jueves, 21 de octubre de 2010

por azar.



¿Cuándo empezó todo? Era difícil saberlo y se conformaba con un fue hace mucho, y recordar dónde, también lo tenía embolatado en la cabeza. En medio de tanta indefinición profesional pensaba que definitivamente hay empleos en los que el viaje hace parte del trabajo y que seguramente por eso ubicar el inicio suyo era demasiado para una mente tan distraída. Sobre lo que sí tenía certeza es que durante mucho tiempo fue un pésimo mago, en un circo muy malo, y por lo mismo, ahora era pobre hasta la mendicidad.
Gracias al azar, mezclado con necesidad, cambió de oficio; en un impulso intempestivo, quizá si lo hubiera pensado mejor seguro no se hubiese atrevido. Así, en una de sus pocas visitas a la ciudad, se encontró en medio de gente bastante arropada que en una tarde de agua se transportaba en vagones sobre rieles que mejor parecían baúles de ropa vieja.
En pleno jaleo de trasnportarse de un lado a otro de la ciudad observó a un bigotón huesudo y perfumado. El hombre, de movimientos rebuscados, le coqueteaba a una jovencita, de esas bonitas de pelo bien peinado y sombrilla en juego con el vestido.  Mientras el tipo se movía el sombrero y le sonreía desde todos los ángulos y formas. Ella, con una galería de muecas de aburrimiento, solo alternaba la mirada entre los que la empujaban y la calle, pero al Casanova eso lo tenía sin cuidado y continuaba en lo suyo o sea asediándola.
Los vagones a causa de las leyes de la física se toman su tiempo para dejar de moverse, y cada vez, antes de lograrlo, sacuden todo lo que llevan.  Entre tanta inestabilidad, los pisones y  las pérdidas de equilibrio dejan de ser novedad, incluso para los que se suben por primera vez. el hecho es que a la tercera o cuarta parada, con ese resplandor que tienen las cosas fuera de lugar, aparece la señal para el mago: la billetera del Casanova de transporte público está a la vista mientras éste sigue pendiente de su faena lasciva.
Hasta ese momento nunca lo había pensado.  Es cierto que andaba bien fregado y aunque en las ferias los timos hacen parte del día a día, robar de esa forma era otra cosa, pero no era de pensarlo más, decidió aprovechar la situación en la próxima parada y, sacando valentía de la necesidad, se concentró en los detalles.  Observó a la víctima, se acercó un poco más, tembló un poco su cuerpo y si alguien le hubiese hablado,  seguro su voz hubiera temblado más.  Se arregló las mangas,  un tic para un mago así sea de feria: parada, sacudón y de nuevo encima unos de otros.  Sin darse cuenta, como si lo hubiera hecho aparecer delanada , sientío el bulto de cuero en la mano, rápido lo deslizó ocultándolo, mientras, como todos los que tienen mucho miedo o no quieren pensar ni ver lo que han hecho, se alejó sin mirar atrás al vagón que seguía su recorrido.
Ya en la acera y con la mente en blanco, caminó algunos metros, observó el botín y sonrió nerviosamente tanto por los billetes como por lo raro de la situación. Para ese momento no sintió culpa, y tampoco pensó  en el tiquete al miedo que acaba de comprar.

martes, 13 de abril de 2010

Sin ruido no hay acción.


En la mañana, adormilado todavía y con bolsitas en los ojos oyó el ruido que ya era demasiado y se despertó. Desde hace tiempo distinguía el momento del día por el sonido del tráfico o de la gente; así, con fidelidad, seguía un reloj sonoro que  le indicaba cuándo levantarse, caminar, comer o cansarse para dormir, esto último ya tarde en la noche.

Era un tipo así, de vida fácil, pero qué importancia tiene eso cuando no se conoce cosa diferente a ir de acá para allá. Todo se trata de moverse lo necesario; cuando acosa el calor, con el ruido agitado del medio día, echarse a dormir por ahí, a la sombra de cualquier árbol; luego a comer, siempre invitado a los mismos sitios, donde con un par caritas el estómago queda lleno; más ruido y demasiado movimiento de final de tarde y hacerse invisible para darle tiempo al silencio que está a unas horas. Así pasaban sus días con sus noches, claro que los hay diferentes, pero son pocos y no vienen al caso.

Esa vez se despertó con el sol y se desorientó aún más cuando la técnica para pasar la calle no servía para nada, cómo, sino había nadie a quien seguir; definitivamente no entendía de qué se trataba esta falta de agite. Durante un tiempo le ladró a unos cacharros gigantes que aparecieron ahí mientras él dormía y a los que culpó de ahuyentar a todos; es más, en un acto de valentía intentó morderlos, pero ni se movían, solo silencio, y temió romperse los dientes. Al rato empezó el aburrimiento y luego el hambre, lo mejor era buscar en otra parte. Era uno de esos tipos de acción y sin ruido no pasaba nada.