una capa profunda de nuestro ser espiritual”, pienso que a eso se debe que nos guste tanto el fútbol, para muchos, el mejor de los juegos.

Pica y pala, pica y pala, se medía con los pies, paso a paso, hasta llegar a un punto; el primero en hacerlo elegía jugadores. Siempre los encargados eran López Sánchez “Pelos” que jugaba en las menores de Santa Fe y Rueda, que lo hacía en las de Millonarios, tenían una rivalidad feroz; los demás eran materia disponible y buscaban alinearse con sus amigotes, que seguían sus mismos colores. “Pelos”, a pesar de su cara de seminarista, era maloso, con la picaresca barrio bajera y con el balón en la izquierda, siempre hacía lo que se le venía en gana, incluso provocar a los rivales menos dotados que nunca lo alcanzaban.  Yo hinchaba por él y su combo, igual, desde los años de los salesianos (que cómo cuidaban esa cancha en medio de eucaliptos gigantes y con iluminación para la noche) siempre he preferido a los malevos. Rueda era engreído, guayos lindos, camiseta nueva, robusto como un jugador de rugby y muy veloz.  En el fútbol tenía lo suyo, le daba durísimo al balón y ni para qué marcarlo por arriba, siempre era gol de cabeza.

Buenos juegos esos, por el honor y por la gaseosa.  Un tiempo en el descanso de las diez y otro a la hora de almuerzo y con empate, un tercero en la tarde después de misas, clases de historia o de geografía. Se ponía todo en la cancha y obvio, de vez en cuando, tanta vitalidad juvenil terminaba en pelea fuera del colegio protagonizada por los que eran buenos boxeadores y que solo se interrumpía cuando aparecía el cura Ítalo, un moreno cetrino, firme, deportista, con sotana lustrosa por el uso, que no dudaba en dejar a los otros seiscientos muchachos para con cara dura ir a buscar  por todo el barrio Cundinamarca a los peleadores, porque - Así no se resuelven las cosas muchachos, así sean de fútbol- el viejo sabía que un asunto futbolero tenía una ética distinta.

Eran los años ochenta, a pesar de los esfuerzos de Carpene, Millonarios nos ganaba siempre. En los clásicos de ese tiempo nos maltrataron los Juárez, Funes, Iguaranes, Vivaldas y otros de cuyo nombre no quiero acordarme, es que ni Gottardi, de lo mejor que he visto, ni Odine ni Perazzo lograron evitar que muchos de mis lunes de colegio después de esos juegos fueran una lata.

El tiempo pasó y  se disiparon los recuerdos de equipos y de jugadores muy queridos, pero lo que sí quedó fue la sensación ultrajante de la impotencia al ver como la mafia se apoderaba del fútbol. No había que ser un genio para comprender que eso daba prestigio y reconocimiento social, entonces, ni modo, quién era uno sino un hincha de estadio que se alegra y sufre; tantos que se alejaron de las gradas, porque no se podía hacer más que eso. Sin embargo, como siempre en el fútbol, hubo alegrías pero tan tenues que solo sirvieron para abrirle camino a la incertidumbre cuando vi desfilar lo mejor de los nuestros hacia el América de Cali o hacia otros clubes.  Adios a Freddy Rincón, nos vemos Balbis, chao Cabrera, y ellos sumaban estrellas y nosotros parecíamos no levantarnos y si lo hacíamos era para que nos volvieran a tirar.

No importa, el fútbol es así, Colombia es así, entonces hay que entender al viejo Konrad Lorenz, - En la vida humana hay que pagar cada alegría con un tributo de dolor, y el que se prohíbe las pocas alegrías por el temor de saldar la cuenta que el destino le presentará tarde o temprano, que se retire a la buhardilla en medio de la mezquindad, como un viejo solterón que se va secando como una esteril planta -.

