martes, 13 de abril de 2010

Sin ruido no hay acción.


En la mañana, adormilado todavía y con bolsitas en los ojos oyó el ruido que ya era demasiado y se despertó. Desde hace tiempo distinguía el momento del día por el sonido del tráfico o de la gente; así, con fidelidad, seguía un reloj sonoro que  le indicaba cuándo levantarse, caminar, comer o cansarse para dormir, esto último ya tarde en la noche.

Era un tipo así, de vida fácil, pero qué importancia tiene eso cuando no se conoce cosa diferente a ir de acá para allá. Todo se trata de moverse lo necesario; cuando acosa el calor, con el ruido agitado del medio día, echarse a dormir por ahí, a la sombra de cualquier árbol; luego a comer, siempre invitado a los mismos sitios, donde con un par caritas el estómago queda lleno; más ruido y demasiado movimiento de final de tarde y hacerse invisible para darle tiempo al silencio que está a unas horas. Así pasaban sus días con sus noches, claro que los hay diferentes, pero son pocos y no vienen al caso.

Esa vez se despertó con el sol y se desorientó aún más cuando la técnica para pasar la calle no servía para nada, cómo, sino había nadie a quien seguir; definitivamente no entendía de qué se trataba esta falta de agite. Durante un tiempo le ladró a unos cacharros gigantes que aparecieron ahí mientras él dormía y a los que culpó de ahuyentar a todos; es más, en un acto de valentía intentó morderlos, pero ni se movían, solo silencio, y temió romperse los dientes. Al rato empezó el aburrimiento y luego el hambre, lo mejor era buscar en otra parte. Era uno de esos tipos de acción y sin ruido no pasaba nada.