Sigamos con la mafia, pero esta inofensiva.
El fútbol, como si de los Corleone se tratara, es un asunto de familia y esa mañana,  febrero de 1992, mi madre, que no preguntaba por los negocios futboleros de sus hijos, hizo el almuerzo temprano, solo sabía, solo entendía, que nos íbamos los hermanos al Campín a ver al Santa Fe contra Millonarios. El estadio rojo revuelto con azul, aún no separaban los colores.  Como siempre los de allá, los azules, confiados, tranquilos, engreídos.  Cómo no estarlo si ellos no lo decían, lo decían las estadísticas, y por años no habían hecho nada más que ganarnos. Ese día todo cambió, yo no recuerdo quiénes jugaban de azul, pero el que nunca se me borra de la memoria es Óscar Córdoba, una de sus grandes contrataciones y Cuffanno Russo, un central grandote y pesado al que esa tarde Adolfo Valencia, el gran “Tren”, le dio un baile; imagino que el número 14 nuestro pensó - “Bienvenido a Bogotá Óscar, siete veces sacando el balón de allá, no joda, mucho marica” “Cuffano, qué va a ser la altura, a ver, corra, no es difícil, tronco de mierda”- el hecho es que esa tarde les hizo dos; Tilger, nuestro otro delantero, era un fantasma que como todos los de su especie fue inasible, inubicable y por eso causó terror, les hizo tres. Después no queríamos salir del estadio “esqueleto de emociones” que nunca estuvo tan lleno con las nuestras, porque !Santa Fe huérfano quedó¡ cantabamos muchos.

Después de ese 7-3 el fútbol colombiano mantuvo la constante y continuaba siendo protagonizado por equipos de otras regiones del país. Nosotros apenas si éramos parte del reparto, nunca los estelares. Así pasaron diez años, quince, cien; algunos intentos bien encaminados que al final terminaron en nada porque nunca llegaron a nada, a lo que todos queríamos, ver al León campeón.

De nuevo, así es el fútbol, y cuando nos reunimos los amigos de estadio a recordar los momentos gloriosos que nos han tocado, recordamos gestas menos importantes para las estadísticas pero inolvidables para nosotros. Al ritmo de unas cervezas sentimos que no todo es colgarse una estrella, que  también hay escenas de valientes en las que el honor cuenta; creemos que  el Santa Fe se parece a los equipos de colegio o de barrio donde todo se arriesga.  Así somos, se puede perder pero con las botas puestas.

Sí se supiera cuál será el movimiento siguiente, sin lugar a sorpresas, pues no sería juego y eso ni en el frío ajedrez. Y existen goles del equipo amado, los que demuestran que el paraiso existe. Un gol nunca se podrá repetir, solo se puede recordar, es una particularidad entre las generalidades de los campeonatos, con sus números, sus estadísticas que parecen sistemas de ecuaciones con ceros y unos. Ciertos goles nos sacan el impulso atávico sin razón, el que proviene del corazón y sobrevive en nuestra alma con algo del primate de las cavernas, que nos conecta simplemente porque perdemos la cabeza como le ocurría a los antiguos que pateaban bayas.

Por eso recuerdo hoy el gol del joven portero del Santa fe, como también se me viene a la mente un amigo argentino que adoptó al rojo como su equipo, estos tipos que no pueden vivir sin un equipo al que ir a ver a la cancha, Pipa (que le dicen así porque se parece a Iguaín) después de verlo un par de veces me preguntó un sábado -¿Por qué no ataja Camilo? yo le expliqué toda la situación de los históricos del equipo y la respuesta fue ¿por qué no ataja Camilo? y siguió viendo el juego. Camilo, como le decimos todos, durante el tiempo de descuento del arbitro, al final de un juego que iba cero a cero, abandonó su puerta para meterse entre los defensas del equipo contrario. Claro, los de azul, los de Millonarios, también de Bogotá, mi ciudad, el equipo odiado, como el primo baboso que uno se encuentra cuando va al cumpleaños de la abuela, es inevitable que exista. El muchacho de veintitres años y cara de estudiante de ingeniería se recorre todo el campo y una vez en el área rival espera a que el calvo Omar Pérez lance el balón en un centro aereo. Camilo se levanta entre todos, rojos y azules y mete un cabezaso que nadie podría atrapar, ni Casillas el de la selección española.

Lo demás fue delirio, Gol de Camilo, gritamos todos, !Gol de Camilo hijueputa¡ y nos abrazamos y nos emborrachamos después, le volvimos a ganar a Millonarios y con un gol de cabeza en el último suspiro. ¿Se le podía pedir algo más a la vida esa noche?